CAP 15 #3
Kimbra no reaccionó. Los pendientes en sus orejas vibraron con suavidad, traduciendo las palabras claras en su oído.
Lareth dudó.
—Madre…
—¿Qué? —replicó sin bajar la voz—. ¿Crees que no es una burla? Las trenzas se reservaban para hijas del linaje antiguo. Para ceremonias de juramento. Para funerales de honor. Y ahora las llevará sobre la cabeza una extranjera para que luzca exótica ante la corte.
Las manos de la mujer trenzaron sin temblar, firmes y expertas. Aunque era más brusca que su hija, su indignación no traspasó su profesionalidad.
Lareth apretó los labios.
—La Reina quiere honrarla. Mostrar que la considera digna de nuestras tradiciones.
—No es honor si no entiende lo que lleva —respondió su madre—. Es… un disfraz.
El ambiente se espesó en la habitación, roto solo por el roce de los cepillos y el leve ronroneo de Lyren, que se había quedado dormido encima de la cama.
La chica miró a Kimbra a través del espejo y sonrió intentando disimular el contenido tenso de la conversación.
Al final, sin apartar la vista de la mirada de Lareth a través del espejo, decidió hablar.
—¿Qué significan?
Las manos se detuvieron.
La chica alzó la mirada hacia su reflejo.
—¿Perdón?
No desvió la mirada del reflejo de los ojos de Lareth.
—Las trenzas. ¿Qué significan?
Madre e hija intercambiaron una mirada rápida.
—Ella no… —empezó Senya.
—Lo he entendido —dijo, rozando el pendiente que flotaba en su oído—. Gracias a esto no puedo hablar vuestro idioma, pero sí entenderlo.
El silencio que le siguió fue tenso.
Lareth fue la primera en recuperarse y continuó con su trabajo intentando minimizar la ofensa.
—Cada patrón cuenta de dónde viene una familia —explicó en voz baja—. Algunas trenzas marcan a quienes han servido al reino. A quienes han perdido a alguien. A linajes antiguos… o a quienes sufrieron la esclavitud.
Senya apretó una trenza con más fuerza de la necesaria.
—Este patrón lo llevaban las mujeres que juraban no olvidar a sus muertos en la frontera.
Nadie dijo nada antes de que volviera a añadir.
—No lo usaban para bailar.
Bajó la mirada hacia su regazo. De repente, sintió que las trenzas no solo le dolían en la cabeza, sino que también en el corazón.
—Entonces… estoy llevando la historia de alguien que no soy.
La mujer la miró a los ojos a través del espejo.
—Sí.
No hubo odio, solo verdad.
Lareth intervino con rapidez:
—La Reina quiere honrarte. Mostrar que te considera digna de nuestras tradiciones.
—¿Honrar? —replicó su madre—. ¿O exhibir?
Sus dedos siguieron trabajando, expertos.
—Cuando termine la noche, tú podrás quitarte las trenzas, olvidar esto. Nosotras no.
Kimbra tragó saliva.
La habitación se quedó pequeña y las trenzas empezaron a parecer unos grilletes que empezaban a apretarle la garganta.
Sostuvo la mirada de su propio reflejo sintiendo la verdad de sus palabras.
Ella podía volver a ser solo Kimbra al amanecer.
—¿Y si me niego?
Lareth soltó una risa breve, sin humor.
—La corte lo interpretará como un desprecio.
—¿La Reina sabe lo que significa este patrón?
Lareth dudó.
—Por supuesto.
Volvió a mirar su reflejo en el espejo. Las trenzas ya enmarcaban su rostro, estirando y alargando sus facciones, dándole una severidad que no recordaba haber tenido jamás.
No parecía un disfraz.
Eso la inquietó más que cualquier cosa que hubiesen dicho hasta entonces.
—No quiero que sea un disfraz.
Las palabras salieron más suaves de lo que pretendía.
Senya no respondió de inmediato.
—Y sin embargo lo será.
Sus palabras solo tenían constatación a lo que decía, sin ningún rastro de crueldad.
Lareth habló más bajo:
—Puede… —dijo con cuidado mirando a su madre— también puede ser un puente. Que alguien de fuera lleve nuestras trenzas puede significar que no queremos escondernos más. Que otros nos miren.
—Que nos miren —corrigió Senya— no es lo mismo a que nos entiendan.
Sostuvo su propia mirada en el reflejo. El peinado era impresionante. La hacía parecer más esbelta, más elegante. Casi peligrosa.
Y ajena a sí misma.
—Intentaré no llevarlo en vano.
Senya la observó un instante largo.
—Ahora pareces una de las nuestras…
Pero no hubo orgullo ni satisfacción en sus palabras.
Terminaron el peinado en silencio, pero ya no hubo hostilidad.
Les llevó toda la tarde arreglarla. Cuando por fin estuvo lista, ya era casi la hora de reunirse en el vestíbulo con el resto de la delegación..
Lareth la acompañó hasta el espejo para que pudiera verse.
Contuvo el aliento.
El vestido acariciaba su figura, parecía que había nacido para llevarlo.
Las placas doradas capturaban cada uno de sus movimientos ajustándose a la perfección a su figura.
Las gasas que salían hacia sus hombros formaban un triángulo que enmarcaban, casi haciéndolo parecer bonito, el punto rojo que brillaba en el hueco entre sus clavículas, y caían como mangas abiertas ocultando las cicatrices de sus brazos.
Las trenzas estilizaban su rostro con una majestuosidad que nunca habría imaginado.
Estaba hermosa.
Salvaje.
—Demos la bienvenida a la Embajadora Extraordinaria de la Arena, Lady Kimbra.
Las puertas se abrieron hacia ella sin emitir el menor sonido con una lentitud pasmosa que le crispó aún más los nervios.
La música ya llenaba el aire: cuerdas suaves, instrumentos de viento que parecían imitar corrientes, notas largas que flotaban bajo la cúpula de cristal y bronce. Las lámparas suspendidas proyectaban destellos cálidos sobre el granito pulido, donde los nobles de Herthanis conversaban en grupos.
Cruzó el umbral sola.
La delegación imperial ya estaba allí, reunida cerca de una de las galerías laterales, cumpliendo con el protocolo que exigía su presencia antes de la llegada formal de la Reina. Ella, en cambio, parecía que había sido retenida hasta el último momento.
Para ser presentada como se debía.
Las conversaciones cercanas se apagaron primero. Luego, como una onda, el murmullo general descendió de volumen hasta convertirse en un susurro contenido.
Las miradas sobre ella se sintieron distintas a las de la Arena, incluso a las de su llegada al palacio.
El morbo había sido sustituido por admiración y curiosidad.
El vestido capturaba cada fragmento de luz y las capas claras se movieron como bruma dorada a su alrededor. La espalda totalmente descubierta la hacía sentirse vulnerable, pero la cascada de trenzas, pesada y majestuosa, le ofreció una extraña sensación de resguardo frente a tanta piel expuesta.
Se sentía poderosa. Era una sensación extraña, una presencia que no había sentido nunca.
Avanzó por el borde del salón, consciente de que su equipo la observaba desde la distancia, sin acercarse, esperando a que fuera ella a por ellos.
Aquel primer recorrido le pertenecía solo a ella.
—Lady Kimbra.
La voz llegó desde su espalda, suave como una corriente de aire que le rozó la piel.
La princesa Elyndra estaba a pocos pasos. La luz de las lámparas se deslizó extasiada sobre su vestido pálido y casi etéreo. Llevaba una discreta tiara de esmeraldas, pero no la necesitaba para atraer todas las miradas.
Hizo una inclinación leve, perfecta dentro del protocolo.
—Princesa Elyndra.
—Os sienta bien Herthanis —dijo la princesa, recorriéndola con la mirada—. Algunos visitantes parecen, disfrazados. Vos no.
Sostuvo su mirada si saber muy bien cuales eran sus intenciones.
—He estado en buenas manos.
La comisura de los labios de Elyndra se curvó casi imperceptible.
—Lo sé.
Se acercó un paso más. El aire alrededor de ella parecía moverse con mayor ligereza, haciendo bailar los pliegues de su vestido.
Su mano se alzó con lentitud, dando tiempo a Kimbra a apartarse si lo deseaba.
Pero no lo hizo.
Los dedos de la princesa rozaron una de las trenzas que caían sobre su hombro, evaluando la textura y el patrón.
—Te sienta bien… —dijo con calma—. Sorprendentemente bien.
No hubo burla en sus palabras.
Era el reconocimiento de alguien que entendía muy bien lo que aquello significaba.
Kimbra exhaló despacio y desvió su atención de la princesa. Bajó la mirada, acariciando la superficie metálica de su cintura.
—Me dijeron que pertenecía al archivo real.
—Lo llevé en mi ceremonia de mayoría de edad —respondió retirando la mano—. Mi madre pensó que era apropiado que lo usaras esta noche.
—Es un honor —dijo con sinceridad.
La princesa inclinó la cabeza.
—Y una responsabilidad.
Sus miradas se encontraron de nuevo. No sintió que fueran rivales, eran dos mujeres que sabían lo que era ser observadas, medidas y convertidas en símbolo de algo que no habían elegido.
Una extraña conexión las unió en ese momento.
—Resististe más de lo que esperaba esta tarde —añadió Elyndra, con una honestidad refrescante—. La mayoría se deja arrastrar por el viento y el protocolo.
—La mayoría no ha tenido que aprender a mantenerse en pie a la fuerza.
Un destello de respeto cruzó la expresión de la princesa.
—Espero que tengamos ocasión de terminar ese duelo algún día.
Ambas sonrieron ante la posibilidad de una promesa compartida.
La música cambió a una melodía más amplia, más ceremonial. En el extremo opuesto del salón, los heraldos comenzaron a moverse hacia las puertas principales.
La llegada de la Reina era inminente.
La princesa Elyndra dio un paso atrás, recuperando la distancia protocolaria.
—Disfrutad del baile, Lady Kimbra.
Los heraldos golpearon el suelo con sus lanzas ornamentales.
Una.
Dos veces.
La música no se detuvo, pero cambió de forma, volviéndose más solemne y estructurada.
Se deslizó entre los grupos de nobles hasta reunirse con Arlan, Rion, Drenor y Sierra, que aguardaban junto al resto de la delegación imperial en el lugar asignado, cerca de la escalinata lateral.
Junto a ellos, que llevaban todos trajes más típicos del centro Imperio, se dio cuenta de algo. Muchos llevaban pañuelos al cuello, trenzas largas u otras decoraciones que cubrían sutilmente la piel expuesta, pero los trajes tenían la misma peculiaridad.
Absolutamente todos los invitados llevaban la espalda completamente descubierta.
Arlan fue el primero en recibirla, y sus ojos se abrieron apenas un poco más de lo habitual.