Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 14 #4
55%

CAP 14 #4

Los jardines de la mansión no eran exuberantes. No había césped ni flores delicadas. Todo estaba dispuesto en formas precisas: caminos rectos, ángulos definidos, parterres hundidos donde crecían plantas de hojas gruesas y flores de colores intensos, casi violentos contra el fondo de piedra.

El agua corría por canales estrechos apenas emitiendo un murmullo constante.

Prefirió cambiar de tema.

—Esto es muy diferente a los jardines imperiales.

—Aquí nada puede depender de la abundancia —respondió él—. Son las personas como tú los que mantienen la lustrosidad.

Ella le miró extrañada y este rozó el colgante con discreción.

—Es de aquí de donde salen la mayoría de piedras usadas para los corazones. Se identificar un zafiro de agua a leguas… Sí fuera tú, lo mantendría escondido.

Ella asintió y se guardó el collar por dentro del traje.

—¿Has salido mucho de aquí?

Él no contestó enseguida.

—He viajado —dijo—. Lo suficiente para saber que todos los lugares creen ser el centro de algo.

—¿Y Herthanis qué cree que es?

—Un refugio —respondió tras un instante—. Lo cual puede ser otra forma de decir “fortaleza”, pero con mejores modales.

Ella soltó una risa baja.

—Eso sí lo entiendo.

Lyren saltó al borde del estanque y casi resbaló. El príncipe extendió la mano con rapidez, evitando que el animal cayera.

El gesto rompió la tensión.

—Uy… por poco —murmuró.

Ella le observó un instante de más.

—No me has dicho tu nombre.

El príncipe la estudió con una expresión indescifrable.

—¿Lo necesitas para hablar conmigo?

—Lo necesito para saber con quién discrepo.

Una sombra de sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—Amonir.

Nada más. No añadió título, ni apellido.

Sarek, no intervino, pero cambió el peso de una pierna a otra.

—No eres como otros enviados imperiales —dijo tras un momento.

—¿Eso es un cumplido?

—Es una observación.

Se cruzó de brazos.

—No hablas como alguien que ha elegido estar aquí.

Kimbra sostuvo su mirada.

—Es complicado.

Sintió como quiso preguntarle, insistir en el tema, pero no formuló ninguna pregunta. Su mirada se unió a la de él mirando el cielo. El sol descendía a su alrededor, tiñendo las columnas de tonos anaranjados.

—No hemos venido solo por cortesía —dijo al fín.

—Lo sé.

—¿Qué crees que haremos?

Amonir observó el agua antes de responder.

—Creo que venis a medirnos. Y decidir si es más rentable asociaros con nosotros… o no.

No hubo miedo en su voz.

—No hables demasiado Kimbra…

Intentó no mirar al gato. Pero tenía razón.

—¿Y vosotros, qué haréis?

—Nosotros haremos lo mismo.

La honestidad cayó entre ambos como una piedra que rompe la calma de un charco tranquilo.

No hubo amenaza, ni reproche.

Sarek, que se había mantenido oculto entre las columnas, dio un paso al frente.

—Alteza.

Amonir sostuvo la mirada de Kimbra un segundo más.

—Mañana mi madre recibirá formalmente a vuestra delegación —dijo—. Allí escucharás palabras más pulidas.

Hizo una leve inclinación de cabeza y dio un paso hacia atrás.

—Ha sido una conversación muy enriquecedora.

Se volvió hacia Sarek.

—Vamos.

Antes de alejarse, inclinó la cabeza con una profunda mirada que intentó transmitir algo que ella no supo bien interpretar. ¿Una advertencia?

—Kimbra.

Ella correspondió con otra inclinación sin saber si lo correcto era dirigirse a él por su nombre o por su título.

La noche en Herthanis no traía mucho frescor, pero al menos era un respiro tras la mirada constante y agobiante del sol.

Las antorchas encendidas a lo largo de las galerías proyectaban luces bajas y rojizas que convertían las columnas en sombras alargadas y temblorosas. El murmullo del agua era más evidente ahora, sin el ruido del día compitiendo con él.

Kimbra cruzó el último patio con pasos ligeros. No tenía prisa, pero tampoco quería encontrarse con nadie. La conversación con Amonir seguía girando en su cabeza como una puerta que no terminaba de cerrarse.

Se debatía si contar lo que acababa de descubrir o mejor callarse e intentar conseguir más información.

Empujó la puerta lateral que conducía al ala de huéspedes y se encontró de golpe con alguien que le esperaba.

—¿Te has divertido?

La voz salió de la penumbra antes de que lo viera.

Rion estaba apoyado contra una columna del pasillo interior. No llevaba el uniforme, pero su postura seguía siendo la de un soldado que no ha dejado de estar de guardia.

—He estado caminando —respondió ella, cerrando la puerta tras de sí.

—Todo el día.

No le estaba preguntando.

Avanzó por el pasillo, obligándolo a incorporarse si quería seguir con la conversación.

—No sabía que tenía toque de queda.

La alcanzó en dos zancadas.

—Sigue habiendo reuniones de planificación —dijo, controlando el volumen—. No tienes toque de queda, pero lo que sí puedes tener son enemigos. Y estamos en una ciudad que no conocemos.

—¿Enemigos? Estamos en una mansión vigilada por una docena de guardias.

—Precisamente.

Ella se detuvo de golpe.

—No confías en ellos.

—No confío en nadie. No los conocemos.

Sostuvo su mirada sorprendida por la actitud paranoica que estaba teniendo, sospechó cuál era su desconfianza por las raíces de sus guardianes.

—No soy una recluta que se ha perdido del grupo.

—No —replicó él—. Eres alguien que vale lo suficiente como para que tu desaparición cause problemas muy graves.

—No he desaparecido —dijo intentando controlar el enfado que empezaba a crecer en su estómago—. Estaba dentro de los límites que nos marcaron.

—Y yo no lo sabía.

Entonces lo notó. La preocupación se había vestido de autoridad.

Ella apartó la mirada primero.

—No tengo que dar parte de cada paso que doy.

—Cuando estamos en una misión, sí. Y más cuando formamos parte de una delegación imperial.

—Todos sabemos que mi título es puro teatro, no soy de la delegación.

—Formas parte de ella.

—No por elección.

Eso lo detuvo un segundo. Rion bajó la voz y suspiró acercándose un paso hacia ella.

—Kimbra…

Ella negó con la cabeza y le cortó recuperando la distancia entre ellos.

—No voy a vivir vigilada por un escolta cada vez que cruzo una puerta. No otra vez.

Rion pasó una mano por su nuca, frustrado.

—No intento controlarte de esa manera

—Entonces no actúes como si cada vez que me alejo fuera a morirme.

La dureza en su mirada se quebró un instante.

—Ese es el problema.

Las palabras salieron de su boca antes de que las pensara mejor.

Él intentó acortar la distancia entre ellos de nuevo.

Un calor reconfortante los envolvió y alargó la mano hacia ella.

Fue cuando lo notó, su preocupación, su mirada cálida y sus labios entreabiertos…

Lo que estaba pasando hizo que un nuevo peso se instalara en su pecho.

Un peso que no sabía si quería o no, al menos por ahora. Y eso le enfadó.

Con un movimiento rápido detuvo la caricia antes siquiera de que ocurriera.

—No soy tu responsabilidad.

Rion sostuvo su mirada ignorando el agarre de su muñeca.

—No. —Tragó saliva—. Pero tampoco eres… solo una soldado más.

El aire entre ellos se tensó, cargado de algo que aún no tenía nombre .

Kimbra se apartó de él.

—No hagas esto.

—¿Hacer qué?

—Convertirme en algo que tengas que proteger.

Rion bajó la mirada un segundo, parecía debatirse entre callar o cruzar una línea de la que quizá no podría volver.

Cuando volvió a mirarla, la voz ya no era la de un superior ni la de un compañero de armas.

—No me gusta no saber si estás bien.

Frunció el ceño y avanzó alejándose de él y de su calor.

—Te recuerdo que puedo cuidarme sola.