Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 6 #2
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CAP 6 #2

Se vistió con rapidez, aunque la tela mojada de su uniforme se negó a facilitarle recuperar su dignidad. Se sintió vulnerable, pero cuando volvió a levantar la mirada, él seguía ahí, inmóvil, con las manos detrás de la espalda.

—Ahora dime, ¿qué era eso que estabas haciendo?

Ella apretó los labios, todavía sintiendo la quemazón del llanto en sus ojos.

—Nada. Me estaba bañando…

El hombre inclinó la cabeza, evaluándola.

—¿Nada? Movías los brazos como si intentaras manipular el agua.

El estómago se le contrajo en un nudo y desvió la mirada.

—No intentaba nada —dijo con cautela—. Son solo movimientos. Un hábito.

El hombre dio un paso más hacia ella, su presencia se volvió aún más imponente si podía, obligándola a mirarlo de nuevo.

—¿Quién te enseñó esos movimientos?¿Ese hábito?

Dudó. Su instinto le dijo que mentir no serviría de nada con alguien como él.

—Una amiga de la Arena.

Quiso pronunciar su nombre, pero no se atrevió.

El hombre no reaccionó de inmediato, pero algo en sus ojos se endureció en un brillo de reconocimiento.

—Kimbra… —dijo—. Así que eres tú...

No era una pregunta.

—Ella los conocía y me los enseñó cuando entrenábamos juntas para relajarnos y tomar conciencia de nuestro cuerpo. Pero no significan nada. No son… —Su voz se apagó un poco—. No tienen ningún poder.

El hombre se quedó en silencio por un momento, analizando, no solo sus palabras, sino todo lo que no estaba diciendo.

—Eso vamos a verlo.

Kimbra frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

El hombre desenlazó las manos de su espalda y extendió una de ellas hacia un costado.

El agua de la fuente se alzó en respuesta.

—Tú no puedes hacerlo, ¿no? —La voz del hombre tenía ahora un matiz de desafío.

Ella no respondió al instante, apretó los dientes para controlar su lengua. Miró al hombre y al agua suspendida en el aire.

—No —susurró.

Él dejó caer el agua de vuelta en la fuente. El estruendo fue ensordecedor cuando recibió una ola contra sus piernas que casi la desestabilizó, sus ojos siguieron fijos en él. En ningún momento perdieron el contacto.

Kimbra sintió cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba. No había esperado eso. No había esperado que ese hombre pudiera controlar el agua, ni que quisiera ponerla a prueba de alguna manera.

El hombre se mantuvo inmóvil por un instante, con una calma tan fría como el agua que le empapaba, antes de hablar.

—Quiero que hagas exactamente los mismos movimientos que hiciste antes.

Tuvo que tragar saliva antes de responder.

—Señor, no funcionará.

—Hazlos.

La orden resonó en la sala como el golpe seco de un látigo.

Apretó los labios y respiró hondo. Sus pies descalzos se acomodaron sobre la piedra húmeda mientras levantaba los brazos con lentitud.

Su mente recordó cada movimiento que Alenna le había enseñado.

Su cuerpo los conocía bien, los había repetido incontables veces en el subsuelo de la Arena, como un ritual, una danza.

Trazó el primer círculo con los brazos, deslizando las manos con precisión. Luego, giró la cadera y marcó el segundo movimiento con los pies. El agua… no se movió.

El flujo de la fuente siguió cayendo de manera constante e inmutable. Ignorándola.

Sintió un sudor frío en su nuca.

Siguió con la secuencia, los brazos fluidos, la postura firme… pero el líquido seguía inerte. Ni siquiera una vibración, ni siquiera una ondulación más allá de las generadas por el movimiento natural del agua.

El hombre la observó con una expresión inescrutable.

—¿Eso es todo?

Kimbra se detuvo, frustrada.

—Se lo he dicho. No domino el agua.

El hombre exhaló con cansancio, como si ya esperara esa respuesta.

—Eso es lo que quieres que crea. Pero yo no me baso en palabras, lo hago en hechos.

Antes de que pudiera reaccionar, el agua de la fuente se elevó de nuevo. Esta vez, no flotó con la misma suavidad que antes.

Se abalanzó sobre ella.

Se apartó de un salto cuando el chorro de agua se lanzó en su dirección, pero el líquido la golpeó en el costado, derribándola y haciendo que chocara contra la pared.

—¡¿Qué está haciendo?! —gritó, recobrando la estabilidad.

—Obligándote a demostrar lo que realmente eres —dijo él, con un tono impasible.

Sintió su rabia encenderse.

—¡No tengo ningún poder!

—Eso está por ver.

Otro golpe de agua la hizo retroceder. El líquido la azotó con más fuerza esta vez. Notó el impacto de la roca de la pared contra la espalda por la fuerza del empuje.

—Defiéndete.

—¡No puedo!

—¡Hazlo!

Fue más violento esa vez. El agua formó un látigo delgado que la golpeó en la pierna, haciéndola caer de rodillas.

Jadeó, sintiendo la piel arder bajo la tela mojada.

—Basta…

—¡Muévete!

El agua volvió a atacarla. Esta vez, intentó reaccionar. Se levantó con dificultad, movió los brazos con la misma destreza que había mostrado antes.

Pero nada pasó.

El agua la golpeó directa en su pecho y la lanzó al suelo con un golpe sordo. Un pitido atravesó sus oídos cuando su cabeza impactó contra el suelo.

Un gruñido de dolor escapó de sus labios. Notó el sabor de la sangre empapándole el paladar, y el dolor de todo su cuerpo se intensificó por el frío. El agua empezó a crujir por su rápida congelación, y temió que moriría en ese instante.

Pero no, el hombre bajó la mano y el agua cayó al suelo, en un estruendo ensordecedor. El agua volvió con violencia hacia el estanque huyendo del control del sujeto que observaba a la chica con los ojos brillando por la decepción.

Ambos respiraban con dificultad.

Sus manos buscaron el apoyo del suelo entre temblores y sus ropa empapada pesaba tanto que no le facilitó la tarea de recomponerse.

Se sintió débil, expuesta.

De repente pudo ver al fondo, escondido entre las sombras del pasillo, dos ojos dorados que brillaban en la oscuridad esperando intervenir si fuese necesario.

No sabía cuándo había llegado Lyren, pero no había intervenido.

Con esfuerzo, alzó la cabeza y se encontró con la mirada impenetrable del hombre. Se acercó con parsimonia a ella y se detuvo a un paso antes de agacharse.

—Si de verdad no tienes el don, entonces has desperdiciado mi tiempo —su voz fue fría, sin emoción—. Pero si lo tienes y no sabes cómo usarlo… eso es aún peor.

La ira le subió desde el estómago, espesa y caliente, seguida de una vergüenza difícil de soportar. A su alrededor, el agua aún temblaba sobre el suelo, y en aquellos fragmentos dispersos creyó ver el reflejo roto de su propio orgullo.

Pero no respondió.

El hombre se levantó y la observó en la distancia un segundo más antes de girarse.

—Debo pensar.

Y se marchó, dejándola en el suelo, temblorosa y con el orgullo destrozado.

A los pocos momentos Lyren apareció a la carrera situándose junto a ella.

—¿Estás bien?

Ella gruñó y se incorporó a duras penas. El golpe de la cabeza le dolía a horrores y la quemazón de los impactos por el agua la tenían debilitada, pero lo peor era el dolor de su orgullo.

—¿Por qué no has intervenido?

Lyren miró a Kimbra de reojo.

—No pensé que fuera a matarte, la verdad. Es un general importante, no se puede permitir el lujo de manchar su nombre así.

No se sintió a gusto con la respuesta.

—¿Le conoces?

—Más o menos… —La mirada de la chica hizo que Lyren continuara hablando—. Ha llegado hace poco, al parecer una misión se complicó.

Kimbra se levantó con dificultad, se calzó las botas y decidió que ya tenía suficiente de esa fuente por una temporada. Lyren la siguió en la oscuridad.

—La Gran Oráculo te vigila.

Ella avanzó impasible por los pasillos y empezó a ascender por las escaleras que encontró sin dificultad.

—Ya lo suponía. No soy de su agrado…

—No, pero delega sus obligaciones para poder rastrearte ella en persona. Ten cuidado cuando empiece tu investigación. Tal vez en la biblioteca…

—¡Lyren basta!

Ambos se quedaron en silencio en las escaleras. Miró por encima del hombro en la oscuridad donde intuía que estaba el gato. Agradeció no verle la cara.

—Déjame unos días antes de hablar de eso. No se por donde empezar, no se que tengo que hacer… Necesito un poco de tranquilidad.

Cuando salió a la superficie y miró atrás… el gato ya no estaba.