CAP 13
La madera del barco crujía como si fuera obligada a sostener más tensión de la que fue hecha para soportar.
Kimbra no necesitó asomarse por la borda para saber que el océano estaba embravecido.
Lo sentía en las plantas de los pies, en la vibración constante que subía por la madera del casco y se le instalaba en las rodillas, en la base de la columna, detrás de los dientes.
No era el balanceo habitual de una nave empujada por las olas.
Se apoyó en el mástil principal, fingiendo buscar equilibrio, cuando en realidad intentaba decidir si su estómago iba a rendirse esta vez o no. Llevaban ya una semana de viaje, y aunque los mareos y las náuseas habían disminuido, no era capaz de jurarlo del todo.
Las velas estaban tensas hasta el límite.
Sobre las jarcias, dos aerokinéticos trabajaban con los brazos extendidos y los dedos trazaban sinuosos e intrincados dibujos, sosteniendo hilos invisibles para ellos.
El aire a su alrededor vibraba, se arremolinaba en corrientes dirigidas que inflaban la lona con una fuerza antinatural.
La brisa que soplaba no era natural: eran ráfagas artificiales, empujones calculados que hacían gemir la madera.
Más adelante, cerca de la proa, un grupo de figuras permanecía arrodillado junto a la borda. Los aquakinéticos.
No eran simples marineros: llevaban correas ajustadas al cuerpo que formaban parte de un sistema de sujeción anclado al barco. No miraban el horizonte, ni hablaban entre ellos. Tenían los ojos cerrados o fijos en el agua, y las manos apoyadas sobre la madera escuchando, sintiendo a través de ella.
La primera vez que Kimbra entendió para qué servían tantas correas se quedó atónita.
Algunos se quedaban en cubierta, analizando las corrientes que los rodeaban, pero otros trabajaban colgados en los costados del barco.
Suspendidos a pocos palmos del agua, movían las corrientes con la maestría de un artista.
Abajo, casi rozando el agua, impulsaban la nave a través del océano sin inmutarse.
Kimbra tragó saliva. Cerró los ojos un instante, dejando que el ruido del barco se desdibujara, y buscó lo que había debajo de ellos intentando olvidar el mareo.
Al principio solo encontró el caos: espuma, choque de corrientes superficiales, el arrastre irregular del viento rugiendo en sus oídos. Pero si apartaba eso… si dejaba de escuchar y empezaba a hacerlo con ese instinto que había despertado con el colgante…
Allí estaba.
Una masa enorme deslizándose bajo el casco, un río dentro del océano. No seguía el ritmo natural de las corrientes abiertas; era domada, forzada a torcer su curso. Sentía la presión de varias voluntades guiándola, redirigiéndola como quien fuerza una masa demasiado grande para oponerse de frente.
Abrió los ojos de golpe cuando una sacudida más violenta que las anteriores recorrió la cubierta. Un marinero perdió el equilibrio y soltó una maldición al chocar contra unos barriles. Las poleas chirriaron, protestando. Uno de los aquakinéticos arrodillados comentó algo que no llegó a entender.
—¡Media altura! —gritó una mujer—. ¡Banco de peces!
Kimbra se asomó por la barandilla y vio destellos plateados bajo la superficie. Un banco de peces saltaba más adelante, atravesando la ruta del barco. Los aquakinéticos que trabajaban colgados fueron izados con rapidez hasta la mitad del casco para evitar que los animales los golpearan.
Las olas alrededor del barco eran hipnóticas, se quedó mirándolas demasiado tiempo, olvidando incluso el retortijón de sus tripas.
—Kimbra.
Esta parpadeó y apartó la vista del agua. El mundo pareció volver de golpe: el crujido del barco, el silbido del aire forzado en las velas, los pasos apresurados de los marineros esquivando cabos tensos y el mareo.
El general Arlan la observaba desde unos pasos más allá, firme pese al balanceo. No se sujetaba a nada. Su capa oscura de invierno se movía con elegancia a su alrededor.
Se enderezó de inmediato.
—General.
—Veo que te encuentras mejor. Acompáñame.
Echó a andar hacia la proa, donde el tránsito era menor y las órdenes se daban en voz baja. Ella lo siguió con un nudo en el estómago.
Les aguardaba una mujer de cabello recogido en una trenza apretada, salpicada de hebras grises. Llevaba las mangas de la blusa remangadas y los ásperos antebrazos marcados por antiguas cicatrices finas. Sus botas estaban húmedas hasta media pantorrilla.
No se dignó a saludar, estudió de arriba abajo a la recién llegada, haciéndola sentir un artículo en subasta.
—Aquí la tiene —dijo Arlan, sin preámbulos—. Desde ahora, queda bajo su supervisión durante el resto del trayecto.
La mujer asintió una sola vez.
—¿Cuánto controla?
—Lo suficiente para ser peligrosa. Pero no para sobrevivir.
Los ojos de la mujer volvieron a clavarse en la chica.
—Nombre.
—Kimbra.
—Desde este momento respondes ante mí, y solo ante mí. Hasta que no lleguemos a tierra no volverás a estar bajo el mando del general —dijo con voz áspera—. Soy Maera.
Kimbra frunció el ceño y miró al hombre. Aquello no era una simple presentación y no estaba entendiendo porque pasaba a manos de esa mujer.
Arlan cruzó las manos a la espalda.
—Tu entrenamiento está ahora en sus manos, Kimbra. Herthanis no es territorio donde sobrevivan los mediocres ni los que solo saben hacer trucos de salón.
El viento se coló entre las jarcias con un silbido agudo.
A lo lejos, uno de los aerokinéticos hizo un movimiento con las manos haciendo que el barco lo acompañara con un balanceo.
El mareo volvió, pero no supo si fue por el movimiento de la nave o por la perspectiva que le esperaba con su nueva instructora.
—Hasta ahora —continuó el hombre— has aprendido a mover el agua.
Señaló con un leve gesto hacia el océano, oscuro e inquieto alrededor del casco.
—Ahora aprenderás a no dejar que el agua te mueva a ti. A entender lo que es realmente el poder del océano.
Kimbra sostuvo su mirada, pero sintió un nudo tenso formarse bajo el esternón.
Maera dio un paso al frente.
—Lo que hacen ellos —dijo señalando con la barbilla a los aquakinéticos colgados del costado— no es moldear el agua. No es dibujarla. No es congelarla ni lanzarla como un látigo.
Sus ojos volvieron a los de Kimbra.
—Es negociar con masas que podrían partir este barco en dos sin darse cuenta.
Otra sacudida recorrió la cubierta, como si el mar quisiera subrayar sus palabras.
—Vas a aprender a sentir corrientes que no ves —añadió—. A desviarlas sin romperlas. A ceder cuando empujan y a empujar cuando ceden.
Hizo una pausa breve.
—El dominio sobre el agua no es una batalla. No luchas contra ella. Si intentas imponerte… —Miró hacia el mástil, que crujió bajo la tensión de las velas—. Nos hundes.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Pesado igual que la responsabilidad que le estaban poniendo sobre los hombros.
Arlan observó a Kimbra un instante más, calibrando algo que no expresó en voz alta.
—Empiezas ahora —dijo al fin.
Y, sin añadir palabra, se marchó, dejando tras de sí la sensación de que acababa de entregarla a algo demasiado grande para ella.
Maera chasqueó la lengua.
—Ven. Vamos a ver cuánto tardas en dejar de pelearte con el mar.
La llevó a un tramo despejado del costado de estribor, donde cabos gruesos colgaban cayendo por el costado del barco. El agua golpeaba el casco a pocos palmos, levantando salpicaduras frías que oscurecían la madera.
—Aquí —dijo.
Uno de los aquakinéticos que trabajaba fue izado a cubierta con ayuda de dos marineros.
Tenía los labios amoratados y las manos enrojecidas por el frío.
Al pasar junto a ella, ni siquiera la miró.
Se limitó a cederle el lugar, con el cansancio de quien abandona un puesto tras una guardia interminable.
Maera tomó uno de los arneses y se lo lanzó.
—Póntelo.
Lo sostuvo un segundo de más, notando el peso del cuero mojado. Algo hubo en su gesto que le arrancó una carcajada a la mujer.
—No vas a caer —rió Maera—. Pero eso no significa que no puedas hacer que todos los demás sí lo hagan.
No estaba bromeando.
Con ayuda de uno de los aquakinéticos, se ajustó el arnés alrededor del torso y los muslos.
El cabo de sujeción quedó anclado a una argolla reforzada del casco.
Cuando se acercó al borde y miró hacia abajo, el mar no la saludó sereno; los remolinos y corrientes le parecieron la manada de animales salvajes dispuestos a pasarla por encima.
—No mires las olas —ordenó la mujer a su espalda—. Solo servirá para distraerte. Quiero que sientas lo que hay debajo.
Tragó saliva y apoyó una mano en la borda. El mareo aún embotaba su cabeza, pero el miedo era el que calaba cada fibra de su cuerpo. Cerró los ojos y descendió.
Al principio solo encontró lo mismo que antes: espuma, impacto, el vaivén superficial que subía y bajaba sin orden. Su respiración se aceleró, desacompasada con el balanceo de la nave.
—Más profundo —dijo Maera—. No con los músculos. Con el centro. Olvida el escándalo que produce la superficie.
Apretó los dientes. Dejó que el ruido se apartara poco a poco, como si se hundiera bajo capas de agua cada vez más frías y densas.
Entonces lo notó. La corriente.
No era una línea ni una forma definida, era una presión constante desplazándose bajo ellos, enorme, pesada, el lomo de una bestia que nadaba en la oscuridad al compás del barco.
Y aún así la noto suave, sedosa.
—Bien —murmuró Maera—. Ahora no la empujes. Solo tócala.
Extendió su percepción con cautela, igual que había hecho tantas veces con corrientes mucho más pequeñas, con chorros y charcos, con agua contenida entre muros de piedra.
Pero aquello era más grande. Más salvaje y animal.
Aun así, lo intentó.
Buscó un punto de apoyo en aquella masa en movimiento y empujó. Y esta respondió de inmediato.