CAP 13 #2
La corriente se tensó como una cuerda y el barco dio una sacudida brutal hacia un lado. Los barriles rodaron, alguien gritó una orden que se perdió entre el crujido violento de la madera. Desde las jarcias, un aerokinético perdió el equilibrio y tuvo que sujetarse con ambas manos para no caer.
El arnés se le clavó en el pecho cuando el cabo tiró de ella hacia atrás. Abrió los ojos de golpe con el corazón desbocado.
—¡SUELTA! —rugió Maera.
Retiró la presión de golpe, como si hubiera tocado un hierro al rojo vivo. La corriente se descontroló un instante antes de volver a su cauce forzado por el resto de aquakinéticos.
El barco tardó varios segundos en estabilizarse. Demasiados.
Cuando sus pies tocaron madera, Maera la agarró del arnés y la obligó a girarse hacia ella.
—¿Eso qué ha sido?
Intentó responder, pero solo le salió un balbuceo sin sentido.
—Has embestido una corriente a alta velocidad, igual que harías con un escudo en un patio de entrenamiento ¿En qué estabas pensando? —escupió.
Señaló con la cabeza hacia el casco.
—Eso no es un muro. Es una masa en movimiento. Si la bloqueas, te bloquea de vuelta. Mucho más fuerte. Y nosotros estamos encima.
Kimbra miró el agua, que seguía golpeando el barco con una normalidad que ahora le parecía sumamente peligrosa.
—No… no era mi intención —murmuró.
—Al mar no le importan tus intenciones —cortó la mujer.
La soltó con un empujón seco.
—Otra vez.
Kimbra la miró, incrédula.
—Ahora —insistió Maera—. Antes de que el océano decida que ya ha tenido suficiente paciencia contigo.
Ella volvió a cerrar los ojos, el pecho aún dolorido por el tirón del arnés, y buscó de nuevo la barandilla para volver a descender al filo del agua esperando que la corriente la alejara de esa mujer.
No consiguió estabilizar la respiración hasta varios minutos después.
El temblor de sus brazos hizo cuestionarse si en realidad el barco se balanceaba tanto como parecía. Ya no quedaba nada dentro de su estómago por echar.
—No es cuestión de fuerza.
Se giró extrañada, pues Maera había dejado la lección por ese días tras otro incidente con la corriente.
El hombre estaba a unos pasos, apoyado con aparente despreocupación contra una de las estructuras del barco. El nudo de la seda roja que cubría sus ojos flotaba con gracia a su alrededor.
—Es una cuestión de ritmo —añadió—. Y tú todavía no lo escuchas.
Kimbra torció el gesto y se mordió la lengua.
—Estoy en ello…
El mercader de sedas sonrió de medio lado y levantó una mano en su dirección.
—Me gustaría no caerme por las escaleras con este balanceo… ¿Me harías el favor?
Ella miró a su alrededor.
Nadie parecía prestarles atención y los marineros que pasaban a su lado mantenían las distancias con un protocolo que no seguían con ella.
Suspiró y se acercó a él ofreciéndole su brazo.
Él enhebró el suyo con gracia y firmeza.
Bajaron el primer tramo de escaleras un poco apretados. Él no cedía espacio y no la permitió que se adelantara o se atrasara para facilitar la bajada.
Llegaron a una puerta de doble hoja al final del pasillo principal. El ruido del mar llegaba amortiguado hasta ellos, como si tuviesen los oídos embotados por las alturas o algo por el estilo.
—Aquí.
Se mantuvo quieta esperando que el hombre se adelantara. Pero este se mantuvo enganchado a su brazo con una expresión suave y en calma. No parecía dispuesto a hacer el esfuerzo por abrir la puerta, por lo que se vio empujada a hacerlo ella.
Cuando abrió la hoja de esta, el mercader avanzó con ella cerrando tras ellos la puerta.
El interior no era lo que esperaba.
Todo estaba impecable, ordenado y decorada hasta la última esquina. Tapices de seda cubrían las paredes y en frente, reinando el camerino, se encontraba un impresionante ventanal por el que se veía la estela de espuma que dejaba el barco a su paso.
El mercader se soltó y se acercó a un armarito donde empezó a rebuscar.
No pudo evitar acercarse a los cristales. Desde ahí la inmensidad del océano era abrumadora, todo lo que se veía era agua y cielo, nada más.
Podría haber pasado ahí el resto del viaje.
—Gracias. ¿Quieres un tentempié?
Ella desvió la vista y observó la bandeja de uvas y fruta fresca que había dejado en la mesa principal.
—No, gracias.
El hombre se llevó una uva a la boca, la saboreó sin disimulo y suspiró como si llevara días sin probar algo tan suculento.
—Están mejor de lo que esperaba —dijo, casi para sí—. Es impresionante lo que has conseguido.
No pudo contener el gesto que le contrajo el rostro.
—No es una tarea complicada ayudarle a bajar las escaleras.
La carcajada que soltó el mercader posiblemente llegó hasta cubierta.
—¡Oh, querida! Me refería a tu puesto de embajadora.
Kimbra tragó saliva y desvió la vista hacia el mar, dándole la espalda a ese hombre que buscaba sumergirse en algo que no terminaba de entender.
—La mayoría, en ese momento, habría buscado salir con vida, algo esperable. — Escuchó cómo el hombre masticaba pausadamente otra fruta—. Es de agradecer encontrar a gente como tú. Dispuesta a colaborar y a ayudar.
Se miró las manos echando de menos el poder de sus escudos.
—No fue para tanto.
—Puede… pero es de valorar.
Una silla se movió y el tapizado crujió bajo el peso del mercader.
Miró de reojo por encima del hombro y vio que el hombre estaba más interesado en buscar la uva perfecta que en ella. Las acariciaba y pesaba de una mano a otra. Parecía que mantenía la conversación por pura cortesía.
—Desde las pruebas ya diste pistas de ello.
Eso sí hizo que se girara por completo hacia él y diera un paso para acortar la distancia.
—¿Qué sabe usted de las pruebas?
El mercader no respondió de inmediato. Se tomó su tiempo escogiendo otra uva, girándola entre los dedos evaluando si era el bocado perfecto para el momento.
—Los cotilleos viajan mejor que cualquier barco o carruaje —dijo al fin—. Y suelen llegar antes.
Se llevó la fruta a la boca y la masticó con parsimonia y deleite.
—Si sabes dónde escuchar… —añadió con calma terminando de tragar— …y con quién hablar. Ayuda tener buenos contactos.
Su mano hizo un gesto vago alrededor de la estancia que hizo que Kimbra desviara la vista momentáneamente.
—Y buenos lugares desde los que recibirlos.
Kimbra apretó los labios.
—Eso no explica nada.
El hombre desvió su atención hacia ella. Si no fuese por la venda, habría estado segura que sus ojos habían brillado de diversión a juego con la ligera sonrisa que suavizó su rostro.
—¿Acaso debo explicarte algo a ti?
Lo sintió como una bofetada que enrojeció su rostro.
Antes de que pudiera replicar, alguien llamó a la puerta cortando la valentía que había sentido repentinamente. La puerta se abrió sin esperar respuesta.
El general Arlan ocupó el umbral.
Sus ojos pasaron del mercader a ella, primero de sorpresa casi disimulada, y después de duda.
—No esperaba encontrarte aquí.
Kimbra miró al mercader sin saber qué responder, pero este lo hizo por ella.
—Es una chica muy amable, puedes retirarte.
Ella quiso replicar, quería saber más, pero la mirada del general hizo que se apresurara a la puerta. Cuando miró hacia atrás, antes de que se cerrara la puerta, pudo ver la ligera inclinación de cortesía que hacía dándole la espalda.
Se debatió entre espiar a través de la puerta o no, pero al final supo que no sería beneficioso que la encontraran haciéndolo.
Avanzó por el pasillo y miró a lo lejos la luz que venía del exterior, sintió un escalofrío al pensar que Maera la volviese a mandar al costado del barco y decidió bajar más.
El olor fue lo primero que le llegó.
Arrugó la nariz al bajar la escalerilla hacia la bodega inferior. Sal, madera húmeda… y algo más denso, rancio. Grano mojado, telas guardadas demasiado tiempo, y el rastro inconfundible de animales que nadie quería tener a bordo.
Un marinero pasó junto a ella cargando un saco al hombro.
—Cuidado dónde pisas —murmuró—. Las muy condenadas se cuelan por cualquier rendija.
No hacía falta preguntar de qué hablaba.
Un chillido agudo cortó el aire en algún rincón entre las cajas. Luego, un golpe seco. Después, silencio.
Avanzó entre barriles asegurados con cuerdas y redes enrolladas. La luz que entraba por las rendijas del casco dibujaba líneas finas en el polvo suspendido. El barco crujía distinto allí abajo: más grave y cercano, como si el mar respirara al otro lado de la madera.
Lo vio junto a un montón de sacos de harina.
Tenía el lomo erizado y una rata grande estaba inerte bajo sus zarpas. Sus ojos dorados se alzaron hacia ella sin sorpresa. Sin nada que recordara al gesto torpe de un gato doméstico pidiendo aprobación.
Y su gesto era claramente de desagrado.
Ambos se quedaron quietos unos segundos, evaluando si la alimaña se encontraba muerta o no.
—Dime que está muerta.
Un marinero joven apareció por detrás cargando una linterna de aceite.
—¡Eh! —dijo al verlo—. ¡Mira por donde! Este gato sí que va a ser útil, al fin y al cabo.
Se acercó sin miedo y dejó caer un trozo de pescado seco al suelo.
—Toma, cazador.
Lyren soltó la rata y dejó el cuerpo abandonado en una esquina. El gato olfateó el premio, pero antes de inclinarse, volvió a mirar a Kimbra.
—No recordaba que en los barcos se comiese tan mal…
El chico le dió una palmada en la espalda que casi hizo que cayera de bruces.
—Desde que apareció, hay la mitad de ratas —añadió satisfecho—. El contramaestre dice que trae suerte.
Ella forzó una media sonrisa.
—Claro.
El chico se fue y miró de nuevo a Lyren. Este empezó a comerse la pieza de pescado con desgana.
—No pienso hincarle el diente a ninguno de esos roedores, a saber cuántas enfermedades tienen.
Kimbra se cruzó de brazos.
—¿Cómo estás haciendo para que desaparezcan las ratas?
Este la miró torciendo el gesto.
—Tirandolas al agua ¿Tú qué crees?
Se dejó caer contra la pared, lo más lejos posible de la rata muerta concentrándose en las motas de polvo que bailaban delante de ella.
—Maera me está agotando —murmuró—. Apenas llevamos un par de días y siento que el océano y ella se han puesto de acuerdo para odiarme.