Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 11 #3
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CAP 11 #3

Aún tenía la sensación del calor en la piel, como si la forja siguiera latiendo debajo de sus piel. El ruido de los martillos continuaba, pero ahora parecía más lejano.

—Si quieren entender Pemma —había dicho antes de despedirse— no miren solo el fuego. Miren lo que lo alimenta.

Fue Arlan quien decidió desviarse del camino principal.

En lugar de regresar al alojamiento asignado, giró hacia un entramado de calles más estrechas que descendían hacia la zona baja de la ciudad. Allí el humo era menos denso, pero el sonido no desaparecía del todo, se hizo más ligero.

Las fachadas estaban más juntas. Las ventanas abiertas dejaban ver interiores decorados con mimo. En patios interiores, jóvenes trabajaban con piezas más pequeñas: bisagras, clavos, remaches.

—Aprendices —murmuró Rion.

Un niño de no más de doce años sostenía una barra delgada con ambas manos mientras una mujer corregía la posición de sus dedos.

—No tan cerca —le dijo con firmeza—. Si te quemas no podrás trabajar mañana.

El chico asintió sin protestar.

Sierra y Drenor observaron en silencio.

Más adelante, un grupo de hombres descargaba carbón de un carro pequeño. El polvo negro les cubría los brazos hasta los codos. Uno tosió y se limpió la boca con el borde de la manga corta antes de volver a cargar.

Nadie parecía desesperado ni oprimido.

Pero tampoco parecía haber espacio para otra cosa que no fuera trabajar.

—Aquí viven quienes sostienen las forjas —dijo Arlan en voz baja—. Los talleres centrales no funcionarían sin ellos.

Kimbra miró una de las casas. La puerta permanecía abierta y dejaba ver una habitación sencilla. Una mesa, dos bancos y una lámpara bastaban para el día a día. En un rincón descansaba una cuna; a su lado, herramientas alineadas con esmero.

Trabajo y familia compartiendo el mismo espacio.

Una campana sonó en la distancia.

Varias personas dejaron lo que estaban haciendo y comenzaron a caminar hacia la calle principal. Otros entraron en sus casas. El flujo cambiaba, pero no se detenía.

—Cambio de turno —dijo Rion.

El movimiento tenía algo mecánico, pero no inhumano.

Una joven pasó junto a ellos con el cabello recogido y manchas de hollín en las mejillas. Llevaba un cuaderno bajo el brazo que protegía con cuidado.

—Trabajan demasiado —murmuró Drenor.

Arlan no respondió de inmediato.

—Trabajan lo necesario —dijo finalmente.

El chico giró la cabeza hacia él.

—¿Necesario para quién?

El general sostuvo su mirada.

—Para que el hierro llegue a las fronteras. Para que las rutas no se cierren. Para que los soldados no luchen con armas defectuosas.

Observó cómo dos niños recogían fragmentos pequeños de metal caídos al suelo, clasificándolos en cajas distintas.

—No parece justo —dijo ella en voz baja.

La frase quedó suspendida entre ellos.

El martilleo continuaba, más disperso aquí, pero igual de constante marcando el ritmo de la ciudad.

Una mujer salió de una casa con un cubo de agua y lo vertió sobre la entrada para asentar el polvo. Luego se secó el sudor con el antebrazo y volvió al interior sin mirar a nadie.

—El Imperio no obliga a esta gente a trabajar en las forjas —dijo Rion—. Pueden hacer lo que quieran.

—¿En que van a trabajar aquí? —replicó Drenor.

Nadie contestó.

La noche cayó sobre Pemma sin apagarla.

Desde la ventana del alojamiento, Kimbra veía el resplandor rojizo elevándose por encima de los tejados. Las forjas no se detenían; solo cambiaban de manos. El martilleo era más espaciado que durante el día, pero seguía ahí, un pulso que se negaba a extinguirse.

Lyren estaba apoyado en el marco de la ventana, observando el mismo humo.

—¿Qué te ha parecido la ciudad? —preguntó sin mirarla.

Ella tardó en responder.

—Eficiente, supongo…

Lyren le miró divertido.

—No dice mucho eso.

Ella apoyó los antebrazos en el alféizar.

—No parece cruel.

—No lo es.

—Pero tampoco es amable.

Lyren asintió levemente.

—La amabilidad no sostiene imperios.

El silencio se llenó con el sonido lejano de un martillo golpeando metal.

Pensó en Iven. En los aprendices.

En los hombres cubiertos de polvo negro.

—Creo que hoy he entendido algo —dijo tras una pausa.

Lyren no la interrumpió.

—El Imperio no quiere eliminar la violencia —añadió—. La organiza. La coloca donde es útil.

El gato giró la cabeza hacia ella.

—¿Y eso te parece mal?

Sostuvo su mirada un instante, luego volvió a observar el humo.

—No lo sé.

Suspiró.

—Quizá algunas jaulas no estaban hechas para encerrar… —murmuró— sino para evitar que los monstruos vuelvan a morder.

Lyren la observó con atención distinta a la habitual.

—¿Y quién decide quién es el monstruo? —preguntó.

No respondió de inmediato.

Pensó en la Arena.

En Drenor.

En la caravana detenida en el camino.

—Supongo que quien tiene las llaves.

—El Imperio no le tiene miedo a los monstruos —dijo Lyren—. Teme no tener el control sobre ellos.

El sistema no intentaba destruir el fuego, o el símil que caracterizara a cada persona, sabía que no podía. Solo se aseguraba de que ardiera donde ellos querían.

El martillo volvió a caer en la noche.

Kimbra no supo si aquello era el sonido de algo siendo moldeado… o de algo que estaba aprendiendo a contenerse.