CAP 10
El patio interior de la fortaleza estaba mucho más lleno de lo que había visto el día que llegó al recinto Imperial.
El bullicio no era el caótico de un mercado ni la tensión compacta de un destacamento antes de marchar al frente. Aquello era... diferente: era un movimiento amplio, organizado, casi ceremonial.
No se estaban preparando para un simple viaje, se preparaban para una decisión que cambiaría el transcurso de la historia.
Carros alineados en filas rectas ocupaban buena parte del empedrado.
Entre ellos se movían mozos, soldados, escribas…
Ajustaban cinchas, comprobaban cierres, anotaban en tablillas.
El aire olía a cuero nuevo y a metal aceitado, y el sonido de los arreos y las ruedas componía una música constante y sin prisas.
Kimbra bajó los escalones de piedra con paso lento, observando todo con la incómoda sensación de haberse colado en un lugar al que no pertenecía.
Un soldado se acercó y le tendió un baúl pequeño de madera oscura.
—Embajadora.
Tardó un segundo en reaccionar al título. Luego miró el baúl. En el lateral, grabado con tinta negra y letras cuidadas, estaba su nombre.
Lo sostuvo sin saber muy bien qué hacer con él.
—Es el pequeño, el resto ya están en el carruaje. Ropa de viaje, de gala, joyería, mantas, equipo básico y raciones asignadas —añadió el soldado—. Todo inventariado y guardado.
Ella pasó la mano por la tapa del pequeño baúl. La madera era nueva.
—Yo no tengo tantas cosas —murmuró.
—Ahora parece que sí —respondió el hombre con una sonrisa sencilla.
—Acostúmbrate.
La sorna de Rion le calentó la mejilla izquierda antes incluso de verlo. Apareció cargando su propio petate, mucho más ligero, con una sonrisa sarcástica que no se molestó en disimular. Iba impecable, con uniforme nuevo que combinaba perfectamente con su postura principesca.
—Esto es vida, Kimbra. Mira esas monturas, esas provisiones… —Silbó bajo—. He escoltado convoyes hacia la frontera con la mitad de recursos… y transportábamos armas para una batalla.
Miró a su alrededor empalagada por la emoción de su compañero.
Un carro de suministros esperaba junto a la fila principal. Más allá, el carro del armamento estaba custodiado por dos soldados inmóviles, lanza apoyada contra el hombro y el emblema imperial grabado en las planchas metálicas brillando bajo el sol.
Todos los carros estaban ricamente labrados. Madera, hierro y plata convertían el convoy en una obra de arte en marcha, completada por los imponentes animales que lo tiraban.
No era solo un convoy. Era una exhibición.
—Es excesivo.
Sierra se unió a ellos con los brazos cruzados, observando el conjunto con el ceño fruncido. Drenor permanecía a su espalda, inquieto, sin parecer encontrar dónde colocar las manos y mirando de reojo a un punto indefinido.
—Demasiado brillante. Si alguien quisiera atacarnos, solo tendría que abrir los ojos.
Rion soltó una risa breve.
—¿De verdad piensas que se atreverían? Miranos, somos como un enorme dragón brillante y feroz capaz de arrasar allí donde pase.
Sierra suspiró exasperada y rodó los ojos.
—A un dragón nunca se le ataca de frente.
Kimbra dejó el baúl sobre un murete y se ajustó los puños de su vestido, más interesada en el movimiento del patio que en la discusión táctica que empezaba a formarse entre sus compañeros.
Todo estaba tan calculado y organizado… Sintió una opresión en su pecho sintiendose atrapada entre tanta organización.
Un murmullo recorrió entonces una parte del patio, un desplazamiento de la atención de la gente, como cuando alguien importante entra en una sala sin anunciarse.
Lo notó antes de saber por qué.
Un carro más pequeño avanzó hacia la fila principal. La madera estaba labrada con cuidado, pero no con la perfección rígida de los otros. Tenía algo más manual, más personal. En su interior se veían cajas estrechas envueltas en telas de colores intensos.
—Sedas —murmuró Rion—. Será un comerciante cercano al Emperador. Posiblemente un regalo para la Reina.
El hombre que caminaba junto al carro no se parecía a ningún comerciante que Kimbra hubiera visto.
Vestía ropas ricas pero sobrias, capas superpuestas en tonos pastel y dorado suave. Sus manos estaban cuidadas. En lugar de bastón de viaje llevaba uno delgado, pulido, casi decorativo.
Y sobre los ojos, anudada con elegancia, una banda de seda roja.
Sierra frunció el ceño.
—¿Está… ciego?
El hombre apenas giró la cabeza, orientando el rostro hacia ellos con una precisión que tensó a Kimbra por la distancia.
Les sonrió.
No era una sonrisa amplia. Solo un gesto pequeño, educado, un saludo entre conocidos en un salón tranquilo y no en un patio militar.
Los tres estuvieron observando al comerciante un rato más. Fue Sierra quien habló primero.
—Los guardias no lo tratan como a un civil —murmuró.
Y era cierto.
Los soldados a su alrededor no lo ignoraban… pero tampoco lo apremiaban. Le dejaban espacio. Demasiado espacio.
No apartó la mirada hasta que el hombre subió al carro de las sedas con calma, sin titubeos, sin buscar apoyo. La puerta se cerró y el murmullo del patio regresó a su tono habitual.
—Es raro —dijo al fin.
—Es rico —corrigió Rion.
—Es llamativo —añadió Sierra—. Y este convoy no necesita más ostentación.
—Estoy de acuerdo.
Miró a Drenor, pues le daba la sensación de que éste contestaba a su propia conversación.
Desde el extremo del patio, una voz de mando cortó el aire.
—¡Formación, salimos!
El movimiento se aceleró al instante.
Las correas se tensaron, los jinetes ocuparon posiciones y los animales resoplaron por la inminente partida. El convoy empezó a ponerse en marcha como un único organismo.
Alzó su pequeño baúl y echó un último vistazo al patio.
Parecía menos el inicio de un viaje… y más el comienzo de una obra de teatro. Y tuvo la sensación incómoda de no saber si ella era parte del mensaje… o parte del decorado.
Allevid apareció al mediodía del día siguiente, extendida sobre una llanura suave donde el camino se abría entre campos cultivados como una promesa tranquila.
La observó desde la ligera elevación del terreno, esperando ver murallas altas, torres de vigilancia, filas de guardias revisando cada carro que entrara.
Pero no vio nada de eso.
Las murallas eran bajas, más simbólicas que defensivas. Las puertas estaban abiertas de par en par y el tránsito era fluido: carros de grano entrando sin prisa, artesanos saliendo con mercancías, campesinos caminando en grupos pequeños sin escolta ni urgencia.
No había tensión.
—No parece una ciudad importante —murmuró.
Rion le lanzó una mirada curiosa.
—¿Por qué lo dices?
Kimbra señaló con un leve gesto de la barbilla.
—¿No lo ves? No hay control en la entrada. Nadie registra carros. No veo patrullas. Las murallas… —Resopló ofendida—. Son más bien los muros de un jardín.
Rion observó la ciudad unos segundos antes de responder.
—Solo las capitales tienen ese nivel de vigilancia. Allevid no es grande… pero es esencial. Si esta ciudad falla, fallan los suministros de media región.
El convoy redujo la velocidad al acercarse. Algunos ciudadanos se apartaron para dejar paso, pero no con miedo. Miraban con curiosidad, incluso con cierto orgullo, aquella columna ostentosa que les prometía formar parte de algo mayor.
Descendió del carro cuando este se detuvo ante la puerta. El convoy rodearía la ciudad por fuera mientras una comitiva reducida entraría en su interior.
Su primera obligación real como Embajadora.
Arlan se situó junto a ella mientras Rion lo hizo medio paso por detrás. Drenor y Sierra adoptaron su papel de guardias sin necesidad de palabras. Dos soldados más cerraron la formación.
Al cruzar el muro, el aire cambió.
Olía a pan caliente y madera recién cortada. Las calles estaban limpias, no por ausencia de gente, sino porque alguien se ocupaba de ellas. Los puestos del mercado estaban bien abastecidos: frutas ordenadas en cestas, telas dobladas con cuidado, herramientas alineadas sobre mesas de madera.
Nadie discutía precios a gritos. Nadie parecía vigilar con ansiedad sus pertenencias.
Buscó por instinto lo que siempre encontraba en ciudades grandes: mendigos en los bordes olvidados, niños demasiado atentos a los bolsillos ajenos, conversaciones que se apagaban al pasar soldados, por miedo o por recelo...
No encontró nada de eso.
Vio guardias, sí. Pero hablaban con comerciantes, ayudaban a descargar un carro atascado, reían con un panadero que les ofrecía algo envuelto en papel.
La vigilancia opresiva que esperaba estaba reemplazada por una convivencia vecinal inesperada.
—Esto no encaja —murmuró, más para sí que para nadie.
—¿No es lo que esperabas ver? —preguntó Arlan.
No respondió ante la mirada inquisidora del general.
Una pequeña comitiva los aguardaba frente a un edificio de piedra clara, con balcones de madera tallada y estandartes imperiales ondeando en el viento suave del mediodía.
Un hombre bajo, de barba bien recortada y vestido de un profundo azul oscuro, bajó los escalones con tanta prisa que estuvo a punto de tropezar.
—¡Embajadora Kimbra! —exclamó antes incluso de detenerse a la distancia protocolaria.
Se inclinó con un entusiasmo. Demasiado entusiasmo para alguien que acababa de conocerla. A Arlan le dedicó una reverencia más breve y formal.
—Es un honor, un verdadero honor recibirla en nuestra ciudad.
Soy Halver, alcalde en funciones. Bue’...
alcalde oficial, si vamos al grano, pero eso de «en funciones» suena más importante, ¿no cree?
Como si uno guiara ejércitos en vez de pasar el día contando sacos de trigo y poniendo paz entre vecinos más tercos que una mula vieja.
Su sonrisa tensó su rostro hasta volverlo un gesto casi doloroso, y aun así parecía incapaz de soltarlo.
Kimbra intercambió una mirada breve con Arlan antes de responder.
—El honor es mío, Alcalde.
Halver juntó las manos, visiblemente nervioso, pero no incómodo.