CAP 7 #2
La mujer la miró por primera vez. Apartó un mechón de su espesa melena oscura y sus ojos se clavaron en ella en una acusación silenciosa.
—Eso qué significa.
—Conoce los movimientos de dominio del agua, pero no posee el don para hacerlo. Está en una posición que podríamos aprovechar. Si trajesemos a un alumno de las Ciudadelas tardaríamos...
La mujer hizo un gesto raro con los ojos, como si por un segundo colapsaran sus pensamientos por una intervención en su mente.
—Tonterías…
—Está muy extendido querida —dijo el Gran Consejero—. El pensamiento de que será el sacrificio del nuevo Crisol enfada a muchos…
El Emperador y la Gran oráculo intercambiaron una fugaz mirada.
Había acertado.
—Solo añadiré que Kimbra ahora mismo representa la oportunidad del pueblo de redimirse y conseguir una vida mejor, y es un buen comodín para el general.
La Gran Oráculo avanzó hasta una de las ventanas mirando con desprecio al hombre que seguía comiendo divertido, se dejó caer exhausta en el sofá de ventana mirando al horizonte preocupada.
—Hace no tanto la vida de los ganadores les era indiferente… ¿Que tiene ella?
El general Arlan miró de reojo al Emperador.
—Han pasado veinte años desde el último ganador...
Emperador y Oráculo se miraron. Ella no escondió su sorpresa, fue el gran Consejero quien rompió el silencio.
—La falta de ganadores a lo largo de los años ha hecho que se vea la Arena como una forma de deshacerse de las personas no deseadas del poder. Ya no es un evento tan querido como antes.
La Gran Oráculo miró con reproche al hombre, molesta por la intervención. Se levantó de su asiento y se acercó al Emperador.
—Debemos hablarlo largo y tendido, lo que propone…
El Emperador le devolvió una mirada envenenada que hizo enmudecer a la mujer.
—La propuesta ya ha sido aceptada. Kimbra pasará a manos del general Arlan y a partir de ahora será su responsabilidad. Podéis marcharos.
El general Arlan miró a la chica e hizo un gesto para que le siguiera, ella lo hizo sin rechistar, deseando alejarse del enfrentamiento de los dos colosos.
Cuando se acercaron a las puertas del fondo, el hombre la sujetó de los hombros y la desvió a un lado cerrando las cortinas que separaban la entrada de la sala.
No pudo evitar observar desde un pequeño resquicio.
—¿Una novata? ¿De la Arena?—la voz de la mujer fue contundente y cargada de rechazo cuando atravesó las cortinas hasta ellos—. ¿En la Mano de Oro?
El Consejero Imperial entrecerró los ojos, pero no habló. Por primera vez parecía que algo era realmente digno de su interés.
El Emperador no se inmutó.
—Al parecer, Kimbra posee habilidades que pueden ser aprovechadas —dijo con calma—. Su experiencia en la Arena demuestra disciplina y resistencia. Su formación nos ahorrará tiempo.
Kimbra sintió una punzada de agradecimiento incómodo.
La Gran Oráculo entrecerró los ojos, con una expresión de clara desconfianza.
—Las habilidades de supervivencia y combate no son los únicos factores a considerar —replicó cortante—. Hay demasiados cabos sueltos, y Kimbra es un enigma.
El Consejero, que hasta ahora había permanecido en silencio, se inclinó hacia adelante.
—Concuerdo. Hay demasiadas incógnitas alrededor de esta muchacha. Es un punto ciego que podría resultar peligroso.
El Emperador miró con desgana al hombre y ni se molestó con contestarle:
—Tu control y estudio han acabado. Has tenido tiempo de sobra para descubrir si ocultaba algo, y no has descubierto nada…
—¡Oh por favor! Siempre está sola, no puedo colarme en su cabeza así como así ¡Ya lo sabes! Necesito…
La voz del Emperador estalló por toda la estancia haciendo que hasta Kimbra se encogiera.
—¡Ahora yo soy el Emperador! Cierra la boca y obedece. Si la mentalista más poderosa del mundo no ha encontrado nada ¡Es que no hay nada!
Tanto Consejero como Oráculo se miraron de reojo.
En tensión, y abrumados por la ira del Emperador, abandonaron la estancia por una puerta secundaria que Kimbra, si no la hubiesen abierto, no habría visto que estaba ahí.
—General…
Arlan abrió las cortinas y avanzó con Kimbra a su lado.
—Disculpad el espectáculo, a veces son un poco tercos y pretenden tomar más poder del que les corresponde.
—No se preocupe mi señor, hemos permanecido a la espera como me ordenó.
Kimbra miró con dudas a su nuevo superior.
—En una cosa tienen razón, y es que llevamos muchos años sin un ganador. Por eso, Kimbra, tendrás un título provisional, Embajadora de la Arena.
Tras una despedida rápida, atravesó la puerta detrás del general dejando atrás el salón de audiencias.
Al salir, lo que le rodeaba había cogido un peso diferente, más consistente, más… saturado de autoridad y vigilancia. Todo lo que antes había sentido como un espacio enorme y uniforme ahora parecía calculado y observador, como si las paredes mismas la evaluaran.
Los corredores que antes le habían parecido impersonales ahora le resultaban opresivos. Los soldados que pasaban junto a ella la miraban de forma distinta: algunos con respeto apenas contenido, otros con cautela.
Notó que los funcionarios inclinaban la cabeza con mayor deferencia que antes.
Por un momento, tuvo la extraña sensación de que el palacio entero había cambiado su relación con ella: ya no era solo una recluta, ni una superviviente de la Arena; era alguien que había pasado la prueba del Imperio, aunque aún desconocía lo que eso significaba en la práctica.
¿O era todo su imaginación?
—Has sobrevivido a la audiencia —dijo Arlan, sin levantar la voz, rompiendo el hilo de sus pensamientos—. No muchos salen de ahí intactos.
Kimbra no respondió.
El día transcurrió en un extraño estado de irrealidad.
A pesar de haber sido integrada en un equipo de élite y ascendida a Embajadora, no había recibido órdenes inmediatas ni instrucciones sobre qué hacer a continuación.
Todo parecía seguir igual, pero una calma pegajosa embotaba todo lo que le rodeaba. Quiso buscar a Lyren, pero este no apareció por ningún lado.
Sus compañeros en el barracón la observaban con una mezcla de curiosidad y cautela. Aún no sabían qué significaba su convocatoria ante el Emperador, y nadie se atrevía a preguntarlo directamente.
Y a ella le habían prohibido contar nada.
Sin embargo, cuando el sol comenzó a ocultarse y los pasillos del Palacio Imperial se sumieron en sombras alargadas, sintió que algo estaba por ocurrir.
Y no se equivocó.
Mientras caminaba por uno de los corredores menos transitados, una figura se interpuso en su camino. El general Arlan estaba de pie en el centro del pasillo, con su postura rígida y su serena expresión.
En sus manos sostenía una pequeña caja de madera oscura, adornada con el emblema del Imperio.
Kimbra se detuvo, pero no dijo nada.
Arlan la observó por un instante antes de extender la caja hacia ella.
—Ahora esto es tuyo.
Ella frunció el ceño, pero obedeció. Al abrir la tapa, vio un collar dentro.
Descansando en terciopelo y colgando de una fina cadena de oro, había un precioso y brillante zafiro, tallado hasta la perfección. Cuando lo sostuvo con la punta de los dedos, la luz de las antorchas parpadeó sobre su superficie, reflejando un brillo etéreo.
—Esto es… ¿un regalo? —preguntó en voz baja.
Arlan negó con la cabeza.
—Algo así. Es una piedra de canalización —dijo con calma—. Creará tu conexión con el agua.
Kimbra levantó la piedra con cuidado, casi etérea entre sus dedos. Al contacto, un frío interno se extendió por su brazo, una corriente sutil que recorrió más que su piel.
—Pero yo no puedo…
—Todavía no.
Levantó la mirada para encontrarse con la suya.
—El Emperador te ha concedido un lugar en mi unidad, sustituirás a mi pupilo perdido, pero eso no significa que confíen en ti. Ni él, ni la Gran Oráculo, ni el Consejero.
Kimbra cerró los dedos en torno a la piedra, sintiéndola fría contra su piel.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Confías en mí?
Él permaneció inmóvil un instante, evaluándola con la misma calma con la que ella miraba el collar.
—No confío en ti. —Su voz fue firme, casi fría—. Pero lo hago en tu potencial.