Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 4 #2
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CAP 4 #2

—¿Todos merecen morir? —insistió, notando que su propia voz sonaba más tensa de lo que pretendía.

—Depende de lo que hayan hecho. No podemos ponerlos a todos en la misma categoría.

Kimbra miró a Miguel agradecida.

—Pero el Imperio sí lo hace —señaló Hiretxo—. Si eres un Disidente, estás marcado. No importa si solo robaste un trozo de pan o si atacaste a un soldado, te condenan igual.

—Un poco drástico… ¿No?

—La ley tiene que ser firme —respondió Lorrain—. Si empezamos a hacer excepciones, abrimos la puerta al caos.

Se cruzó de brazos. Quiso responder, pero Miguel carraspeó.

—Discutirlo no nos va a sacar de aquí.

Lorrain dobló el mapa.

—Tienes razón, seguimos.

El grupo reanudó la marcha.

Caminó unos pasos por detrás agradecida por la intervención de su compañero.

Antes de doblar el recodo, miró una vez más el muro. Las marcas parecían mirarla... Tuvo la sensación incómoda de que si tuviese tiempo, podría llegar a leerlas.

Luego siguió avanzando.

El pasillo se estrechó después de un tiempo avanzando sin encontrar nada nuevo. Las paredes estaban más húmedas allí, y el techo descendía lo suficiente para ser cada vez más conscientes de que estaban en las entrañas de la tierra.

Hiretxo fue el primero en detenerse.

—Necesito parar un momento.

Apoyó la mano en la pared y respiró hondo buscando una calma que se le escapaba entre los dedos.

—No sé cómo podéis fingir que esto es normal —murmuró—. Si este sitio se viene abajo, nadie nos va a sacar de aquí.

—Por eso marcamos el camino —respondió Lorrain sin mirarlo, repasando el mapa—. Y por eso avanzamos rápido.

—Avanzar rápido no evita que el techo se te caiga encima.

—Quejarse tampoco.

Hiretxo resopló, pero no replicó.

Miguel apoyó el hombro en la pared opuesta, observando el pasillo por el que habían venido.

—El problema no es que esto sea peligroso —dijo—. Estamos perdiendo tiempo. Si el objetivo no está en este sector, cada minuto aquí abajo juega en nuestra contra.

—Entonces igual deberíamos reconsiderar si vale la pena seguir profundizando —dijo Hiretxo.

—No.

—Hemos mapeado mucho terreno, puede que con eso sea suficiente…

Lorrain levantó la vista por fin, enfadada.

—La orden ha sido clara, recuperar el objetivo.

—Las órdenes no siempre tienen sentido cuando las ejecutas sobre el terreno.

—No estamos aquí para decidir eso.

Hiretxo bajó la voz.

—No digo que no. Solo digo que… no sé. Parece que el Imperio nos manda a sitios como este sin importar demasiado si volvemos o no.

Kimbra notó cómo sus palabras se quedaban flotando en el aire, pesadas igual que la humedad del pasillo, pegándose en sus gargantas de forma opresiva. Pesadas como las toneladas de tierra y rocas que tenían sobre las cabezas.

—El Imperio nos manda donde haga falta —respondió Lorrain—. Si empezamos a cuestionar cada misión, no saldríamos de la litera.

—Seguro que el objetivo es un campamento de los Disidentes—murmuró Hiretxo, casi sin pensar.

Lorrain lo miró con frialdad.

—¿Quieres dejarlo ya?

Miguel intervino antes de que la tensión creciera demasiado.

—No estamos aquí para discutir de esto. Estamos aquí para terminar el trabajo.

Kimbra no dijo nada, pero sintió que algo en su interior se removía incómodo.

Lorrain dobló el mapa.

—Descanso terminado. Seguimos.

Ella inició la marcha, pero esta vez sus compañeros la siguieron con menos confianza.

El ambiente era silencioso, roto solo por el sonido de sus pasos y el goteo ocasional del agua filtrándose desde la superficie.

Fue Hiretxo quien lo notó primero.

—¿Habéis oído eso?

Todos se detuvieron.

Durante un instante no hubo nada, solo les acompañó el eco lejano del agua y la mirada acusatoria de Lorrain, cansada de las paranoias de su compañero.

Entonces llegó el crujido.

Un sonido sordo, profundo, piedra arrastrándose sobre piedra buscando libertad.

—Atrás —murmuró Miguel.

No llegaron a moverse.

El techo del pasillo unos metros por delante cedió con un estruendo.

Una nube de polvo se levantó en el aire y varias piedras del tamaño de una cabeza rodaron por el suelo, chocando entre sí antes de detenerse.

Hiretxo soltó un juramento ahogado desafinado por el terror.

Lorrain se adelantó unos pasos con cautela, cubriéndose la boca con la manga mientras el polvo y la arena descendían lentamente sobre ellos.

—No ha sido todo el techo —observó—. Solo un tramo.

Miguel golpeó una de las piedras caídas con la bota.

—Pero lo suficiente para cerrarnos el paso.

Y era verdad, el derrumbe bloqueaba el corredor casi por completo.

Solo quedaba un hueco irregular entre los cascotes y la pared, oscuro y estrecho, por el que apenas cabría una persona encorvada.

—Podemos rodearlo —propuso Hiretxo sin mucho convencimiento.

Lorrain negó con la cabeza mientras consultaba el mapa.

—Si damos la vuelta nos perderemos. Este es el corredor principal.

Kimbra observó el hueco.

El aire que salía de él era más frío y las motas de polvo se movían por la corriente.

—Tiene que haber salida al otro lado. Si nos agachamos, cabremos de uno en uno —dijo.

Miguel se agachó para inspeccionar las piedras. Pasó la mano por una grieta del muro.

—La estructura aguanta… por ahora. Pero no me quedaría aquí más tiempo del necesario.

Hiretxo miró el techo con evidente desconfianza.

—Sí, bueno, yo tampoco planeaba mudarme aquí.

Lorrain tomó la decisión.

—Pasamos rápido. Sin detenernos. Miguel primero, luego Kimbra, Hiretxo detrás y cierro yo.

Miguel se deslizó entre los cascotes sin rechistar, tiró de una piedra suelta que rodó deteniéndose a los pies del grupo. Hiretxo la miró como si fuese una cabeza recién cortada perdiendo el poco color que le quedaba en el rostro.

—Se puede pasar —dijo su compañero desd el otro lado.

Kimbra fue la siguiente.

Tuvo que agacharse hasta lo incómodo para atravesar el hueco. La roca rozó su espalda y el olor a tierra tierna le llenó los pulmones. Durante un instante sintió la opresión del techo demasiado cerca; el pasillo parecía a punto de cerrarse sobre ella.

Salió al otro lado, se incorporó y cogió aire como si fuera la primera vez que lo hacía en mucho tiempo.

Detrás de ella, Hiretxo salió del hueco como un espectro. Blanco y tembloroso siendo forzado por Lorrain a sus espaldas.

—No te detengas —ordenó esta.

El chico se tuvo que sentar mientras su piel, muy poco a poco, volvía a un tono saludable.

—Vale, odio este sitio. Si el techo se cae otra vez, voy a morir MUY enfadado.

El grupo avanzó por los pasillos sombríos, iluminados solo por el parpadeo irregular de sus lámparas. El aire era cada vez más pesado, y el silencio, más profundo.

La arquitectura había cambiado.

Las paredes ya no habían sido talladas en el pasado con precisión; ahora eran más toscas, abiertas a golpes en la roca, un proyecto que tendría previsto pulirse a futuro. Futuro que no llegó.

Kimbra se adelantó unos pasos cuando, de repente, sintió un cambio en la temperatura. Un aire más fresco, señal de que el pasillo se abría a un espacio más grande.

—Mirad —susurró.

El pasillo desembocaba en una gran cámara subterránea.

En el centro, un pozo de piedra se hundía en la oscuridad, con un par de cuerdas tensadas de un lado a otro sobre su abertura.

Y en medio de esa cuerda, tambaleándose al borde del peligro, estaba un niño.

Lo reconoció al instante. Se quedó inmóvil, con el cuerpo repentinamente tenso.

El chico de los calabozos.

El niño respiraba a sacudidas agotado de llorar. Tenía los brazos extendidos, los pies descalzos en equilibrio sobre una tabla de madera atada con cuerdas viejas... Cada pequeño movimiento hacía vibrar las fibras de lo que sostenía su vida.

No lo pensó dos veces.

—¡Niño!

Se lanzó hacia adelante, pero una mano fuerte la agarró del brazo, deteniéndola en seco.

—¡No! —le increpó Miguel—. Puede haber trampas.

—¡Se va a caer!

—¡Primero miramos!

El niño los vio entonces.

Sus ojos se abrieron ante algo imposible.

—Has venido…

La voz le salió rota.

—Sí, estoy aquí —dijo con suavidad dejando de forcejear con su compañero—. No mires abajo. Solo mírame a mí.

El niño intentó asentir, pero el movimiento hizo oscilar la cuerda.

—Me dijeron… que si lo hacía… nos dejarían ir…

Kimbra sintió el golpe en el estómago.

—¿Quién?

—Los soldados… dijeron que… sí esperaba…

Tragó saliva.

—A mi hermana… y al bebé…

Avanzó un paso.

—Te sacaremos de aquí ¿vale? No te muevas.

El niño intentó obedecer, pero sus piernas temblaban cada vez más por el cansancio de llevar horas sobre el vacío.

Hiretxo examinó el suelo con rapidez.

—No veo mecanismos…

Miguel estudió las cuerdas de lejos.

—Están viejas.

—No aguantarán mucho —dijo Lorrain.

El niño resbaló un centímetro.

Kimbra sintió que el tiempo se rompía.

—Voy a por él.

—Las cuerdas no aguantarán tu peso —dijo Miguel.

—¡Pues saca otras!

—Tenemos que ser prudentes—replicó él.

Lo miró como si no lo reconociera.

—Es un niño.

—Es un riesgo.

El niño soltó un sollozo que se expandió como un lamento desgarrador por toda la cámara.

—No quiero caer…

—¿Quién cruza? —preguntó Lorrain.

—Yo.

—No. Pesas demasiado Kimbra.

Esta apretó los dientes y miró a su compañero más pequeño.

—Entonces que vaya Hiretxo.

El aludido abrió los ojos y palideció de golpe.

—¡Ni hablar!

El crujido de la cuerda llegó hasta ellos... Lo que debería de haber sido un susurro se convirtió en un sonido terrorífico amplificado por la gravedad.

El niño gritó.

Kimbra sin pensarlo corrió hacia el borde.

—¡Kimbra, no!

Se lanzó sin pensarlo.

Sus caderas golpearon el borde del pozo y se estiró con todas sus fuerzas, los dedos se extendieron hacia el niño.

Por un instante, pensó que lo lograría.

Desde su posición sentía que su mano estaba casi a pocos milímetros de las del niño cuya esperanza también se había estirado hacia ella...

Estaba tan cerca, pero a la vez tan lejos.

El niño perdió el equilibrio.

Y ella también.