CAP 9 #2
Se quedaron mirándose unos segundos, como si ambos necesitaran comprobar que el otro fuera real.
—Así que Embajadora —dijo él al fin—. Felicidades.
Ella asintió. Miró el broche en su pecho y pensó que Garrick haría mejor su papel de embajador que ella.
—Han empezado a reconstruir rápido —dijo señalando el Crisol.
—Demasiado —respondió él—. Quieren que esté digno de ver antes de que llegue el año nuevo.
Caminaron juntos unos pasos. El suelo bajo sus pies seguía siendo el mismo que bebió la sangre de sus compañeros.
Pero sin la amenaza de muerte acariciándole el cuello. Kimbra lo notó sumamente diferente, ordinario.
—Aquí —dijo el hombre, deteniéndose— fue donde casi nos matan a los dos.
—Lo sé.
—Y ahora —continuó— parece que será algo más grande. Les gustó tu espectáculo.
Garrick dudó un instante antes de continuar.
—Han empezado a traer más gente —dijo al final—. Dicen que la Arena ha recuperado su propósito. Si funcionó contigo… puede volver a funcionar con otros.
Rompió el contacto desviando su mirada hacia las gradas. Intentó entender lo que le quería decir, pero el sentimiento que le inundó los recuerdos fluyó igual que la sangre de Alenna en sus manos.
—Supongo que sí. —respondió ella.
La miró con atención esta vez, sin distraerse por los recuerdos del pasado.
—¿Y ahora qué?
El silencio entre ellos se alargó. A su alrededor, los golpes de herramientas y las voces de los obreros llenaban el espacio que a Kimbra le estaba costando tanto rellenar.
—Supongo que quieren que la gente vea algo en mí… aunque yo no sepa qué es.
Garrick asintió con la cabeza.
—Te llevarán por todo el Imperio. Aquí ya no te necesitan —dijo al cabo de un rato—. Y no lo digo como algo malo.
Tragó saliva pero no contestó.
—Ya no eres solo de aquí. El Emperador ha hecho que pertenezcas al pueblo.
Ella no supo qué contestar.
El salón de la biblioteca había cambiado de carácter ese día.
Las mesas estaban despejadas, los mapas extendidos sobre la superficie de madera oscura y varias marcas discretas señalaban rutas y fronteras. No había símbolos ceremoniales ni actos públicos innecesarios.
Solo había decisiones y planeamiento.
Arlan encabezaba uno de los lados de la mesa, presidiendo la reunión.
—Esta misión nos llevará al sur.
Rion se apoyó en una de las columnas, atento a su general. Sierra dio un paso adelante para observar el mapa mientras Drenor permaneció inmóvil, con las manos cruzadas frente a él.
Kimbra se colocó donde había espacio, consciente de que aún no sabía qué lugar debía ocupar.
—El Reino de Herthanis—continuó— es un estado subordinado al Imperio desde hace más o menos novecientos años. Poseen una autonomía limitada, se les permitió conservar la corona para facilitar el tratado entre las otras regiones del sur.
Señaló una zona amplia del mapa, bajo el territorio de Herthanis se extendía un amplio desierto que llegaba hasta una zona montañosa y volcánica.
—En los últimos meses, su Reina ha iniciado movimientos de expansión territorial no autorizados.
Avances progresivos. Control de rutas con impuestos a las mercancías que tienen que atravesar sus territorios.
Y está haciendo presiones a Nareth y Reddos, lo que haría que Bab-Girsu estuviera aislada y cayese ante las presiones de la Reina.
Sierra frunció el ceño.
—¿Quién está respaldando todos estos movimientos?
—Nadie, que sepamos —respondió Arlan—. Oficialmente, se trata de asegurar estabilidad regional. Conseguir la unión de todo el sur para servir mejor al Imperio.
Drenor y Sierra se miraron divertidos. Rion soltó una breve exhalación en un amago de risa.
—Seguro que sí…
Arlan no reaccionó.
—El Emperador no permitirá una alteración de ese estilo. Una expansión sin control generará imitadores en un futuro.
Kimbra observó el mapa. El sur era vasto, irregular, lleno de territorios que no figuraban con delimitaciones claras.
—¿Cómo empieza nuestro cometido? —preguntó Sierra.
—La Corona debe cesar su expansión de inmediato.
Hizo una pausa antes de continuar.
—A cambio, el Imperio está dispuesto a ofrecer nuevos acuerdos comerciales, suministro de recursos estratégicos y una revisión favorable de ciertos tratados. En el peor de los casos el Emperador nos da el visto bueno para ofrecer Kaath para que se anexe a la corona.
—Es un buen intercambio —dijo Sierra.
Cuando intervino Drenor, la serenidad de su voz hizo que la pregunta resultara aún más perturbadora.
—¿Y si la Reina se niega?
El silencio que siguió fue deliberado.
Arlan recorrió el grupo con la mirada, deteniéndose un instante más en Kimbra. Pues, aunque Drenor lo había preguntado, sabían cuál era la forma habitual de proceder.
—No sabemos si sus intenciones son sólo territoriales o si está preparando algo más —dijo tras meditarlo—. Y no necesitamos saberlo.
Kimbra sintió un leve peso en el pecho.
—Nuestra labor es evitar que el conflicto escale —continuó—. Preferiblemente sin ruido.
Rion asintió sin dudarlo.
—Entendido.
Sierra inclinó la cabeza, pensativa.
—¿Incluso con una reina?
—La Mano de Oro hará lo que tenga que hacer —respondió Arlan—. Sin importar los títulos.
Arlan cerró el mapa con un gesto firme.
—Partís al amanecer. La Embajadora extraordinaria tendrá que acercarse a ellos para conseguir su simpatía.
El título entre esas cuatro paredes bajo tierra sonó peor, tanto que hizo que se le erizara la piel.
—Y recordad —añadió—: no estaremos allí para juzgar, ni para hacer amigos. Estaremos allí para mantener el orden del Imperio.
Clavó la mirada en Kimbra.
—Vuestra presencia es un símbolo. Si la reina duda, le recordaremos lo que el Imperio hace con quienes se resisten… y lo que puede hacer por quienes obedecen.
Kimbra asintió despacio.
Los broches en su pecho se sintieron más pesados de repente.
—Estos túneles y habitaciones excavadas en la roca se me parecen mucho a las madrigueras de los ratones…
Miró al gato sin levantarse de la cama, tirada desde hacía rato miraba aburrida el techo de su habitación.
—Supongo que, como gato que eres, conoces bien las madrigueras.
Lyren bufó y de un salto se situó a su lado mirándola aburrido.
—Si yo te contara…
—Nos vamos al sur.
—Lo sé.
Frunció el ceño.
—¿También sabes por qué?
Sus bigotes apenas se movieron. El gato hizo caso omiso al tono irónico y condescendiente de la chica.
—Sé que te han dado un símbolo y una dirección. Eso ya dice mucho.
Se incorporó un poco y miró el broche de embajadora, que descansaba sobre la mesa junto al de la Mano de Oro. El metal atrapaba la luz débil del cuarto protagonizando la escena.
—Es solo un título —dijo—. Necesitan una cara para desviar la atención.
—Es útil si…
El silencio que le siguió aunque no fue incómodo, tampoco aligeró la conversación.
—No es como la Arena —añadió ella al cabo de un rato—. Esto es… distinto.
—Cierto —convino Lyren—. En la Arena sabías quién quería matarte.
Apretó los dedos contra las sábanas de su cama.
—Aquí se supone que vamos a evitar una guerra.
—Muy altruista de vuestra parte.
Se incorporó del todo mirando al animal.
—¿Qué pasa?
Lyren parpadeó despacio mirándola sosteniéndole la mirada.
—Has aprendido a levantar muros para sobrevivir en un terreno que ellos te impusieron. Ahora te vas al mundo real, a una Arena a lo grande.
Kimbra frunció el ceño y resopló.
—No es lo mismo.
—Oh, claro que lo es, pero mas políticamente calculado.
Kimbra suspiró pero no contestó.
—Sombra quiso que fueras más fuerte de lo que recordabas ser.
El nombre no llegó a calar en sus recuerdos, pero el eco estuvo allí. Un rastro de alguien que no consiguió recordar.
Frunció el ceño, como si una idea se le escapara justo antes de tomar forma.
—¿Qué..? Hay cosas que no encajan… —murmuró.
Lyren miró a la chica. Sus ojos la estudiaron un instante antes de brillar por descubrir algo inesperado.
—Aún no necesitas que encajen…
Bajó la mirada hacia sus manos.
—No sé qué esperan de mí —admitió en voz baja intentando desvíar el hilo de sus pensamientos—. Ni qué esperan que haga si las cosas salen mal.
—Por desgracia lo sabrás cuando no tengas más opción.
Kimbra no contestó.
Lyren permaneció en silencio un momento, observándola y midiendo cuánto debía decir.
—Hay algo que deberías tener en cuenta —dijo al fin—. El Imperio no envía a la Mano de Oro cuando espera que las cosas se arreglen hablando.
Kimbra frunció el ceño.
—Entonces ¿para qué nos envían?
El gato ladeó la cabeza.
—Para actuar cuando se deje de hablar.
Observó los broches sobre la mesa.
—¿Vendrás conmigo? —preguntó sin mirarlo.
Lyren se frotó contra su costado mientras un ronroneo cariñoso acarició su garganta.
—¿Quién si no iba a evitar que te metas en problemas? Eres un auténtico desastre.
Kimbra esbozó una sonrisa cansada y apoyó la mano en su lomo.