Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 4
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CAP 4

El amanecer trajo consigo el sonido de las botas resonando en la explanada de entrenamiento.

Kimbra se ajustó la correa del cinturón mientras se alineaba con los demás reclutas, sintiendo el aire fresco de la mañana contra su piel.

Desde que llegó al recinto imperial, cada día comenzaba con órdenes y marchas, y sentía, en contra de su voluntad, que empezaba a acostumbrarse.

Frente a ellos, el capitán Faldren permanecía erguido con su postura impecable y su expresión confiada. A su lado, un grupo de oficiales supervisaba la formación con ojos analíticos.

—Hoy no entrenaréis aquí. Descenderéis a las catacumbas bajo el recinto para recuperar un objetivo.

Un murmullo recorrió a los reclutas.

Nadie se movió. Pero notó cómo Hiretxo tensaba los hombros a su lado.

Faldren dejó que el ruido se disipara antes de continuar.

—Las catacumbas son antiguas, extensas y no están completamente mapeadas. Vuestra prueba será sencilla: encontrar el objetivo y traerlo de vuelta antes del anochecer. Se evaluará vuestro trabajo en equipo, vuestra capacidad de decisión… y vuestra disciplina.

Hizo una pausa breve.

—El Imperio planea reutilizarlas en el futuro. Considerad esto un primer paso.

No dijo nada más.

—Partís en una hora.

La formación se rompió con rapidez.

Mientras caminaron hacia la armería, Hiretxo exhaló por la nariz.

—¿Catacumbas? Genial. Oscuridad, humedad y túneles viejos. Justo lo que necesitaba.

Lorrain ni siquiera lo miró.

—Es una prueba. No un paseo.

Había algo en la forma en que el capitán lo había dicho que le inquietaba.

No le sonó como un ejercicio rutinario. Había algo más.

En la armería apenas hablaron. Cada uno tomó lo necesario en silencio: lámpara, cuerda, cantimplora, acero.

Kimbra comprobó la mecha de su linterna antes de guardarla.

—Si de verdad planean reutilizarlas, supongo que las habrán limpiado bien de cualquier cosa, ¿no? —dijo, más para sí misma que para el grupo.

Miguel fue el único que contestó.

—Si no está ni mapeado, es porque a alguien no le ha interesado hacerlo hasta ahora.

Las únicas respuestas fueron sus rostros preocupados.

Cuando volvieron al exterior, el aire de la mañana ya no parecía tan fresco.

La entrada a las catacumbas los esperaba al otro lado del patio.

El grupo avanzó hasta la boca que los esperaba aún cerrada, una gran puerta de hierro incrustada en el muro del recinto.

Dos soldados la custodiaban como estatuas.

La llave giró con un sonido pesado y, cuando la puerta se abrió, una bocanada de aire húmedo salió del interior, cargada de óxido y piedra vieja.

La temperatura descendió de inmediato.

La escalera se hundía en espiral hacia la oscuridad.

—No sé si prefiero esto o la Arena —murmuró Hiretxo.

Nadie respondió, pero Kimbra no pudo contener una mirada afilada que nadie notó.

El grupo comenzó el descenso.

A cada vuelta, la luz del exterior se hacía más débil hasta desaparecer por completo. Solo les quedaron las lámparas.

La humedad impregnaba las paredes y el eco de sus pasos resonaron a su alrededor como campanas de luto. El aire olía a piedra fría y a un ligero rastro de algo orgánico, similar a tierra removida y polvo.

Las bocas de los reclutas se secaron por la sensación de opresión y las motas que se habían levantado por el descenso de los primeros.

Esas escaleras llevaban años sin ser utilizadas.

Cuando llegaron al corredor inferior, Aldren se detuvo.

—A partir de aquí estáis solos. El mapa os llevará al nivel donde debéis empezar, a partir de ahí deberéis registrar vuestro avance. El objetivo está marcado. Buena suerte.

No esperó respuesta.

Su silueta desapareció escaleras arriba, y un momento después, antes de lo que les había parecido tardar en bajar, el portón se cerró, resonando en toda la estructura.

Nadie habló durante unos instantes.

El corredor era más amplio de lo que esperaba. Las paredes estaban cubiertas de inscripciones gastadas, pero no todas parecían de la misma época. Algunas habían sido talladas con una precisión distinta, como si pertenecieran a otro tiempo… o a otra mano.

—Esto es más viejo que el recinto —murmuró Miguel.

Kimbra pasó la mano por la piedra. Estaba fría, húmeda… y no del todo uniforme.

Al fondo, la sala se abría en tres pasillos.

—¿Por dónde? —preguntó.

Lorrain desplegó el mapa ignorando a los grupos que ya se ponían en marcha a su alrededor.

—Derecha.

Ninguno le discutió.

Mientras avanzaron, tuvo la sensación incómoda de que el silencio allí abajo no era sólo eso, parecía la ausencia de ruido provocada por la tensión de la espera a lo que va a acontecer.

—Se tiene que poder llegar, alguien lo ha tenido que dejar ahí —dijo Lorrain—. No se pueden haber aparecido y desaparecido así como así.

Kimbra tuvo la sensación de que lo decía más para sí misma que para ellos.

A medida que avanzaron, la sensación de estar siendo observados comenzó a pesar en su mente. Tal vez era la forma en que las sombras danzaban con la luz de sus lámparas o la resonancia de sus propios pasos.

Pero algo en este lugar se sentía… vivo.

—¿Que creeis que podemos encontrarnos ahí abajo? — preguntó Hiretxo nervioso.

Miguel le apoyó una mano en el hombro para tranquilizarlo.

—Como mucho solo podría haber carroñeros, y dudo que supongan ningún problema para nosotros.

A este no le tranquilizó la respuesta.

—¿Por qué?

—Los carroñeros solo comen animales ya muertos. Toman su aspecto, de una forma algo grotesca, para poder atraer a otros y así seguir alimentándose.

Kimbra y Lorrain compartieron un gesto de desagrado y miraron por encima del hombro al chico.

Este se encogió de hombros.

—Es así como atraen a sus presas. Se hacen pasar por un ejemplar herido y cuando ya es demasiado tarde el resto de la colonia cae sobre su presa.

—Eso suena a que son depredadores normales y corrientes…

—Bueno, dejan que la presa muera lentamente y pase un tiempo antes de comérselo, para poder imitar sus gemidos de dolor y eso. Por aquí lo único que podrían encontrar serían roedores o alguna lagartija.

Las catacumbas se volvieron más opresivas a medida que descendieron por lo que optaron por las primeras escaleras amplias que encontraron.

El aire era más espeso allí abajo, como si el tiempo lo hubiera dejado atrapado en aquellos pasillos olvidados.

Las paredes estaban cubiertas de humedad y moho, y sus lámparas proyectaban sombras largas y deformes.

Lorrain se detuvo al llegar al pie de la escalera.

Frente a ellos se abría un pasillo más amplio que los anteriores, sostenido por columnas desgastadas. Raíces gruesas descendían desde el techo a través de grietas invisibles desde la superficie, retorciéndose por los muros como venas petrificadas.

—Estamos fuera del área marcada en el mapa —dijo frunciendo el ceño sobre el pergamino—. A partir de aquí tendremos que registrarlo todo nosotros.

—Esto podría ni siquiera pertenecer al recinto original… —murmuró Miguel.

—Es enorme —añadió Hiretxo, sacando carboncillo y pergamino.

Miguel raspó la pared con su cuchillo hasta dejar una muesca visible en la superficie.

—Podemos marcar algunas paredes para saber por dónde hemos pasado —sugirió.

—Buena idea —asintió Kimbra—. No quiero terminar caminando en círculos aquí abajo.

Reanudaron la marcha. Lorrain decidió anotar los detalles, Miguel dejaba muescas discretas en la piedra y Hiretxo sostenía la lámpara con menos seguridad de la habitual. Kimbra vigilaba el entorno, alerta a cualquier sonido fuera de lugar.

Fue Hiretxo quien lo vio primero.

—Eh… mirad esto.

Acercó la luz a un tramo del muro.

La piedra estaba grabada con símbolos toscos, algunos apenas visibles por la erosión del tiempo. Eran líneas rectas, ángulos extraños y figuras geométricas entrelazadas.

Entre algunas grietas de la pared había incrustados pequeños cristales opacos, del tamaño de una uña. Estos no eran la iluminación principal del pasillo, pero desprendían una claridad tenue, casi lechosa, que parecía filtrarse desde dentro de la piedra si estabas lo suficientemente cerca.

Parecían del mismo material, pero ya apagado, de otros cristales más grandes que emitían una pálida luz mortecina.

Kimbra se inclinó un poco más cerca sin darse cuenta.

Bajo uno de los cristales más grandes había trazos distintos a los demás. No eran las líneas angulosas que habían visto hasta ahora. Aquellos parecían más ordenados. Más… regulares.

Frunció el ceño.

Durante un instante sintió una incomodidad extraña, su mente intentaba recordar algo que se le escapaba por poco.

Podía haber jurado que aquello tenía estructura.

Como letras.

Parpadeó y apartó la vista antes de pensar demasiado en ello.

—¿Qué ves? —preguntó Hiretxo.

Ella negó con la cabeza.

—Nada. Solo marcas viejas.

Lorrain observó la pared.

—Parecen referencias de obra. Los constructores las usarían para orientarse.

—O para advertir que aquí abajo hay algo que no quiere visitas —dijo Hiretxo, con una sonrisa que no terminó de formarse.

Miguel pasó los dedos por la piedra.

—Esta sección es distinta. La talla es más limpia… y la roca parece más reciente que en el pasillo anterior.

—Entonces alguien trabajó aquí después —dijo Kimbra—. Será una ampliación posterior.

Hiretxo cruzó los brazos, pensativo.

—Si este sitio está tan apartado… podría haber servido para esconder cosas.

Lorrain resopló.

—O podría ser solo una parte diferente de las catacumbas.

—No digo que no —insistió él—. Solo que sería un buen escondite.

Kimbra miró otra vez los símbolos.

Algunos se repetían a intervalos regulares.

Como si marcaran distancias o direcciones.

No dijo nada.

—Si estas marcas se repiten —comentó al final—, quizá nos ayuden a orientarnos.

Miguel asintió.

—Tiene sentido.

Hubo un breve silencio.

—Si aquí hubiera Disidentes —sugirió Hiretxo más bajo—, nadie lo sabría.

Lorrain lo miró de reojo.

—Si los hubiera, no durarían mucho.

Kimbra sintió cómo la conversación cogía peso.

—Si fueran esos rebeldes, ¿qué creéis que pasaría si los encontramos? —preguntó en voz baja.

Lorrain resopló.

—Lo mismo que pasa con cualquiera que desafía al Imperio.