CAP 11
El camino hacia Pemma era más ancho que los tramos anteriores, y estaba mejor mantenido. Las ruedas del convoy ya no se hundían en barro seco ni saltaba grava bajo los cascos: la superficie estaba prensada, casi lisa, alguien se había preocupado de que el tránsito no se detuviera nunca.
Eso, pensó Kimbra, decía bastante de la ciudad antes incluso de verla.
Avanzaron en silencio, con el sol aún bajo, cuando el carro delantero empezó a frenar.
Fue una desaceleración gradual, algo había cambiado delante de ellos obligándolos a detener su constante avance.
Arlan sacó la cabeza del carruaje.
—¿Qué pasa?
Uno de los exploradores volvió al trote.
—Control de paso. Hay una caravana detenida.
El convoy terminó de parar con un murmullo que fue completado por el resoplido de los animales de tiro, como si a ellos les molestara también detenerse.
Desde su posición en la curva, pudo ver más adelante: tres carros mercantes ocupaban el cruce del camino. Sacos, barriles y cajas estaban alineados junto a ellos, habían tenido que descargar parte del contenido para la inspección.
Dos soldados hablaban con un hombre de mediana edad vestido con capa de viaje y sombrero de ala rígida. No gritaban. No gesticulaban. Pero la conversación no padecía falta de tensión.
—¿Problemas? —preguntó Rion.
—Papeleo —dijo Arlan—. Siempre es papeleo.
Esperaron.
El tiempo en el camino tenía una cualidad distinta cuando nadie avanzaba. Los sonidos se sentían más nítidos: el crujido de una rueda al asentarse, un caballo sacudiendo la cabeza o el leve gruñido de uno de los leokinos de los guardias, el viento moviendo las telas de los carros detenidos.
Finalmente, el hombre de la caravana levantó la voz lo justo para que se oyera.
—¡La mercancía está declarada en el registro de Allevid!
Uno de los soldados negó con calma.
—No me consta.
—¡Eso es absurdo! Pagamos el impuesto hace dos días.
—Aquí se paga por tránsito, no por origen.
Kimbra observó cómo el mercader se pasaba una mano por la cara, conteniendo algo que no terminaba de convertirse en rabia.
—¿Cuánto?
El soldado nombró una cifra.
El hombre soltó una risa corta, sin humor.
—Eso es medio margen del viaje.
—Entonces tendrá que decidir si le compensa continuar —respondió el soldado.
Silencio.
Uno de los trabajadores de la caravana murmuró algo por lo bajo. Otro empezó a recolocar un saco que nadie le había pedido mover.
Rion exhaló despacio al ver la expresión de Kimbra.
—No es ilegal pedir los impuestos—dijo en voz baja—. Solo… caro.
Drenor no apartó la mirada del control desde su montura fuera del carruaje.
—No hace falta que sea ilegal para ser asfixiante.
El mercader dudó unos segundos más. Luego sacó una bolsa del interior de la capa y la pesó en la mano antes de entregársela al soldado.
No hubo registro dramático del momento.
El soldado anotó algo en una tablilla, hizo una señal breve y se apartó.
—Pueden continuar.
Los hombres de la caravana empezaron a cargar de nuevo las cajas con movimientos rápidos, sin hablar. No era alivio lo que había en sus gestos.
El camino volvió a abrirse en un tiempo que les pareció una eternidad.
—Por fín… —murmuró Arlan.
El convoy retomó la marcha poco a poco.
—El Imperio mantiene las rutas seguras —dijo Rion tras unos metros—. Eso cuesta dinero.
—Todo cuesta dinero —respondió Sierra desde su montura.
Nadie replicó.
Cuando pasaron junto a la caravana, Kimbra cruzó la mirada con un hombre joven y antes de que se diera cuenta bajó la mirada. Mantenía de la mano al que podría ser su hijo y sintió de repente una bofetada, sus recuerdos volvieron a ella.
Aunque el niño no se parecía, algo en su mirada… no supo si era el miedo, o las lágrimas a punto de brotar, pero algo en esa mirada hizo que se le cortara la respiración.
De pronto estaba otra vez en las catacumbas, el niño volvía a caer.
Intentó coger aire, pero algo en su garganta se había cerrado.
Como las manos de la muerte alrededor de su cuello.
Rion le clavó el codo en el costado en un arrebato de risa que hizo que se rompiera su burbuja.
Cuando se miraron, este vio su expresión y la mal interpretó.
—¡Ay perdona! ¿Te he hecho daño?
Ella negó.
Desvió la mirada para que no pudiese ver que el dolor que sentía no era por el golpe que le acababa de dar…
Miró hacia delante, hacia donde el camino se perdía en una ligera elevación. Intentando recobrar la compostura. Más allá debía de estar Pemma.
Vieron el humo antes que la ciudad.
Una multitud de columnas, elevándose en capas grises que se deshacían al mezclarse con el cielo de la mañana. A medida que avanzaron, el olor se hizo más denso: carbón, metal caliente, madera quemada.
Era un hedor controlado, no uno salvaje y orgánico como el de un incendio.
El camino empezó a descender suavemente y, al coronar la siguiente elevación, Pemma apareció ante ellos.
No tenía la elegancia de Allevid ni sus muros de jardín.
Pemma era ancha, extendida, había crecido hacia los lados. Las murallas no eran tan altas como en la capital, pero sí gruesas, reforzadas con contrafuertes oscuros. No parecían hechas para impresionar, pero si para resistir.
Más allá de ellas, los tejados se apiñaban en tonos marrones ennegrecidos. Entre ellos sobresalían altas chimeneas que escupían humo como volcanes activos.
El sonido llegó mucho antes de acercarse a las murallas.
Un golpeteo rítmico, grave y mecánico.
Metal contra metal.
—Ahí está, la forja de medio Imperio —murmuró Rion.
Cuando el convoy alcanzó la puerta, los guardias no inspeccionaron los carros. Revisaron el salvoconducto, intercambiaron unas palabras breves con Arlan y los dejaron pasar sin demora.
Al cruzar, el calor los envolvió como una manta pesada.
Las calles eran inusualmente anchas, construcciones de piedra oscurecida por el hollín, canales estrechos por donde corría agua destinada a enfriar metal al rojo vivo.
Y el ruido…
No era solo el golpe de las forjas. Había ruedas girando, cadenas tensándose, humo escapando por válvulas con silbidos cortos. La gente cruzaba las calles con paso rápido, acostumbrada a esquivar carros, animales y cargas suspendidas en el aire.
Nadie parecía pasear.
Todos parecían dirigirse a alguna parte.
Observó los edificios más cercanos: talleres abiertos al exterior, patios llenos de metal apilado, se veían hornos cuya luz rojiza aún era visible incluso de día. Hombres y mujeres trabajaban con mangas arremangadas, delantales ennegrecidos y brazos marcados por el esfuerzo constante.
No había miseria a la vista, pero tampoco descanso.
—El hierro del sur pasa por aquí —dijo Rion—. Y la mayor parte de las armas del imperio también.
Acarició el bulto de su insignia de la Mano de Oro oculta bajo las capas de su vestido.
—Impresionante —respondió Sierra.
Un grupo de aprendices cruzó corriendo la calle con barras delgadas al hombro, riendo por algo que uno de ellos había dicho. Uno tropezó, recuperó el equilibrio y siguió sin detenerse. Nadie se volvió para regañarlo.
El movimiento nunca se detenía.
Sintió el calor antes de identificar su origen. Un horno cercano expulsó una bocanada de aire caliente que olía a escoria y aceite quemado.
—¿Cuánta gente vive aquí? —preguntó.
—Menos de la que necesitan los hornos —respondió Arlan regresando junto a ellos.
El convoy avanzó por una calle más ancha, flanqueada por almacenes de piedra y vigas de madera reforzada. En las alturas, poleas y grúas se extendían sobre los patios, moviendo cargas con lentitud con chirridos graves.
Kimbra miró hacia arriba por la ventana.
El cielo parecía más pequeño desde dentro de la ciudad.
—Es eficiente —dijo alguien.
Kimbra tardó un segundo en responder.
—Sí.
Pero no sonó convencida.
A medida que avanzaron hacia el distrito central, el ruido del metal se volvió aún más denso. El martilleo era una presencia constante, algo que vibraba en el suelo y en el pecho de todos acogiéndolos en su cálido y opresivo abrazo.
Kimbra apoyó la mano en el borde del carro.
El temblor era leve. Pero continuo.
Por un momento pensó en el río.
En la corriente empujando sin descanso.
Pemma no parecía peligrosa. Pero tenía la misma sensación.
Un lugar donde nada se detenía. Pero si dejabas de moverte, quizá no sabrías cómo salir de la corriente.
—Nos alojaremos cerca del taller principal —dijo Arlan—. El Alcalde quiere vernos hoy.
Kimbra apartó la mirada del humo que subía entre los tejados.
No sabía qué esperaba encontrar allí. Pero tenía la sensación de que, en esa ciudad, el fuego no era algo que el Imperio temiera.
Era algo que alimentaba.
El edificio administrativo de Pemma no destacaba por altura ni ornamentación.
Era sólido, ancho, construido en piedra oscura como el resto de la ciudad, con ventanas estrechas y un pórtico basto y sobrio.
Si no fuera por los guardias en la entrada y el flujo constante de gente entrando y saliendo con tablillas y rollos bajo el brazo, podría haber pasado por otro almacén más.
Un funcionario los condujo por un pasillo donde el sonido de la ciudad llegaba amortiguado, el edificio estaba diseñado para mantener el orden incluso contra el ruido del exterior. Golpearon una puerta doble y, tras un breve permiso, los hicieron pasar.
El alcalde de Pemma era un hombre de edad difícil de precisar, con barba corta bien recortada y ropa de calidad sobria. No llevaba joyas a la vista ni colores llamativos. Sobre la mesa, en lugar de adornos, había mapas, registros y pequeñas piezas de metal marcadas con sellos.
Se levantó cuando entraron.
—Capitán Arlan. Me alegra que hayan llegado sin incidentes.
—El camino ha sido tranquilo —confirmó este.
El alcalde asintió y su mirada se desplazó hacia Kimbra y el resto del grupo.
—Así que esta es la Embajadora, ganadora de la Arena.
No sonó despectivo pero contrastó mucho con el entusiasmo de Halver.
—Lo es —confirmó Arlan.
La observó unos segundos más, calculando algo que no se debía ver a simple vista.
—Pemma no suele recibir visitantes de este tipo —dijo finalmente—. Aquí trabajamos con cosas más… tangibles.
Rion esbozó una leve sonrisa.
—El hierro también tiene carácter.