CAP 5 #2
—¿Por qué crees que deberías de haber sido su salvadora?
De repente, golpeó el agua con fuerza. El estanque respondió con un estallido de ondas que fracturaron los reflejos de los cristales, descomponiendo la luz en destellos erráticos. Un grito ahogado se le quebró en la garganta.
—¡NO DEBERÍA HABER MUERTO!
La respiración se le alteró, el bombeo de su corazón le subió por el cuello notando como la sangre se le agolpaba en los oídos.
Un par de lágrimas escaparon del autocontrol que empezaba a perder.
—¡Era solo un niño! No había hecho nada y lo trataron como un objeto… uno que daba igual si se hacía añicos contra el suelo…
Lyren se acercó y se situó junto a ella. Su pelaje cálido rozó su muslo haciendo que se calmara un poco.
Lentamente, recuperó la compostura.
—Esos malditos clasistas ni siquiera sintieron una pizca de remordimiento… Ni le pregunté su nombre.
—¿Qué necesitas? —preguntó, la voz del animal sonó suave pero firme en su cabeza.
Kimbra lo miró con duda a través de las lágrimas que habían conseguido escapar de su control.
—¿A qué te refieres?
El gato rodó los ojos y cambió de posición.
—Sombra te enseñó a usar tu poder, pero también a concentrarte y desconectar de lo que no es importante. No puedes dejar que lo sucedido te corroa por dentro. ¿Qué necesitas para superarlo? ¿Qué te ayudaba a concentrarte?
Kimbra dudó un momento, recordando las noches de entrenamiento agotador con Sombra, las peleas con Alenna… Y de pronto vino el recuerdo de los movimientos que ella le enseñó.
—Alenna me enseñó los movimientos del agua… a moldear mis escudos como si fueran líquidos. Me ayudaba a mantenerme activa y relajada.
Lyren le miró con aprobación.
—Perfecto, hazlo.
El vestido le picaba.
El tejido áspero irritaba su piel con cada roce, remarcando sin piedad su lugar. No era un atuendo para la elegancia, sino para la humillación. Formal lo suficiente para no desentonar, barato en cada costura. Un disfraz para encajar en un evento al que jamás habría sido invitada de otro modo.
Un castigo.
Kimbra había aprendido a soportar el dolor físico. Pero esto era distinto.
No le habían golpeado, ni obligado a trabajos forzados. La herida era el desprecio: la colocaron entre bandejas y copas, sirviendo a quienes realmente importaban, recordándole lo prescindible que podía ser.
Una sombra más en un salón dorado.
Y lo peor era que todo eso le resultaba tan familiar...
El mármol pulido bajo sus pies, las cúpulas que se alzaban buscando los cielos, los frescos glorificando victorias del Imperio… Todo estaba pensado para impresionar, para inspirar devoción, para recordar que existía un poder eterno e incuestionable por encima de todos.
Los techos de bóveda infinita y las lámparas de aceite bañaban el salón en un resplandor dorado.
Cada metal y cada bordado, brillaba con una solemnidad asfixiante.
Incluso el eco de las voces parecía coreografiado, bailando con la música de cuerdas y viento, otorgando autoridad a quienes no la merecían.
Lorrain también estaba allí, sirviendo bandejas entre nobles, generales y mandatarios con un aspecto igual de humilde que el suyo.
El único consuelo que tenía era la cara de su compañera, el vestido que llevaba le picaba igual que a ella.
Kimbra se movía entre la gente con la bandeja equilibrada, captando fragmentos de conversaciones: tratados, comercio, batallas en tierras lejanas, decisiones que condenaban o salvaban vidas con la misma facilidad con la que escogían el vino de esa velada.
Y en el centro de todo, el protagonista del evento, estaba Dorian Valnedo.
Alto, cabello oscuro peinado con precisión, porte calculado… era la imagen de la moderación imperial. Su facción predicaba estabilidad y austeridad, control sin brutalidad, ciudadanos obedientes con pocos incentivos.
Lo observó de reojo mientras pasaba entre los invitados. Hablaba con voz templada, con la calma de un hombre que nunca había sentido hambre ni temor. Sus sonrisas eran calculadas, sus gestos siempre contenidos.
No le dio la impresión de que fuera frío, simplemente no necesitaba ser cálido.
La hipocresía del lugar le resultó tan irritante...
Había conocido la crudeza del Imperio: su orden forjado en sangre y sus cárceles llenas de quienes solo intentaban sobrevivir.
Y aquí estaban ellos, celebrando con copas repletas de vino que no terminaban, hablando de paz y austeridad mientras otros morían para sostener su mundo de oro y cristal.
El vestido le picaba, sí, pero no tanto como la ira contenida que ardía en su pecho.
Kimbra mantenía la cabeza gacha, sujeta al papel que le habían impuesto. Sus manos, entrenadas para empuñar armas, ahora sostenían una bandeja con canapés.
Pero la sumisión era solo apariencia.
Fue entonces cuando lo notó.
Un movimiento familiar que estaba fuera de lugar.
Entre las sombras de las columnas, un hombre se deslizaba con la precisión de un depredador. No miraba a su alrededor, no dudaba. Sus pasos eran fluidos, cautelosos. Con un objetivo claro.
Demasiado cauteloso. Demasiado ensayado.
Un escalofrío le recorrió la espalda, como si algo se burlara de ella.
Reconocía ese tipo de sigilo.
La Arena le había enseñado a detectarlo, incluso en medio del caos. Había luchado contra asesinos que esperaban apartados hasta el momento perfecto.
Soren seguía acechando en sus recuerdos.
La forma en que el hombre se movía, su postura, su ritmo, su pelo moreno, su constitución atlética, los ojos almendrados… Todo le recordaba a él. Y aun así, no era él.
Pero ella lo sabía, ese hombre no estaba ahí para hablar.
Iba para matar.
Su mirada se deslizó hacia Dorian Valnedo.
El diplomático hablaba con calma, confiado, completamente ajeno al peligro que se cernía sobre él. Cada paso del intruso acercaba la daga desenvainada a su objetivo.
Kimbra reaccionó. Discreta.
El recuerdo de Alenna en sus brazos fortaleció sus músculos, y su mandíbula se apretó con fuerza. Cada sonido de la música de la banda se volvió un trasfondo lejano; solo importaba el movimiento del asesino.
El hombre ya estaba demasiado cerca.
Kimbra se deslizó entre los invitados, manteniendo la delgada línea entre discreción y urgencia.
Era ahora o nunca.
El desconocido se posicionó detrás de Dorian. Nadie lo había visto. Su vestimenta elegante le servía de disfraz. La daga brilló un instante al sacar la hoja de los pliegues de la ropa.
Nadie le prestó atención al movimiento, pero ella sí.
Se lanzó hacia adelante sin pensar.
Su bandeja chocó contra la hoja de la daga en el instante exacto en que esta volaba hacia el costado del diplomático. El impacto resonó con un sonido seco y metálico, el filo resbaló contra la superficie pulida mientras los canapés volaban por los aires.
Dorian giró sorprendido, pero Kimbra ya estaba sobre él, empujándolo para alejarlo del alcance del atacante.
El asesino reculó, desequilibrado.
Usó la bandeja como escudo, bloqueando otro ataque. La daga apenas resbaló sobre el metal, dejando un surco profundo. Un segundo más lenta, y el filo le habría abierto el estómago.
El hombre gruñó y trató de apuñalarla de nuevo, pero ella se inclinó hacia un lado, esquivando el golpe por milímetros.
Cada fibra de su ser recordó el enfrentamiento en la Arena.
El peso de su cuerpo, la presión en sus piernas, la tensión en el aire antes de un ataque. Vencería al recuerdo de Soren esta vez por su cuenta sin la ayuda de nadie.
No le dio tiempo ni espacio.
Golpeó con la bandeja, esta vez directa al rostro del hombre. El impacto fue seco, pero éste resistió, retrocediendo con una maldición sofocada por el golpe en la barbilla.
Intercambiaron un par de golpes más, los invitados alrededor se habían apartado y los soldado intentaban llegar entre la multitud con dificultad.
Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, Kimbra giró sobre su propio eje y propinó un golpe con la bandeja directo a su muñeca.
La daga cayó al suelo con un tintineo.
Con un último movimiento lanzó la bandeja como proyectil. El metal impactó de lleno en el tabique del asesino haciendo que se tambaleara y resbalara hacia atrás sujetándose la sangrante nariz.
Ella lo siguió de cerca, cayendo sobre él. Empezó a asestarle puñetazos entre gemidos de rabia. Cada golpe era un lamento, un recuerdo, una venganza por los que no pudo salvar: Alenna, el niño… todos los olvidados.
Los guardias llegaron. Kimbra forcejeó cuando la arrancaron del agresor, intentó explicar lo ocurrido, pero la tensión del momento hizo que nadie la escuchara.
—¡Alto!
Todos en la catedral guardaron silencio al instante. La profunda y potente voz de Dorian Valnedo cortó el revuelo sin apenas inmutarse.
—¿Qué creéis que hacéis? ¡Soltadla inmediatamente! —empujó a un guardia y la sujetó del brazo, apartándola de los guardias—. Esta chica me ha salvado la vida.