Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 16
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CAP 16

Amonir vestía el color de la noche con bordados en oro en motivos florales y silvestres. Había algo en su presencia, en la serenidad de su mirada, que hablaba de alguien acostumbrado a moverse en espacios donde el poder y las influencias lo eran todo.

Kimbra hizo una inclinación leve.

—Sería un honor, alteza.

Sus manos se encontraron. Las de él eran cálidas, firmes, pero sin la presión calculada de la corte. Las de ella, torpes y nuevas.

La condujo hacia el centro del salón con tranquilidad, integrándola en el flujo de parejas como si aquel espacio pudiera ser, por un instante, íntimo.

Empezaron a moverse.

El baile era fluido, elegante, lleno de giros suaves y desplazamientos amplios. No exigía una gran coreografía, pero sí conexión. Él la guiaba con seguridad; Kimbra se adaptó rápido, acostumbrada a leer el cuerpo de un oponente… o de un aliado.

Durante unos compases no hablaron.

Solo el roce de telas, el murmullo lejano de la corte y la música elevándose bajo la cúpula les rodeó por completo.

—Qué sorpresa —dijo él al fin, en voz baja—. Sabes bailar.

Intentó contener la sonrisa, sin conseguirlo.

—También yo estoy sorprendida, créeme.

Compartieron una risa cómplice.

—No volviste a la biblioteca el resto de la semana —añadió ella—. Pensé que seguiríamos discutiendo esos temas tan interesantes.

—Las paredes tienen oídos —respondió—. Habrá que tener cuidado con nuestras charlas.

—¿Por eso es mejor hablar bailando?

Él sonrió con franqueza.

—Exacto.

Hizo una breve pausa antes de añadir:

—Tu novio no nos quita el ojo de encima. ¿Es muy protector?

Kimbra miró alterada hacia atrás.

—Rion no es mi novio.

El príncipe miró a su compañera de baile extrañado.

—¿Amante?

—¡Tampoco! —dijo escandalizada.

El rebufó ofendido.

—Qué pena. Es un hombre muy atractivo, incluso para ser humano.

Le miró sorprendida y este divertido la sujetó más cerca de la cintura.

—Cualquier persona tiene mejor salud cuando tiene una dieta variada. ¿No crees?

Sonrió y desvió la mirada ante la picaresca contagiosa del príncipe.

—Me alegra que estés aquí.

Ella ladeó la cabeza sin atreverse aún a mirarlo a los ojos.

—No sé si tanta atención debería emocionarme.

Amonir soltó una exhalación, que casi llegó a ser risa.

—Mi madre está encantada contigo. Eso te coloca automáticamente en una posición… complicada.

—Ya, lo he notado.

La hizo girar bajo su brazo; el vestido se abrió como un haz de luz líquido que flotó a su alrededor antes de volver a recogerse.

—Elyndra también lo ha notado —añadió.

—No parecía molesta por no haberme ganado.

—No lo está. —Sus ojos brillaron con algo parecido al orgullo—. Solo… Está motivada.

—Competitiva.

—Exacto.

La música cambió de tema, pero ellos siguieron bailando, sin romper el ritmo.

—Tu madre habla con entusiasmo —remarcó—. Unión, respeto…

—Cree cada palabra.

—¿Y tú?

El príncipe tardó un compás más de lo necesario en responder.

—Yo creo que el mundo es más frágil de lo que parece cuando se mira desde un trono.

Sus pasos no fallaron, pero algo en su voz sí se desvió de la ligereza de la conversación.

—Por eso me alegra que estés aquí —añadió—. No como un símbolo. Sólo… siendo tú.

El comentario la desarmó más que cualquier halago de la noche. Se sorprendió al verse bailando sin perder ningún compás aún cuando su corazón no pudo hacer lo mismo.

—Hoy todo el mundo parece verme como un símbolo.

—Eso no significa que tengas que serlo.

Amonir dejó que sus palabras se disolvieran en el aire antes de volver a hablar.

—Eres una hija perfecta de Herthanis.

—¿Por las trenzas?

Él negó con un chasquido de la lengua.

—Eso no es nada.

Giró el rostro hacia él mirándolo de reojo pues esa cercanía tan poco protocolaria le sorprendió.

—¿Entonces?

Amonir observó el salón antes de responder. Un gesto mínimo con la barbilla señaló a distintos grupos que se mantenían discretos en la linde del baile.

—Algunos creen que los honras. Otros creen que los utilizas y los tuyos creen que estás… adaptándote.

Hizo una pausa dramática.

—Y la Reina cree que acaba de comprobar algo.

Kimbra frunció el ceño.

—¿El qué?

—Que no perteneces a nada ni a nadie.

Ella sintió el impulso de negarlo… Pero no lo hizo.

—Es una forma elegante de decir que no encajo en ningún lado.

—No —corrigió él—. Es una forma peligrosa de decir que no le debes nada a nadie.

Eso la hizo mirarlo de verdad por primera vez.

—¿Cómo debería tomarme eso?

—Cómo una advertencia.

La música volvió a elevarse. Una pareja comenzó a girar cerca de ellos, lo que obligó a Amonir a bajar la voz y a acercarse más a ella.

—Los símbolos no son solo telas, metales o peinados. Son pactos, promesas. Cuando los llevas, la gente espera que respondas por ellos.

Ella sintió el tirón de las trenzas, notando lo mucho que le pesaban de repente.

—No he prometido nada.

—No importa.

Sostuvo su mirada con una serenidad, que aunque no fue amable, la sintió de confianza.

—Esta noche, si defiendes algo, creerán que hablas como uno de ellos. Si contradices algo, dirán que te disfrazaste para herirlos… si guardas silencio, pensarán que tramas algo.

Kimbra apretó el agarre un poco más sin darse cuenta, sus ojos se centraron en el cuello del príncipe, sumamente cerca por el compás del baile.

—Entonces haga lo que haga, nada será lo correcto.

—Exacto.

La respuesta fue suave, el aliento de Amonir acarició su sien mientras ambos controlaban el perímetro de su conversación.

—¿Y qué propones? —preguntó ella.

Él esbozó una sonrisa casi imperceptible.

—Que decidas antes de que otros decidan por ti.

Ella frunció el ceño.

—¿Decidir el qué?

—Si usarás lo que te dan… o es lo que te dan lo que va a usarte a ti.

Quiso responder con ironía. Pero no salió nada de su boca.

La música empezó a elevarse hacia el final de la pieza.

—Volveremos a encontrar otro momento para hablar —dijo él, casi sin mover los labios—. Sin tronos y sin banderas.

En un quiebro del baile volvieron a tomar una distancia prudencial en la que Kimbra sostuvo su mirada.

Sabía que aquella cercanía era necesaria. Su amistad con el príncipe podía ofrecerle información valiosa para la asamblea oficial, para decidir qué debía hacerse por el bien del Imperio.

—Encontraremos el momento —respondió.

La melodía terminó con un acorde largo y vibrante. Las parejas se separaron con elegancia.

Él llevó su mano a los labios, apenas rozó sus nudillos con un beso, un gesto antiguo y caballeroso.

—Gracias por el baile, Lady Kimbra.

—Gracias a usted, alteza.

La Reina observaba a Kimbra con evidente interés recostada en su diván.

El salón del té era una de las estancias más pequeñas que había visto en palacio y, aun así, resultaba más grande que una casa corriente de un barrio humilde.

Tras el baile había recibido una invitación formal para tomar el té con la Reina y su heredera, lo que le impidió acudir a la reunión de Arlan, cosa que le enfureció, pero fue despachado rápidamente por Lareth pues tenían mucho trabajo que hacer antes de la hora del té.

—¿Qué tal fue la travesía?

Hizo un breve resumen del viaje desde la costa hasta la capital.

—... y nunca he sido amiga de los barcos, así que el mareo ha sido mi compañero más fiel hasta tocar tierra.

La Reina soltó una suave carcajada mientras Elyndra sonreía mirando cómplice a su madre por encima de su taza.

—Te entiendo perfectamente. Los viajes por mar son una tortura tan civilizada.

La princesa asintió.

—Todo el mundo habla de las vistas. Nadie habla de las náuseas.

Intentó sonreír cómplice, pero su atención la tenían los pliegues de su vestido, de gasas de seda tan ligeras que temía que revelara tanto como los vestidos de las monarcas. Las cuales estaban cómodas y exuberantes en la lustrosidad de sus cuerpos casi al descubierto.

Dio un sorbo al té y se ajustó buscando que los abanicos de las criadas refrescaran mejor su vergüenza.

Durante unos instantes hablaron del viaje, del clima y de la capital. Lo justo para que empezara a preguntarse por qué la habían hecho llamar.

La respuesta llegó cuando la Reina dejó su taza sobre el fino plato de té.

—Deduzco que sabes que no te he invitado para hablar de barcos.

Kimbra dejó también la suya.

—Lo imaginaba, Majestad.

Seraneth se acomodó ligeramente en su asiento sin apartar la mirada de ella.

—Me gustaría conocerte mejor.

Aquella respuesta la sorprendió más de lo esperado.

—¿A mí?

—A ti.

Ajustó la postura en el precioso, e incómodo, sofá de nácar y travertino.

—Por supuesto. ¿Qué desea saber?

La Reina la estudió durante un largo instante. Le dio la sensación que medía hasta donde podía llegar.

—¿Por qué no huiste?

—¿Perdón?

La misma pregunta pareció sorprender a Elyndra, que giró ligeramente la cabeza hacia su madre.

Esta volvió a tomar la taza y dio un corto sorbo mirando a su invitada por encima del filo del nácar.

—Tras la explosión del Crisol.

El estómago se le tensó y no pudo evitar mirar a la princesa, la cual salió en su ayuda.

—Madre…

—No entiendo…

La Reina depositó la taza sin delicadeza sobre su plato.

—Claro que lo entiendes.

Recostada se cruzó de brazos sin soltar la mirada de la chica.

—Toda persona con poder envía observadores a los acontecimientos importantes.

Elyndra arqueó una ceja.

—¿Observadores? Madre… ¿Cuántos mandaste?

—Cuatro.

La respuesta fue seca, pero no ocultó el fastidio en el número.

—Uno murió en la explosión. Una pérdida desafortunada.

La forma en que lo dijo, le hizo sospechar que lamentaba más la información perdida que la muerte de la persona.

—Dos huyeron junto con la multitud —continuó—. Pero uno no.

La princesa miró a Kimbra esperando ver alguna reacción en su rostro, pero esta no podía escapar de la mirada de la Reina, que penetrante y cautivadora, la tenía atrapada.

—¿Y qué vio? —preguntó Elyndra.

—Te vio a tí.

Kimbra sintió un escalofrío.

—Miles de personas me miraron en la Arena.

—Las personas corren tras una explosión.

Todo a su alrededor dejó de importar.

—Pero tú, no.

Se reclinó en el asiento, buscando una cercanía que ella no quería.