Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 12
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CAP 12

El convoy avanzaba como una criatura larga y articulada sobre la gran calzada imperial.

Desde su montura, veía la columna desplegarse en orden: la caballería abriendo paso, carretas cubiertas con lonas tensadas, el carro sellado de armamento flanqueado por guardias, y más atrás los vehículos administrativos donde escribas y contables seguían trabajando incluso en movimiento, inclinados sobre tablillas aseguradas con correas.

Más atrás aún, el carro logístico desprendía aroma a especias y pan tostado. Alguien se reía. Alguien discutía por la sal en un guiso.

Una ciudad con ruedas.

—Es obscenamente cómodo —dijo Rion cabalgando a su lado—. He estado en embajadas donde dormíamos sobre sacos de avena.

—Demasiado cómodo —resopló Sierra desde el otro lado—. Demasiado visible.

—Te preocupas demasiado.

—Y tú no lo suficiente.

Los escuchó sin intervenir, con la mirada perdida en el vaivén del sedoso pelaje de su montura. El traqueteo constante de los carros a su alrededor se había vuelto casi hipnótico.

—¿Tú qué piensas? —preguntó Rion al fin.

Kimbra tardó en responder.

—Que todo funciona demasiado bien.

Sierra soltó una risa breve arqueando una ceja.

—¿Demasiado?

—Me refiero a… —dudó buscando las palabras— no parece forzado. Nadie parecía tener miedo. Ni en Allevid. Ni en Pemma…

—¿Por qué iban a tenerlo? —preguntó Rion.

—El miedo es natural, Rion. Siempre hay alguien con miedo a algo... lo que sea.

Nadie respondió.

El Imperio había conseguido paz. O algo que se parecía mucho.

El convoy comenzó a descender una pendiente suave. Desde allí se veía el carro del mercader de sedas, siempre en la parte media de la columna, protegido. Muy cerca de ellos. Las telas colgaban del interior, cascadas de color que el viento hacía ondear cuando se abrían un poco las cortinas.

El hombre iba sentado en el pescante, espalda recta, manos apoyadas sobre su bastón oscuro. La banda de seda roja cruzándole los ojos destacaba como una herida atada con delicadeza.

Un mozo se acercó con un rollo manchado de barro.

—Una pena, señor —dijo el chico—. El azul celeste ha quedado arruinado.

El mercader pasó los dedos por la tela.

—No es celeste —corrigió con voz suave—. Es azul cielo. El celeste es más ligero.

El muchacho parpadeó.

—Yo… no sabía que hubiera diferencia.

—Siempre la hay. Solo que no todos la necesitan.

Lo observó más tiempo del que pretendía.

No giraba la cabeza hacia las voces. No parecía esforzarse por orientarse.

Como si la venda no le quitara nada. Como si solo estuviera… eligiendo no mirar.

Apartó la vista incómoda.

—¿Qué pasa? —preguntó Sierra.

—Nada —respondió demasiado rápido.

¿Cómo un ciego podía distinguir entre dos tonos de azul?

El aire marítimo trajo el olor hasta ellos antes de que pudiesen divisar Mortha.

No era desagradable, pero sí imposible de ignorar: sal, algas secas, madera húmeda y pescado recién descargado. El aire tenía peso propio, distinto al polvo seco de los caminos o el humo de las forjas.

Este era más vivo, palpable en el paladar.

Desde la última curva del camino, Mortha se desplegó ante ellos, una extensión de tejados bajos, chimeneas inclinadas por el viento y torres de vigilancia que miraban más al horizonte que al interior del continente.

Más allá, el mar se extendía oscuro y vasto, surcado por velas que parecían cicatrices blancas sobre la superficie oscura.

El puerto bullía incluso a esa hora de la mañana. Brazos de madera chirriaban al alzar redes cargadas, marineros gritaban órdenes en dialectos que no reconocía y los pendientes no traducían por la distancia.

—Huele a dinero —murmuró Rion, observando los barcos mercantes anclados en el muelle.

Fue la primera vez que vio a nuvariis. Los hombres anfibio eran altos, apenas llevaban unas piezas de tela que cubrían sus cuerpos, dejando los torsos fornidos y musculados al aire.

Lo que más le llamó la atención fue que eran elegantes y con movimientos sinuosos. Todos llevaban largas cabelleras, si se podía considerar eso pelo, pues se asemejaban más a largas y finas algas translúcidas que apenas se movían por el viento por lo empapadas que estaban.

Sus grandes ojos, a diferencia de sus movimientos, eran inquietos y miraban en todas direcciones mientras comerciaban y regateaban con el resto de comerciantes.

—Huele a frontera —corrigió Sierra.

Kimbra decidió ignorar a sus compañeros.

—Es la primera vez que veo un nuvarii…

Drenor se situó a su lado y sonrió levemente.

—Son nuvarii de agua salada. Se diferencian de los de agua dulce por su constitución y altura.

La chica le miró sorprendida.

—¿Sabes mucho sobre ellos?

El chico se encogió de hombros.

—Solo lo justo y necesario. Cuando estudiamos en las Ciudadelas nos enseñan lo básico para que no nos pille desprevenidos.

El convoy no entró en el corazón del puerto, sino que fue guiado hacia la zona alta de la ciudad, donde las calles se ensanchaban y las casas pasaban de madera a piedra.

Allí se alzó ante ellos el edificio administrativo: una construcción sólida, de muros gruesos y ventanas estrechas, más fortaleza que ayuntamiento.

Un grupo de guardias locales ya esperaba en la escalinata.

—Delegación imperial —anunció uno al verlos acercarse—. El alcalde os está esperando.

Mapas de rutas marítimas cubrían una pared entera, atravesados por hilos de colores que unían Mortha con puertos lejanos. Sobre la mesa central, pesos de plomo sujetaban los documentos contra la brisa que se colaba por las rendijas de los ventanales.

El alcalde era un hombre ancho de hombros, barba entrecana y piel curtida por el sol. No vestía como un noble, pero sus anillos hablaban de acuerdos más que de linajes.

Se levantó cuando entraron.

—Bienvenidos a Mortha. Lamento no recibiros en el puerto. Hoy han llegado dos cargamentos de Herthanis y medio muelle amenaza con matarse si no los descargamos antes del anochecer.

Arlan sonrió con cortesía.

—Entendemos que esta ciudad es clave para el comercio.

El alcalde soltó un resoplido breve.

—Clave es poco. Más de la mitad del oro y las piedras preciosas que circulan por el Imperio pisan antes nuestros muelles.

El alcalde le expuso a Arlan datos y curiosidades de la ciudad que el general pareció guardar en su cabeza como información relevante.

Hizo una pausa. Luego apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Imagino que, además de las formalidades, queréis hablar de él.

Nadie necesitó preguntar a quién se refería.

—Por supuesto, el ganador de la Arena asignado a esta ciudad seguro que tiene cosas interesantes que enseñarle a la Embajadora —confirmó Rion sonriendo cómplice con ella, que no pudo impregnar su sonrisa con el mismo entusiasmo.

El gesto del alcalde se tensó ligeramente.

—Sí. Ese.

Se apartó de la mesa y caminó hacia la ventana abriéndola de golpe, desde allí el puerto parecía un enjambre disciplinado.

—El Imperio nos informó con orgullo de que uno de los… vencedores… viviría aquí. Que sería un ejemplo. Una historia útil.

—¿Y no lo es? —preguntó Arlan con suavidad.

El alcalde tardó un segundo en responder.

—Depende de qué queráis ejemplificar.

Se giró hacia ellos.

—Hace su trabajo. No falta un día. Paga impuestos. No bebe. No juega. No provoca peleas. Si la redención se mide en productividad, es irreprochable.

—Pero… —dijo Kimbra.

El alcalde la miró.

—No asiste a actos públicos. Rechazó la ceremonia de bienvenida. No quiso hablar con los niños de la escuela. No participa en celebraciones.

—Tal vez no esté preparado para la exposición —sugirió.

—Tal vez —repitió el alcalde, aunque su tono dejó claro que no lo creía—. O tal vez algunos hombres no cambian tanto como a uno le gustaría creer.

Se acercó de nuevo a la mesa.

—Tiene una carnicería cerca de los muelles. Funciona demasiado bien. Nunca desperdicia carne. Ni siquiera en los días malos.

Arlan frunció el ceño.

—¿Qué insinúa?

—No insinúo nada. —Le cortó con firmeza—. No hay denuncias. No hay pruebas. Solo… una sensación que a la gente de mar no nos gusta ignorar.

—¿Cuál fue su delito?

El alcalde no respondió de inmediato. Miró otra vez hacia el puerto.

—Mató durante años sin que nadie lo notara.

Se volvió hacia ellos.

—Siete cuerpos confirmados. Puede que más.

La mirada del alcalde se detuvo en Kimbra intentando evaluar si ella había hecho algo parecido.

—Asesino en serie.

Nadie habló.

—Y ahora corta carne para que otros coman —continuó el alcalde—. Irónico ¿no crees? Eso es lo que el Imperio llama redención.

Ella sostuvo su mirada en todo momento. No conocía al hombre, pero ante la actitud del alcalde estaba segura que prefería darle un voto de confianza a un desconocido antes de fiarse de los prejuicios de un paleto.

—Si quieres conocerlo, tendrás que ir tú sola. No vendrá aquí. Ya dejó claro que no piensa “representar” nada para nadie.

Rion dio un paso al frente.

—Yo le acompañaré, seguro…

El alcalde le interrumpió negando con la cabeza.

—No os recibirá si vais en grupo. Ya se lo intentaron imponer una vez. Cerró la tienda durante tres días hasta que se marcharon.

El alcalde volvió a mirar a Kimbra.

—Pero quizá a ti sí te abra la puerta.

—¿Por qué? —preguntó ella.

—Porque tú también fuiste una delincuente. ¿No?

Arlan sostuvo la mirada de Kimbra, pero no habló.

Ella decidió ignorar las palabras del alcalde.

Si él era prueba de que el Imperio transformaba a sus monstruos… necesitaba verlo.

—Iré.

No se lo pensó dos veces y salió del despacho del alcalde con la confianza de que podría callarle la boca a ese hombre. Estaba segura que podría sacar algo bueno del carnicero.

Pero Rion la interceptó.

—¿A dónde te crees que vas?

—Voy a ver a… ¿Como ha dicho que se llama?

Su compañero se cruzó de brazos e intentó ocupar más lugar en el pasillo para evitar que se fuera.

—No lo sé, ni me importa. No vas a ir sola a la carnicería de un asesino.

Kimbra rebufó e intentó esquivarlo, pero él la empujó contra la pared y se inclinó sobre ella, impidiendo que avanzara.

—Kimbra, no.