Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 6
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CAP 6

El sol apenas comenzaba a teñir el cielo de tonos anaranjados cuando Kimbra abrió los ojos en su catre.

Durante unos segundos no se movió. El barracón aún estaba en silencio, pero no era el silencio tranquilo de la noche. Era el silencio extraño de los días en los que todos los demás ya tienen un rumbo… y tú no.

Por primera vez desde su llegada al Imperio, sentía que no tenía nada que hacer. O al menos desde que recordaba.

El permiso de descanso había llegado la tarde anterior sin aviso previo. Nadie explicó por qué. Nadie hizo comentarios. Simplemente le ordenaron no presentarse al entrenamiento durante ese día.

Se incorporó despacio, notando el tirón sordo de las contusiones aún frescas. Su cuerpo seguía resentido negándose a recuperarse del todo, pero lo peor no era el dolor físico. Era la sensación de hueco en el pecho, como si algo hubiese quedado suspendido dentro de ella, sin resolverse.

Se obligó a levantarse.

El barracón estaba medio vacío. Algunos rezagados se preparaban en silencio; otros ya salían hacia el patio a la carrera. Cuando cruzó entre las filas de catres, las pocas miradas que había se alzaron hacia ella… y se apartaron enseguida.

En el comedor tampoco encontró alivio alguno.

El murmullo habitual se redujo cuando entró. Nadie dijo nada, pero notó conversaciones apagándose. Un recluta dejó de reír. Otro la observó con el ceño fruncido, intentando encajar una pieza que no comprendía.

Tomó un cuenco, lo sostuvo un instante… y lo dejó de nuevo en la mesa sin probarlo.

Salió al exterior y avanzó por los senderos del recinto imperial sin rumbo fijo. El mármol claro reflejaba la luz del amanecer y las fuentes murmuraban con la regularidad, casi irritante, del orden de siempre. Todo estaba donde debía estar. Todo tenía una función.

Intentó dirigirse hacia el patio de entrenamiento, pero al acercarse oyó el sonido de las armas, los gritos de instrucción, el ritmo disciplinado del ejercicio… y algo dentro de su pecho se cerró.

No.

Giró antes de llegar. Nadie la detuvo. Nadie la llamó. Pero notó una mirada fija en su espalda mientras se alejaba. Tal vez era solo su imaginación, pero la presión en su nuca no desapareció con facilidad.

El día transcurrió de forma extraña, el tiempo se estiró y encogió sin sentido alguno. Caminó sin rumbo por el recinto, evitando las miradas de los soldados y los reclutas, sin hablar con nadie.

No quería compañía. No quería preguntas.

Las esculturas de piedra de los jardines interiores vigilaban los senderos con rostros severos. Allí el silencio era más profundo, pero tampoco le trajo calma. Sus manos comenzaron a temblar con ese leve espasmo que ya empezaba a resultarle familiar.

Lyren le había insistido: debía recuperar sus recuerdos.

Como si ya no tuviera suficientes.

Cuando el sol comenzó a ocultarse en el horizonte, sintió que su pecho se oprimía con más fuerza. Necesitaba estar sola. Y no quería escuchar todo el parloteo de los reclutas en el comedor ni en el barracón.

Supo exactamente a dónde ir.

Descendió por el estrecho pasadizo de piedra que llevaban a las catacumbas rezando a su buena suerte con no caer rodando por el tramo de escaleras que aún le quedaba por delante, otra vez no llevaba antorcha.

Abajo, el aire cambió.

El laberinto subterráneo parecía absorber el sonido y la luz por igual. El frío baboseaba su piel y el tiempo se volvió extraño, cada paso la hundía un poco más en un lugar donde el mundo de arriba dejó de importar.

El sonido de sus pasos resonó en los corredores de piedra húmeda, mezclándose con el lejano goteo del agua filtrándose entre los muros. Tenues luces en salas lejanas le sirvieron de puntos de referencia mientras avanzó sin pensar demasiado en la dirección.

Avanzó un poco más despacio al notar irregularidades en el suelo, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad. La primera vez que bajó su vista no terminó de acostumbrarse y por eso no lo vio.

Había huellas.

No eran recientes, pero tampoco demasiado antiguas.

Marcas de botas sobre el polvo húmedo, pisadas firmes, como de alguien acostumbrado a moverse por esos espacios cerrados.

Frunció el ceño.

No era un lugar donde bajaran los reclutas. Ni siquiera estaba segura de que los instructores frecuentaran o ni siquiera conocieran aquellas galerías olvidadas.

Durante un momento pensó en dar media vuelta.

Pero continuó

Cuando el pasadizo se abrió finalmente en la sala, redujo el paso.

Aquella parte de las catacumbas no se sentía igual.

La piedra estaba más lisa y perfecta, como si el tiempo hubiera pasado por allí de otra manera. El aire no olía a encierro, tenía una frescura reconfortante.

Avanzó hasta el borde del estanque y se dejó caer de rodillas.

El silencio allí no pesaba, no la oprimía.

La rodeaba y la abrazaba.

No sabía cuánto tiempo pasó hasta que su respiración comenzó a romperse.

Primero fue solo un temblor leve.

Luego otro.

El aire entró a trompicones, su propio pecho se negó a regularlo. Se inclinó hacia delante, apoyando una mano en la piedra húmeda junto al agua, intentando mantener el control.

Pero no lo consiguió.

El primer sollozo se escapó sin permiso.

Después vinieron el resto.

Sus lagrimas no fueron silenciosas ni contenidas; fueron espesas, nacidas de algún lugar que llevaba demasiado tiempo presionado. Sus hombros se sacudieron mientras el eco de su propia voz rota se perdía en el corredor.

Allí abajo nadie la oía.

Nadie esperaba nada de ella.

Nadie observaba.

Y por primera vez en mucho tiempo, dejó de intentar resistirse a lo que sentía.

Cuando el llanto empezó a agotarse por sí solo, el silencio regresó poco a poco, como una marea que vuelve a ocupar su sitio. Kimbra inspiró con dificultad y se llevó el dorso de la mano al rostro, limpiándose sin demasiado cuidado los hinchados ojos.

El agua seguía allí, imperturbable.

La miró durante unos instantes.

De repente la necesidad de desprenderse de algo, que sentía pegado a la piel desde la Arena y su llegada al Imperio la embistió.

Todo seguía adherido a ella, no había tenido ni un solo instante para quitárselo o intentar dejarlo atrás.

Se incorporó despacio.

Sus dedos torpes desataron las correas del uniforme. El cuero cayó primero, luego la tela, pesada aún por el sudor seco del día anterior. No se dio prisa. Fue un gesto simple, casi automático, su cuerpo tomó la decisión antes que su mente.

El aire frío le erizó la piel cuando se quedó desnuda.

Durante un instante permaneció de pie junto al estanque, escuchando el leve murmullo del agua naciendo de la roca. Después avanzó un paso y hundió el pie.

El frío fue inmediato.

Intenso.

Casi doloroso.

Pero no le desagradó.

Entró despacio, dejando que el agua le cubriera los tobillos, las rodillas, los muslos. Su respiración se tensó al llegar al bajo vientre, pero no se detuvo. Cuando se sumergió hasta el pecho, soltó el aire de golpe, algo dentro de ella se empezaba a soltar por fin.

El agua estaba pura, completamente limpia.

Cerró los ojos y dejó que el cuerpo se inclinara hacia atrás hasta quedar medio flotando, apenas sosteniéndose con los talones apoyados en el fondo. El frío ya no dolía.

Durante unos instantes no pensó en nada. Solo en el sonido del agua moviéndose alrededor de su cuerpo y en lo fácil que sería quedarse allí.

Se movía alrededor de su cuerpo con ondulaciones suaves, casi hipnóticas. Dejó que sus manos flotaran unos segundos bajo la superficie, acariciando la calma que intentaba alcanzar.

Pero el gesto llegó solo.

Un recuerdo.

El entrenamiento que Alenna le había dado en la Arena aún vivía en su cuerpo, en la memoria de sus músculos. Sus brazos trazaron líneas, describiendo círculos y espirales con una gracia natural.

Se incorporó. Dibujó los movimientos sobre la superficie sin esperar en realidad que ocurriera nada.

El agua no respondió.

Se sintió estúpida. Una ilusión que había nacido de repente.

Tonta.

Entonces, una voz cortó la quietud.

—Interesante…

Kimbra se congeló en el sitio.

Giró el rostro con brusquedad y lo vio.

En la entrada de la sala, entre las sombras de la piedra y la tenue luz de las piedras luminiscentes, se erguía la silueta de un hombre.

Alto, de presencia imponente, con una postura rígida que irradiaba autoridad. No lo había visto nunca. Pero el uniforme y las medallas que llevaba en el pecho indicaban que era un alto mando dentro del Imperio.

Alguien importante.

Sintió el aire volverse pesado a su alrededor. Su corazón, que segundos antes había latido con un ritmo calmado bajo el agua, ahora martilleaba contra su pecho y en sus oídos con una fuerza desesperada.

Los ojos de aquel hombre la observaban con una intensidad calculadora. No había sorpresa en su expresión, ni indignación por encontrarla ahí. Solo estudio.

El silencio se alargó.

Tragó saliva y se tensó ligeramente dentro del agua, sin apartar la mirada del hombre e intentó cubrirse un poco.

—Señor, yo… —aunque intentó sonar firme, la voz le salió áspera por el llanto.

—Repite el movimiento.

Kimbra miró a su alrededor.

—Señor, no…

El hombre la interrumpió con un gesto de la mano. Dio un par de pasos hacia adelante, la luz tenue de las piedra permitió ver por fin a su acompañante.

Era un hombre de mediana edad, con el cabello negro veteado de gris. Su mandíbula era fuerte, su piel tenía las marcas de quien había visto muchas batallas y sus ojos oscuros parecían pesar más que los años que llevaba.

Cuando habló, su tono fue bajo, pero con un filo de autoridad imposible de ignorar.

—Vístete.

Fue una orden, no una sugerencia.

Sintió un escalofrío recorrer su espalda. La absoluta falta de emoción en su voz le inquietó.

No parecía importarle verla ahí, aunque la tensión de su mandíbula indicaba que tampoco le era del todo indiferente.

Su primer instinto fue replicar, pero se dio cuenta que era en realidad lo que quería hacer: vestirse. Sin decir nada, salió del agua con movimientos rápidos. Las gotas heladas resbalaban por su piel mientras recogía la ropa del suelo con manos temblorosas.

El hombre no apartó la vista.