CAP 14 #2
Maera la observó un instante más, y le acarició con brusquedad la cabeza al gato, que bufó ofendido por la osadía. Luego se giró y empezó a andar.
—No te ahogues, lo has hecho bien. No eres un desastre del todo.
El carruaje avanzó sin prisa, pero sin detenerse nunca.
Apartó la cortina lateral apenas un dedo mientras acariciaba distraída a Lyren que dormitaba en su regazo.
—¿Por qué dices que te has traído al gato?
Arlan no parecía muy a gusto con la presencia del animal.
—No puedo dejarlo en el barco, seguro que se lo terminan comiendo. Con nosotros está más seguro.
El animal ronroneó confirmando lo que decía la chica. Mientras Rion sonrió y acarició la cabeza del animal con brusquedad, sacándole un ligero bufido.
—No te preocupes general, seguro que conseguimos adiestrarlo y nos sirve de algo.
Lyren miró fijamente al chico tensando los hombros, lo que hizo que Kimbra ajustara su agarre para evitar que el gato saltara sobre su compañero.
El paisaje no se volvió más verde al alejarse del puerto.
Canales estrechos corrían paralelos al camino, desviaciones del gran río, guiados por muros de piedra que parecían tan antiguos como el propio terreno. A intervalos regulares se alzaban torres bajas y anchas, con aberturas verticales.
—Protegen el río... —murmuró Kimbra.
Arlan miró por la ventana sin contestar.
A ambos lados del camino aparecían barrios escalonados de piedra, techos planos cubiertos con telas tensadas para crear sombra.
Las calles no eran caóticas: seguían patrones organizados, líneas que dirigían el movimiento del aire y de la gente.
Aquí y allá, patios hundidos albergaban jardines pequeños, resistentes, donde crecían árboles de hojas gruesas y flores de colores intensos que parecían desafiar al clima por pura obstinación.
Onyxs caminaban por las calles con paso seguro, sin apartarse apresuradamente ante el paso de la comitiva, pero sin obstaculizar tampoco. Siempre les observaban, y en su mayoría, no había un gesto de agrado en sus rostros.
Entre ellos, vio más ssharith de los que había esperado, cargando bloques de piedra o supervisando trabajos en muros y canales. También algunos nuvarii en zonas más cercanas al agua, moviéndose entre depósitos y cisternas abiertas.
Y de nuevo, como en el puerto, leonoides. No había muchos. Patrullaban siempre en parejas, con armaduras ligeras y cuchillas largas a la espalda medio ocultas por sus espesas melenas. Su presencia era suficiente para imponer respeto sin necesidad de pedirlo.
—No parecen mercenarios ni gente sin alma —murmuró Rion desde el interior del carruaje.
—¿Sin alma? —preguntó Arlan extrañado.
Rion se limitó a negar con la cabeza.
El camino comenzó a ascender con suavidad.
La capital no necesitaba altas murallas de defensa, se protegía situándose en una elevación natural reforzada por terrazas de piedra que dividían los barrios de la ciudad.
Cada nivel estaba marcado por arcos monumentales decorados con relieves geométricos y figuras estilizadas: ríos, soles, animales salvajes, manos entrelazadas y formas que parecían llamas convertidas en símbolos espirituales.
Cuando cruzaron el último arco, llegaron al espacio reservado para las clases altas y los huéspedes más selectos.
La residencia asignada no era un palacio, pero tampoco una simple casa de huéspedes.
Era una mansión amplia, de muros gruesos y colores claros, organizada alrededor de varios patios interiores.
Columnas esbeltas sostenían galerías sombreadas, y en el centro del patio principal un estanque rectangular reflejaba el cielo blanco del mediodía.
El agua en sitios como ese era una declaración de estatus, no simple decoración.
El carruaje se detuvo bajo un pórtico exquisitamente decorado. Varias figuras les aguardaban: sirvientes onyxs con túnicas claras, manos cruzadas al frente, posturas rectas y perfectas.
El consejero Oiseth descendió de su propio vehículo con la misma calma con la que había esperado en el muelle.
—Esta residencia pertenece a la Corona —explicó— y se reserva para delegaciones extranjeras. Tendréis privacidad y la mejor seguridad, dentro de sus muros.
Un sirviente se adelantó para guiar a Arlan. Otro esperó a Kimbra, inclinando la cabeza con respeto.
—Vuestras estancias han sido preparadas según la información que se nos proporcionó —continuó el consejero—. Si algo no es de vuestro agrado, decídnoslo y se corregirá.
Bajó del carruaje y el calor del patio la envolvió, más suave allí gracias a la sombra y al agua. Aun así, el aire olía a piedra caliente y metal. Miró a su alrededor y pudo ver a los guardias alojados en sitios estratégicos.
—Su Majestad enviará el aviso cuando pueda recibiros —dijo el onyx—. Hasta entonces, Herthanis espera que encontréis descanso tras el viaje.
Observó el estanque, las columnas, las puertas pesadas de madera oscura que conducían al interior. Las palmeras altas y gruesas se dispersaban como retazos insistentes de vida que el desierto quería eliminar.
—Gracias, consejero —dijo Arlan.
Oiseth inclinó la cabeza una vez más en señal de agradecimiento.
Kimbra no ponía en duda que la Reina y todas sus comodidades cuidasen bien de sus invitados, pero divertirlos no debía entrar en el protocolo de bienvenida.
El silencio de la habitación no era natural.
No era el silencio de la noche antes de una emboscada, ni el de un bosque cubierto de nieve. Era un silencio construido. Muros gruesos que ahogaban el viento, puertas pesadas que absorbían los sonidos, telas densas que apagaban ecos. Todo pensado para ofrecer descanso.
Un descanso asfixiante.
Esa mañana la luz del exterior entraba tamizada por celosías de conchas talladas.
Dibujaban patrones geométricos sobre el suelo y las paredes, como sombras ordenadas que no se atrevían a salirse de su sitio.
En el centro de la estancia, una mesa baja sostenía una jarra de agua fresca y frutas cortadas con exquisita precisión.
Estaba sentada en el borde del lecho, los codos sobre las rodillas y una daga giraba entre sus dedos de forma monótona y repetitiva. Pensando si en esa ocasión destrozar las frutas antes de comérselas le daría placer o ya le aburría del todo.
Solo llevaban apenas dos días y ya estaba harta de las lecciones de historia y estrategia del general.
Lyren, en cambio, había explorado cada rincón desde que llegaron. Había olfateado los tapices, inspeccionado las rendijas de las ventanas, arañado sin éxito la base de una puerta intentando abrirla.
Ahora estaba echado en el alféizar, la cola moviéndose por inercia, observando el patio a través de la piedra tallada.
—Es todo tan perfecto… —murmuró.
Lyren giró una oreja, pero no se molestó en mirarla.
—Demasiado tranquilo. Demasiado limpio. —Hizo girar la daga una vez más y la detuvo en seco—. Los lugares así siempre ocultan algo sucio y oscuro.
El gato soltó un bufido bajo.
—Pocas veces has tratado tú con la realeza… Siempre es así, perfecto.
Kimbra se puso en pie de golpe.
—Y una mierda. Como no descubra algo fuera de lugar me voy a arrancar los pelos, no puedo seguir con las reuniones de Arlan.
Se colgó la daga al cinto, ajustó las correas de este y cruzó la habitación hasta la puerta abriéndola con cuidado.
El pasillo exterior estaba en penumbra, refrescado por corrientes de aire que se deslizaban desde los patios interiores. Dos sirvientes caminaban en silencio cargando toallas dobladas.
Ninguno se sorprendió al verla sacar la cabeza. Ninguno hizo ninguna pregunta.
Los días que había estado ahí había descubierto que toda la guardía que vigilaba, y protegía el lugar, lo hacían desde fuera de las paredes de la mansión. Nunca entraban.
Libertad dentro de los muros.
—¿Por qué no te quedas quieta? Apenas sabemos nada de este sitio, aquí estamos frescos y tranquilos…
Kimbrá le lanzó al animal una mirada afilada y este resopló resignado ante la insistencia mental de la chica.
Lyren salió primero, trotando con la cola en alto.
Ella lo siguió por las galerías que rodeaban el patio central.
Desde allí, la mansión parecía un pequeño mundo en sombra donde todo lo que estaba fuera de su linde brillaba más: estanques rectangulares, árboles de hojas gruesas plantados en cuadrículas perfectas, caminos de losas brillantes que conectaban pabellones secundarios ajenos al edificio central.
No tardó en notar que uno de esos pabellones estaba más apartado del resto.
Más bajo. Más antiguo.
No tenía las decoraciones llamativas que cubrían otras estructuras, ni la puerta ornamentada. Sus muros eran lisos, de piedra sin pulir, y las ventanas, estrechas y altas, estaban protegidas por celosías de madera más cerradas.
El gato se acercó seguido de la chica y se detuvo frente a la puerta, olfateó la base y la miró.
—Entremos aquí.
—¿Qué has encontrado ahora?
Kimbra empujó la puerta. Se sorprendió al ver que esta no estaba cerrada con llave, al contrario que muchas otras que había intentado abrir antes.
Un frescor reconfortante le acarició el rostro. El olor era distinto al resto de la mansión: pergamino antiguo, cuero, tinta seca…
Dio un paso más hacia dentro y cerró tras ella la puerta con mucho cuidado.
La estancia estaba llena de estanterías bajas y robustas. Rollos, tablillas, códices encuadernados en cuero oscuro.
Mapas colgaban de varillas ennegrecidas por el tiempo. Algunos mostraban ríos, otros cordilleras y otros… zonas marcadas con símbolos que no supo reconocer.
No era una biblioteca ornamental dentro de una guía para fardar del recorrido.
Aquella estaba en uso.
Lyren ya había saltado a una mesa y olfateaba un conjunto de pergaminos abiertos.
Ella pasó los dedos por el lomo de un códice que el animal había ignorado deliberadamente. No sabía leer las lenguas del sur, pero reconocía mapas. Reconocía símbolos militares. Reconocía marcas de rutas.
—No tocaría ese si fuera tú.
La voz no fue brusca ni amable. Fue más bien… cuidadosa.
Giró sobre sí misma al instante, sorprendida husmeando en una biblioteca desconocida, donde no había sido invitada.