Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 5 #3
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CAP 5 #3

Los cuchicheos y discusiones no tardaron en aparecer y todo el mundo alrededor, escandalizado, comentaban lo ocurrido cuando las grandes puertas se abrieron de golpe

La Gran Oráculo acababa de llegar.

Los guardias al final la escoltaron sin decir una palabra.

El evento aún no se había disuelto del todo, pero la atención ya no estaba en los discursos o en las copas de vino dorado. Todo el mundo de una forma u otra estaba involucrado en lo ocurrido.

Como testigo o como cómplice.

El desconocido fue arrastrado fuera del salón y su daga fue confiscada por la Guardia Imperial.

Nadie le dio las gracias. Nadie le felicitó. Solo la interrogaron y, tras un silencio pesado, la apartaron con la frialdad de quien mueve una pieza de ajedrez.

Las puertas de madera tallada se cerraron con un eco sordo tras ella.

Se encontró en una estancia privada dentro de la catedral.

El aire era denso, cargado de incienso aún suspendido en las alturas, como si el lugar no hubiera terminado de despedir a sus últimos ocupantes.

La madera oscura de los muebles brillaba con un pulido casi ceremonial, y los asientos, forrados en terciopelo granate, parecían más pensados para imponer respeto que para ofrecer comodidad.

No era un despacho ni un tribunal, sino algo intermedio, ambiguo: un espacio de deliberación.

Y, sin embargo, lo que más pesaba era la sensación de estar siendo observada por el propio ambiente, y las personas que la esperaban.

Uno de ellos era Dorian Valnedo.

El político tenía los brazos cruzados, su porte seguía aún impecable pese al ataque que acababa de sufrir. No parecía asustado. Si el intento de asesinato le había afectado, no lo dejaba ver.

A su lado, un general de la Guardia Imperial la observaba con el ceño fruncido. Su expresión no era de gratitud. Era el rostro de alguien que analizaba una situación inesperada y buscaba la forma de controlarla.

Algo a lo que claramente no estaba acostumbrado.

Y la tercera figura, sentada al fondo en un imponente butacón destinado a quien mandara en ese lugar, la que hizo que su piel se erizara, estaba La Gran Oráculo.

Envuelta en sus túnicas blancas y etéreas como la luz de la luna, con su circlet de rubíes y diamantes brillando bajo la luz de las velas, la miraba con una mezcla de curiosidad y fastidio.

El general fue el primero en hablar.

—Interferiste sin órdenes.

Su voz tronó con un tono severo, como si su intervención hubiera sido una falta en lugar de un acto heroico.

Kimbra apretó los dientes.

—Interferí porque vi algo que ustedes no.

Dorian Valnedo soltó una risa suave antes de responder:

—Y gracias a esa “intervención”, sigo vivo —inclinó ligeramente la cabeza—. Si ella no hubiera actuado, ahora trataríais con un cadáver.

El general pareció contener una respuesta mordaz, pero fue la Gran Oráculo quien habló a continuación.

—Ha sido… impresionante. Pero me pregunto si fue lealtad al Imperio… o reflejos de la Arena.

Kimbra sostuvo la mirada incandescente de la mujer.

—¿Importa? —respondió tras una pausa—. El resultado ha sido el mismo.

Silencio.

La Oráculo ladeó la cabeza, evaluándola. Pero una de sus comisuras se contrajo con suavidad.

Le divertía la situación.

Una sonrisa leve iluminó el rostro de Dorian Valnedo, correspondiendo a la mujer, suavizando su postura.

El general suspiró, resignado.

—Tendremos que tomar una decisión —dijo intercambiando una mirada con la Gran Oráculo.

Kimbra se mantuvo firme, aunque su mente analizó cada detalle. Estaba segura de que no la llamaron ahí solo para agradecerle su intervención. Eso era algo más.

Dorian Valnedo fue el primero en romper el silencio.

—Ha demostrado un instinto excepcional. La rapidez de su reacción salvó más que mi vida. Un incidente así habría sido una humillación para el Imperio.

Habló con calma, pero su porte y postura eran la de un hombre que ya tenía claro el desenlace de la conversación.

—Este tipo de capacidad no debería desperdiciarse en castigos menores —continuó—. No cuando puede ser… pulida.

Notó la elección cuidadosa de la palabra. Habían hablado de ella antes de que la arrastraran hasta ahí.

—Estoy de acuerdo —la voz de la mujer tuvo un deje de molestia contenida—. Kimbra ha demostrado ser una pieza valiosa. Quizá más de lo que esperaba.

Se levantó de su asiento y caminó hacia ella con pasos lentos, deliberados. Sus ojos rojos la escrutaron, calientes como una hoguera en invierno, buscando un motivo para cambiar de opinión.

—Sería una lástima que sus habilidades se desperdiciaran en tareas triviales.

Su voz se deslizó con la suavidad de la seda.

Pero había veneno en cada hilo.

—A partir de ahora, serás ascendida —dijo el general—. Continuarás con los entrenamientos por la mañana y, por las tardes, tendrás un nuevo rol dentro del Imperio.

Kimbra cuadró su postura y ofreció una leve inclinación de agradecimiento.

—Espero que lo aproveches, Kimbra —la voz de la Gran Oráculo, dulce y amenazante, cortó el aire en un susurro—. Ahora tendrás la oportunidad de demostrar a quién sirves realmente.

Dorian Valnedo sonrió de lado.