CAP 3 #2
Kimbra sostuvo su mirada un instante, pero no dijo nada.
Miguel regresó desde el pasillo.
—Celdas comprobadas. Coinciden.
Lorrain asintió.
—Perfecto. Pues a patrullar.
Kimbra fue la última en apartarse de la mesa.
Por un momento, no pudo evitar mirar otra vez la cuerda que sujetaba los documentos. Sus dedos acariciaron la mesa esperando que su desagradable viscosidad fuese lo suficientemente fuerte para impedir que se adentrara en los calabozos.
Los prisioneros que debían vigilar ocupaban unas doce celdas esparcidas a lo largo del sótano. Había hombres y mujeres que escupían e insultaban al paso de los reclutas. Ancianos y adolescentes que observaban en silencio, pero con odio en la mirada.
Y luego estaba la celda de los niños.
Una chica que rozaba la adolescencia, el niño de diez años y un bebé que lloraba en brazos de ella.
La tercera vez que Kimbra pasó por delante, el niño corrió hacia los barrotes y le agarró la mano con fuerza. Ella intentó apartarse por reflejo, pero el brillo en su rostro le detuvo.
—¡Sí! Lo sabía. Eres tú.
Miró a su alrededor, inquieta. La celda ocupada más cercana estaba lo bastante lejos como para que nadie prestara atención a los murmullos del chico, y sus compañeros no estaban cerca.
—Creo que te confundes, chico…
—¡Sí, eres Kindra! Nos conocimos en el Paso de la Montaña. Nos llevaste tú.
El mundo pareció inclinarse.
¿De verdad le conocía?
Se soltó del agarre con más brusquedad de la que pretendía, pero en lugar de alejarse, se agachó a su altura. Necesitaba verlo de cerca, deshacer la duda que se le había instalado en la mente.
—Es Kimbra, chico. No conozco ningún Paso de la Montaña.
El niño habló rápido en otro idioma con su hermana. Esta se acercó y observó a Kimbra con detenimiento.
—Puede ser…
—¡Que sí! De verdad es ella, a mí sí me enseñó su rostro. No miento.
La chica se encogió de hombros y volvió al fondo con el bebé. Kimbra sintió un frío recorrerle la espalda. No sabía por qué aquel niño estaba tan seguro… ni por qué eso le importó tanto.
Lo observó bien mientras este hablaba con su hermana. Apreció tonos verdosos en su cabello y manos. Parecía como si se hubiese estado revolcando en hierba recién cortada. Sus ropas, al igual que las de la otra niña, eran modestas pero estaban bien cuidadas, al igual que sus manos.
No eran niños endurecidos por trabajos forzados.
Se incorporó, pero él volvió a sujetarla.
—Por favor, ayúdanos.
Kimbra miró alrededor. No debía hablar con ellos. No debía implicarse.
—Yo no puedo hacer nada…
—Sabes que solo queremos vivir felices. La familia solo coge comida para que no muramos de hambre.
Intentó sonreír, pero no le salió.
—Eso se llama robar.
—Se llama sobrevivir.
Miró a la chica por la furia contenida en sus palabras. No había súplica en su rostro, solo desafío.
La palabra quedó suspendida en la celda.
Sobrevivir.
Como lo había hecho ella.
—Las armas que robáis… ¿también son para sobrevivir?
La chica soltó una carcajada amarga.
—Se supone que la adulta eres tú. ¿Eres imbécil?
—¡Mit´ha! No la trates así, es amiga.
Esta clavó la mirada en su carcelera.
—No seas ingenuo, esta chica no es la que nos ayudó. Lleva el uniforme del Imperio y trabaja para ellos. Mírala bien… es uno de los rostros culpables de que maten a papá y a mamá.
El niño miró a Kimbra ya sin poder contener las lágrimas. Alargó la mano para sujetarla de nuevo, pero ella se apartó sintiendo que su contacto quemaba.
Sus manos apenas pudieron contener el temblor.
—Kindra, dile que no es verdad, dile que…
—Me llamo Kimbra, chico.
Dio un paso atrás. Luego otro. Cuando quiso darse cuenta ya se alejaba por el pasillo, mientras los sollozos del niño la perseguían en un eco imposible de callar.
Caminó unos metros antes de detenerse. Le costaba respirar con normalidad. Se frotó las manos contra los muslos intentando recuperar el control. No tendría que haber hablado con ellos.
No debería haberlo hecho.
Sus pasos la llevaron a uno de los pasillos secundarios, más estrecho y silencioso, donde apenas llegaba la luz de las antorchas. Allí el aire olía más a piedra húmeda que a sangre, y los murmullos de los presos llegaban amortiguados, pertenecientes a otro mundo.
Apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos un instante.
No quería pensar.
Pero el rostro del niño seguía allí.
—¿Qué haces aquí?
La voz de Miguel fue baja, casi prudente.
Abrió los ojos sobresaltada. Él estaba a unos pasos, sin invadir su espacio, temeroso de romper algo frágil.
—Perdón, no quería… —añadió—. ¿Buscas alejarte?
Dejó escapar una exhalación corta antes de hablar.
—¿Tanto se nota?
Miguel dudó antes de responder.
—Sí.
Ninguno habló, pero la pausa no fue molesta.
Él se apoyó en la pared opuesta, manteniendo la distancia. No la miró directamente, entendiendo que no necesitaba sentirse observada.
—Para mí tampoco está siendo fácil —dijo tras una larga pausa—. Verlos de cerca.
Kimbra soltó una risa sin humor.
—No es la primera vez que veo gente sufrir.
—No —admitió él—. Pero sí es la primera vez que tienes que decidir de qué lado estás mientras los miras.
Eso sí hizo que lo mirara.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Ya lo has hecho?
Miguel tardó en contestar.
—No.
Frunció el ceño, sorprendida.
—Pensé que tú eras de los que lo tienen todo claro.
—No tengo nada claro —dijo con calma—. Solo aprendí a fingir que sí.
Sus dedos juguetearon de forma distraída con el borde de su manga, un gesto pequeño, casi infantil.
—Mi padre decía que el mundo no es justo, pero sí estable. Mientras las reglas existan, la gente puede vivir aunque no les guste.
Lo escuchó sin interrumpir.
—Lo detuvieron cuando yo tenía doce años —continuó—. No por rebelión ni nada heroico. Por una deuda que no podía pagar. Un impuesto atrasado… o algo así. Nunca lo supe bien.
No le tembló la voz.
Lo dijo como quien recita un hecho aprendido hace mucho.
—Mi madre decía que el Imperio era cruel. Mi padre decía que era necesario.
Los recuerdos hicieron que tardara unos instantes en continuar.
—Yo solo recuerdo que cuando se lo llevaron… Nadie vino a explicarme nada.
Kimbra sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué pasó con él?
El chico se encogió de hombros.
—Supongo que lo enviaron a trabajar. O murió. Pero nunca volvió.
El silencio volvió a caer entre ellos, más denso esta vez.
—Por eso no me meto mucho en estas cosas —añadió finalmente—. No porque no me importen. Sino porque sé que, a veces, discutir no cambia nada.
Ella quiso consolarlo, encontrar las palabras que pudieran aliviar su carga... pero no las encontró.
Miró al suelo de piedra sin atreverse a mirarlo.
—El niño cree que me conoce.
Miguel levantó la vista hacia ella por primera vez.
—¿Y lo conoces?
—No lo sé —susurró—. Pero cuando me mira… esperan algo de mí. Como si yo pudiera… arreglarlo.
Él asintió con lentitud.
—Eso es lo peor.
Alzó la mirada extrañada.
—¿Qué?
—Que a veces se pueden arreglar las cosas... Y otras no. Nunca sabes en realidad cuál es cuál.
Las palabras se quedaron suspendidas entre ellos.
Desde algún lugar lejano del calabozo llegó el golpe metálico de una reja.
—No creo que seas débil porque te afecte todo esto.
Kimbra apoyó la cabeza un instante contra la fría pared.
—No quiero convertirme en alguien imparcial ante estas cosas.
—Entonces no lo hagas.
—¿Y cómo se sobrevive así?
Miguel respiró hondo antes de responder.
—Supongo que encontrando una forma de seguir mirando… sin dejar que te rompa cada vez más.
—Lorrain no parece que se rompa en absoluto.
Ambos contuvieron una carcajada.
Le observó unos instantes. Miguel no era el más fuerte del grupo, ni el más decidido. Pero había algo en su forma de hablar que hizo que lo considerara por primera vez.
Alguien digno de su futuro.
—Gracias —añadió ella al final.
Miguel asintió una vez, sin darle importancia.
—Lorrain está buscándonos. Cree que si nos quedamos quietos demasiado rato nos oxidaremos… o algo así.
Eso arrancó a Kimbra una media sonrisa cansada.
—Vamos.
El chico esperó a que ella empezara a caminar antes de seguirla.
El silencio del pasillo se rompió sólo por el crujido del serrín bajo sus botas. El turno avanzaba lento y pesado, como si el tiempo se hubiese quedado atrapado entre aquellas paredes.
Escucharon a Hiretxo antes de verlo.
—No digo que esté bien, solo que… no parecen peligrosos.
Lorrain estaba frente a él, inmóvil, con los brazos cruzados.
—No es tu trabajo decidir eso.
—Pero hay un bebé ahí dentro —insistió—. ¿De verdad crees...?
—Creo que están aquí por algo —cortó Lorrain—. Y si no lo estuvieran, no sería asunto nuestro.
Hiretxo dudó, incómodo, y bajó la voz.
—Solo digo que podríamos… tratarlos con un poco más de…
—¿De qué? —Lorrain dio un paso hacia él—. ¿De compasión?
La palabra cayó como una losa entre ellos.
Kimbra se detuvo a unos metros, sabiendo que era mejor no intervenir…
—Somos reclutas del Imperio —continuó ella—. No asistentes sociales. Si empiezas a ver víctimas en cada celda, no durarás ni un mes aquí.
Hiretxo apretó los labios.
—No todo es tan simple.
—Sí lo es —replicó ella—. O cumplen la ley o no la cumplen. Punto.
Kimbra sintió que algo dentro de ella se tensó de golpe, soltándole la lengua.
—Que simplista.
Los tres se giraron hacia ella. Incluso Miguel, a su lado, se sorprendió de su intervención.
Lorrain la observó con una mezcla de sorpresa y evaluación.
—¿Disculpa?
Dudó un instante, pero total, ya había hablado.
—Hay gente que roba porque no tiene otra opción.
—Y hay gente que mata porque le conviene —respondió la otra sin titubear—. Si empiezas a justificar unos, acabas justificando a los otros.
—No estoy justificando a nadie —replicó—. Solo digo que quizá no todos merecen el mismo castigo.
El aire se volvió cortante, más temible que cualquier grito del calabozo.
Hiretxo miró de una a otra, incómodo.
—Yo… solo creo que podríamos tratar de…
—Tú crees muchas cosas —lo cortó Lorrain—. Pero no te pagan por creer, sino por obedecer.
Luego volvió a fijarse en Kimbra.
—Y tú deberías tener cuidado.
—¿Yo? ¿Por qué?—preguntó ofendida.