CAP 13 #3
Lyren terminó la pieza de pescado y se relamió con poco disfrute.
—Te he estado observando. Da igual la disciplina… eres igual de terca en todas.
Kimbra frunció el ceño.
—No empieces.
—Ya te pasó en la Arena. Ahora te dicen que no luches contra las corrientes y sigues queriendo embestir como si fueras un toro.
Apretó la mandíbula guardándose el comentario mordaz.
—Kimbra, el agua no es un caballo al que se le tira de las riendas. —Se relamió una pata con parsimonia—. Es más parecido a un dragón. Nadie obliga a un dragón. O vuelas con él… o te deja atrás.
Ella le miró y le dijo mordazmente:
—¿Y tú qué sabrás de montar dragones?
La noche cayó sin ceremonia, tragándose el horizonte hasta que mar y cielo fueron la misma masa negra, salpicada apenas por estrellas temblorosas entre jirones de nubes.
El barco siguió avanzando con ese ritmo antinatural que nadie comentaba en voz alta y solo disminuía la velocidad en las noches, cuando los responsables de dicho avance dormían.
Kimbra se apoyó en la borda, con los antebrazos doloridos y una rigidez nueva en los hombros. Los entrenamientos con Maera le dejaban la sensación de que le habían vaciado los músculos y rellenado con arena húmeda.
Cada movimiento arrastraba un cansancio y una sequedad que se le instalaban en la lengua y la garganta.
Cerró los ojos un momento.
Debajo, muy por debajo, las corrientes de agua avanzaban con un paso lento y tranquilo. Una gran bestia que se dejaba flotar a la deriva sin preocupaciones ni miedo.
—Si sigues frunciendo el ceño así, se te va a hundir la frente.
Kimbra no se giró.
—Estoy segura de que eso preocupa a todo el Imperio.
Rion se apoyó a su lado, mirando al frente. La brisa nocturna le movía el cabello, pero había algo más apagado en su postura. No tenía la ligereza burlona de otras veces.
—Maera es… intensa —dijo.
—Supongo que no quiere que parta el barco en dos.
—Puede —respondió él—. Para ser tú, es un avance.
Ella soltó un bufido entre el cansancio y la diversión.
El silencio se estiró unos instantes, acompañado por el crujido rítmico de la madera y el murmullo lejano del agua.
—¿Qué ha pasado con Sierra? —preguntó él al fin.
Desvió la mirada para alejarla más de él.
—Nada.
El chico resopló indignado.
—¿Te crees que soy tonto? No os habláis desde que subimos al barco.
Se mordió el labio, pero al final decidió que era mejor contárselo. Cuando lo hizo, él relajó la postura.
—Ah, así que es eso.
—No termino de entenderlo la verdad.
Rion no desvió la mirada del horizonte.
—Sierra piensa que está todo podrido desde la raíz.
—¿A qué te refieres?
Él tardó en responder. Se pasó una mano por el cabello, como si estuviera ordenando algo más que palabras.
—Fue criada para creer que ciertas familias deberían decidir el destino del Imperio. Linajes antiguos. Apellidos que pesan más que cualquier ley. Los hijos de las Grandes Casas. Los antiguos soberanos del continente...
Kimbra frunció el ceño.
—No es nuevo que un linaje antiguo se crea con el derecho al poder...
—Lo que pasa es que el sistema tampoco la contradice del todo.
El viento azotó las velas y el escote de la camisa entreabierta de Rion.
—Las Ciudadelas donde entrenamos… no son precisamente democráticas. Sin nombre, sin linaje, ni siquiera cruzas las puertas.
Ella miró sus manos, manchadas aún de sal y enrojecidas por el roce de las cuerdas.
—Y yo la crucé.
Rion la miró de reojo.
—Exacto.
No supo qué responder, pero esa palabra le raspó la garganta.
—Una vez dentro —continuó él, más bajo— el apellido deja de importar. Y es donde sus privilegios empiezan a desaparecer.
—¿Y eso?
Rion soltó una risa sin humor.
—A la Mano de Oro no le interesan los apellidos. Le interesa lo que funciona.
—Utilidad —murmuró ella.
—Sí.
El barco crujió bajo sus pies.
—La Guardia es lo que todos ven. El estandarte, el desfile. Nosotros… somos otra cosa.
Kimbra no apartó la vista del agua.
—¿Entonces qué sois?
Él dudó antes de responder.
—Somos lo que ocurre cuando el Imperio no puede permitirse que algo ocurra.
Ella frunció el ceño.
—¿Eso qué significa?
—Hay cosas que el Imperio no puede hacer en público. Entonces… aparecemos nosotros.
El silencio se espesó.
—En realidad eso es lo que importa —añadió—. Ni la lealtad, ni el linaje, ni la gloria. Es la capacidad de hacer lo necesario.
La frase sonó pesada en su boca.
—Sierra es muy complicada.
Él se carcajeó.
—Lo es. Tiene una opinión y unos pensamientos muy puristas.
Eso hizo que lo mirará con el ceño fruncido.
—¿Purista cómo?
—Puro como una herida cauterizada. Limpia y sin infección.
Pudo ver el debate interno que tenía su compañero reflejado en su rostro.
—Sierra cree que si alguien va a ensuciarse las manos por el Imperio… debería decidir después.
—¿Decidir? ¿Por encima del Emperador?
Rion sostuvo su mirada unos segundos demasiado largos.
—Sierra respeta al Emperador, no cree estar por encima de él —dijo finalmente—. Pero cree que ganando honor por su linaje no debería estar ligada solo a ser un mercenario. Quiere un honor de verdad,
—No quere más honor... sino más poder.
—Puede ser…
Ambos miraron las aguas que les rodeaban.
—Por eso le incomoda que tú estés aquí.
—¿Yo?
—Sí, y a muchos.
Rion se incorporó y un brillo rojo atrajo su mirada. En el centro de su pecho brillaba engarzado un rubí. Precioso y tallado a la perfección incrustado en su piel.
Miró hacia abajo y pudo ver similitudes con el zafiro de su colgante.
—¿Qué es eso Rion?
El chico miró hacia la piedra y le miró extrañado, pero al ver su colgante suavizó el rostro.
—Claro. No sabes lo que son los corazones de piedra ¿Verdad?
Ella negó con la cabeza.
Rion se acercó a ella y cogió entre los dedos el collar que llevaba. El zafiro contrastaba a la perfección con el brillo rojo del rubí y el chico se mantuvo cerca para que ella pudiera compararlos.
—Los corazones de piedra solo se engarzan en personas que tienen el poder adecuado, así les ayuda a potenciarlo —bajó la voz y se acercó a ella un poco más—. En las personas como tú os otorga el poder para controlarlo.
Desvió la mirada de la piedra a la de su compañero.
Sentía el calor de su cuerpo. El calor que latía bajo el rubí de su pecho. El pulso constante de las corrientes que se movían alrededor del barco.
Cerró los ojos.
La inquietud que sentía era extraña.
No tenía claro si era la cercanía de Rion, el calor que sentía entre ellos, el poder que resonaba entre ambas piedras o la sensación de estar asomándose a algo mucho más grande de lo que había imaginado.
Y quizá eso era lo que más la inquietaba.
Le costaba distinguir una cosa de la otra.