Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 5
18%

CAP 5

El aire nocturno era fresco, pero Kimbra apenas lo sintió. Sus pasos eran lentos, casi erráticos, arrastrando las botas sobre las hojas secas. El jardín estaba en silencio, roto sólo por el murmullo del viento y el crujir esporádico de ramas bajo sus pies.

Desde allí podía ver la entrada a las catacumbas. La puerta de hierro seguía abierta, custodiada por dos guardias inmóviles posiblemente esperando a los rezagados.

El Imperio vigilaba incluso cuando todo parecía en calma.

Apretó los puños vendados.

Habían sido duramente reprendidos.

Lorrain y Hiretxo habían defendido su decisión de priorizar la seguridad del grupo; ella había sido señalada por actuar de forma imprudente. Entrenamiento extra, trabajo forzado, raciones recortadas… nada de eso importaba en realidad.

Lo que la atormentaba era la imagen del niño cayendo, la cuerda vibrando en el aire, un recordatorio cruel de su impotencia.

Quiso gritar.

Pero ya nada podía cambiar la decisión que ellos habían tomado.

Respiró hondo, cerró los ojos y trató de alejar la visión, pero persistía, tatuada en su mente. El rostro del niño cayendo, sus ojos clavados en ella con desesperación perdiéndose en la oscuridad.

No entendía ese lugar. No entendía sus reglas. Ni cuánto valía una vida dentro de ellas.

Entonces lo oyó.

Un sonido leve, casi imperceptible. Un ronroneo detrás de ella.

Se giró, alerta.

El elegante gato blanco la observaba bajo la pálida luz de la luna, con sus ojos dorados brillando como brasas en la oscuridad. Su pelaje parecía casi etéreo bajo la iluminación tenue de la noche.

El aire se congeló en su garganta.

—No puede ser…—susurró.

Lyren inclinó la cabeza, tranquilo, como siempre. Y entonces la voz resonó en su cabeza, clara y extrañamente familiar:

—Cuanto tiempo…

Kimbra retrocedió, tropezó y cayó hacia atrás, incapaz de comprender cómo aquel felino podía hablar.

El impacto con el suelo fue más fuerte de lo esperado.

El aire huyó de sus pulmones. Ya había asumido que jamás volvería a ver a ese gato. Su presencia era un vestigio de un pasado que ahora le parecía tan lejano, casi irreal.

Y que poco a poco se escapaba entre sus recuerdos.

Lyren inclinó la cabeza, observándola.

—Deberías haber aprendido ya a manejar las sorpresas, la verdad —dijo, con un deje de burla.

Kimbra se incorporó de golpe, aún con los ojos muy abiertos.

—¿C-cómo...? —Su voz tembló, y tuvo que tragar saliva antes de intentarlo de nuevo—. Lyren… ¿Hablas?

El gato se estiró con la pereza de un depredador seguro de sí mismo, y comenzó a girar alrededor de ella, lento de forma deliberada.

—Tanto como tú. —Hizo una pausa, su cola osciló con suavidad buscándola—. Pensaba que me recibirías con más entusiasmo.

Parpadeó varias veces, la mente le iba a mil por hora. La última vez que lo vio, su mundo se desmoronaba: Sombra desaparecida, la Arena próxima a comenzar… y desde entonces solo lucha, dolor y pérdidas.

Se acarició instintivamente la cicatriz del brazo, sintiendo que podía despertar de un momento a otro.

—No lo entiendo… —murmuró.

Lyren soltó un suspiro teatral.

—Deja de verbalizar, utiliza tu cabeza, si te ven hablando con un gato pensarán que estás loca.

Se hizo un silencio pesado. Cada segundo al lado de Lyren parecía cargar siglos de preguntas que no sabía formular. Al final, pensó:

—¿Dónde has estado? ¿Qué pasó?

Su tono mental fue más brusco de lo que pretendía.

Lyren entrecerró los ojos.

—Digamos que no podía quedarme. No después de lo que ocurrió.

Kimbra apretó los labios.

—No me sirve. Que Rax me descubriera podía implicar a Sombra… ¿Pero a tí? Eres un gato, ¿Que implicaciones puede tener un gato en algo así?

La cicatriz invisible de ese día pareció abrirse de nuevo en su pecho.

Debió notarlo, porque su tono cambió cuando habló de nuevo.

—No es momento para eso, Kimbra. Para que podamos vernos más a menudo, necesitamos algo de privacidad. Ven, hay algo que debo mostrarte.

Kimbra frunció el ceño.

—¿El qué?

—No me discutas, ven.

Sin esperar respuesta, Lyren giró sobre sus patas y se adentró en un rincón más apartado del jardín, donde la vegetación crecía densa y enredada, como un túnel natural que invitaba a lo desconocido.

Ella dudó.

—Mangoneada por un gato… esto sí que es el colmo —murmuró, antes de seguirlo.

Avanzó tras él a través de los jardines, adentrándose en la espesura donde la vegetación crecía salvaje y descuidada.

Cada paso le hacía contener la respiración; el viento parecía haberse detenido, y la calma que reinaba allí era casi antinatural.

Lyren se movía con la elegancia de un cazador nocturno, silencioso y seguro, como si la oscuridad le obedeciera.

Finalmente, el gato se detuvo ante una formación rocosa cubierta de enredaderas. Con un salto ágil, empujó una losa que parecía parte del terreno. Un crujido seco anunció que la piedra cedió y reveló una grieta oscura apenas visible entre la maleza.

—¿Por qué hay un acceso secreto, que tú conoces, en los jardines tan cerca de la puerta principal? —comentó, cruzándose de brazos.

—No me preguntes a mi, no fui quien lo construyó. —replicó, lanzándole una mirada significativa antes de colarse por la grieta.

Kimbra vaciló un instante, pero suspiró y lo siguió. La abertura era estrecha; tuvo que entrar de lado y sentir la aspereza de la piedra rozar toda su piel. Al otro lado, la oscuridad era casi total, pero Lyren avanzó con naturalidad.

—En cuanto a que yo conozco el acceso… digamos que mis sentidos perciben cosas que los demás no pueden.

—¿Los gatos comunes tienen sentidos super desarrollados o qué? —preguntó, escéptica.

Lyren se detuvo un instante, mirándola con picardía y un deje de malicia en sus ojos dorados ya apenas visibles en la oscuridad.

—Yo nunca he dicho que sea un simple gato.

Eso la detuvo de golpe, consciente de lo que estaba haciendo.

Seguía a un gato por un pasadizo que conducía a unas catacumbas abandonadas, en medio de la noche.

La humedad y el polvo le dificultaban tragar saliva.

El frío le calaba los huesos mientras la oscuridad parecía cerrarse a su alrededor, haciendo que cada sonido despertara una nueva punzada de inquietud.

Miró hacia atrás, intentando atravesar la oscuridad con su mirada, para descubrir que no sabía salir de ahí…

Era una inconsciente.

—¿Qué eres, Lyren? —preguntó, sin atreverse a mirar demasiado alrededor.

El gato bufó, impaciente.

—Ahora no, camina.

A regañadientes, Kimbra avanzó. La curiosidad superó a la prudencia.

—Podrías haberme dicho que trajera una antorcha —susurró, tanteando la pared.

—No la necesitas. Cállate y sigue caminando. Con Sombra no eras tan pesada.

Fue Kimbra la que bufó en esa ocasión.

—No es que fuera muy hablador, la verdad.

Avanzaron por pasadizos estrechos hasta que un tenue resplandor comenzó a filtrarse entre las paredes húmedas y la espesa oscuridad.

Primero fue un hilo de luz iridiscente, luego un destello que danzó sobre la piedra.

La caverna se ensanchó hasta revelar un espacio amplio y tan hermoso que le quitó el aliento.

En el centro, una fuente natural brotaba directamente de la roca y se derramaba en un estanque de agua pura.

Sobre su superficie, los reflejos cambiaban como si el color no obedeciera a ninguna regla, sino al capricho de los cristales incrustados en el techo, que ardían con un resplandor propio, ajeno al exterior, como si el lugar no terminara de decidir si era real o un sueño.

Nunca había visto nada como aquello. Los cristales sobre el techo parecían susurrarle recuerdos perdidos, visiones fragmentadas de un pasado que se le escapaba entre los dedos como agua de la fuente.

Una habitación, un tocador, el rostro difuminado de una hermosa mujer, rubíes… Todo desvaneciéndose antes de que pudiera materializarlo en un recuerdo de verdad.

—Esto es… increíble —susurró, acercándose al borde del agua.

Lyren se sentó sobre una roca cercana, con la cola enroscada alrededor de sus patas.

—Este lugar es un remanso de paz. Tras la construcción de las catacumbas y la reconstrucción del Palacio, hubo… personas que dejaron pequeñas cápsulas en el tiempo, refugios para quienes pudieran necesitarlas. Pocos las conocen y aún menos saben entrar.

Kimbra tocó la superficie del agua. Una sensación cálida y extrañamente familiar recorrió su piel, como un eco lejano de memorias olvidadas.

—¿Por qué hemos venido aquí? —preguntó sin apartar la vista del agua.

—Porque es hora de que empieces a buscar respuestas, Kimbra. Ha pasado más de un mes desde que llegaste. —Los ojos de Lyren brillaron con intensidad—. ¿Has investigado algo sobre tu pasado?

Kimbra se tensó.

—No he tenido tiempo.

El gato bufó, con un deje de desaprobación.

—Siempre habrá una excusa.

El flujo del agua se volvió casi ensordecedor en el silencio.

Respiró hondo, tratando de atrapar sus pensamientos dispersos.

Se sentó al borde del estanque y comenzó a mover el agua con los dedos, creando círculos que se reflejaban en los cristales.

Cada onda parecía resonar con algo dentro de ella, despertando emociones que preferiría olvidar.

—No sé si quiero recordar ahora mismo. Con los pocos recuerdos que tengo, ya es suficiente…

El gato se acomodó en su lugar siguiendo con la mirada los dulces movimientos del agua.

—¿Qué es lo que no quieres afrontar?¿A qué tienes miedo?

Kimbra detuvo la mano, los dedos se crisparon en un puño.

—Nada… no quiero afrontar nada. Le tengo miedo a todo.

—¿Tiene algo que ver con la muerte del niño?

La mirada de Kimbra se volvió afilada, pero el gato no parpadeó ni desvió la mirada.

Ella decidió callar.

—He estado estudiando el terreno, viendo a qué me enfrentaba volviendo a tu lado… La gente habla sin miedo, y aprendes cosas si sabes dónde situarte.

Ella se mantuvo en silencio. Intentó no prestar atención al gato volviendo a hacer bailar la superficie del agua con sus dedos.

—Niños mueren todos los días…

—Él podría no haber muerto —replicó, intentando sonar distante, pero la dureza y la amargura tiñeron su voz.