Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 10 #3
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CAP 10 #3

Drenor removía las brasas con la punta de una rama, sin levantar la vista.

—No parecía fingido —murmuró.

Kimbra se giró hacia él.

—Porque quieres que no lo sea.

El fuego crujió entre ellos.

—La gente trabajaba tranquila —continuó ella—. Los guardias hablaban con los comerciantes. Nadie tenía miedo. Todo era perfecto. ¿De verdad os lo creéis?

Rion apoyó los codos en las rodillas.

—No creo que el Imperio necesite fingir ciudades enteras solo para impresionarnos.

—El Imperio necesita que todo funcione —replicó Sierra—. Es lo único que mantiene unido ese monstruo.

—O quizá funciona porque la gente trabaja para que funcione —dijo Rion con calma.

Kimbra chasqueó la lengua.

—Eso suena muy bien cuando no eres el que paga el precio.

—¿Qué precio Kimbra?

El sonido del crepitar de las llamas fue el único que llenó el ambiente entre ellos un rato.

Drenor dejó de remover las brasas.

—Todos pagamos un precio —dijo finalmente.

Su voz no sonó con fuerza. Solo cansada.

Sierra y Rion intercambiaron una mirada con significado, un significado que Kimbra no entendió.

—Drenor…

—En mi casa —empezó—, cuando decidieron que iría a la Ciudadela de Valthees, no fue... Fue un simple trámite.

Rion no dijo nada, pero lo observó con atención.

—Mi padre invitó al director. Cenaron. Hablaron de linajes, de alianzas, de lealtad. Yo estaba allí sentado, sin abrir la boca. —Hizo una pausa—. Al día siguiente ya estaba entrenando.

El fuego lanzó una chispa que se apagó en el aire.

—No me preguntaron si quería servir al Imperio. Me preguntaron si quería ser digno de mi apellido.

Sierra frunció el ceño.

—¿Y?

Drenor se encogió de hombros.

—Y lo fui. O eso creí.

Miró el fuego, pero parecía estar viendo otra cosa.

—Por mi error… —Se humedeció los labios—. Mi familia ha perdido la mitad de los contratos con el Imperio.

Rion bajó la mirada.

—No me han expulsado… Pero los errores hay que pagarlos. Eso es el Imperio —dijo al final—. No necesita gritar. Solo necesita que todos sepan lo que ocurre cuando fallas.

Kimbra no respondió de inmediato, pero cuando lo hizo todos la miraron:

—Juegan con el miedo, camuflado de orden.

—Son ambas cosas —contestó Drenor—. Y funciona precisamente por eso.

El fuego siguió crepitando, arrojando chispas pequeñas que se apagaban antes de tocar el suelo llenando el espacio que sus palabras dejaron.

Arlan permaneció de pie un poco más atrás, con las manos a la espalda, observándolos sin intervenir con una gravedad oscura en su mirada.

—No sé si el Imperio es bueno —dijo Kimbra.

Ellos la miraron.

—Pero empiezo a pensar que sabe muy bien qué hacer con la gente peligrosa.

Nadie respondió.

La conversación se desvió hacia el pasado. Sierra y Rion empezaron a intercambiar experiencias sobre sus entrenamientos como aprendices.

Arlan se movió por fin.

—Kimbra —dijo con suavidad—. Ven conmigo.

Ella se levantó sin protestar.

Cuando el hombre se detuvo estaban muy apartados del convoy, el río corría lento en ese tramo, ancho y oscuro, reflejando la luna en fragmentos rotos.

Se detuvo en la orilla.

—Métete.

Lo miró un instante, pero no discutió. Se quitó la capa y las botas, y avanzó hasta que el agua le cubrió los tobillos. Estaba helada. Cuando llegó a las rodillas, el frío ya no pinchaba: se había convertido en una presión constante que le había adormecido las piernas.

—Más adentro.

Obedeció, hasta que el agua le alcanzó la cintura. La tela del pantalón se pegó a la piel, pesada, ayudándola a anclarse al fondo.

Arlan permaneció en la orilla, inmóvil y expectante.

—¿Qué sientes?

—Frío.

—No seas superficial.

Kimbra respiró hondo, obligando a concentrarse.

—La corriente empuja. No parece fuerte… pero si me descuido me mueve.

Arlan asintió levemente.

—El agua nunca parece fuerte. Solo lo ves cuando ya es tarde.

El río siguió sonando entre ellos.

—Quiero que la mantengas.

Kimbra frunció el ceño.

—No puedo detener un río.

—No he dicho que lo detengas. Tienes que aprender a sentir las corrientes y a utilizar agua que no tengas en una cantimplora.

Ella cerró los ojos. Intentó percibir la presión del agua contra las piernas, el modo en que el flujo cambiaba al rozar las piedras del fondo.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Solo frío y oscuridad.

—No luches contra ella —dijo el hombre—. Nadie domina el agua empujándola.

Dejó caer los hombros, intentando soltar la tensión.

La corriente no desapareció, pero empezó a notarla de otra forma. No como una fuerza continua, sino como pequeñas variaciones, empujes irregulares y zonas de calma.

—Eso es —murmuró Arlan.

Ella abrió los ojos.

—No la controlo.

—No se trata de controlarla. Se trata de no ser arrastrada por ella.

El silencio volvió a asentarse entre ambos. Hubo algo en la pose relajada y la guardia baja del general que la envalentonó para hablar.

—Sobre Drenor… —empezó.

—Sí, se culpa.

El río siguió murmurando a su alrededor.

—Y el Emperador también —añadió ella.

Arlan observó el agua, no a ella.

—El Imperio necesita responsables —dijo finalmente—. Aunque haya situaciones que no deberían culpar a nadie.

Ninguno no se movió.

—Seguíamos a una chica peligrosa —continuó al rato—. Una que incendiaba todo a su paso. No conseguimos capturarla... Solo, no se pudo.

El agua chocó contra una piedra cercana, levantando una ondulación breve.

—Hay incendios que nadie puede apagar a tiempo —dijo en voz baja.

Ella tardó unos instantes en contestar.

—Hay accidentes que no tienen culpables.

—Pero el Imperio no puede permitirse pensar así.

Arlan cambió el peso de una pierna a otra.

—Un sistema no sobrevive si acepta que hay fuerzas que no controla —continuó él—. Por eso necesita que todo error tenga un origen. Una decisión equivocada. Una persona…

El río siguió fluyendo, indiferente.

—¿Y tú? ¿Lo crees?

Arlan la miró calculando cuánto podía o no hablar.

—Creo que hay corrientes que ningún nadador puede surcar —dijo—. Pero también creo que muchos se ahogan porque no entienden dónde están o cómo funcionan.

Kimbra guardó silencio.

—La culpa —añadió él— no siempre sirve solo para castigar. A veces sirve como ejemplo, para que la gente no vuelva a cometer el mismo error.

—¿Y si no fue un error?

Él no contestó al momento, sus ojos buscaron algo en ella, pero cuando habló de nuevo cambió de tema.

—Siguiente prueba.

Kimbra respiró hondo.

Extendió la mano. El agua tembló, dudando, y luego una fina corriente se elevó en una columna irregular, ondulante, apenas sostenida por su voluntad.

Aunque no era la primera vez que lo hacía, el flujo seguía siendo tan inestable como la primera. El agua vibraba con pequeños espasmos que salpicaba todo a su alrededor.

—Demasiada fuerza —dijo Arlan con calma—. La estás empujando.

—Si no la empujo, no se mueve.

—Porque aún intentas dominarla.

Kimbra contrajo el gesto. El agua se agitó más, respondiendo a su frustración.

—Controlar el agua no es someterla —continuó—. Es convencerla de que moverse contigo es más fácil que resistirse.

—Es agua, no un ser vivo.

—¿Estás segura?

La columna se deshizo con un chapoteo que lo empapó todo. Ella soltó el aire con fastidio, salió a la orilla mientras se relamía los labios intentando humedecer la sequedad que le acolchaba la boca.

Arlan se agachó y hundió la mano en el río. No hizo ningún gesto brusco. Solo dejó que la corriente rodeara sus dedos.

—No luches contra su naturaleza. Trabaja con ella.

Kimbra lo imitó, resoplando.

Cerró los ojos un instante. Pensó en el flujo, en el peso, en el movimiento constante. En dejar de tensarse. Le vino a la cabeza los movimientos sinuosos y fluidos de un salmón surcando la corriente.

Cuando volvió a alzar la mano, el agua la siguió con menos resistencia. Se elevó de nuevo, esta vez en una forma más baja, más ancha, una cinta ondeante en el aire.

Aún temblaba, pero no se deshacía.

—Mejor —dijo Arlan—. Mantén la forma.

El tiempo se alargó. Notó el tirón en la base del cráneo, resultado del esfuerzo de sostener algo que quería volver a su sitio. Su respiración se volvió irregular y la sequedad le volvió la lengua áspera, como una lija.

El agua vibró.

—Respira —ordenó Arlan, suave—. Si tú te desbordas, ella también.

Kimbra inhaló despacio. Exhaló.

La superficie se alisó un instante, perfecta.

Pensó en la ciudad. En el tesorero. En la capital. En los castigos. En el niño. En Drenor… La rabia le cruzó el pecho en una chispa.

La cinta de agua se retorció violentamente y se desplomó en una lluvia caótica.

Bajó el brazo, frustrada. Se chupó la mano empapada intentando devolverle la humedad a su boca.

—No soy un recipiente vacío.

—Nunca te he pedido que lo seas.

Él se acercó a ella.

—El control no consiste en no sentir nada. Consiste en que lo que sientes no decida por ti.

Ella miró el río, oscuro en la noche.

—¿Y si lo que sientes es lo único que te recuerda quién eres?

Arlan tardó un segundo en responder.

—Entonces aprende a controlarlo… sin que se desborde.

El agua siguió fluyendo, indiferente a ellos.

Volvió a alzar la mano.

Esta vez no intentó elevar una columna. Solo hizo que la superficie del río se curvara, suave, fluyendo con ella.

No era espectacular, pero se mantuvo en su sitio.

Por primera vez, no sintió que estuviera forzando algo a obedecerla.

Soltó el agua y la dejó volver a su cauce con un susurro líquido.

—Mucho mejor —dijo Arlan.

Ella se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Kimbra, mírame.

Se volvió hacia él. Se acercó a ella y le sostuvo la barbilla con suavidad, inclinándole el rostro hacia la luz que aún quedaba.

—Abre la boca.

Ella obedeció, confundida. Él frunció el ceño al observar.

—Estás tirando de tu propia humedad para compensar el esfuerzo —dijo con tono grave—. Si sigues así, te resecarás por dentro…

La soltó.

—Bebe. Y mucho.

Kimbra tragó saliva, notando por primera vez lo seca que tenía la garganta.