Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 8
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CAP 8

El carruaje se detuvo en una zona donde el bullicio había desaparecido. Bajó, siguiendo al guardia que le guió por un corredor silencioso, cubierto por muros de piedra pálida y lámparas que no parecían emitir fuego, sino una luz constante y fría.

Aquel lugar estaba diseñado para pasar desapercibido a los pies del gran Palacio Imperial.

La sección de los dominios de la Mano de Oro se extendía como un laberinto, con pasillos de piedra y puertas con placas metálicas numeradas. Tuvo la sensación de que incluso el aire tenía normas impuestas.

Su habitación se encontraba al final de un corredor.

La estancia era amplia, de doble altura y pulcramente ordenada, pero desprendía una sensación extraña.

Todo estaba impecable, tan impecable que parecía una habitación preparada para una visita, no para una vida.

El mobiliario era sobrio: una cama perfectamente alineada al fondo, un escritorio con tinta fresca y un armario lacado.

No había flores ni cortinas. Solo un gran arco de piedra rompía la austeridad del conjunto, enmarcando un imponente mosaico de dragones y criaturas fantásticas.

En el centro de la habitación, donde reinaba una pesada alfombra, sobre una mesa baja, había una pequeña caja de madera oscura. En la tapa, un símbolo grabado: una mano de oro con un gesto elegante. La marca de su nuevo destino.

La observó unos segundos antes de abrirla. Dentro descansaba un sencillo broche en forma de mano que sujetaba en el centro una piedra preciosa y un par de pendientes con joyas engarzadas.

Se sentó sobre la mullida cama. Pensó en el camino que la había traído hasta allí. La inserción en la Mano de Oro había sido un suplicio, no por el traslado en sí, sino por los dos largos días de interrogatorios en los que dos telépatas habían manoseado y ultrajado todos sus recuerdos.

A veces solía sentir que la versión suya que aún no se había roto todavía seguía existiendo, atrapada en algún lugar o perdida en los recuerdos a los que no podía llegar.

Ahora, en cambio, envuelta en un silencio pulcro, sin ecos ni pasos ajenos, no estaba tan segura de que quedara algo de su antiguo yo.

Le costaba decidir si aquello era un ascenso o una nueva forma de prisión. Todo lucía más brillante, más ordenado, pero bajo esa perfección había algo que pesaba: una sensación de vigilancia constante.

Sus dedos apretaron el borde de la cama. Por un momento pensó en Alenna, en sus manos guiándola, y un hilo de culpa le atravesó. Si ella pudiera verla ahora, ¿qué pensaría?

Miró la caja otra vez. El dorado del emblema reflejaba la luz de forma inquietante, dando la sensación de que el símbolo respiraba, palpitaba como un corazón. Inspiró hondo, obligándose a mantener la calma.

No podía permitirse dudar ahora. Si aquel lugar iba a ser su nueva jaula, al menos pensaba aprender cómo funcionaba el cerrojo.

El sonido de los nudillos contra la puerta fue tan suave que, por un instante, creyó haberlo imaginado.

Cuando abrió la puerta, entró un hombre de edad indefinida, de cabello peinado hacia atrás, embadurnado en aceites aromáticos y con una sonrisa calculada que parecía practicar con frecuencia.

Su rostro seguía oculto tras una espesa capa de maquillaje y vestía un exquisito traje de seda clara con trabajados bordados de oro.

—Ah, nuestra nueva Embajadora de la Arena —dijo el Gran Consejero, con voz aterciopelada—. Me alegra ver que la incertidumbre no le ha devorado. Suele hacerlo, con el tiempo.

Detrás de él entraron tres asistentes. Dos de ellos llevaban rollos de tela, cintas para medir y pequeños cuadernos; el tercero, un muchacho de mirada seria, portaba una caja de madera tallada.

Se colocaron en silencio en el centro de la sala.

Calculó por puro reflejo las distancias antes de obligarse a relajarse.

—No se moleste en hacer reverencias —continuó el Consejero, acercándose a la mesa baja—. Aquí dentro, todos servimos al mismo señor, y él no está mirando ahora.

Cerró la puerta con cautela y se cruzó de brazos, pues no tenía pensado hacer ninguna reverencia.

—Gran Consejero —dijo, con el tono más neutro que pudo—. No esperaba su visita.

—Nadie lo hace, querida. Si me anunciaran, perdería todo el encanto —replicó él con un destello divertido en los ojos. Posó la mano sobre la caja de la mesa haciendo que Kimbra desviara su atención—. Traigo lo necesario para el uso de algo que pertenece a su nuevo puesto.

Miró a los asistentes, y el que llevaba la caja dio un paso al frente y asintió con la cabeza.

—El broche —explicó el Consejero, levantándolo con cuidado de la caja— es su salvoconducto. Le abrirá paso ante guardias, ministros… e incluso inquisidores, si llega a cruzarse con ellos. Es un escudo en forma de joya.

Kimbra asintió, aunque no extendió la mano. Su mirada varió dubitativa entre el hombre y el broche.

El Consejero notó la vacilación y sonrió.

—No se preocupe. No muerde. Solo abre puertas —dijo, colocándolo él mismo sobre la mesa—. En cuanto a esto… —tomó los pendientes— son un poco más... personal.

El muchacho dio un paso adelante.

—¿Puedo? —preguntó con voz baja.

—Por supuesto…

El joven se puso en marcha. De su caja sacó unas herramientas metálicas, cogió los pendientes y se acercó a ella calibrando las joyas en sus manos. Quiso retroceder un paso pero se obligó a no ceder ante su impulso de defenderse.

—Solo será un pinchazo querida.

Los pendientes parecían livianos, pero cuando uno de ellos tocó su piel, una punzada aguda le hizo tensarse. Sintió cómo el metal se abría paso bajo la piel, ardiendo, anclándose en su carne.

Durante un instante pensó en apartarlo por la fuerza, pero sabía que ese gesto tendría consecuencias.

El segundo fue peor. Un chasquido metálico selló la unión, y el dolor se propagó hasta su mandíbula. Notó la piedra del pendiente descansar en la entrada de su oído.

Contuvo un jadeo.

El Consejero la observó con la curiosidad de quien examina un objeto recién adquirido.

—Magnífico —dijo en voz baja—. Servirán para entender cualquier lengua del Imperio. El Emperador es muy generoso ¿Verdad?

Kimbra se tocó el centro de la oreja con disimulo.

—¿Duele? —preguntó el hombre con genuino interés.

—Un poco.

—Excelente. Si no duele, no puede tomarse en serio.

El Consejero dio una palmada suave, y los modistos se acercaron.

Uno de ellos era un hombre bajo y meticuloso, con los dedos manchados de tiza blanca; la otra, una mujer de mirada cansada que no levantó los ojos de las telas.

Ambos comenzaron a desplegar rollos de distintos tejidos: unos brillaban como el agua; otros parecían absorber la luz.

El chico que le perforó las orejas le tendió un pañuelo blanco, Lo aceptó y se limpió la sangre de las orejas.

—Nada dice más de un Imperio que la forma en que viste a sus héroes —comentó el Consejero, paseando por la habitación mientras ellos tomaban las medidas necesarias—. El poder también puede ser bello. ¿No le parece, Kimbra?

—Supongo —dijo sin saber muy bien qué responder.

El hombre le pidió que extendiera los brazos. La cinta recorrió sus hombros, su cintura, su cuello. Ella se mantuvo inmóvil, tratando de ignorar el ardor persistente en las orejas. La mujer colocó fragmentos de tela sobre su piel, observando cómo el material respondía a la luz.

—Su tono de piel es difícil, es demasiado oscuro —murmuró la modista—. Cambia con la iluminación.

El Consejero se acercó, inclinando la cabeza con curiosidad.

—Como todo lo que no se deja clasificar con facilidad —dijo—. En la Arena era imposible predecir sus movimientos. ¿Eso era talento o instinto?

Kimbra alzó la vista. Sus ojos mantuvieron firme la mirada carmesí del Gran Consejero.

—No lo sé ¿Ambas?

—Interesante. Los instintos son poderosos. Aunque aquí preferimos trabajar en el talento y tener control sobre ello —replicó en una sonrisa de amabilidad.

El modisto carraspeó, midiendo la longitud de su brazo con una concentración exagerada. El Gran Consejero lo miró y se apartó un paso de él con una ligera disculpa.

—No tiene por qué preocuparse —continuó él, con tono de confidencia—. La Mano de Oro es una orden selecta. Solo unos pocos acceden a ella. Estará rodeada de personas leales, discretas… y conscientes de lo que sucede si dejan de serlo.

—Lo entiendo.

—Oh, lo dudo —respondió con una sonrisa incómoda—. Pero lo hará.

El joven que ahora ya había acabado con su cometido se acercó entonces con el broche y se lo ofreció a Kimbra. Ella lo sostuvo entre los dedos. Lo sintió pesado y frío en contraste con la piedra que parecía palpitar.

—Debe llevarlo siempre consigo —dijo el Consejero—. Aunque lo oculte. Es su pasaporte, su escudo, su llave para la libertad. Si alguna vez se separa de él… bueno, digamos que el Imperio no tolera los extravíos.

Kimbra clavó la mirada en la mano dorada.

—No planeo perderlo.

—Nadie planea una pérdida querida —repuso él con un tono casi melancólico. Luego se acercó un poco más, bajando la voz—. Verá, mi Embajadora, la confianza es como una joya. Si se empaña, deja de valer.

Dio un paso atrás y volvió a sonreír, esta vez con un aire encantador, casi teatral.

—Ahora, mis modistos se encargarán de que luzca impecable para la ceremonia de presentación. Yo, en cambio, me encargaré de asegurarme de que su nombre empiece a sonar en los pasillos correctos. Siempre es bueno tener amigos en lugares… estratégicos.

Kimbra asintió, aún con el pequeño broche en la mano.

El Consejero se dirigió hacia la puerta, seguido de su séquito.

—Lo recordaré.

Antes de salir, el hombre se giró y añadió con ligereza:

—Haga más que recordarlo, Kimbra. Póngalo en práctica.

En esa ocasión el golpe en la puerta fue firme, imposible de ignorar.

Kimbra salió del aseo con una toalla en una de las orejas antes de que llamaran de nuevo. Al abrir, se encontró con su espalda recta y porte elegante. Vestía el uniforme oscuro del alto mando, sin adornos innecesarios en aquella ocasión.

—Kimbra —dijo el general Arlan.

Ella apenas inclinó la cabeza.

—General.