CAP 16 #3
—No estamos solos, ¿verdad?
Sarek no se detuvo.
—Nunca lo está alguien que va a reunirse con el Príncipe.
Ella frunció el ceño.
Doblaron una última esquina y llegaron ante unas puertas altas. Tras ellas, la noche respiraba a través de amplios balcones y telas de seda que ondulaban con el viento.
El asistente se apartó a un lado y extendió una mano hacia la entrada invitándola a pasar.
—Su Alteza le espera.
Dio un paso hacia el interior… con la clara sensación de que acababa de entrar en una sala donde no solo la estaban observando, también la estudiaban el interior de su cabeza.
Las telas de seda suspendidas entre las columnas danzaban con la brisa nocturna. La luz de la luna entraba en franjas pálidas, dejando a Amonir a medio camino entre la claridad y la sombra.
No se giró cuando entró.
—Gracias por venir —dijo.
Su voz fue baja y serena.
Kimbra avanzó unos pasos, sintiendo el aire distinto allí dentro. Más denso, y atento.
—Tu asistente no me dio mucha opción.
—Hace muy bien su trabajo.
Giró entonces el rostro hacia ella. Sus ojos no parecían cansados pese a la hora.
—No te he llamado por cortesía.
—Ya lo imaginaba.
Una tela se agitó entre ellos, cruzando un instante la línea de visión acariciando el espacio entre ellos.
—Te he llamado porque eres una de las pocas personas en este palacio que aún puede escuchar sin haber decidido ya qué quiere oír.
Ella sostuvo su mirada extrañada por el peso de sus palabras.
—Suena… complicado.
Una sombra de sonrisa tocó apenas la comisura de sus labios.
—¿Cuando no lo es?
El silencio entre ellos solo se cortaba por el movimiento de las sedas a su alrededor, que a veces les acariciaban buscando algo de su atención.
—Habla —dijo ella—. Porque sacarme de la cama para hablar en acertijos sí sería una ofensa.
Amonir asintió una vez, breve, con una leve sonrisa.
—Aún no habías regresado de la charla con mi madre...
Ella apretó la mandíbula al sentir un deje de acusación en sus palabras. El príncipe se volvió hacia la noche abierta.
—Empecemos por algo simple… El sur no está en paz.
Ella frunció el ceño.
—Anoche asistimos a un baile lleno de embajadores riendo y disfrutando. No hay guerras abiertas.
—Las guerras abiertas son el último síntoma de la enfermedad —respondió—. Antes vienen los silencios…
—¿Silencios?
Amonir caminó despacio a lo largo del balcón. No parecía inquieto, pero pensó las palabras muy bien pareciendo no querer dar un paso en falso.
—Rutas comerciales cambiando sin motivo económico. Embajadores regresando antes de lo previsto. Casas nobles reforzando guardias con la excusa de bandidos que nadie ha visto.
—Son paranoias comunes…
—No si es en todo el continente, al mismo tiempo.
Se detuvo junto a una columna apreciando la silueta que dibujaba su sombra sobre ella la luz de la luna.
—Y, lo más interesante… mensajes cifrados viajando más rápido que las caravanas.
Kimbra se cruzó los brazos.
—Eso suena a… eso, paranoia diplomática.
—O a coordinación.
—Son intrigas normales, Amonir. Territorios desconfiando unos de otros. No es nada nuevo.
—Exacto —dijo él suavemente—. Nada nuevo… salvo la sincronía.
—¿Qué crees que está pasando?
—No es un territorio inquieto —continuó él—. Es el continente del sur entero. A la vez. Como si todos hubieran llegado a la misma conclusión sin hablar entre ellos.
—¿Qué conclusión?
Amonir la miró de nuevo. Con un peso en la mirada que ella aún no comprendió.
—Que el equilibrio actual ya no es estable.
El viento levantó las telas con más fuerza.
—¿El equilibrio entre quiénes?
—Entre el poder imperial… y el resto del mundo.
Seguía sin entender y Amonir lo vio en su rostro.
—Durante generaciones —añadió él—, la estabilidad del sur se ha sostenido sobre una certeza compartida: nadie puede desafiar directamente al Imperio sin pagar el precio.
—¿Y ahora creen que sí pueden? —preguntó ella, escéptica.
Amonir negó con la cabeza.
—Ahora creen que necesitan intentarlo.
A lo lejos, una campana marcó una hora tardía.
—¿Intentarlo? ¿Quién quiere una guerra contra el Imperio?
—La pregunta no es quién, Kimbra —dijo él—. La pregunta es qué ha empezado a asustar más que el propio Imperio.
El silencio que siguió a sus palabras estuvieron cargadas de expectación.
Ella entrecerró los ojos, no imaginaba nada que pudiera ensombrecer al gobierno actual.
—¿Qué podría asustar más que el Imperio?
El príncipe no respondió de inmediato. Observó el cielo nocturno, pero no veía el paisaje. Parecía estar decidiendo cuánto mundo podía permitirse mostrar.
—Fuerzas que no responden a ningún gobierno.
Kimbra pensó en magia prohibida. En cultos. En reliquias antiguas desenterradas por accidente.
Dejó escapar una pequeña exhalación.
—Eso suena… novelesco.
—Ojalá lo fuera.
Se volvió hacia ella.
—Durante siglos —continuó—, el mundo aceptó una historia.
—¿Cuál?
—Que ciertas criaturas desaparecieron.
Ella no respondió.
—No desaparecieron. Se retiraron.
Sintió que algo en su estómago se tensaba, antes incluso de entender. Sintiendo que estaba a las puertas de algo que cambiaría la percepción de su mundo.
—¿De qué estás hablando?
Amonir sostuvo su mirada.
—Los dragones no se extinguieron.
El viento cruzó la sala de golpe, inflando las sedas como alas pálidas de fantasmas buscando alzar el vuelo en la noche.
Kimbra miró las telas a su alrededor, apartó una de un manotazo.
—Los dragones murieron tras la Gran Guerra. Todo el mundo lo sabe.
—Eso es lo que en el Imperio se cree, incluso aquí es algo extendido.
Ella se acercó a la barandilla observando la grandeza de Herthanis en la noche.
—¿Qué me quieres decir?
—Los dragones existen más allá de nuestras fronteras —continuó Amonir—. Al sur, donde nadie puede llegar, ni imponer su presencia. Solo Bab-Girsu tiene contacto con ellos…
—Si siguieran vivos… alguien habría intentado cazarlos.
—Algunos lo hicieron.
—¿Y?
—Casi destruyen el mundo.
Estudió su perfil un instante. La gravedad de su mirada le hizo entender que no estaba mintiendo, y el peso de sus palabras la golpeó por primera vez.
—Entonces el Imperio los controla.
—No.
—¿Los vigila?
—Tampoco.
Kimbra frunció el ceño.
—Entonces no entiendo por qué esto importa ahora.
Se acercó un paso a ella, bajando la voz sin necesidad.
—Los dragones no son solo fuego y alas, Kimbra. Lo que dejan atrás es más valioso que su furia y su poder.
Ella no respondió, pues no terminaba de entender la magnitud del asunto.
—Sus escamas —dijo él—, tratadas en las forjas adecuadas, cambian la naturaleza del metal y las piedras. Los vuelven más ligeros. Más resistentes. Capaces de soportar energías que destrozarían cualquier aleación común... Contener poderes que deberían haberse perdido.
Sintió un escalofrío y su mano voló sin remedio a su colgante.
—¿Y el Imperio vive de eso…?
Amonir no asintió. No hizo falta.
—Solo el Emperador decide dónde se emplea. El resto del Imperio sobrevive de reservas antiguas —terminó él—. De un tiempo en que los dragones estaban más cerca. De acuerdos que ya no pueden repetirse abiertamente pues piensan que los dragones están extintos.
Sus ojos se endurecieron.
—Y mientras siga así… el equilibrio entre el Imperio y el sur se mantiene.
Kimbra tragó saliva.
—Y si Herthanis consiguiera independizarse…
—Entonces el Imperio dejaría de ser intocable.
Miró al príncipe con una mezcla de asombro y recelo.
—¿Por qué me cuentas todo esto?¿Qué puedo hacer yo?
La respuesta fue inmediata.
—Te lo cuento porque el mayor peligro no está fuera de las fronteras.
Las miradas compartieron una cercanía que no era solo la física, y por primera vez desde que había empezado a hablar, algo personal se filtró en la del príncipe.
—Está en mi propio hogar.
Kimbra sintió un nudo en la garganta.
—Tu madre.
—Mi madre, ella no ve el sur como un mosaico de pueblos —continuó—. Lo ve… Como un linaje que debe unirse y limpiarse.
—¿Qué?¿Qué tiene que ver la pureza de sangre con todo esto?
Preguntó ella desconcertada.
—Es más que una pureza de sangre. Busca tradiciones. Fortalezas culturales que, según ella, se han debilitado por la convivencia… Que hemos olvidado lo que nos hicieron.
—No es nada nuevo… —empezó con cautela.
—No —admitió él—. Lo nuevo es que ahora tiene poder suficiente para convertir esa idea en ley.
Se humedeció los labios sintiendo que la boca se le secaba por el peso de lo que estaba sabiendo.
—¿Qué ley?
—Expulsiones disfrazadas de reubicaciones. Restricciones de matrimonio. Censos… cada vez más detallados.
El nudo del pecho le ancló en la realidad.
—Y tú estás en contra.
—Estoy en contra de que el miedo vista ropajes de virtud.
Apoyó ambas manos sobre la barandilla acariciando la pulida superficie.
—No hablo solo como príncipe, Kimbra. Hablo como custodio.
Ella le miró extrañada.
—¿Custodio de qué?
—De una red de conocimiento que atraviesa todo el sur y parte del Imperio. Eruditos, traductores, historiadores… personas que preservan lo que los reinos olvidan cuando cambian las fronteras.
La miró de nuevo.
—Muchos de ellos son mestizos. Hijos de diferentes culturas.
—Eruditos que descienden de sus opresores…
Ahora sí hubo algo en su voz que fue personal.
—Si mi madre sigue adelante, no perderé solo aliados políticos. Perderé amigos. Y el sur entero perderá su memoria con el tiempo.
El peso de lo dicho se extendió entre ambos.
—Cuando las sociedades empiezan a romperse por dentro —añadió en voz baja—, buscan alianzas desesperadamente para mermar el poder de otros.
Compartieron una mirada cómplice, pues ella sabía que si él pedía su ayuda, no dudaría en entregársela.
Las sedas ya no se agitaban con violencia, sino con un movimiento lento, casi solemne, como si la noche misma estuviera escuchando y esperando la respuesta de la chica.
Kimbra mantuvo la vista fija en Amonir.
—Aún no sé que esperas de mí.
Él sostuvo su mirada y respiró hondo.
—Que recuerdes esta conversación.
Ella negó con la cabeza.
—No me habrías traído en mitad de la noche para eso.
El príncipe guardó silencio.
Se apartó de la barandilla y caminó unos pasos por la galería.