Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 15 #2
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CAP 15 #2

Miró a la princesa, que parecía regodearse por la proposición, orgullosa por ser la elegida. Después su mirada se posó en Arlan. Este parecía meditar sobre las posibilidades de negarse al enfrentamiento sin parecer descortés.

—Su Majestad es muy amable, por supuesto que Kimbra hará la demostración junto a la princesa.

Intentó no refunfuñar y mostró su mejor sonrisa.

El traslado fue inmediato, una idea que había estado esperando su momento con ansia. Criados y guardias guiaron a la comitiva a través de exquisitos pasillos y galerías abiertas hasta desembocar en un patio interior bañado por la dorada luz del desierto.

El espacio era amplio y cristalino, rodeado por columnas esbeltas por las que trepaban enredaderas de hojas pequeñas y brillantes.

Varias piscinas de distintos tamaños ocupaban el centro, unidas por canales estrechos por los que el agua fluía en un murmullo constante. Fuentes estilizadas lanzaban chorros finos que caían como hilos de cristal,  haciendo que el aire del patio estuviera cargado de refrescante humedad.

La Reina Seraneth avanzó hasta el borde de la mayor de las piscinas y abrió los brazos con genuino entusiasmo.

—¡Perfecto! —exclamó, volviéndose hacia la corte que comenzaba a acomodarse alrededor del patio, en galerías y escalinatas—. No sería justo hacerla luchar en seco.

Sus ojos brillaron al mirar a Kimbra.

—Aquí tendréis surtido de sobra. En Herthanis apreciamos el equilibrio… incluso en el espectáculo.

Ella inclinó la cabeza, consciente de que aquel gesto, que podía parecer consideración, también la colocaba donde la Reina quería: en el centro, lista para brillar.

Al otro lado del patio, la princesa se quitó con calma los guantes finos que llevaba y se los entregó a un asistente. Sus movimientos eran elegantes… sin rastro de nerviosismo.

Una leve corriente levantó las capas ligeras de su atuendo, como si el aire la reconociera.

Ambas avanzaron hasta el espacio despejado entre las piscinas.

No hubo una cuenta atrás, ni siquiera alguien anunciando el comienzo.

El aire cambió.

La princesa fue la primera en moverse. No hizo falta que avanzara: el viento la envolvió con elegancia, levantando pétalos sueltos y polvo fino. Con un gesto breve, casi delicado, lanzó una hoja de aire comprimido que distorsionó la luz a su paso.

Kimbra respondió por instinto, alzando un arco de agua desde la piscina más cercana. El impacto, que desvió el ataque, se deshizo en una lluvia fina y breve.

Un murmullo admirado recorrió a los espectadores.

Elyndra no atacaba con rabia.

Lo hacía con precisión quirúrgica. Cada movimiento suyo era como mínimo, eficiente: un giro de muñeca, una inclinación de cabeza… el viento obedecía; cortante y exacto.

Ráfagas laterales la empujaron hacia atrás, obligándola a medir cada apoyo sobre el granito recién húmedo.

De un movimiento brusco se liberó de la chaqueta y la lanzó a un lado, y aunque el vestido seguía siendo limitante, sintió una gran liberación para poder evitar ser seccionada por un soplido.

Intentó seguir el ritmo durante los primeros intercambios.

Desvió. Contuvo. Redirigió.

Pero el viento no fue un adversario frontal. Era constante e insistente. Empujaba desde ángulos que no existían un segundo antes. No le dejaba espacio para anticipar su siguiente movimiento.

Desde su alrededor les llegaba el resultado, la fascinación crecía por momentos.

Algo en su interior se tensó.

En lugar de responder a la siguiente cuchilla de aire, dejó que el agua que la protegía cayera al suelo. Elyndra aprovechó el instante y avanzó con una corriente ascendente que buscó desequilibrarla.

Entonces cambió.

No atacó, pues vio cual era su desventaja. El aire lo ocupaba todo, el agua no.

El agua respondió en silencio. Se expandió, se elevó y diseminó. Una lámina fina comenzó a cubrir el granito pulido, avanzando desde los bordes como una infección lenta. Los canales se desbordaron apenas lo suficiente para avanzar. Las fuentes alteraron su caída.

La humedad se espesó en el aire.

El viento volvió a impulsarse… pero ya no era limpio. Chocó con partículas suspendidas, con una densidad que no estaba allí al principio.

La fluidez de Elyndra se quebró apenas un segundo, resbalando.

La princesa corrigió su equilibrio con maestría, miró a su alrededor y  se elevó un palmo sobre el suelo con una corriente ascendente para alejarse del agua que lo echarcaba todo, pero el gesto exigió más esfuerzo del que había necesitado antes.

Pues ahora la humedad lo impregnaba todo.

Más agua ascendió desde las piscinas, en arcos amplios que comenzaron a curvarse sobre el patio.

Se cerraban sobre ellas.

Una bóveda translúcida en medio del patio que las enclaustrar a plena luz del sol, luz reflejada por las miles de gotas que calentaron el ambiente de una manera pegajosa y espesa. Y el aire…

Lo volvió más pesado. Más lento. Húmedo.

Un aplauso cortó el aire con la misma claridad que una campana.

—¡Maravilloso! —exclamó Seraneth, dando un paso al frente—. ¡Basta!

La cúpula de agua se sostuvo un instante más, después estalló como una pompa y se deshizo en una lluvia fina que cayó sobre todos los presentes. El aire recuperó su ligereza. y el agua volvió obediente a sus piscinas.

Elyndra se inclinó con perfección y elegancia

Kimbra hizo lo mismo, más torpe.

La Reina las observó a ambas con una atención distinta a la del inicio. Su perfecto rostro mostró el cálculo de sus pensamientos, pero no hubo mancha de desaprobación en él.

—Kimbra, sois aún más impresionante de cerca de lo que imaginaba. La Arena se os ha quedado pequeña.

Alrededor, varios nobles llenaron el aire de murmullos de aprobación y más aplausos.

Seraneth se volvió entonces. La sonrisa no desapareció, pero la calidez que había dirigido a Kimbra no impregnó sus palabras esta vez hacia su hija.

—Elyndra, querida… —dijo con suavidad— una heredera no necesita tanto tiempo.

Todos guardaron silencio, y todas las miradas se fijaron en la princesa.

Esta miró disimuladamente a su alrededor e inclinó la cabeza con una perfección aprendida.

—Sí, madre.

Nada en su postura se quebró. Pero sus manos, a los lados del cuerpo, se crisparon apenas un instante antes de relajarse.

La Reina, ajena a la reacción de su hija, levantó los brazos hacia los presentes.

—Ahora, basta de esfuerzos. Sois nuestros invitados. Descansad y preparaos… esta noche celebraremos con música y baile esta honrosa visita. Herthanis debe mostraros su mejor rostro.

Su mirada se detuvo un instante más en ella, como si ya la imaginara cruzando un salón lleno de luces.

—Y vos —añadió con calidez— seréis la estrella.

Todos los demás volvieron a la mansión.

Pero ella no.

La condujeron por corredores cada vez más silenciosos, lejos del eco de la corte y del murmullo del patio. Dos sirvientas abrían el camino y una tercera caminaba detrás, parecía que temían que pudiera perderse en aquel laberinto de travertino y granito.

Cuando por fin se detuvieron, lo hicieron ante una puerta alta, decorada con filigranas metálicas en forma de hojas entrelazadas.

—Vuestra habitación, Lady Kimbra —anunció una de ellas con una leve reverencia.

El cuarto era amplio y luminoso, con un ventanal que daba a un jardín lateral.

Un maniquí reinaba en el centro de la estancia, atrapando la atención de cualquiera que cruzara la puerta.

Lo vio incluso antes de entrar del todo.

No llevaba solo un vestido.

Llevaba EL vestido.

Estaba confeccionado en capas de sedas y gasas claras, que cambiaban sutilmente de tono con la luz, del marfil al dorado pálido.

Finas placas metálicas, casi como hojas de una higuera, formaban patrones que recordaban alas abiertas, enmarcando el torso y la cintura, hasta sujetar el pecho, y dejando toda la espalda al descubierto.

Se acercó asombrada. En sus recuerdos bailaron antiguos vestidos de fiesta, preciosos… pero que palidecían ante la belleza del que tenía delante. Acarició una de las gasas que caían largas desde los hombros hasta el suelo.

Era como tocar agua.

—Es una pieza del archivo real —dijo una voz a su espalda.

Kimbra se giró.

Dos mujeres la observaban desde la entrada.

Tenían rasgos similares: el mismo subtono en la piel, aunque la joven poseía un lustre que la mayor había perdido por la edad, ojos oscuros y brillantes, cabello espeso recogido en trenzas intrincadas que caían sobre los hombros...

La mayor, de rostro anguloso y líneas marcadas por el tiempo, mantenía la barbilla alta.

La más joven, quizá no mucho mayor que ella, sonreía con timidez.

—Soy Lareth —dijo la joven—. Y ella es mi madre, Senya. Nos han encargado prepararla para el baile.

Inclinó la cabeza aceptando el servicio.

—Gracias por vuestra ayuda.

—La Reina lo escogió personalmente —añadió la joven.

Senya respondió con un gesto seco y empezó a moverse por la habitación sin añadir palabra. Acercó butacones, espejos de pie y una mesa baja donde fue dejando sus materiales de trabajo, entre ellos largos mechones de pelo.

—No escoge nada al azar —resopló la mujer.

Esta sentó a Kimbra sin cortesía en uno de los butacones y fue cuando vio a través del espejo a Lyren, aburrido, acostado sobre la gran cama.

—Empecemos por el cabello —dijo Lareth con una chispa de ilusión—. La Reina pidió un estilo tradicional de Herthanis.

Senya resopló de manera discreta y empezaron a trabajar.

Separaron mechones, añadieron extensiones del mismo tono oscuro de su cabello, entrelazándolas con una técnica que ella no había visto nunca y suavizaron el pelo con aceites, ceras y otros ungüentos.

Las trenzas no caían sueltas; se curvaban, se cruzaban, formaban patrones que se extendían desde la frente hasta el cogote.

Ella observaba el lento proceso en el espejo, fascinada, intentando no mostrar cuánto le tiraba el cuero cabelludo.

—Quedará precioso —murmuró Lareth.

Senya respondió, en su idioma, con voz baja pero cargada de filo, apretando más de lo necesario en la trenza en la que estaba trabajando.

—Precioso, sí...