CAP 12 #2
Ella apoyó las manos en su pecho. El tejido oscuro del uniforme apenas ocultó la firmeza de los músculos debajo y no pudo evitar sentir un calor subirle por el cuello y las mejillas.
—No eres mi padre Rion, puedo cuidarme sola.
Él arqueó una ceja, apretó los pectorales y la miró divertido torciendo una sonrisa.
Satisfecho.
—¿Te gusta?
Ella, avergonzada e irritada, terminó de empujarlo y se separó de él avanzando por el pasillo sin atreverse a mirar atrás.
—Necesito hablar con él, y no puedes venir.
Cuando se alejó por el pasillo, todavía podía sentir el calor de sus manos contra el uniforme de Rion.
Tuvo que preguntar por ahí como llegar por su apresurada huída, pero aún asi la gente le dio las indicaciones con gusto.
La carnicería no tenía letrero. Solo una puerta de madera oscura reforzada con hierro y una ventana cubierta por una cortina encerada que dejaba pasar la luz sin permitir ver el interior.
Kimbra llamó una vez.
No obtuvo respuesta.
Miró a ambos lados de la calle. Era estrecha, con tablones de madera cubriendo el barro que se formaba en los grandes huecos del adoquinado.
Y aunque estaba sola, la presión de su nuca le inquietaba, no sabía si alguien la estaba observando o la inquietud desde que salió del despacho se había vuelto casi física.
Respiró hondo y empujó la puerta esperando que no se abriera, pero esta cedió.
La campanilla sonó con un tintineo seco cuando cruzó el umbral y desapareció entre las sombras.
Dentro hacía más frío que fuera.
El espacio era amplio y limpio en exceso. Ganchos de hierro colgaban del techo, algunos ocupados por piezas de carne abiertas con cortes lustrosos, abiertos como flores en primavera.
No había moscas, ni sangre corriendo por el suelo.
Solo un olor metálico, tenue y constante, que le acariciaba sútil en la penumbra.
Detrás del mostrador, un hombre trabajaba con un cuchillo largo y estrecho. No se molestó en levantar la vista.
—Aún no está abierto.
—No he venido a comprar.
El cuchillo siguió deslizándose. Separó una pieza con una presión exacta, deslizándose con suavidad entre la carne y el hueso.
—Entonces te has equivocado de lugar.
—No —respondió ella—. Creo que no.
El hombre dejó de cortar con un suspiro leve y limpió la hoja con un paño.
Solo entonces alzó la vista.
Sus ojos eran grises y claros. No fríos. Despiertos.
En cuanto se posaron en ella, hubo un brillo de reconocimiento.
—Ah —dijo—. Eres tú.
No se movió, pero sintió la puerta detrás palpitante, como si la incitara a abrirla de nuevo y salir corriendo. Pero se resistió.
—¿Sabes quien soy?
—Sí. —Dejó el cuchillo con suavidad sobre la madera—. Sé reconocer a alguien que ha pasado por la tortura que intentan vender como juegos del perdón.
Ella sostuvo la mirada.
—He venido a ver si funciona.
Él inclinó apenas la cabeza.
—¿El qué?
—La reinserción. ¿La redención?
—Ah.
No sonrió, pero tardó en contestar.
—¿Y has venido sola para comprobarlo?
—Sí.
—Muy valiente.
—¿Por qué?
Él apoyó ambas manos sobre la mesa.
—El alcalde sospecha que he vuelto a mis antiguos hábitos.
—¿Y lo has hecho?
No hubo ofensa en su expresión, pero sus ojos la recorrieron de arriba a abajo mientras su boca contenía a medias una mueca.
—No.
—¿Lo deseas?
Esa vez sí hubo una pequeña crispación en su gesto.
—Esa es una pregunta complicada.
Dio un paso más hacia el mostrador, ignorando el frío, ignorando el escalofrío que le recorrió la nuca, incluso el claro rechazo que ese hombre sentía hacia ella, o a lo que representaba.
—¿Has dejado de desearlo?
Él la observó con más atención ahora. Como si evaluara el filo de la pregunta.
—Mi padre era médico —dijo al fin—. Me enseñó que el cuerpo tiene leyes. Si no las entiendes, matarás a quien intentas salvar.
Cogió de nuevo el cuchillo y separó una articulación de lo que tenía entre manos con un giro limpio, sin apartar la mirada de los ojos de Kimbra. La pieza cayó sobre la mesa con un golpe húmedo.
—Yo solo estudiaba las leyes.
—Eso no responde mi pregunta.
—No.
Apretó los puños ante el silencio que el hombre no parecía estar dispuesto a romper.
—¿Fueron sólo siete?
—¿Importa?
No sintió orgullo ni vergüenza en sus palabras.
—¿Y ahora qué?
Volvió a desviar la vista hacia su trabajo humedeciendose los labios.
—Ahora corto carne que ya está muerta. Pago impuestos. Duermo por la noche…
—Muy rutinario.
—El Imperio mide en rutinas —respondió con calma.
Ella fijó la mirada en sus manos trabajando. Firmes. Sin ningún atisbo de duda o temblor. Eran grandes y suaves, tenían más pinta de manos de un buen amante más que las manos de un asesino.
—¿Ha cambiado?
Volvió a dejar el cuchillo y la miró directamente a los ojos.
—Dímelo tú. ¿Te enseñaron a dejar de ser lo que eras o a usarlo mejor?
—¿Cuál fue tu crimen?
Fue ella la que tuvo que contener el gesto esta vez.
—Yo… no lo recuerdo.
Él la miró intensamente, sin comprender.
—¿Qué?
—No lo recuerdo. Nada antes de llegar a la Arena…
—¿Y qué haces aquí?
—Te he dicho…
—Has venido a ver si funciona la redención. ¿De que te quieres redimir tú?¿Del olvido?
Cogió aire para responder, pero no fue capaz de contestar.
Él asintió.
—El Imperio no me puso aquí por misericordia. ¿Sabes?
—¿Entonces?
Sus dedos rozaron el cuchillo.
— Soy preciso, no me tiembla el pulso… y la sangre no me provoca ningún desagrado. Son cualidades útiles. Antes y ahora.
—¿Entonces no ha cambiado nada?
—He cambiado de contexto.
Kimbra miró a su alrededor, los ganchos de hierro atraparon su atención de una forma morbosa y oscura.
—¿Sigues sintiéndolo? —insistió ella.
Él no fingió no entender a lo que se refería.
—La curiosidad no desaparece —tras una pausa añadió—. Se disciplina.
Separó otro trozo de carne con precisión milimétrica.
—Además, aquí nadie grita.
Un escalofrío la recorrió entera como una caricia fresca.
—¿Y si un día vuelves a hacerlo?
—El Imperio quiere que falles, no te enseña a redimirte Embajadora, te enseña a ocultar lo que eres… o a perfeccionar tu técnica para que no te descubran.
Las palabras quedaron suspendidas entre los ganchos de hierro. Se arrepintió de haberse acercado tanto.
—¿Y qué has elegido? —preguntó ella en voz baja.
Él bajó la mirada a sus manos limpias, firmes.
—Un lugar donde encajo sin molestar.
—¿Y funciona? —preguntó ella.
El hombre alzó la vista una última vez.
—¿Tú qué crees?
Con un movimiento seco, estampó la carne contra la madera.
Kimbra dió un brinco sobresaltada.
El aire del puerto la golpeó con una bofetada húmeda cuando cerró la puerta tras de sí.
Y aun así, el olor metálico a sangre seguía adherido a su paladar como una palabra que no quería pronunciar… Como unas manos que le rodeaban la garganta para que dejara de respirar.
Dio un paso.
Luego otro.
Quiso salir corriendo, pero se obligó a no hacerlo, a pensar con claridad. No iba a matarla, estaba rehabilitado… ¿Verdad?
El ruido del puerto era un animal vivo: poleas chirriando, hombres gritando órdenes, el golpeteo irregular de cajas contra los muelles.
Y entonces… el animal dejó de respirar.
Alguien había hundido el mundo bajo el agua estancada de un charco abandonado, amortiguando todo a su alrededor.
—Sabía que eras tú.
La voz no atravesó el aire. Se abrió paso directamente detrás de sus ojos. En su cabeza.
El pulso le subió a la garganta, le presionó en los oídos.
Se detuvo de golpe.
Conocía esa voz.
—No —le detuvo la voz—, si te giras tendré que romper el recuerdo, y será doloroso.
Una corriente fría recorrió su nuca.
—Thaxis… —susurró.
Durante un instante, el mundo a su alrededor vibró. Un calor reconfortante y cercano lo tiñó todo a su alrededor.
—Chica lista.
Hubo orgullo en sus palabras.
La calle seguía ahí. Podía verla. Una hilera de casas inclinadas, ropa húmeda colgando entre balcones, una ventana abierta que dejaba escapar el olor del guiso que estaban cocinando.
Pero los bordes estaban desenfocados.
Como si alguien hubiera pasado los dedos por la pintura fresca del mundo.
—La Oráculo —dijo ella manteniendo la vista fija en la pared frente a sí—. Si te veo…
—Si me ves, me encontrarán.
Una sombra cruzó el reflejo opaco de un vidrio cercano.
—No permitas que tu mente intente completarme —añadió él con suavidad—. Ella busca imágenes claras.
La presión en su cráneo aumentó apenas un instante.
—¿Estás bien?
Él sonrió en su cabeza.
—Por ahora.
—¿Ann?
—Respira.
El alivio no fue explosivo.
Pero fue una grieta diminuta en una pared que llevaba meses sosteniendo sin darse cuenta.
—No deberías estar aquí —dijo ella.
—Estaré bien.
Sintió su mano en el hombro, pero no supo si la caricia fue real.
—Te están moviendo como una pieza.
La frase cayó con más peso que cualquier acusación haciendo que sus ojos se humedecieran un poco.
—Lo sé.
—No. —Le corrigió con cariño.
Sintió un roce en su mente.
Él sostuvo una puerta cerrada en su mente cuando estuvo a punto de recordar su rostro.
—Hay cosas que aún no puedes permitirte pensar —murmuró.
El viento del puerto atravesó la calle con un soplo frío.
Durante un segundo, el olor a sal se mezcló con los recuerdos de su memoria.
Polvo... Arena...
Sangre.
—Escúchame bien, Kimbra.
Su mirada volvió al presente.
—Necesitas que alguien te enseñe a proteger tu mente, a que no te la manipulen o a que la conviertan en una jaula. Si eso pasara…
La presión en su cabeza se tensó.
—…no intentes romperla sola.
La calle intentó inclinarse levemente.
—No te entiendo. No sé dónde encontrarte —susurró.
—No necesitas hacerlo.
El mundo empezó a recuperar su peso. Los colores volvían a su tono natural, el sonido empezó a volverse claro, la temperatura…
Sintió un brillo clavarse en su mente, una esperanza… un faro en la noche.
—Yo te encontraré, solo deja claro que me necesitas.
—¿Por qué?
Esta vez el silencio fue más largo.
Sintió algo cálido, casi paternal, rozar el borde de su conciencia.
—Ten cuidado en Herthanis. No me hagas subir a un barco para ir a buscarte.