Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 14
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CAP 14

Herthanis apareció ante ellos en una promesa de solemnidad.

Las orillas se alzaban en terrazas de piedra brillante, pulida por siglos de arena y sol. No había bosques que suavizaran la vista, ni praderas que prometieran jugosas cosechas. Solo desierto… y, sin embargo, allí se alzaba un reino próspero.

El puerto no brotaba del suelo igual que las urbes del norte.

Parecía tallado en él, como una escultura hecha a manos del mejor artista del desierto.

Columnas esbeltas, altas como lanzas, sostenían pórticos abiertos a la playa y a la desembocadura del río.

Los muros estaban cubiertos de frescos y de relieves geométricos que capturaban la luz del sol y la devolvían en destellos teñidos por lacas de colores.

Telas gruesas, tensadas entre azoteas, proyectaban sombras frescas sobre las calles, abarrotadas en ese momento.

Todo era pétreo, resistente y aún así pensado para embellecer.

—Parece… —murmuró uno de los hombres de la escolta— como si la ciudad supiera que el desierto va a intentar tragársela.

Kimbra no respondió. El puerto tenía atrapada su atención, pues hervía de una actividad adictiva.

Entre gritos, órdenes y empujones, los trabajadores descargaban barcazas repletas de minerales que relucían bajo el sol como si escondieran fuego en su interior: oro, plata y piedras preciosas afloraban entre rocas más oscuras.

Más allá, el repiqueteo de los martillos se extendía por toda el muelle.

Los artesanos forjaban y tallaban al aire libre, y el ritmo de sus golpes terminaba fundiéndose en un único pulso que parecía marcar el compás de toda la ciudad.

Y entre todo aquello, la gente.

Tardó unos segundos en comprender qué le inquietaba. No era la ropa, ni las armas, ni el sudor que impregnaba a todos.

La mayoría de los habitantes del muelle tenían la piel negra, profunda, como obsidiana azulada pulida. Bajo el sol del sur, esa negrura no apagaba la luz: la absorbía y la hacía brillar desde dentro. Eran altos y esbeltos, vestían telas claras, que contrastaban con su inquietante piel.

Onyxs.

Sintió un flashazo en su cabeza de un recuerdo perdido. Una mujer embarazada de cicatrices doradas la miró con dolor.

Parpadeó y agitó la cabeza.

—Por el Emperador… —susurró uno de los guardias—. Son… casi todos.

No era del todo cierto, pero se sentía así.

Distinguió a varios ssharith moviéndose entre los cargamentos: de escamas opacas color arena, hocicos alargados y vivos ojos que no parecían parpadear nunca.

Sus movimientos eran eficientes, silenciosos, cada gesto medido para gastar la menor energía posible bajo ese sol implacable.

Más cerca del agua, descargando redes de pesca y ánforas húmedas, trabajaban algunos nuvarii. Sus pieles brillaban con una humedad viscosa, de tonos oscuros, entre verdosos y azulados, que parecían cambiar según la luz. Respiraban con una cadencia distinta al resto.

Pero lo que realmente detuvo las conversaciones en cubierta fueron las otras figuras.

Eran solo dos, caminaban por el muelle escoltando una carreta cargada de lingotes sellados.

Eran más altos que cualquier humano del grupo, casi tanto como los Onyx, de hombros anchos y espaldas rectas.

Sus cabezas leoninas se alzaban orgullosas luciendo melenas trenzadas con cuentas metálicas que tintineaban al moverse.

Sus ojos ámbar recorrían el puerto con atención implacable.

Leonoides.

Notó cómo varios de sus compañeros se agolpaban por la admiración y respeto a aquellas figuras.

Las historias sobre los leonoides cruzaban fronteras más rápido que los ejércitos: guerreros feroces, mercenarios implacables, guardianes de caravanas que atravesaban territorios donde nadie más sobrevivía.

Y allí estaban. Caminando entre la multitud siendo escoltas corrientes.

—Este lugar no se parece a nada del Imperio… —murmuró, más para sí que para los demás.

Lyren, encaramado al borde de la baranda, agitó la cola blanca con interés, sus ojos dorados también evaluaban a las figuras que Kimbra sintió que podrían ser primos muy lejanos del animal.

El barco terminó de amarrar con un golpe contra el muelle. Una pasarela fue extendida y, al otro lado, los recibió una pequeña comitiva.

Tres personas en concreto.

En el centro, un onyx de edad difícil de precisar. Su piel era tan oscura que parecía fundirse con las sombras de su túnica oscura. Llevaba la cabeza afeitada y un único anillo ancho de oro en la base del pulgar derecho, grabado con símbolos que no reconoció.

A cada lado, dos guardias. Sus armaduras eran ligeras de placas superpuestas, negras con reflejos rojizos, lanzas largas rematadas en puntas que no brillaban como acero ni ningún metal.

Era piedra volcánica pulida.

La pasarela crujió bajo las botas del general Arlan al ser el primero en descender. Su capa, demasiado pesada para el clima del sur, no se movía con el viento: caía rígida, parecía que incluso la tela se negaba a relajarse allí.

Kimbra bajó tras él con Lyren en los brazos. Rion, Sierra y Drenor la siguieron.

El consejero onyx aguardó inmóvil.

De cerca, su presencia fue más intensa. No imponía por volumen ni por gesto, lo hacía por una quietud absoluta, una estatua que hubiera decidido hablar.

—Bienvenidos a Herthanis —dijo con una elegante inclinación de cabeza —. Soy Oiseth, consejero de Su Majestad.

Su mirada recorrió al grupo con calma, deteniéndose un instante más en Arlan y en Kimbra. Evaluándolos con una sutileza poco disimulada. Su gesto intentó evitar la crispación al ver al gato en brazos de la chica.

—La capital se alza un día hacia el interior —continuó—. Su Majestad os recibirá al final de la semana, tal como fue acordado. Hasta entonces, esperaréis en la residencia de invitados con todo lo que necesitéis.

Arlan inclinó la cabeza.

—Consejero Oiseth —saludó—. Agradecemos la recepción.

—General —respondió este con la misma medida exacta de respeto—. Herthanis valora a quienes cruzan el océano para encontrarse con nosotros, en lugar de llamarnos a distancia.

Notó que el consejero no miró las insignias de Arlan. Todas aquellas condecoraciones no significaban nada para él.

—El viaje ha sido… ilustrativo —dijo este para luego admirar su alrededor—. Vuestra tierra no se parece a ninguna otra.

—El sur no permite imitaciones —respondió con orgullo—. Solo permanencia.

Rion dio un paso al frente, lo suficiente para dejar claro que no era un simple escolta.

—Vuestro puerto está muy bien organizado —dijo—. Mucho más de lo que esperaba en un entorno tan… exigente.

Los ojos oscuros del consejero se posaron sobre él. Con interés.

—El desierto enseña eficiencia —dijo—. Desperdiciar energía aquí es una forma lenta de suicidio.

Kimbra desvió la vista hacia los muelles aburrida por el parloteo diplomático. Y justo en ese momento vio quien bajaba del barco.

El mercader de sedas.

Hasta ese momento había sido solo una figura más del pasaje: telas finas, manos suaves, sonrisa discreta. Ahora descendía por otra pasarela, en el extremo opuesto del barco, acompañado solo por un ayudante que cargaba cofres estrechos y alargados.

No se dignó a mirar a la comitiva, ni se despidió.

Un carruaje cerrado, sin insignias, aguardaba por él. El mercader subió con la naturalidad y la facilidad de alguien a quien no le han extirpado la posibilidad de ver.

Frunció el ceño.

—¿Crees de verdad que es ciego?

Lyren también estuvo observando al mercader, pero decidió no contestar.

—Su Majestad lamenta no recibiros de inmediato —continuó Oiseth—. La capital requiere preparativos cuando llegan visitantes de… peso.

—Lo comprendemos —respondió Arlan—. También preferimos conocer el terreno antes de las audiencias formales. Así podremos elogiar a la Reina por su administración.

El onyx falseó una sonrisa.

—La mansión que se os ha asignado se encuentra dentro de los dominios exteriores de la capital —explicó el consejero—. Tendréis libertad de moveros dentro de los límites establecidos.

Kimbra y Rion se miraron fugazmente. ¿Límites?

—¿Y fuera de ellos? —preguntó ella.

El consejero apenas giró la cabeza. No le agradó la pregunta.

—Fuera de ellos puede que, a veces, el sur deje de ser hospitalario del todo.

Rion cuadró la espalda.

—Interesante… —murmuró Lyren en su cabeza.

Arlan intervino antes de que la conversación se afilara demasiado.

—Agradecemos la advertencia. No hemos venido a poner a prueba la paciencia de vuestra tierra.

El consejero asintió una sola vez.

—Herthanis siempre honra sus acuerdos —dijo—. Incluso los que exigen… constancia.

Frunció el ceño confundida pero evitó mirar a Rion para que el hombre no se fijara en ella. ¿A qué se refería?

Se despidieron rápido del asistente cuando una voz conocida la detuvo de camino al carruaje .

—Vas demasiado recta.

No necesitó girarse para reconocerla.

Maera avanzó desde la rampa del barco con el paso firme de quien no pide permiso nunca. Llevaba la misma ropa de cubierta, salpicada de sal y envejecida por el tiempo.

—Pensaba que no bajabas nunca del barco.

—No tenía intención de hacerlo.

Se detuvo frente a ella, evaluándola como si aún estuvieran en mitad del entrenamiento. Arlan instó al resto a dejarlas solas.

El murmullo de las olas y de los canales de desagüe llenaron el aire entre ellas.

—Cuando el agua no se mueve… es porque alguien la está sujetando.

Sostuvo su mirada sin terminar de entenderla.

—Lo tendré en cuenta.

Maera resopló.

—No. Lo vas a olvidar en cuanto alguien te trate como si ya supiera quién eres.

Kimbra se mordió el labio sujetando su mirada más de lo necesario.

—Recuerda, cuando algo no se mueve, o no quiere moverse, es porque algo lo sujeta. Algo que no quiere soltar.

La mujer dio un paso atrás.

—No intentes tomar el control. Primero observa y aprende.

Asintió, más despacio esta vez. Había algo en todo aquello que la enterneció. Sabía qué Maera era una mujer de pocas palabras, y se estaba molestando en advertirla. No entendía de qué o de quien, pero aún así lo agradeció.