CAP 11 #2
—El hierro al menos se deja moldear —respondió el alcalde sin cambiar el gesto—. La gente no siempre.
Rion, divertido, rozó a Kimbra con el hombro mirándola de reojo. Ella contuvo una sonrisa pero decidió ignorarlo.
El hombre giró hacia un mapa extendido sobre la mesa y señaló la zona sur de la ciudad.
—Supongo que han oído que Pemma es el principal centro de forja del continente. No es solo eso. Somos la estabilidad de todo el Imperio.
Kimbra giró la cabeza para que el hombre no viera su gesto.
—Las rutas se mantienen abiertas porque aquí se reparan carros, herramientas, maquinaria, armaduras... Las guarniciones del sur dependen de nuestras entregas. Si Pemma se detuviera una semana… lo notaría todo el Imperio.
Lo dijo con un orgullo mal disimulado.
—El Imperio no se sostiene solo con leyes —añadió—. También necesita hierro.
El silencio breve que siguió dejó claro que aquella frase no era casual.
—He hablado con el maestro de forjas. Está dispuesto a recibiros ahora.
Sierra inclinó la cabeza.
—¿No está ocupado?
—Siempre lo está —respondió el alcalde—. Pero entiende cuándo algo forma parte del funcionamiento del Imperio.
Se dirigió a la puerta.
—Vengan conmigo.
Salieron del edificio y el ruido de la ciudad volvió a envolverlos de inmediato. El alcalde avanzó con paso rápido, sin necesidad de abrirse camino: la gente se apartaba sola, más por costumbre que por miedo.
—Iven no es un hombre fácil —dijo mientras caminaban—. No le interesan mucho los protocolos sociales, ni la política.
—¿Y por qué confían en él? —preguntó Kimbra.
El alcalde no dejó de andar.
—Porque entiende el fuego.
Doblaron una esquina y el calor los golpeó antes de ver el edificio.
Un complejo amplio de naves bajas y patios abiertos del que salían columnas de humo más densas que en el resto de la ciudad. El sonido del martillo allí no era un fondo lejano: era un golpe directo, físico.
—Y porque sabe que, si no lo entiende él, nadie más lo hará —añadió el alcalde.
Se detuvo frente a una gran puerta de madera reforzada con placas metálicas.
—Aquí es.
Miró a Arlan.
—A partir de este punto, hablarán con él, no conmigo.
Golpeó dos veces.
Desde dentro llegó un estruendo metálico, una voz que no se entendió y el chirrido de un cerrojo.
El calor salió primero, después les dejaron pasar.
Dentro, el taller era más grande de lo que parecía desde fuera.
Varias forjas ardían al mismo tiempo, sus bocas abiertas lanzaban luz anaranjada contra las vigas oscuras del techo.
Hombres y mujeres trabajaban alrededor de yunques, ruedas y mesas de ensamblaje, moviéndose con una precisión y coordinación aprendidas por el tiempo.
El sonido era ensordecedor.
Una figura se separó de una de las forjas centrales y avanzó hacia ellos mientras se quitaba los guantes gruesos de cuero.
Iven no era muy alto, pero sí compacto. Tenía los antebrazos marcados por el trabajo constante y la piel tostada por el calor. El cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, y una cicatriz le cruzaba la sien izquierda.
Sus ojos se movían con rapidez nerviosa, se movían como quien debe vigilar varios frentes a la vez.
—General —dijo, inclinando la cabeza hacia Arlan.
Su voz era grave, sin esfuerzo por imponerse entre todo el ruido del taller. Era como el sonido de un tronco colapsando en un incendio.
—Maestro —respondió Arlan.
El alcalde dio un paso atrás.
—Les dejo en sus manos.
No añadió nada más y se retiró sin ceremonia.
Kimbra tuvo la sensación de que huía de la escena.
Iven observó al grupo con atención y curiosidad, sin disimulo.
—Embajadora extraordinaria de la Arena —dijo con voz baja, casi amable—. Es un honor recibirla en mi taller.
—Gracias por recibirnos.
Iven ladeó la cabeza ligeramente con los ojos profundamente hundidos en su mirada.
—¿Te rompió?
El ruido del taller se detuvo a su alrededor, concentrado en un único punto, como si todos los golpes esperaran su respuesta.
Sus compañeros compartieron una mirada disimulada, sin saber a qué se refería.
Pero ella lo supo sin apartar la suya de él.
—Ya no.
Iven apenas sonrió.
—Bien.
Se volvió hacia una de las forjas y observó el fuego con detenimiento. Sus manos temblaron controlando una de las llamas.
—El hierro —dijo— no nace útil.
Unas chispas volaron demasiado cerca de su rostro.
—Se calienta hasta que casi pierde su forma. Se golpea. Se pliega. Se fuerza… Y si sobrevive al proceso… entonces sirve.
Desvió la vista y empezó a pasear con las manos en la espalda, ellos le siguieron.
—Hay piezas que se agrietan por dentro. No lo ves al principio. No lo notas hasta que las sometes a una tensión real.
Se acercó a una mesa y acarició un metal que estaba en proceso de enfriamiento. Si le quemó, no lo mostró en su rostro.
Desvió su atención de nuevo al grupo.
—La Arena, como la forja, no existen para rompernos —dijo—. Existen para mostrar dónde están las grietas.
Kimbra sintió el calor en la piel, cuando una llamarada se avivó por la pasión del hombre, pero no retrocedió.
—¿Y si no hay grietas? —preguntó.
Iven la miró sombrío.
—Siempre las hay.
Sierra cruzó los brazos.
—¿Y qué ocurre cuando el fuego no basta para moldear algo?
El hombre no respondió de inmediato. Se acercó a otra mesa donde descansaba una pieza deformada, torcida más allá de reparación.
La levantó.
—Entonces no se moldea.
La dejó caer en un recipiente lateral lleno de metal desechado.
El sonido fue pesado. Definitivo.
Rion tensó la mandíbula observando con desaprobación el montón de desecho.
—¿Y eso no es un desperdicio? —preguntó.
Iven los observó uno a uno, su mirada los evaluó como si fuesen metales que tuviese que elegir si desechar o no. Al final se encogió de hombros.
—Es eficiencia.
Se volvió hacia la forja y ajustó una válvula. La llama creció un instante antes de estabilizarse.
—Las ciudades no se sostienen solas. Las rutas no se mantienen abiertas solas. Las fronteras no se defienden solas. —Su mirada regresó a Kimbra—. Se necesita gente que pueda soportar el peso de esa responsabilidad.
El martilleo alrededor continuó, constante.
—El fuego no es el enemigo —añadió—. Es una herramienta. El problema es cuando nadie lo contiene.
Kimbra pensó en el río.
En la corriente.
—¿Y quién decide cuánto calor es suficiente antes de contenerlo?
El hombre no sonrió esta vez y Rion no pudo evitar mirarla con intensidad.
—El que entiende lo que tiene entre las manos.
Durante un segundo, el ruido del taller pareció volverse más denso y el abrazo del calor se volvió sofocante.
—El Imperio no teme al fuego —continuó—. Lo canaliza. Lo coloca donde es útil.
Sus ojos volvieron a fijarse en ella.
—El fuego siempre fue lo mío.
Las llamas de la forja lamieron el aire con avidez. Iven alargó una herramienta para ajustar una pieza de metal… y se quedó un segundo de más mirando el interior del horno.
Sus dedos temblaron. Apenas un instante.
Luego retiró la herramienta y cerró un poco la compuerta, reduciendo el aire que alimentaba las llamas.
—Antes el fuego me obedecía porque yo lo liberaba —dijo, sin apartar la vista del horno—. Ahora me obedece porque lo mantengo controlado.
Kimbra y Sierra intercambiaron una mirada rápida.
—Diseñé estos hornos para que nunca puedan descontrolarse —explicó—. Si algo falla, el fuego se ahoga solo.
—¿Y nunca ha fallado?
Iven sonrió a Rion, pero no había humor en ello. Su mirada perdida parecía fija en sus recuerdos.
—Yo sí. Los hornos, no.
Drenor observó intrigado en el interior del horno.
—Con el paso de los años todos aprendemos de nuestros errores. No he dejado de querer quemar cosas —añadió con honestidad serena—. Solo he aprendido a decidir cuáles merecen arder.
Cuando salieron del taller principal y se despidieron el hombre, el aire exterior se sintió casi frío en comparación.