CAP 8 #3
—Por lo que sé —añadió él, ya más serio—, salir vivo de la Arena no es cuestión de aguantar golpes. Hay que saber leer cuándo ceder, cuándo atacar y cuándo fingir que estás acabado. Ese tipo de cabeza aquí sirve.
Kimbra asintió despacio.
—Espero que sea suficiente.
Rion se encogió de hombros.
—A la hora de la verdad nunca sabemos si lo es o no. Pero ayuda.
Se apartó finalmente de la mesa y se dirigió hacia la salida.
—Descansa. Mañana veremos si somos una combinación poderosa… o si nos hacen trabajar hasta que lo seamos.
—¿Descansar?
Sonrió desde el arco de la puerta y la miró por encima del hombro.
—Si lo prefieres cotillea un poco —añadió sonriendo—. No tendrás muchas más oportunidades para ir por libre.
Cuando volvió a su habitación descubrió a Lyren sobre la cama, tumbado boca arriba con una languidez casi insolente mientras la observó sin moverse.
—No está del todo mal esto la verdad.
Kimbra se sentó junto a él y le acarició la barriga con cuidado. Sonrió. El pelaje era tan suave como había imaginado, cálido bajo sus dedos, casi reconfortante.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? Está todo muy bien vigilado.
El gato no cambió la postura, aunque se acomodó en la cama.
—Sigues hablando en alto. Tarde o temprano tendremos que comunicarnos con gente cerca, así que será mejor que empieces a acostumbrarte a pensar nuestras conversaciones.
Rodó los ojos y carraspeó.
—¿Cómo me has encontrado?
Lyren se incorporó y desperezó, de un salto acortó la distancia con la puerta y miró a su compañera.
—Venga, echemos un vistazo. Apenas he podido husmear nada.
Los dominios de la Mano de Oro resultaron distintos a cualquier otra parte del recinto Imperial que hubiera visto hasta entonces.
El palacio se alzaba sobre la meseta siendo el símbolo de dominio que quería ser, pero la organización ocupaba el mundo excavado bajo él: pasillos horadados en la roca, dependencias incrustadas en la piedra viva.
Convivían las superficies pulidas y perfectas con la roca excavada cruda y natural.
Las lámparas estaban embutidas en la roca y el aire se sentía estable, contenido, como si allí abajo el tiempo fluyera más despacio.
Avanzó con la misma cautela que parecía imponer el lugar, mientras Lyren caminaba a su lado observando todo con curiosidad despierta.
Era silencioso como una sombra.
—Desde luego que este sitio no se ha construido para tener visitas —dijo la voz de Lyren en su cabeza—. Es todo pura estrategia.
Ella afirmó con la cabeza tras pasar ante un mapa tallado en la pared.
—Estando bajo el palacio pensé que todo sería más… no se —pensó—. Nunca lo habría imaginado así.
—La Mano de Oro es una organización militar —respondió Lyren—. Deduzco que los tapices y jarrones son unas de sus menores preocupaciones.
Kimbra se detuvo y miró al gato fijamente cruzándose de brazos.
—¿Tú qué sabes de la Mano de Oro?
Lyren siguió husmeando. Desde la rendija de una puerta semiabierta miró en su interior, pero no se molestó en entrar.
—Lo justo y necesario. Las organizaciones gubernamentales, por muy secretas que quieran ser, tarde o temprano se hacen conocidas a medida del crecimiento de sus responsabilidades.
Kimbra frunció el ceño.
—¿Eso qué significa?
Lyren miró a la chica.
—La Mano de Oro está formada por varios equipos, uno de ellos al que te han asignado —dijo—.
No solo tratan con dirigentes, ni negocian en despachos.
Han participado en operaciones que terminaron en masacres, purgas y errores que el Imperio prefiere no recordar.
Pero siempre quedan testigos… y la gente habla.
Siguieron husmeando por la zona. Encontraron pequeñas salas de estudio o retiro, puertas cerradas, amplios espacios de entrenamiento… y, por fín, una ventana.
Kimbra se extrañó y se acercó. La luz que entraba era escasa, filtrada por la vegetación que trepaba por el exterior y cubría casi todo el marco.
—Desde luego que así no van a descubrirnos…
Lyren subió al alfeizar y miró a Kimbra desde más de cerca.
—La Mano de Oro no es solo otra organización —dijo, con una gravedad poco habitual en él—. Es una red. De vigilancia, de control… y de silencios.
—¿De silencios?
El gato asintió.
—Silenciar rebeliones, silenciar fallos, silenciar a quienes saben demasiado. Si pueden hacerlo sin ruido, lo harán. Si no…
—¿Por qué sabes todo esto, Lyren?
El gato se acomodó en la ventana.
—Solo diré que me crucé con ellos en otra de mis vidas.
Kimbra miró hacia la vegetación que tenía enfrente. Tardó un momento de más en contestar.
—Puede que investigar mi otra vida también me sirva —murmuró observando la agitación de las hojas por una leve brisa.
Lyren inclinó la cabeza sin responder.
—Te prometo que me pondré con ello. Pero tú también tendrás que contarme cosas. En realidad no sé quién eres… ni de dónde vienes.
Lyren se carcajeó por dentro.
—¿Confías en mí?
Kimbra dudó.
¿Podía confiar en él?
Nada en su instinto le decía que no confiara en él. Pero tampoco recordaba con claridad cómo había empezado todo: la Arena, el caos… y luego... ¿Qué había antes?
—No sé quién eres en realidad, Lyren…
El gato no pareció ofendido.
—Tarde o temprano tendrás que confiar en alguien, Kimbra.