Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 7
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CAP 7

La voz de Garrick resonó en la habitación como un trueno.

—¡Kimbra!

Antes de que pudiera reaccionar, su instructor la sacó de la cama de un tirón, ignorando sus protestas entrecortadas, mientras el resto de los reclutas permanecían inmóviles, medio dormidos y temerosos de intervenir.

—¿Qué narices has hecho? —espetó el hombre, sus ojos centellearon con furia y urgencia—. ¿Te das cuenta de lo que significa? ¡Si has metido la pata, no hay nada que pueda hacer por ti!

Parpadeó, aún atrapada en la niebla del sueño. Su cuerpo aún le dolía, sus músculos rígidos se quejaron por el brusco movimiento, y la ropa de la noche anterior seguía aún húmeda a los pies de su colchón.

—¿Qué…?

—¡Te han convocado ante el Emperador! —La sacudió, para asegurarse de que comprendiera la gravedad—. Y créeme, no querrás decepcionarlo.

Sintió que el mundo volvía de golpe a su cabeza. Su cuerpo aún estaba agotado, pero la bofetada de sus palabras la despertó del todo.

Miró a su alrededor consciente de donde estaban.

—No he hecho nada —gruñó, apartándose de su agarre con brusquedad.

Garrick bufó, pero su expresión seguía tensa.

—Eso lo decidirán ellos. Vístete.

Obedeció sin discusión. Se puso el uniforme a la carrera, sin siquiera preocuparse por arreglar su apariencia. Algo le decía que no importaba cómo se presentara: lo que fuera que iba a pasar ya estaba decidido.

La guió por corredores largos y fríos, donde la luz apenas caía desde las altas ventanas, dejando sombras que parecían moverse entre los pilares de piedra. Cada paso resonó con fuerza, multiplicando el eco de sus botas sobre los suelos de mármol.

—¿Quién más estará ahí? —preguntó aún con la voz ronca a la carrera detrás de su instructor.

—El Emperador, la Gran Oráculo, el Gran Consejero… a saber si alguien más. —espetó sin mirarla.

La mandíbula de Kimbra se tensó.

—¿Y qué se supone que debo hacer? —preguntó, apretando los puños.

Garrick se detuvo un instante, luego giró hacia ella. Sus ojos fugazmente se llenaron de algo que ella no supo descifrar: miedo, culpa… advertencia.

—Haz lo que te digan. Aprende rápido. No estás en la Arena, pero aquí… Hay cosas peores que la muerte, créeme.

Continuaron atravesando un corredor custodiado por soldados en silencio absoluto, sus miradas siempre fijas al frente, sin parpadear.

Funcionarios que pasaban a su lado inclinaban la cabeza, casi encogidos, evitando cualquier contacto visual.

Tragó saliva. El peso de ese mundo, ordenado e impecable, comenzaba a aplastarla.

—Garrick… —su voz tembló, casi un susurro—. No puedo… todavía no he superado…

Este cerró los ojos un instante, y cuando los abrió, la expresión era de agotamiento y resignación.

—Olvídalo. Tienes que hacerlo de todos modos.

Kimbra sintió un nudo apretarle la garganta.

—¿Por qué…?

—Fui yo quien pidió que pusieran al niño allí —dijo Garrick en voz baja, rápido, como si confesara un crimen—. Era la única forma de salvarlos. Si no lo hacía, la mayor habría muerto con los otros.

El tiempo se detuvo, al igual que su avance. Clavó los pies en el suelo, incapaz de procesar la información.

—¿Qué?

Garrick mantuvo la mirada al frente sin atreverse a mirarla.

—Era la mejor opción —dijo con una calma que intentó grotescamente enmascarar el resultado de su decisión—. La justicia no gobierna este mundo, Kimbra. Solo la conveniencia.

Kimbra contuvo un grito y las ganas de pegarlo. Su mente corría, intentando encajar las piezas de un tablero de poder que apenas comenzaba a comprender.

—¿Conveniencia?¿Somos peones en un juego o algo así?

Garrick se enfrentó a ella y la miró, esta vez con dureza.

—Sí —admitió firme—. Y la partida acaba de comenzar.

La respuesta la golpeó con más fuerza de la que esperaba.

Tiró de ella y siguieron en silencio hasta que llegaron a la gran puerta del salón de audiencias. El aire estaba más pesado, casi tangible. Dos guardias de armadura negra los esperaban.

—Escucha —susurró, inclinándose hacia ella—. No sé qué pretende el Emperador. Pero si estás aquí, significa que vales más de lo que crees.

Miró a su instructor, al hombre en el que confiaba... o en el que lo había hecho. Miró al responsable de que utilizaran a un niño como una moneda de cambio... O peor, algo cuyo valor era insignificante si se perdía...

Respiró hondo. El  miedo y la rabia empezaron a debatirse por el control.

Garrick le dio un toque en el hombro al ver como los sentimientos de la chica empezaban a ocupar el lugar de la razón.

—Mantente firme. Y no muestres debilidad.

Los guardias golpearon el suelo con sus lanzas, y las enormes puertas comenzaron a abrirse sin prisa.

—Suerte —murmuró antes de dar un paso atrás.

Sus ojos no pudieron soltar a Garrick.

¿En verdad podía confíar en él o solo se preocupaba por que todo funcionase bien sin preocuparse de verdad por ella?

Llegó a una antesala elevada, iluminada por pesados candelabros de pie.

Allí, dos escribas se inclinaban sobre grandes pergaminos, discutiendo en voz baja algo que parecía de suma importancia.

Al notar su llegada, dejaron de hablar y la observaron con ojos curiosos, evaluando cada detalle de su postura y su uniforme.

—Nombre completo —dijo una voz desde un rincón más oscuro. Kimbra giró y vio a un hombre de ropajes oscuros, con el semblante tan severo que parecía esculpido en mármol—. Prepárese a responder con precisión, sin titubeos.

Tragó saliva y dio su nombre, su voz tembló a pesar de sus esfuerzos por mantenerla firme. El hombre asintió, pero no relajó la mirada.

—Ahora, siga mis instrucciones al pie de la letra. Aquí no hay margen para la improvisación. Debe mantener la espalda recta, los hombros relajados pero firmes, las manos frente a usted y no hable hasta que se le indique. ¿Entendido?

—Sí, señor —dijo, notando cómo incluso inclinar la cabeza en señal de respeto requería toda su concentración.

Mientras la registraba, el hombre aprovechó para evaluarla de reojo con cuidado. Como si no terminara de fiarse de ella.

Cada centímetro del uniforme fue inspeccionado, los cordones ajustados, la hebilla del cinturón limpia y centrada.

—Camine hasta la sexta entrada —ordenó el funcionario, señalando un arco al final de la sala—. Allí esperará hasta que le indiquen que puede pasar. No cruce las cortinas hasta entonces.

Obedeció, notando cómo las sombras parecían más densas en el corredor, expectantes. Un murmullo suave surgió en la distancia a su espalda.

Rostros difusos siguieron su avance desde las paredes. A lo largo del pasillo, emperadores antiguos la observaban a través de velos negros, desde sus trabajados y laboriosos marcos de oro. Ella no podía ver sus rostros, pero sí podía diferenciar algo a través de las gasas de luto.

Todos tenían la misma piel roja como la sangre.

Se detuvo frente al arco indicado, y el silencio de la antesala se volvió casi físico, casi podía tocarlo. Comprendió de repente que este no era un lugar corriente: era un espacio donde se le enseñaba, sin palabras, que estaba bajo control del sistema imperial, y que cada gesto sería interpretado.

Miró hacia atrás. Un leve movimiento del funcionario le indicó que estaba en el lugar indicado, hizo un gesto y ella irguió su postura ante la indicación del hombre, que satisfecho, se retiró a su asiento.

Sentía que cada músculo de su cuerpo estaba tenso. Las miradas de los escribas parecían seguirla en la distancia incluso cuando no los miraba.

—Kimbra, puedes pasar.

Respiró hondo antes de cruzar el umbral.

El espacio se abrió brillante ante ella como el cielo de un día soleado. Enormes ventanales dejaban entrar la luz de la mañana, y los pilares de mármol se alzaban en columnas que sostenían no solo el techo, sino la autoridad misma del Imperio.

Al entrar, los presentes la miraron insistentes, evaluando cada movimiento. No hubo saludo, no hubo palabras: solo miradas que decían mucho más de lo que podrían expresar con palabras.

Sintió que sus hombros se encogían bajo el peso de las miradas, y que las indicaciones que le acababan de dar perdían fuerza en su memoria.

El Emperador estaba allí en su trono, inmóvil, con la corona de oro añejo sobre la cabeza y la túnica oscura bordada con hilos de oro.

A la derecha del Emperador, el Consejero Imperial se mantenía en silencio, con sus manos entrelazadas sobre su regazo, observando todo con una expresión aburrida.

Y allí, frente a ellos, de pie con la misma postura rígida y autoritaria de la noche anterior, estaba el hombre misterioso.

Kimbra sintió cómo su mandíbula se tensaba involuntariamente.

Fue él quien pidió la audiencia.

El Emperador la observó con el mismo aire impasible con el que uno miraría a un soldado más.

—Kimbra de la Arena —Su voz resonó, grave y directa—. ¿Sabes por qué estás aquí?

Ella desvió la mirada hacia el desconocido, quien no apartó la vista de ella.

—No, mi señor.

El Emperador asintió con sutileza.

—Explícaselo general.

Este dio un paso adelante.

—Soy el general Arlan, he solicitado la integración de la recluta Kimbra a mi equipo de la Mano de Oro, la unidad de élite del Emperador .

La declaración cayó sobre la sala con el peso de una sentencia.

Y más cuando un portazo retumbó en las paredes haciendo que todo el mundo mirase sobresaltado hacia donde acababa de entrar la Gran Oráculo. Su rostro se debatía entre la sorpresa y la ofensa.

—¿Disculpa?

El Emperador se levantó de su asiento y enfrentó a la mujer.

—Ya se ha hablado querida. El general Arlan ha expuesto su petición y tras una madrugada de deliberaciones hemos llegado…

—A nada. Me niego a que esta tenga un puesto de responsabilidad sin que sepamos todo su pasado antes.

El Consejero se inclinó disimulando una sonrisa y empezó a engullir las uvas de una fuente de oro cercana de manera distraída. Y expectante.

—Querida, Arlan y yo…

—Explicadmelo— le cortó.

Solo el general Arlan miró de soslayo a Kimbra antes de hablar.

—Como sabéis mi señora recientemente he perdido a un pupilo. Anoche presencié que Kimbra posee conocimientos prácticos sobre el dominio del agua.