Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 15
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CAP 15

El carruaje redujo la marcha al girar por la avenida principal que conducía al palacio de Herthanis.

El traqueteo áspero de las calles del barrio más selecto de la capital quedó atrás, sustituido por un rodar suave sobre piedra pulida. A través de la ventanilla, la luz se volvió más clara y el aire más puro y limpio.

Cuando el vehículo se detuvo por completo, uno de los miembros de la escolta descorrió la cortinilla emocionado.

—Hemos llegado.

Kimbra asintió y se obligó a respirar despacio antes de moverse.

El traje que le habían preparado crujió con suavidad al inclinarse hacia delante.

La tela era fina, de un tono profundo entre azul oscuro y gris tormenta, elegante sin llegar a ostentoso.

Los pliegues de la falda la abrazaron obligándola a concentrarse para no caer por la escalerilla y la chaqueta, estructurada y rígida, la obligó a mantener los hombros rectos.

Desde la cintura, una larga cola ceremonial caía exultante y pesada.

Innecesaria… y completamente incapacitante para cualquier cosa que no fuese lucirse.

Se tocó la cabeza, el pelo se lo habían peinado y encerado hacia atrás. En esos apenas cinco meses le había crecido bastante, por eso la tirantez y rigidez del cuero cabelludo empezaba a producirle dolor constante.

Al alzar la vista, el palacio de Herthanis se desplegó ante ella glorioso, una joya tallada en luz y granito rosado.

Nada tenía que ver con la severidad blanca y rectilínea del recinto imperial que buscaba encontrarse con el cielo.

Aquí, las torres se alzaban elegantes coronadas por cúpulas de cobre oxidado.

Los arcos eran altos y elegantes, adornados con filigranas lacadas y de alabastro que captaban el sol y lo devolvían en destellos dorados e iridiscentes.

Entre la primera línea de muros, más decorativos que estratégicos, se abrían jardines cuidados con esmero: setos recortados en espirales, árboles de copa ligera y fuentes donde el agua caía en hilos finísimos, casi musicales.

Los estandartes colgaban de las terrazas superiores, y el viento, suave pero constante, los hacía ondear orgullosos con un murmullo sedoso.

Incluso los guardias eran distintos.

Sus armaduras imponían por elegancia: placas estilizadas y pulidas estaban decoradas con grabados que parecían más obra de orfebres que de armeros.

Se situó al lado del resto de la delegación. Sintió varias miradas clavarse en ella casi al instante. Nobles que aguardaban en la escalinata, sirvientes apostados cerca de las puertas...

Murmullos apenas disimulados se extendieron como ondas sobre agua a su alrededor.

No necesitaba oírlos para saber qué decían.

En sus miradas no había el reconocimiento habitual; no era guerrera, ni embajadora, ni mujer. La miraban como historia. Espectáculo. Como algo que había que ver con los propios ojos de aquello que se contaría en un futuro, para bien o para mal.

Apretó la mandíbula y comenzó a subir los escalones.

Rion le ofreció su brazo y ella lo agradeció con una sonrisa incómoda. La tensión de la noche anterior aún se notaba entre ellos, pero él, caballeroso hasta la médula, no podía perder la oportunidad.

Tomó aire e intentó ignorar el calor que la abrazaba, pues no sabía si venía del sol o de su compañero que sonreía burlón.

La cola del vestido se deslizó tras ella, tirando, como si sus pensamientos se hubiesen materializado en una resistencia física que tiraba de ella hacia atrás, como un amante que no quería que abandonara la cama.

Cada peldaño exigió toda su atención; la tela limitaba la apertura de sus zancadas, la rigidez de la prenda le mantenía la espalda recta y la tirantez del pelo la obligaba a mantener el mentón alto.

La postura perfecta.

Durante un instante fugaz pensó en la Arena.

Allí la miraban para verla sangrar, para verla morir.

Aquí la miraban para verla brillar.

Pero en ninguno de los dos escenarios la habían mirado para verla de verdad.

Al cruzar el umbral del palacio, el sonido del exterior quedó atrás. El aire era más fresco, perfumado con algo floral y frutal a la vez. El suelo, pulido hasta el extremo, reflejaba las luces de lámparas de alabastro suspendidas a gran altura.

La luz se fragmentaba en destellos suaves sobre las paredes, y una música lejana, de cuerdas y viento, flotaba desde algún lugar acariciando sus oídos.

Todo era hermoso, armónico, delicado…

Perfecto.

Y, sin embargo, mientras avanzaba siguiendo a la delegación, sintió la misma tensión que antes de entrar en la Arena, justo en el instante en que las puertas se abrieron ante ella sin saber si iba a salir viva o no.

Las puertas del salón se abrieron con un movimiento silencioso y coordinado, el edificio entero respiraba al compás de quienes lo habitaban. Un heraldo avanzó unos pasos.

Su voz, amplificada por la acústica del vestíbulo, se elevó con claridad deslizándose por las paredes llamando la atención de todos los presentes.

—Bienvenidos seáis delegación del Imperio, enviada en nombre de Su Excelentísimo, el Emperador Raukhen VII.

Cruzó el umbral detrás del general y sintió cómo el espacio se abría ante ella en una sucesión de arcos altos y columnas estilizadas que parecían más talladas por el viento que por manos humanas.

El techo se elevaba en cúpulas entrelazadas, y de ellas pendían estructuras de cristal y metal pulido que capturaban la luz y la descomponían en reflejos suaves sobre el suelo espejado.

Al fondo, sobre una plataforma de pocos escalones, aguardaba la familia real de Herthanis. Todos ellos esperaban de pie. Y en el centro, majestuosa, se alzaba la Reina.

Seraneth de O-Nyxeil.

Era alta, erguida con la naturalidad de quien no ha conocido otra postura que la del mando. Su vestido era estructurado, compuesto por capas de seda clara reforzadas con finas láminas de oro que brillaban al moverse, como si llevara la luz atrapada entre los pliegues.

No era una armadura, pero tampoco un vestido.

Su cabello, oscuro con vetas plateadas, caía recogido en una trenza compleja que descansaba pesada sobre un hombro. En su frente, una diadema de oro, fina y elegante, lucía más como símbolo que como adorno.

A su derecha se encontraba la princesa.

Más joven, pero con la misma rectitud de espalda.

Su vestimenta era más ligera, en tonos esmeralda que parecían cambiar con la luz.

Las mangas caían en capas finas que se movían con cada mínima corriente de aire.

Su cabello estaba parcialmente suelto, con la raíz trenzada de forma laboriosa en unos intrincados dibujos y la rizada melena caía en cascada hasta su cintura.

Su gesto de seriedad no se inmutó lo más mínimo a medida que ellos se acercaron.

Al otro lado, un paso por detrás de ellas, estaba el príncipe Amonir.

Su porte era menos rígido, aunque igual de cuidado. Ropas oscuras, elegantes sin exceso, con detalles dorados en el cuello y los puños. El cabello cortado al ras del cráneo acompañaba a sus rasgos serenos.

Los ojos del príncipe encontraron divertidos la mirada de Kimbra apenas un instante. Desde aquel día que pasaron juntos no se habían vuelto a ver.

El heraldo continuó con las presentaciones formales de los integrantes de la delegación. Las palabras flotaron en el aire con peso diplomático, pero a ella le sonaron lejanas, amortiguadas por la punzada constante de estar bajo observación.

Cuando por fin llegó su nombre, hubo un leve cambio en la sala.

—Kimbra … —el heraldo dudó apenas una fracción antes de usar el título otorgado por el Imperio— …Embajadora extraordinaria de la Arena.

Un murmullo recorrió a los nobles reunidos a los lados de la sala.

—Inclinaos ante vuestras excelentísimas majestades, la Reina Seraneth de O-Nyxeil, la princesa Elyndra de O-Nyxeil y el príncipe Amonir de O-Nyxeil.

Toda la sala se inclinó.

La Reina dio un paso al frente con una amplia y emocionada sonrisa en su rostro.

—Así que por fin os conozco.

Su voz era clara, casi musical por el acento, con una calidez que no anuló su autoridad.

La voz de una madre.

Bajó los escalones sin prisa, como si el protocolo se adaptara a ella y no al revés. Cuando estuvo a pocos pasos, la estudió sin disimulo. Con fascinación.

—He seguido vuestras hazañas con gran interés —continuó—. La Arena rara vez ofrece algo… memorable. Vos sí lo hicisteis.

Kimbra inclinó la cabeza.

—Vuestra Majestad es muy generosa.

—Oh, no —replicó Seraneth con una leve risa—. Soy sincera. La diferencia es importante.

A su espalda, la princesa descendió también. Su mirada se posó en ella sin hostilidad, pero con una intensidad afilada.

—Dicen que el Emperador os premió con el dominio del agua —dijo la Reina, obligándola a centrar de nuevo su atención en ella—. Un don poco común… y muy preciado.

—Hago lo que puedo con él, Majestad.

—La modestia es elegante —respondió—, pero aburrida.

Sus ojos brillaron con un entusiasmo casi juvenil que desentonó con la solemnidad del entorno.

A espaldas de la Reina, pudo captar la alarma en los ojos de Amonir. Fue un instante, pero suficiente para que ella mirara fugazmente al príncipe.

La Reina se giró hacia su hija.

—Elyndra.

La princesa avanzó un paso, las capas ligeras de su atuendo se agitaron con un movimiento que no parecía del todo causado por el aire de la sala.

—Madre.

—Nuestra invitada ha bailado con la muerte ante miles de ojos —dijo—. Sería una descortesía no ofrecerle a cambio una muestra de hospitalidad… a nuestra manera.

Algunos nobles intercambiaron miradas, ya comprendiendo hacia dónde se dirigía aquello. Intentaron contener la emoción, de una forma poco efectiva.

—Madre…

Amonir fue silenciado antes de que pudiese continuar con un gesto de la Reina.

Los ojos de Seraneth volvieron a Kimbra, vivos y expectantes.

—¿Nos concederíais el honor de una demostración amistosa? —preguntó—. Mi hija y vos. Agua y viento. Nada mortal, por supuesto… solo “Arte”.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellas.