Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 14 #3
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CAP 14 #3

Al fondo de la sala, tras una mesa cubierta de tablillas ordenadas en filas perfectas, un joven la observaba con atención. No parecía sorprendido ni incómodo por su intromisión.

Su piel era tan oscura como las noches en alta mar: la luz que caía desde las aberturas altas dibujaba reflejos suaves en sus pómulos y en la línea de su frente. Llevaba ropa sencilla, de lino y seda de colores claros.

Los dedos y el borde de la manga estaban manchados por tinta. Ninguna joya ostentosa brillaba por ninguna parte.

A su lado, de pie, había otro hombre algo mayor. Más delgado. Espalda recta, manos cruzadas frente al cuerpo. Sus ojos estaban fijos en Kimbra sin ningún atisbo de antipatía pero sin duda evaluaba como de problemática podría ser.

Ambos onyxs.

Lyren saltó de la mesa donde estaba y aterrizó con suavidad en el suelo, desapareciendo de la vista de ambos hombres.

El joven señaló el rollo más cercano a la mano de Kimbra.

—Está invertido en la clasificación. Si lo abres por ahí, tardaré el doble en volver a dejarlo como corresponde.

Sonó como alguien resignado ante una tragedia logística.

Ella retiró los dedos sin apartar la vista de él.

—¿Eso es lo que te preocupa?

—Desde luego —respondió él con naturalidad—. El orden es lo único que impide que el conocimiento se convierta en ruido.

El asistente dejó escapar una exhalación casi imperceptible rodando los ojos. Aquella frase no era nueva para él.

Se cruzó de brazos y fingió mirar a su alrededor bajo la atenta mirada de los dos hombres, que no apartaron la mirada de ella.

—Es una biblioteca muy bonita… No parece un lugar muy vigilado para algo tan importante.

—Ese es el truco —dijo el joven—. Nadie teme lo que no entiende.

Hubo un leve roce de pasos en el pasillo exterior. El hombre mayor giró la cabeza un segundo antes de que la puerta volviera a abrirse.

Un guardia entró, apenas llevaba una armadura ligera y se detuvo ante Kimbra sorprendido de verla. Intercambió una mirada con los hombres y la ignoró por completo.

Avanzó y se inclinó ante el joven.

—Alteza. El consejo ha enviado los mapas del sector occidental.

El silencio se tensó un instante.

No miró al guardia, ni al hombre mayor, su mirada fue incapaz de escapar del miembro de la realeza al cual no había mostrado sus respetos.

Él no cambió de postura ni apartó la mirada de ella.

—Déjalos ahí —respondió con calma.

El guardia depositó un cilindro sellado sobre la mesa, inclinó la cabeza de nuevo y se retiró sin añadir nada más.

Cuando la puerta se cerró, el sonido pareció demasiado alto para la tensión que se había instalado en el lugar.

El chico fue el primero en romper el silencio.

—Si empiezas a inclinar la cabeza ahora, me veré obligado a fingir que soy alguien distinto.

Contuvo una sonrisa sosteniendo su mirada un instante más de lo necesario antes de responder.

—No iba a inclinarla.

Una sombra de aprobación cruzó fugazmente su expresión.

—Bien.

Lyren, confiado tras su tiempo de estudio bajo la mesa, avanzó hasta ellos. El asistente se tensó de manera imperceptible, pero el joven extendió la mano con tranquilidad.

—Al menos uno de nosotros ha decidido no concederle importancia al protocolo.

Ella no apartó la vista del gato.

—¿Qué opinas?

Pero este no contestó.

El gato olfateó sus dedos y no retrocedió.

—Lyren solo confía en unos pocos.

—Entonces estamos a salvo —respondió él con suavidad.

Se levantó por fin. Era alto, incluso entre los onyxs, y esbelto, su presencia cambiaba la habitación cuando se movía. Se acercó a uno de los mapas recién traídos y rompió el sello sin mirarla.

—Has entrado sin escolta, sin anunciarte y con expresión de estar huyendo de algo —dijo mientras desenrollaba el pergamino—. Eso suele indicar dos cosas: curiosidad o incomodidad.

—¿Cuál cree que es mejor?

—Tutéame, por favor— dijo sin apartar la vista del mapa que tenía en las manos—. Depende de quién pregunte es mejor una u otra.

Ella avanzó un paso hacia la mesa movida por la curiosidad.

—Me aburría.

—Eso es más tedioso aún.

Desenrolló el mapa por completo y lo depositó sobre la mesa para que ella pudiese verlo también. Líneas rojas marcaban rutas que se internaban en zonas montañosas. Algunas estaban reforzadas con símbolos geométricos; otras, tachadas. Muchas morían en una ciudad en el centro del desierto.

Señaló una de las rutas anuladas.

—¿Se ha vuelto intransitable?

—Todo es transitable —respondió—. La cuestión es para quién.

El asistente reorganizó varias tablillas sin interrumpir, pero sus ojos no se apartaban de la pareja.

—¿Estudias fronteras? —preguntó ella.

—Estudio lo que ocurre cuando alguien decide moverlas.

Kimbra dejó que el sonido del pergamino se asentara entre ellos.

—El Imperio también estudia eso —dijo.

Él no respondió de inmediato pero la miró de reojo un instante.

—Tiene sentido.

No hubo ironía en la respuesta.

—No hemos cruzado el océano por cortesía diplomática.

Esta vez él levantó la vista y la observó como si esa fuera la primera frase relevante que había pronunciado.

—No —dijo finalmente—. Nadie cruza mares por cortesía.

Enrolló el mapa de nuevo con precisión.

—¿Y tú? —preguntó sin inflexión—. ¿Cruzas mares por lealtad… o por inercia?

Sintió el peso de la pregunta e intentó no mostrar incomodidad.

—No lo sé, siento que si me detengo alguien decidirá por mí.

Él inclinó la cabeza, aceptando la lógica de su respuesta.

—Así que actuas por inercia... Interesante.

Se produjo un silencio más largo. Pero no fue incómodo.

—Este lugar —dijo él al fin, señalando alrededor— funciona porque todo está donde debe estar. Cada cosa cumple su función. Cada persona también.

Sus ojos volvieron a ella.

—La cuestión es si lo eliges tú, o lo eligen por tí.

No sabía si se refería a ella, o a sí mismo.

Lyren saltó de nuevo a la mesa y se acomodó junto a un montón de pergaminos, parecía que había decidido que aquel territorio le pertenecía y la conversación le aburría.

El joven observó al animal y luego a ella.

—Podéis quedaros un rato —dijo—. Siempre es útil que alguien ajeno mire los mapas. A veces ve líneas que los demás ya damos por sentadas.

Salir de la biblioteca fue volver a un mundo más brillante de lo necesario.

El sol de la tarde caía sobre los patios, dorando los bordes de las columnas y encendiendo destellos en el agua de los estanques.

El joven cerró la puerta tras ellos con cuidado, como si dejara algo vivo descansando dentro.

—Si te quedas demasiado tiempo ahí dentro —dijo el chico—, acabas creyendo que el mundo se puede ordenar con estanterías.

—¿Crees que se debería hacer?

—Bueno… solo hasta que alguien prende fuego a la estantería equivocada.

Su asistente tras ellos habló, interrumpiéndoles.

—Alteza, el ala oeste estará preparada antes del anochecer.

Kimbra miró al joven sin disimulo esta vez sabiendo que tarde o temprano tendrían que hablar de ello sin rodeos.

Él exhaló por la nariz.

—No hace falta recordarlo en todo momento, Sarek.

El hombre mayor inclinó la cabeza con suavidad.

—Mi función es recordar lo que algunos prefieren ignorar.

—Y ejecutarla con eficacia impecable —replicó él, sin molestia real.

El hombre se volvió hacia Kimbra y realizó una ligera inclinación.

—Me presento. Soy Sarek, asistente personal de Su Alteza el príncipe De O-Nyxeil, príncipe de Herthanis.

Miró sorprendida al joven.

¿Estaba ante el heredero al trono?

—No me has dicho tu nombre —preguntó él desviando el foco de atención.

Ella dudó un instante, preguntándose si era mejor aceptar la distracción o seguir por donde su curiosidad le dictaba.

Al final decidió concederle el gusto.

—Kimbra.

Él arqueó las cejas sorprendido.

—Así que no soy el único con una posición secreta. Kimbra, la Embajadora Extraordinaria de la Arena.

Ella intentó contener una sonrisa ante la sorna del príncipe.

Sin éxito.

Lyren pasó entre ellos, indiferente al protocolo, y avanzó hacia una zona de sombra bajo una palmera baja.

Sarek se retiró unos pasos, quedando a distancia prudente, satisfecho tras haber aclarado las jerarquías en la conversación.

Caminaron hacia el estanque principal de uno de los patios. El agua reflejaba las columnas en líneas que bailaban en la superficie divertidas ante la situación.

—Tu Imperio también estudia las fronteras —dijo el príncipe, retomando la conversación anterior—. Es una forma elegante de decirlo.

—Las palabras son herramientas —respondió ella.

—Y también armas.

Ambos se detuvieron al borde del estanque.

—Herthanis no puede permitirse que otros aseguren lo que atraviesa nuestras tierras —continuó—. Ya hemos sido “asegurados” antes.

Kimbra apoyó una mano en la piedra intentando buscar algo sólido en lo que apoyarse.

—¿Y la solución es ocupar antes de que os ocupen?

Él la miró de perfil.

—La solución es que nadie tenga la tentación de intentarlo.

—Eso se parece mucho a una expansión violenta.

—Se parece —admitió—. La clave está en quién escribe la crónica después.

El viento arrastró una fina capa de arena contra los muros exteriores empolvando el entorno.

—¿Estás de acuerdo con eso?

El príncipe tardó en responder.

—Estoy de acuerdo en que mi pueblo no vuelva a ser propiedad de nadie —dijo finalmente.

Esperó, esperó tal vez una justificación o algún argumento que acompañara lo que acababa de descubrir.

Pero el príncipe no habló más.

—Eso no responde a mi pregunta.

Él la miró divertido.

—Responderla implicaría asumir que tú no informarás de la respuesta.

La falta de hostilidad y la franqueza hicieron que Kimbra se replanteara su impulso a informar, no le conocía de nada, no sabía ni su nombre de hecho. Pero sabía que podría sacar algo mejor si se mantenía callada. Por ahora.

—¿Crees que no soy capaz de tener una conversación sin tener que tomar apuntes?

—Creo que perteneces a una estructura que no suele desaprovechar información útil.

Ella esbozó una ligera sonrisa mirando a su alrededor. ¿Pertenecer? Aún le resultaba una palabra demasiado grande para ella.