CAP 10 #2
—Por favor, tutéame. Cuando me dijeron que venía la Embajadora extraordinaria de la Arena, pensé que me estaban vendiendo trigo por oro.
Creí que era uno desos cuentos que nacen en la taberna y crecen más rápido que la mala hierba.
¡Y resulta que era verdad! —se llevó la mano al pecho—.
Llevo años siguiendo los combates. Bue’, siguiendo lo que se puede seguir...
informes, relatos, reconstrucciones. Esta vez hasta contraté a uno de esos telépatas que metieron entre el público.
Fue casi como estar allí mismo. Sentí cada golpe.
¡Magnífico! Qué espectáculo. Casi me se sale el corazón del pecho.
Naide podría haberme apartao de aquella experiencia ni a empujones.
Sintió que la sonrisa se le atascaba en el rostro como una máscara, que intentó, sin éxito, hacer parecer real.
—Entonces vería que no fue un espectáculo bonito —dijo con suavidad.
Halver parpadeó, sorprendido por el matiz.
—No fue bonito —concedió—. Fue majestuoso.
Brutal, sí... pero grandioso. Personas llevadas al límite, aguantando más de lo que cualquiera creería posible, sobreviviendo cuando ya parecía que no quedaba fuerza ni pa’ dar un paso más.
¡Una explosión! Como ver un campo arrasao por la tormenta y descubrir que, aun así, el trigo vuelve a levantarse.
Eso inspira a comunidades como la nostra.
Nos recuerda que el Imperio recompensa a quienes resisten y siguen en pie.
La palabra recompensa raspó algo en la garganta de Kimbra.
—Lamento no haber podido verla competir en persona —añadió el alcalde con sinceridad—. Pero tenerla aquí es casi lo mismo. No todos los días recibe uno en su pueblo a alguien de quien ha oído hablar tanto.
Ella asintió con cortesía mal falsificada.
—Espero que mi visita esté a la altura de sus expectativas.
—¡Sin duda! —Halver se giró, abarcando la plaza con un gesto amplio—.
Nos esforzamos mucho pa’ que Allevid sea digna del Imperio.
Orden, trabajo, prosperida... y buena administración, claro.
La gente suele fijarse en la cosecha, pero se olvida de todo lo que hay que hacer antes de que brote el primer tallo.
Rion observaba todo con interés. Sierra, en cambio, recorría la plaza con la mirada buscando grietas invisibles bajo la superficie tranquila.
Kimbra miró a Drenor buscando complicidad, pero este estaba en su propio conflicto interno ignorándolos a todos. Por lo que se vio obligada a seguir el gesto del alcalde.
Había talleres abiertos, gente trabajando con concentración, mujeres comprando tela sin discutir por monedas, un grupo de niños corrían tras un aro de madera mientras reían sin que nadie los mandara callar.
Nadie parecía tener falta de nada.
—Vengan, paseemos —dijo Halver—. Me gustaría que vieran con sus propios ojos lo que hemos construío aquí. Uno puede hablar durante horas de un campo fértil, pero nada convence más que verlo con los propios ojos.
Caminaron junto a él por la calle principal, Arlan y Kimbra a su lado mientras el resto los seguía a un paso prudente.
El alcalde hablaba de canales de riego, comercio estable, almacenes siempre llenos… Pero ella apenas escuchaba las palabras. Miraba los rostros de su alrededor.
Las conversaciones no se apagaban a su paso.
Algunos ciudadanos cuchicheaban, sí, pero con curiosidad.
Parecían plenamente libres, y eso, sin saber por qué, la inquietó.
Cuando se detuvieron frente al edificio de la tesorería, ya tenía la sensación incómoda de haber llegado a un lugar que desmontaba demasiadas certezas.
—Aquí guardamos el corazón de la ciudad —dijo Halver con orgullo mientras subían los escalones—. El grano, el metal, los impuestos, los salarios... todo pasa por aquí. Una mala cosecha puede hacer daño, pero unas cuentas mal llevaas pueden hundir un pueblo entero.
Sierra murmuró por lo bajo:
—Un sitio perfecto para un ladrón.
Rion le lanzó una mirada de advertencia, pero no dijo nada.
Kimbra alzó la vista hacia la puerta reforzada y respiró hondo antes de cruzarla.
Dentro, el aire era fresco y olía a pergamino.
Mesas largas ocupaban la sala principal, cubiertas de registros, ábacos, sellos oficiales, pergaminos y bolsas de monedas clasificadas por tamaño y procedencia.
Varias personas trabajaban en silencio y concentrados, levantaron la vista apenas un instante al ver entrar a la comitiva, antes de volver a sus cuentas.
—Maese Orven —llamó el alcalde con tono jovial cuando llegaron al final—. Tenemos visita.
El hombre que se volvió hacia ellos no parecía un funcionario.
Era de estatura media, hombros relajados, movimientos tranquilos. El cabello, antaño oscuro, estaba ahora veteado de canas plagado de alegres rizos. Llevaba la barba corta, cuidada, y los dedos manchados de tinta. Su ropa era sencilla y fuera de lugar por sus colores llamativos.
Sonrió al verlos, como si estuviera recibiendo a conocidos en su propia casa y no a representantes imperiales.
—Os presento a nos tesorero principal, un ganador de la Arena.
Kimbra y Rion intercambiaron una mirada de sorpresa.
—Embajadora Kimbra —dijo, inclinando la cabeza con respeto—. Es un honor. He oído que su llegada ha revolucionao el mercao desde que cruzó la puerta.
—Espero que para bien —respondió ella.
—Siempre es para bien cuando la gente tiene algo de lo que hablar que no sean los impuestos… o el clima.
Su voz era cálida, con un matiz de humor fácil.
Halver, orgulloso, le pasó el brazo por los hombros.
—Orven es el responsable de que podamos dormir mansos por las noches.
—Yo diría que son los guardias —replicó él con suavidad—. Yo solo cuento cosas.
Se apartó con discreción del abrazo del alcalde y se acercó a la mesa en la que trabajaba, cerró con cuidado un libro de cuentas y pasó la mano por la tapa con un gesto casi afectuoso.
—Aunque, pa’ ser sincero, Embajadora… ni siquiera yo sería capaz de robar en este edificio.
Sonrió de medio lado.
—Y eso es gracias a mi experiencia.
Ella sostuvo su mirada, sin entender del todo el tono burlesco de su voz. Quiso buscar respuestas en la mirada del general, pero la atención del tesorero hizo que no se atreviese a romper el contacto.
—Su experiencia es un… tesoro pa’ nosotros —intervino Halver con entusiasmo.
Orven inclinó la cabeza, aceptando el comentario sin falsa modestia.
—La tuve.
Sierra se tensó un poco junto a ella, comprendiendo antes que nadie a qué se refería.
El hombre apoyó las manos en la mesa y continuó con naturalidad.
—La gente cambia de oficio. Yo solo cambié la dirección de mis dotes.
Caminó hasta un mapa de la región colgado en la pared, lleno de marcas y anotaciones.
—Antes buscaba grietas en los sistemas. Ahora me aseguro de que no existan. Naide entiende mejor cómo se roba… que quien lo hizo durante años.
Rion estaba completamente inmerso en la conversación mientras Sierra no se preocupó en disimular su escepticismo.
Kimbra recorrió la sala con la mirada intentando que su rostro no mostrara la sorpresa de encontrar un ladrón dirigiendo todo eso. No había tensión en los gestos de la gente que trabajaba allí. No parecía un lugar donde alguien vigilara por miedo a que otro robara.
—¿Y confían en usted? —preguntó al fin.
Orven soltó una risa breve.
—No lo hicieron al principio. Y con razón. La confianza se construye… cifra a cifra.
Miró a Sierra a los ojos, que no se amedrentó ante la atención del tesorero.
—Entiendo que haya gente que no me crea. Yo tampoco me creería… si no tuviera que firma’ cada número que pasa por estas mesas.
Se llevó una mano al pecho, sin teatralidad.
—Mi victoria en la Arena me dio algo que nunca tuve antes: un límite que no podía cruzar sin perderlo to’.
Sintió el impulso de replicar, pero no encontró una grieta clara por donde hacerlo.
—El Imperio no me quitó lo que era bueno en mí —continuó el hombre—. Solo me obligó a usarlo sin destrozar a nadie por el camino.
Halver intervino, incapaz de contener su orgullo.
—Desde que Orven está al mando, no hemos tenio ni un desvío de fondos. Ni uno.
—Porque sé exactamente dónde mira’ yo si quisiera robar —añadió él con ligereza.
La visita continuó entre explicaciones de rutas comerciales, reservas de grano y fondos de emergencia. Todo parecía tener un orden que resultaba más efectivo que rígido.
Cuando salieron de la tesorería, el aire de la calle se sintió distinto.
Más difícil de juzgar.
Todo parecía en sintonía y en orden con lo que acababan de ver.
Arlan y el alcalde se adelantaron hablando del suministro de agua mientras el resto caminaba unos pasos por detrás.
Sierra habló en voz baja:
—No me importa lo que diga. Un ladrón siempre sabrá cómo robar. Solo ha cambiado de lado del mostrador.
Rion negó con suavidad.
—O quizá por eso mismo nadie roba aquí.
Sierra soltó una carcajada.
—¿Porque ya tienen uno que no deja trabajar a los demás?
Fue Drenor quien respondió esta vez. Su voz salió más tensa y cortante de lo habitual.
—La gente comete errores, Sierra. Y puede cambiar… aunque no te guste creerlo.
Nadie se atrevió a decir nada.
El campamento se fue apagando poco a poco.
Algunos soldados remendaban correas junto a algunos fuegos pequeños. Otros hablaban en voz baja, el murmullo se extendía suave entre las tiendas como una brisa suave. Más allá, los carros formaban una línea oscura contra la llanura, inmóviles por primera vez en todo el día.
Kimbra se sentó sobre un tronco caído, con la capa echada sobre los hombros. No tenía hambre. Tampoco sueño. La imagen de la tesorería seguía rondando en la cabeza con una insistencia incómoda.
—No esperaba que Allevid estuviera tan bien llevada —dijo Rion, clavando un palo en la tierra—. He visto ciudades más importantes, mucho más grandes… y bastante peor organizadas.
Kimbra soltó una risa seca desde el otro lado del fuego.
—Claro. Porque lo que hemos visto hoy es lo normal.
Rion alzó una ceja.
—¿Y qué crees que hemos visto?
—Una exhibición —respondió ella sin dudar—. Lo mismo que el convoy. Lo mismo que la Arena. El Imperio no muestra lo que es. Muestra lo que quiere que veas.