Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 3 #3
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CAP 3 #3

—Porque ese tipo de dudas se notan. Y cuando se notan… los instructores empiezan a preguntarse si pueden confiar en ti.

Sus palabras quedaron flotando entre ellos, pues no pasó desapercibida la amenaza para ninguno de ellos.

Miguel, apoyado contra la pared a unos pasos, observó sin intervenir. Sus ojos pasaron de una a otra en todo momento.

Kimbra sostuvo la mirada de su compañera, calculando que decir.

—Solo digo que son personas —murmuró.

—No —respondió tajante—. Son prisioneros. Y si olvidas la diferencia, acabarás siendo uno de ellos.

Se dio la vuelta y siguió patrullando sin esperar respuesta.

Hiretxo exhaló despacio.

—Yo no quería empezar una pelea…

Nadie respondió.

Kimbra avanzó por los pasillos del recinto Imperial, las luces de las antorchas parpadeaban a su alrededor, pero su mente estaba muy lejos de allí.

Había tomado su cena en un saco de servilletas y, al igual que una sombra, se dirigió en silencio hacia los jardines del recinto, buscando un rincón apartado, un pequeño refugio donde pudiera calmarse.

La luna brillaba tranquila en los estanques y el silencio del recinto le dio la amplitud y la sensación de calma que necesitaba después de salir de la opresión del calabozo.

—¿Qué haces aquí?

Alzó la vista sobresaltada.

Garrick avanzó hacia ella con paso tranquilo.

—Volviste del turno… distinta.

No respondió de inmediato. Por un instante, no sabía si quería enfrentar a Garrick o esconderse aún más. Apartó la mirada.

—Había niños.

Garrick asintió.

—Siempre los hay.

Sus miradas se cruzaron.

—No hablé con ellos —dijo demasiado rápido.

Garrick observó a la chica un momento de más antes de hablar.

—Kimbra… —su voz fue baja—. La compasión no es un problema...

Ella tragó saliva.

—No sé qué debería hacer.

—De momento, nada —respondió el hombre—. Aprender a soportarlo también forma parte del entrenamiento.

Kimbra bajó la mirada.

—Eso no lo hace más fácil.

—No —admitió él—. Pero si cada decisión te rompe, tendrás serios problemas en el futuro.

Ella no contestó, su mirada huyó sin atreverse a mirarlo.

—¿Sabes por qué están ahí?

—Porque robaron…

—Sí. Porque alguien decidió que robar era peor que morirse de hambre.

Sus palabras hicieron que ella se limitara a mirar su comida desganada.

Garrick se inclinó levemente.

—Te entiendo más de lo que crees… Yo también estuve donde estás tú. Al principio, la Arena me arrancó la humanidad. Me convirtió en una bestia de guerra.

Kimbra lo miró, sorprendida. Por un instante pensó que él podría comprender la lucha que le asfixiaba.

—La Arena… —murmuró.

—Sí —dijo respirando hondo—. Fue… duro. Cada entrenamiento, cada combate. Yo no tuve bestias que eliminaran a los demás; tuve que hacerlo con mis propias manos.

Un silencio pesado cayó entre ellos. Pudo sentir la sangre y el esfuerzo en cada una de sus palabra.

—Cuando salí de allí… Me costó encontrar mi lugar. Cómo encajar. Me tomó tiempo volver a sentir algo que no fuera… la desconfianza.

Kimbra sintió una punzada en el pecho.

—¿Y después? —preguntó, con curiosidad y cuidado.

Garrick desvió la mirada, suavizando la expresión.

—Con los años… la compasión que me quedó me hizo perder algo importante. Perdí a mis amigos… y con ellos, a Edduardo.

Quiso preguntar más, pero el hombre se enderezó.

—Descansa. Mañana volverás al turno.

Se quedó sola, con la comida intacta en las manos y el eco del niño aún resonando en su cabeza.

El turno de la tarde era más silencioso que el de la mañana.

Los presos hablaban menos, el aire parecía más denso, y el eco de los pasos se quedaba atrapado entre las piedras húmedas atrapando a los reclutas en una pesadez incómoda.

Kimbra recorrió el pasillo sin prisa, intentando convencerse de que aquella vez sería más fácil.

Pero no lo fue.

Cuando llegó a la celda de los niños, el chico ya estaba pegado a los barrotes.

Había estado esperando, esperándola a ella.

Sonrió en cuanto la vio.

—Sabía que volverías.

Ella no respondió. Miró alrededor antes de detenerse frente a la celda.

La hermana mayor estaba sentada al fondo, con el bebé dormido en brazos. No dijo nada, pero observaba la escena preparada para saltar en defensa si hiciera falta.

—No deberías hablar conmigo —dijo en voz baja.

—No estoy hablando. Solo te estaba esperando.

Aquello le apretó algo en el pecho.

—No puedo ayudaros.

El niño asintió despacio con los ojos brillantes, consciente de ello.

—Lo sé.

Eso fue peor que cualquier súplica.

Kimbra dudó un instante, y al final sacó del bolsillo un trozo de pan duro que no se había comido en el comedor. Se lo tendió entre los barrotes, sin atreverse a mirarlo.

El chico lo recogió y se lo entregó a su hermana tras darle un mordisco.

—Gracias —murmuró el niño con la boca llena.

Dio un paso atrás, incómoda.

—No significa nada.

—Sí —dijo él—. Significa que no nos odias.

No supo qué responder, pero su mirada se perdió en el brillo de gratitud de sus grandes ojos castaños.

¿Cómo iba a odiar a un niño?

Se obligó a girarse y continuar el pasillo.

Al finalizar el turno, cuando se preparó para irse, no pudo evitar mirar atrás.

El chico seguía allí, de pie con la cara apretada contra los barrotes.

Sonrió al verla.

Como si estuviera seguro de que ella volvería.