Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 9
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CAP 9

Las ruinas de la entrada del Crisol habían sido despejadas solo lo suficiente para permitir la ceremonia de investidura.

Las heridas del edificio sostenían estandartes nuevos, y entre los restos ennegrecidos por el fuego se alzaba un escenario provisional, cubierto por pesadas telas de rojo profundo y dorado brillante.

Los restos de las estatuas que una vez decoraron la fachada del edificio descansaban como cadáveres en los márgenes, las víctimas olvidadas de una guerra pasada.

El contraste era deliberado.

Allí donde antes se había derramado sangre, ahora se colocaban rosas rojas. Donde los gritos habían sido constantes, se levantaban tarimas pulidas y atriles tallados con el emblema del Imperio.

El Crisol renacería de nuevo.

Una multitud se había congregado frente al escenario. Ciudadanos, oficiales, miembros de la corte menor. No era una celebración ruidosa, estaban expectantes ante el anuncio misterioso que se había hecho la tarde anterior. El murmullo se apagó cuando una figura avanzó hasta el centro del estrado.

El Gran Consejero Imperial vestía una túnica ceremonial, más elaborada que las habituales, con hilos de oro bordando símbolos de unidad y renovación. Sonrió antes de hablar, una sonrisa entrenada para inspirar cercanía sin perder autoridad.

—Ciudadanos de Soltheeris, queridos amigos —comenzó con una voz clara que proyectó sin esfuerzo—. Hoy nos reunimos en un lugar que todos conocemos.

Hizo una pausa breve, dejando que las miradas recorrieran las ruinas.

—El Crisol ha sido durante generaciones una prueba. Una forja. Un espacio donde la voluntad se enfrenta a sí misma y solo los más firmes permanecen en pie para redimirse y conseguir la victoria y el perdón.

No mencionó las muertes.

—El pueblo ha hablado —continuó—. Ha observado. Ha recordado. Y nuestro amado Emperador… —inclinó la cabeza con respeto— ha escuchado.

Un murmullo recorrió a los presentes, el cual llegó hasta donde se encontraba Kimbra.

—El Imperio no se construye sólo desde lo alto, se hace desde la fortaleza de quienes lo sostienen con su ejemplo.

Alzó una mano, señalando las ruinas.

—Durante años estas paredes vieron como se estaba perdiendo la esperanza, como nadie merecía el perdón. Pero esta vez… De este lugar no ha surgido solo una vencedora. Ha surgido un símbolo. Una muestra viva de disciplina, resistencia y lealtad a nuestros valores.

El tono se volvió más cálido, casi paternal.

—Por decisión expresa del Emperador, y en reconocimiento a lo que representa para todos nosotros, hoy se enaltece a la ganadora de la Arena no solo siendo superviviente… sino como referente de esperanza.

Kimbra aguardaba tras el escenario, en una franja de suelo que aún conservaba marcas antiguas del Crisol.

La piedra estaba limpia, pero no tanto para ocultar del todo lo que había ocurrido allí.

El olor era distinto, metálico, y la memoria del lugar pesaba más que cualquier aplauso que llegaba amortiguado desde el exterior.

Estaba segura que ahí habían estado una vez las manchas de sangre de Rax antes de huir.

Se obligó a respirar despacio. Alisó las arrugas inexistentes de su precioso vestido de seda hecho a medida para la ocasión.

El broche de Embajadora descansaba en una bandeja de terciopelo oscuro, custodiado por dos asistentes impasibles. Brillaba con una intensidad que le resultaba casi ofensiva.

—Muy pomposo, ¿no crees?

Sierra avanzó desde uno de los laterales de la carpa, ajustándose uno de los guantes con calma. No vestía nada ceremonial. Su atuendo era sobrio, funcional, ajeno al teatro que se estaba representando a pocos metros de ellas.

—Supongo… —respondió Kimbra—. No sabía que lo harían aquí.

Su compañera miró de reojo hacia el escenario, donde la voz del Gran Consejero seguía elevándose, grave y modulada.

—¿Dónde pensabas que iba a ser sino? —dijo—. El Imperio adora el dramatismo. Sangre y rosas. Ruinas y terciopelo. Funciona muy bien para las masas. Cuando esto se vuelva a inaugurar será todo un espectáculo.

Sus manos acariciaron con fuerza la superficie de su vestido, buscando alisar alguna arruga inexistente.

—No me gusta estar aquí.

—Obvio —replicó Sierra sin suavizar el tono—. Casi mueres aquí.

—Desde este momento— anunció el Gran Consejero—, Kimbra será reconocida oficialmente como un miembro querido y respetado de nuestra sociedad, La Embajadora Extraordinaria...

El aplauso estalló fuera, puntual y obediente. El nombre de Kimbra resonó entre las ruinas que les rodeaba como un eco difuso.

Sierra ladeó la cabeza.

—Embajadora extraordinaria de la Arena —recitó en voz baja—. Suena casi importante.

—¿Casi?

—Es un título postizo —dijo sin rodeos—. Para el público. Para los registros. Dentro de la Mano de Oro nadie se lo tomará en serio.

Kimbra la miró con gravedad.

—¿Disculpa?

La observó unos segundos antes de responder.

—Eres nueva Kimbra. Un título impostado no hará que estés por encima de nadie. En realidad es todo teatro. Y eso implica dos cosas: que te usarán de ejemplo… y que serás la última en enterarte de todo.

Sierra inclinó la cabeza, evaluándola un instante más.

—Y hay algo más —añadió—. Si algo sale mal, no culparán al Imperio. Te culparán a ti, su símbolo.

Kimbra frunció el ceño y decidió ignorar su provocación.

—¿De qué debería enterarme, por ejemplo?

Su compañera se encogió de hombros.

—Del viaje, por ejemplo. Ya tenemos misión.

—¿Viaje?

—Salimos pronto. Hacia el sur —añadió aburrida—. No nos dicen demasiado hasta el último momento.

El murmullo del público creció. El Consejero estaba llegando al final.

—No es posible, apenas hemos entrenado juntos en estos días. ¿Cómo vamos a ir a una misión lejos así como así? —murmuró.

—No somos nosotras quien decidimos, Kimbra—respondió Sierra—. Somos las que recibimos órdenes.

Un asistente se acercó con discreción, indicando que era el momento.

—Que su historia nos recuerde que incluso en la prueba más dura, el Imperio ofrece su perdón —la pasión del Gran Consejero llegó hasta ellas casi nítida—. Que su ejemplo inspire a quienes dudan. Que su camino sea testimonio de lo que significa servir a algo más grande que uno mismo.

—Vamos —dijo Sierra—. Te están esperando.

El Gran Consejero dio un paso atrás, extendiendo el brazo hacia el lateral del escenario.

—Ciudadanos del Imperio —anunció—, recibid a quien encarna esa fortaleza. Kimbra, Embajadora extraordinaria de la Arena.

La multitud aplaudió con entusiasmo.

La luz del escenario le recibió de golpe al subir los escalones.

Avanzó firme, aunque cada paso le alejaba un poco más del suelo que había aprendido a reconocer como propio. No distinguió ningún rostro en concreto; solo una marea de miradas fijas en ella que la envolvieron de forma opresiva entre sus aplausos.

El Gran Consejero la recibió en el centro del estrado. Le ofreció la mano y ella, sin saber cómo evitar el contacto, se la tomó con poco entusiasmo. El hombre se inclinó y le besó el dorso de la mano en un teatral gesto tan exagerado que hizo que tuviese que contener una sonrisa.

Alzó entonces ambos brazos, reclamando silencio.

—Ante vosotros —anunció— se encuentra aquella cuya voluntad ha resistido donde otros cayeron. La persona que luchó por redimirse y ganar el perdón.

No la miró a ella al decirlo, sino al público.

—Por mandato del Emperador, y en reconocimiento a lo que representa para el Imperio, procederemos ahora a formalizar su nombramiento.

Hizo un gesto, y un asistente avanzó con la bandeja de terciopelo. El broche de embajadora reposaba en el centro, inmóvil, capturando la luz y la atención de todos.

El murmullo se extinguió cuando una figura se adentró en el escenario desde la otra punta.

El Emperador no llevaba corona ni capa.

Su presencia no necesitaba adorno alguno. Llevaba un traje soberbio de color blanco y bordados dorados que resaltaban el inusual color de su piel. Avanzó sereno, acompañado solo por el silencio que se abría a su paso.

Sintió cómo el aire se espesaba a su alrededor.

Cuando estuvo frente a ella, por un instante, el mundo quedó reducido a esa distancia entre ellos. Un flashback le vino a la mente, cuando se encontraba en la Arena y un hombre pedía su perdón…

El Emperador tomó el broche. Sus dedos lo sostuvieron con naturalidad y sin ceremonias. Lo prendió en su vestido, justo sobre el pecho.

Luego, con una delicadeza fingida, el Emperador apoyó los dedos en su mentón y se inclinó lo justo para besarle la frente.

No fue un gesto afectuoso.

—El Imperio te reconoce —dijo en voz baja, solo para ella.

Y se apartó sin esperar respuesta.

El Gran Consejero dio un paso al frente con una sonrisa de oreja a oreja.

—Ciudadanos del Imperio —proclamó—, recibid a vuestra Embajadora extraordinaria de la Arena.

Durante un instante nadie aplaudió.

No fue silencio de protocolo.

Fue distinto, contenido, casi reverente, la multitud estaba intentando decidir qué significaba realmente lo que acababan de ver.

Entonces alguien empezó a aplaudir. No fue un oficial ni un noble, sino una mujer mayor en las primeras filas.

Sus manos temblaron mientras sus ojos intentaban contener lágrimas de emoción.

—¿Lo veis?… —murmuró con la voz quebrada—. Sí se puede salir de ahí…

El aplauso se extendió después, más rápido y humano, menos obediente que antes.

Kimbra no distinguía los rostros, pero sí la emoción que recorrió a la multitud; una corriente cálida y desesperada que la miraron, no como a una vencedora.

La miraron como a una promesa de un futuro mejor.

El interior del Crisol dejó de rugir pronto.

Kimbra se atrevió a cruzar la lona de la parte trasera que le separaba de la arena.

Los andamios rodeaban parte de la estructura principal.

Las gradas estaban siendo reforzadas, las entradas limpiadas, y donde antes había grietas y restos del combate ahora se alzaban algunas partes nuevas, de piedra más clara.

Todo parecía más seguro. Más vacío.

Garrick estaba de espaldas, supervisando a un grupo de guardias. Daba instrucciones con gestos cortos, precisos. Cuando se giró y la vio, no sonrió de inmediato.