Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 8 #2
29%

CAP 8 #2

Arlan recorrió la estancia con una mirada rápida, registrándolo todo: la caja abierta, el broche sobre la mesa, la ausencia de desorden. Asintió para sí mismo satisfecho.

—Tienes libertad para moverse por el recinto —continuó—, pero tu itinerario estará siempre por encima de tu curiosidad.

De debajo del brazo sacó un sobre de papel grueso, sellado con cera roja, y se lo entregó sin florituras.

—Tu horario. Cualquier desviación debe ser autorizada. En la Mano de Oro no improvisamos.

Tomó el sobre. En sus manos notó que era más pesado de lo que esperaba.

—Lo revisaré.

—Lo cumplirás —corrigió él, sin dureza, pero sin espacio para réplica—. Acompáñame.

Caminaron por pasillos muy distintos a los que había en la zona de reclutas. El aire era más cálido allí, menos clínico, con un ambiente sobrio calado en las paredes.

Se detuvieron ante unas puertas altas de madera oscura talladas con motivos geométricos.

Al otro lado les esperaba un salón amplio, dominado por una biblioteca que ocupaba toda la pared principal.

Estanterías repletas de volúmenes antiguos y pergaminos olvidados, varias mesas de trabajo esparcidas por el espacio y butacones mullidos forrados de verde que invitaban a sentarse demasiado tiempo.

Al fondo, una gran chimenea emanaba una cálida luz dorada.

Tres personas aguardaban.

El primero en girarse fue un hombre joven, de sonrisa fácil y postura relajada.

Tenía un aura que destacaba por encima del resto, inquieta, como una llama debatiéndose entre contenerse o no.

—Así que esta es ella —dijo, sin disimular el interés—. Pensé que sería más bajita.

—Rion… —lo cortó Arlan.

Este sonrió aún más.

—Un placer, Embajadora de la Arena.

A su lado, una mujer de expresión aguda observó a Kimbra en silencio. Sus ojos se movieron con rapidez estudiando cada ápice de la recién llegada. Tenía el gesto de alguien acostumbrado a anticiparse a los demás.

—Ella es Sierra.

—Encantada —añadió ella sin emoción.

El tercero dio un paso adelante con suavidad. Era sumamente joven, de baja estatura y complexión fina, pero su presencia era tranquila, casi apaciguadora. Cuando habló, su voz fue baja y profunda, sumamente cautivadora.

—Drenor. Me encargaré de protegernos a todos.

Kimbra forzó una sonrisa.

—Un placer.

El general se reposicionó, reclamando la atención del grupo.

—Vosotros tres sois veteranos de la Mano de Oro. Habéis aceptado servir juntos y seguiréis haciéndolo. Kimbra se incorpora desde hoy a nuestra unidad. Antes de asignar funciones, es necesario que entienda dónde está y qué se espera de ella.

Kimbra cambió el peso de una pierna a otra incómoda.

—La Mano de Oro mantiene el equilibrio del Imperio —dijo el general—. Donde la ley no llega, actuamos. Donde la política falla, intervenimos. Nuestras operaciones van desde la infiltración discreta hasta la neutralización directa de amenazas.

Rion cruzó los brazos, orgulloso.

—Somos la última línea. Y la más efectiva.

—No somos jueces —añadió Sierra—. Somos herramientas. El Emperador decide, nosotros ejecutamos.

—Y, con suerte —dijo Drenor con suavidad—, evitamos guerras antes de que empiecen.

El general asintió, satisfecho.

—Debemos lealtad al Imperio y al Emperador. Ninguna misión es opcional. Si no actuamos, otros pagarán las consecuencias…

Clavó la mirada en Kimbra.

—Si aceptas eso, encontrarás aquí propósito… y protección. La Mano de Oro sacrifica lo necesario por el bien del Imperio. Aún puedes echarte atrás, no aceptar el broche y volver a ser recluta, con todo lo que eso implica.

Kimbra le sostuvo la mirada. Notó la mirada de Drenor clavada en ella conteniendo el aliento.

Pensó en el broche, en los pendientes, en el horario sellado en el sobre que aún no había abierto. No sabía qué le esperaba si aceptaba… pero sí sabía con exactitud a qué volvería si no lo hacía.

Permanecer dentro quizá era la única forma de entender cómo funcionaba aquello y no estaba dispuesta a descubrir como le quitarían esos pendientes incrustados en su carne.

—Acepto —dijo tras una pausa.

El general sonrió de medio lado.

—Entonces, bienvenida.

La reunión se disolvió sin ceremonias tras una leve lección de bienvenida. Los mapas fueron retirados con movimientos precisos, los libros cerrados quedaron apilados sobre las mesas y las últimas órdenes murmuradas se apagaron antes de llegar a ser una conversación extendida.

Sierra fue la primera en marcharse, llevándose con ella la gravedad que había sostenido la sala. Drenor se despidió con una leve inclinación de cabeza antes de seguirla, no sin antes mirar a Kimbra de reojo.

Notó a Rion antes de oírlo. No fue un sonido concreto, fue esa sensación de calor inquieto que parecía acompañarlo en todo momento, el espacio a su alrededor parecía no terminar de quedarse quieto.

—Vaya manera de empezar —dijo él, apoyándose contra una de las mesas—. Horarios, lealtad eterna y peligro de muerte. El Imperio siempre sabe cómo hacer sentir a uno como en casa.

Kimbra esbozó una sonrisa leve.

—Supongo que es necesario.

—Lo es —concedió Rion—. Pero no por eso deja de ser incómodo la primera vez.

Hubo un silencio corto, menos tenso de lo que habría esperado. Rion la observó con curiosidad sin un ápice de disimulo.

—Así que tú eres agua.

—Eso parece —respondió ella.

—Interesante —continuó—. Yo soy fuego, por si no lo habías notado.

Chasqueó las piedras de sus muñequeras y un fogonazo iluminó dramáticamente la estancia. Kimbra ladeó la cabeza.

—Había alguna pista.

Rion se rió.

—Bueno, entonces conviene que lo sepas desde ya. Aquí todos conocemos el alcance de las habilidades de los demás. Sierra controla la tierra como si fuera una extensión de su propio cuerpo. Drenor puede levantar campos de fuerza capaces de detener una avalancha. Y yo… quemo cosas.

—Interesante…— Su corazón tuvo un pellizco de nostalgia.

—Y tú —añadió, señalándola con un gesto despreocupado—, mojas cosas. El agua es versátil. Muy versátil.

Sintió una punzada de cautela.

—¿Eso te tranquiliza o te preocupa?

Él sonrió de medio lado y se acomodó en su postura.

—Depende. El agua y el fuego pueden ser un dúo poderoso… o explosivo —el chico se inclinó hacia delante—. Todo depende de quién intente neutralizar a quién.

No apartó la vista.

Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió evaluada como un recurso ni como una pieza intercambiable. Rion no la medía por que sí: la calibraba, intentaba decidir cuánto podía presionarla hasta que mordiera.

Sonrió por ello.

—No tengo intención de apagar a nadie.

—Bien —replicó—. Porque yo tampoco sé funcionar a medias.

Se hizo un silencio distinto, casi cómodo.