Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 12 #3
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CAP 12 #3

El ruido del puerto regresó de golpe.

Kimbra no se giró.

No estaba segura de si habría sido capaz de soportar ver su rostro… y luego perderlo.

Permaneció inmóvil unos instantes más intentando controlar las lágrimas.

El mar parecía un manto oscuro de terciopelo cuando cayó la noche.

La cubierta se había vaciado poco a poco. Solo quedaban algunos marineros de guardia y el crujido constante de la madera ajustándose al vaivén del agua.

Kimbra apoyaba las manos en la barandilla de la borda buscando algo de firmeza que controlara sus mareos.

El olor salado no conseguía borrar al metálico que aún sentía agarrado en la garganta, sus manos firmes y profesionales se negaban a soltarla el cuello.

La curiosidad no desaparece. Se disciplina.

Cerró los ojos un segundo.

—Sabes que esto no es un viaje diplomático de verdad, ¿no?

La voz de Sierra llegó sin aviso, sobresaltándola.

—Nunca lo es.

Se colocó a su lado, sin llegar a apoyarse en la barandilla.

El silencio se tensó entre ambas, apenas roto por el viento azotando las velas.

—Nos han traído para mostrarte —continuó su compañera—. Para enseñar lo que el Imperio puede hacer con alguien como tú.

Las palabras encajaron demasiado bien con la conversación de esa tarde.

Apretó la madera intentando controlar el desagrado que amenazaba con mancharle la boca y respiró hondo.

—¿Alguien como yo?

—Sí. —Ahora sí la miró—. Alguien que no fue formada para esto.

Kimbra apenas giró la cabeza.

—No pedí estar aquí.

—No se trata de pedirlo. —La voz de Sierra no se alzó—. La Mano de Oro no es un lugar al que se llega. Es la continuación de un deber que empezó mucho antes de nosotras.

Señaló la cubierta con un gesto leve.

—Esto no es un premio. Es una función dentro de una estructura que lleva generaciones sosteniendo el Imperio.

Sostuvo su mirada sin responder.

—Y tú no formas parte de esa cadena. Eres… una excepción que el sistema ha decidido integrar.

—No sabes lo que he perdido para estar aquí —dijo en voz baja.

—No —admitió—. Pero eso no cambia nada.

Quiso marcharse, no quería discutir con ella. Desde el principio sabía que por algún motivo no era de su agrado. Una vela se azotó por el viento acompañando el sentimiento de Kimbra de abofetear a su compañera.

—Eres propaganda —añadió al final—. La prueba de que el Imperio puede convertir a cualquiera en algo… útil.

Apartó la vista hacia el mar negro.

—¿Y tú qué eres?

Sierra frunció el ceño.

—Yo soy lo que se supone que debe estar aquí.

—Al menos tú tuviste elección.

Abrió la boca para responder, pero Kimbra le interrumpió.

—No —dijo girándose con brusquedad hacia ella—. A ti te criaron para desear esto. A mí me trajeron porque encajaba en algo que necesitaban.

La miró con un cansancio que no intentó ocultar.

—La diferencia es que yo sé que me están usando.

Eso dejó a Sierra sin una respuesta inmediata.

—No eres la única que carga con expectativas que ella misma no eligió —dijo Sierra al final en un susurro que casi se lo llevó el mar.

Kimbra sostuvo su mirada un segundo más.

—Yo solo elegí sobrevivir.

Fue Sierra quien bajó la vista primero. Ambas se mantuvieron ahí, en silencio, hasta que decidió marcharse dejándola sola, en calma con sus mareos.

—Primera vez en el mar —dijo una voz áspera a un lado, sacándola de sus pensamientos.

Kimbra giró la cabeza.

Un marinero mayor, de piel curtida y barba salpicada de sal, ajustaba una cuerda enrollada sobre un poste mientras la miraba divertido.

—Se nota —añadió él—. Los de tierra firme miráis el agua como si pudiera morderos.

—¿Puede hacerlo?

El hombre escupió por la borda.

—El agua no. Lo que vive debajo… eso ya es otra historia.

Kimbra esbozó una media sonrisa cansada.

—¿Monstruos marinos?

El marinero negó lentamente.

—Lo peor son los dragones.

Un par de marineros cercanos soltaron una carcajada.

—Otra vez con eso.

—Reíos —gruñó el hombre—. También os reíais cuando dije que la tormenta del año pasado venía torcida.

Ambos hombres resoplaron cansados.

—Ya lo hemos hablado, Harl —dijo uno de ellos mientras tiraba de una de las gruesas cuerdas—. Los barcos que desaparecen en Herthanis lo hacen por las tormentas de la zona o por ataque de otros bichos, no son dragones.

—Los dragones están extintos —dijo el otro con calma—. Eso es historia básica.

Harl miró a Kimbra con una mezcla de lástima y terquedad.

—Eso dicen en el Imperio.

El viento tensó las velas.

—¿Y tú qué dices? —preguntó ella.

El marinero apoyó los antebrazos en la borda.

—Tres inviernos atrás. Noche cerrada. Sin luna. El agua empezó a hervir sin razón lógica. Los peces saltaban como si algo los empujara desde abajo.

Hizo una pausa dramática.

—Y luego una sombra pasó bajo el casco. Más grande que este barco.

Notó que no estaba bromeando.

Nadie rió esta vez.

—A la mañana siguiente —continuó— encontramos redes carbonizadas. No rotas. Quemadas.

El silencio se extendió.

—Las ballenas no queman redes —añadió mirando con resentimiento a los otros.

—Las historias crecen en el mar —dijo uno de los otros marineros, intentando aliviar la tensión.

Harl no respondió.