CAP 4 #3
Su cuerpo se precipitó hacia el vacío, sintió el aire frío contra su piel y la gravedad tiró de ella en un abrazo desesperado por reclamarla.
Notó el filo duro y cortante del borde del pozo en sus caderas, los pies perdieron el contacto con el suelo, pero antes de caer por completo, un tirón brusco la frenó en seco.
Sus manos chocaron en el interior del pozo, se aferraron con desesperación a la piedra resbaladiza sintiendo quebrarse las uñas mientras un ardor profundo le recorrió los brazos.
—¡Aguanta! —dijo una voz ahogada en la masa espesa en la que se había convertido todo.
Jadeó, con la adrenalina golpeando su cuerpo. Su corazón latió con fuerza en sus oídos, el bombeo de la sangre se le agolpó al inicio de su garganta, pero aún así, su mirada no pudo desprenderse de la mirada que se perdió en el vacío.
El niño.
Cayendo.
Su pequeño cuerpo engullido por la oscuridad en un instante.
Los sollozos fueron quebrados por un grito de terror.
Un golpe seco.
Un gemido
Silencio.
El eco subió por el pozo en un susurro mortecino que la destripó, le quebró su identidad entera, dejó de respirar por el golpe repentino de la realidad, de la muerte.
Ya no podía hacer nada.
No, ya no había nada que hacer.
Hiretxo la sujetó con todas sus fuerzas.
Lorrain y Miguel se aferraron a él, clavando los talones en el suelo para no ser arrastrados con ella.
Tiraron hacia arriba y la soltaron en el suelo.
Se quedó ahí, de rodillas, el pecho le temblaba subiendo y bajando descontroladamente mientras el borde del pozo atrapaba su mirada a la altura de sus ojos.
Esperando que el niño volviera a aparecer.
—¿Estás loca? —La voz de Lorrain retumbó enfurecida en la sala, pero apenas la escuchó.
No podía apartar la vista del borde de la roca.
Hiretxo respiraba con dificultad a su lado, temblando por el esfuerzo.
—Casi te matas… —susurró.
Miguel no dijo nada. Solo la miraba con la misma frialdad de siempre. Observando en silencio.
Apretó los puños clavándose las uñas rotas en la palma de las manos, queriendo que el dolor la obligará a despertar de esa pesadilla o a perder el conocimiento. Pero no fue así.
El niño estaba muerto.
Y todo lo que podía sentir era rabia, casi no sentía el dolor.
—Tenemos que movernos —dijo Lorrain al cabo de unos segundos—. Hemos perdido el objetivo. Ahora tenemos que esmerarnos en el mapeo.
Alzó la vista, cargada de veneno, por el fastidio en la voz de su compañera. El fastidio por no haber conseguido un objetivo, no por la muerte de un niño.
Hiretxo se apartó un paso del borde, como si temiera que el pozo pudiera tragárselo también o Kimbra fuese a pagarlas con él.
—No… no había nada que pudiéramos hacer —murmuró intentando autoconvencerse.
Kimbra soltó una risa corta. Vacía.
—Sí lo había.
Lorrain se giró hacia ella.
—No lo sabes.
—Sí lo sé. Si hubiéramos actuado antes…
—Si hubieras corrido antes, podrías haber activado una trampa —le cortó con furia—. O haberte caído tú también.
—Pero no la había.
—No lo sabíamos.
Quiso lanzarla a ella al vacío.
—Sabíamos que era un niño.
El silencio que siguió fue incómodo para todos.
Lorrain habló primero.
—Sabíamos que esto es una prueba.
—Eso no lo hace menos grave.
—Lo hace irrelevante para la misión.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Hiretxo tragó saliva.
—Quizá… quizá nunca pensaron que lo conseguiríamos. Que aguantaría tanto tiempo ahí arriba…
Kimbra lo miró.
—¿Qué dices?
—Solo digo que esto puede haber sido parte del ejercicio…
—¿Ejercicio? —dijo con furia—. ¡Era un niño! Al que alguien convenció de que su vida valía menos que una promesa.
Miguel la observó con la misma serenidad de siempre.
—Nosotros no somos quienes para cambiar eso aquí abajo.
Notó cómo algo se tensaba dentro de su pecho y lo miró duramente cansada de su neutralidad.
—¿Entonces quién?
Nadie supo qué responder.
—Si esto es lo que significa servir al Imperio… —murmuró.
Lorrain dio un paso hacia ella y la cogió del brazo obligándola a levantarse.
—Significa cumplir con tu deber, aunque no te guste. Significa entender que no puedes salvar a todo el mundo.
—No intentamos salvarlo.
—Intentamos no morir con él.
Kimbra apretó los dientes, su mirada ardiente taladró a su compañera y se apartó bruscamente de ella.
—No es lo mismo.
—Aquí sí lo es.
El peso entre ellas se volvió más denso que antes. Opresivo.
Fue Miguel quien habló al final.
—Si queremos salir de aquí antes del anochecer, tenemos que volver ya.
Bajó la mirada hacia sus manos. El temblor nervioso aún seguía crispando sus dedos haciendo que la sangre que brotaba de las heridas cayera en pequeñas gotas estrellándose en el suelo…
—Claro —dijo.
Pero su voz sonó inerte, como el objetivo que acababan de perder.
Lorrain recogió el mapa que había terminado abandonado en el suelo y lo sacudió sin cuidado.
—En marcha.
El grupo empezó a avanzar.
Kimbra fue la última en apartarse del abismo.
Las luces del grupo se alejaron por el pasillo, reduciendo el pozo a una mancha negra en la piedra.
Allí abajo ya no quedaba nada.
Ni rastro del niño.
Ni del intento por salvarlo.
Solo oscuridad.
Cuando se apartó, no volvió la cabeza, no se atrevió.