CAP 16 #2
—Mi observador registró cada instante. Vio el agujero, vio al thorg, vio la multitud huir… —Los recuerdos empaparon su cabeza de una manera tan inquietantemente clara que casi olvidó que estaba en un salón del té—. Y te vio quedarte.
Bajó la vista por fin. Había tantos recuerdos en su cabeza que pudo escapar de la mirada de la monarca. Por un momento el calor que sentía no era el del desierto, el aroma de flores de granado se convirtió en el humo del Crisol…
—Tuviste tiempo suficiente para desaparecer. Todo era caos y confusión. Nadie estaba pendiente de tí…
El corazón de Kimbra empezó a latir de forma punzante.
—Y aun así no te marchaste. ¿Por qué?
El calor se volvió sofocante, las sirvientas habían dejado de abanicar y miraban con pena a la chica que se debatía entre sus pensamientos en su silla.
—No lo sé.
La respuesta sonó débil incluso para ella.
Seraneth arqueó una ceja y se recostó decepcionada de nuevo en su asiento.
—No te creo.
Kimbra alzó la vista.
—¿Perdón?
—No he preguntado si recuerdas el color del cielo aquella tarde. He preguntado por la decisión que cambió el resto de tu vida.
La muchacha apretó los labios.
—No tenía a dónde ir.
—¿Una princesa sin castillo? Esa no es una razón.
Elyndra miró gravemente a su madre, pero esta la ignoró.
—Acababas de destruir uno de los edificios más importantes del Imperio —continuó—. Había muertos, nobles entre ellos. Había caos. Había miedo.
Su voz siguió siendo tranquila, pero algo tomó fuerza en sus palabras.
—Y, según mi observador, también hubo una salida.
La mirada de la chica taladró a la Reina, pero esta no se amedrentó.
—Rax.
Seraneth asintió satisfecha.
—El thorg.
Elyndra observaba a ambas en silencio, mirando de una a la otra recibiendo la información como si fuera agua en pleno desierto.
—¿Qué te ofreció?
—Marcharme con él.
La Reina, ya satisfecha por la colaboración de la chica, se sentó en el borde del diván y sus manos acariciaron la suave y mullida tapicería.
—¿Y querías hacerlo?
Dudó.
La mirada de Kimbra evitó la de la Reina, pero su gesto consiguió lo contario, pues esta vio las dudas en su mirada.
—Querías hacerlo.
—No.
El impulso y la potencia de la palabra hizo que las criadas volvieran a abanicar conscientes de lo inmersas que estaban en la conversación desatendiendo sus obligaciones.
—¿Por qué?
Abrió la boca, pero no encontró una respuesta que quisiera decir en alto.
Porque, por un instante, sí había querido marcharse.
No con Rax, pero si con la oportunidad que le brindó.
Porque había deseado desaparecer. Alejarse del Imperio, de los muertos, de sus recuerdos… de todo. Porque estaba sola, ya no le quedaba nadie.
Porque se arrepentía de no haberse ido con Thaxis y Ann…
Pero no lo había hecho.
—No lo sé.
Seraneth negó lentamente con la cabeza.
—Sí lo sabes.
Su corazón latió con fuerza y sus manos no pudieron contener el buscar la taza para darle un sorbo al té.
—No, no lo sé.
—Entonces te ayudaré.
La Reina se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Fue miedo? ¿Cobardía?
Ella negó con la cabeza.
—¿Desconfianza hacia el thorg?
—No.
Cada respuesta llegó más rápido que la anterior.
La Reina la observó durante unos segundos.
—Entonces no fue porque quisieras salvarte tú.
Kimbra bajó la vista hacia sus manos. Empezó a entender por qué aquella pregunta la incomodó tanto.
—Puede que si hubiese alguien.
Su propia voz la sorprendió. Miró a la Reina pero esta se mantuvo callada esperando que continuara.
—Alguien que me preocupaba.
—Gente que podía acabar pagando por lo que había ocurrido.
Miró a su hija, entendiendo también lo que Kimbra quería decir.
—Si huía…
No consiguió terminar la frase, pero la Reina lo hizo por ella.
—Entonces habrías aceptado que eran ellos quienes cargarían con las consecuencias.
Nunca se había detenido a pensar el porqué real de su decisión, pero hablando con la Reina descubrió que no fue el odio hacia Rax el que impidió que huyera con él. Fue su unión con Thaxis el que impidió que les dejara expuestos.
La monarca se reclinó despacio en su asiento.
—Ahora lo entiendo.
Miró a la Reina sin entender.
—¿Qué?
Seraneth la observó durante un largo momento.
—Por qué me fascinas de esa forma.
Kimbra y Elyndra compartieron una mirada de desconcierto.
—No entiendo.
—La mayoría de las personas pasan la vida intentando escapar de las consecuencias de sus actos —sonrió de medio lado y la miró con orgullo—. Tú pareces incapaz de hacerlo.
No supo qué responder, pero Seraneth, ya satisfecha, se levantó y se dirigió hacia la salida.
—Yo que tú tendría cuidado, Kimbra.
La chica miró por encima del hombro a la Reina.
—Las personas que siempre pagan sus deudas terminan cargando también con las de los demás.
La puerta se cerró tras la Reina.
El silencio que acompañó a las dos no fue del todo incómodo. Aunque se había abierto más de lo que le habría gustado, no se sintió evaluada ni juzgada por la princesa.
Elyndra fue la primera en levantarse, rodeó la mesa y se acercó despacio a uno de los ventanales para mirar el atardecer.
—Cuando era pequeña pensaba que mi madre podía mirar dentro de la cabeza de la gente.
Ella soltó una breve risa sin humor.
—Empiezo a sospechar lo mismo.
—¿Ahora qué harás?
Kimbra miró la espalda de la princesa.
—Soy embajadora, tengo deberes que cumplir.
Miró por encima de su hombro y sonrió con sorna a la invitada que seguía buscando una postura cómoda en la incómoda silla.
—Pareces muy segura de lo que deberías hacer.
Ella respondió con una sonrisa ante su sorna.
—Tienes razón. En realidad no se ni que cucharilla debería usar para el té.
Ambas rieron. Tras la tensión plantada por su madre, la estancia tenía ahora una ligereza y una frescura propia de una brisa de primavera.
Quiso decir algo más, algo que acompañara al buen humor de la princesa, pero no le salió eso:
—No sé cuál es la elección correcta —admitió al fin.
Elyndra guardó silencio unos instantes y la miró apoyada desde el ventanal.
—No hablas de cucharillas, ¿verdad?
Kimbra desvió la mirada y observó los posos de su bebida que descansaban inertes en el fondo del nácar.
—La mayoría de las veces no elegimos entre lo correcto y lo incorrecto —dijo la princesa con la mirada perdida en los jardines—. Elegimos entre dos cosas que vamos a lamentar de formas distintas.
—¿Te lamentas de muchas de tus decisiones?
La princesa la miró profundamente.
—Yo nunca me lamento de mis decisiones… a veces solo me lamento de no tener más opciones.
Sintió que la princesa cargaba con más de lo que parecía.
—Kimbra, si algún día crees que te quedas sin opciones… puedes venir aquí.
—¿Aquí? ¿Por qué?
Elyndra pareció sorprendida por la pregunta.
—Porque estoy yo. Y porque me caes bien.
Kimbra soltó una risa breve.
—Es un criterio bastante pobre para ofrecer refugio político.
—Probablemente —dijo con una amplia sonrisa—. Pero sigue siendo una oferta.
Los pasillos estaban en calma, bañados por la luz de la luna que se colaba por los altos ventanales. Las antorchas habían sido reducidas a brasas, suficientes para orientar a los guardias del turno nocturno, pero no para perturbar el descanso de aquellos que dormían.
Kimbra caminaba descalza agradeciendo el frescor que le aportaba la pulidez del suelo.
Antes de abandonar el salón del té pidió a una de las criadas que le dejaran algo más cubierto, para poder recorrer el palacio sin hacerlo medio desnuda, pero el batín que le dejaron era muy parecido al vestido que llevaba.
Por lo que pudo recorrer el palacio un poco menos desnuda.
Sentía esa vigilancia invisible que había aprendido a reconocer desde que su vida se había convertido en un tablero de juego.
Cuando dobló una esquina del corredor que conducía a sus aposentos, lo vio.
Sarek, el asistente de Amonir, la esperaba junto a una columna, tan inmóvil que parecía parte de la arquitectura. Vestía de forma impecable incluso a esas horas, túnica oscura, ribetes bordados, manos siempre entrelazadas a la altura del vientre…
No se inmutó al verla. La estaba esperando.
—Lady Kimbra —dijo con una leve inclinación de cabeza.
Su voz era suave, educada… y completamente carente de sueño.
Ella se detuvo a varios pasos de él, buscando algo de recato entre las sombras.
—Sarek, es tarde.
—Para algunos, sí. —Una pausa mínima—. Para otros, es cuando empiezan las conversaciones importantes.
Ella cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Y esta conversación es importante para quién?
El asistente no sonrió, pero algo en su mirada se tensó, como si esa pregunta hubiera sido anotada en su memoria.
—Para su alteza, el Príncipe.
El silencio se instaló entre ellos, suave, pero imposible de ignorar.
A lo lejos, una cortina se agitó con la brisa nocturna, dejando entrar un susurro de aire que recorrió el pasillo igual que un espectro.
—¿Ahora? —preguntó ella.
—El Príncipe desea hablar con usted en privado.
No era una invitación que pudiera rechazar.
Estudió su rostro buscando algo, cualquier pista. Pero no encontró nada. Era como hablarle a una puerta cerrada.
—¿Y si prefiero dormir?
El asistente ladeó la cabeza y avanzó un paso.
—Entonces dormiría sabiendo que el príncipe ha tenido que reorganizar la seguridad del ala este para garantizar esta reunión.
Kimbra soltó el aire poco a poco aceptando la propuesta.
—Vaya forma de decir que no es opcional.
—Su Alteza aprecia la franqueza —respondió con total serenidad—. Por aquí, por favor.
Se giró y comenzó a caminar con elegancia por un corredor distinto al que llevaba a las habitaciones de invitados.
Dudó un instante antes de seguirlo.
A medida que avanzaron y subieron, el palacio cambió. Los tapices eran más antiguos, los techos más altos, las paredes tenían una carencia diferente. Había menos guardias a la vista…
En un punto del pasillo, sintió algo extraño.
No fue un sonido. Ni una corriente de aire…
La presión del ambiente cambió a su alrededor.
Las luces de las antorchas ya no parpadeaban pese al viento que entraba por los ventanales. Una jarra de metal sobre una mesa lateral latió apenas un instante… y luego quedó inmóvil de nuevo.
Miró alrededor buscando algo.