Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 3
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CAP 3

La superficie del lavabo era áspera; notaba bajo sus dedos cómo la rugosidad raspaba su piel mojada. Una vez debió de ser pulido y brillante, pero los años lo habían vuelto opaco y gastado.

Un suave pitido lo inundaba todo, aislándola del mundo

Cada vez que aparecía, sentía una presión en la base de la nuca y esa sensación extraña de que todo a su alrededor quería empezar a girar, aunque nada se moviera en realidad.

—Kimbra, espabila o llegaremos tarde.

Levantó la cabeza. Los hilos de agua que aún corrían por sus manos soltaron su atención para centrarla en su compañero. Hiretxo era el único que parecía empeñado en hablarle más de lo necesario.

Bajito, siempre erguido, como si así pudiera ocupar más espacio del que tenía.

Se inclinó con la boca seca y bebió un sorbo de agua. La frescura en la lengua le ayudó. Se mojó la cara entera para terminar de espabilarse.

—¿Por qué no vamos hoy al patio directamente?

Hiretxo la dejó pasar primero y ambos salieron del baño hacia la sala de recibidor.

—Sé lo mismo que tú.

La formación de reclutas estaba en posición frente a la muralla sur del recinto imperial. La brisa fría de la mañana apenas aliviaba la rigidez de los cuerpos tras días de entrenamiento. Kimbra ajustó su postura y Hiretxo, a su lado, permaneció erguido, serio y expectante.

Garrick y los otros instructores aparecieron acompañados de un oficial de la Guardia Imperial. Su mirada recorrió al grupo evaluándolos. Extendió con orgullo un pergamino.

—Para los nuevos: algunos seréis asignados a tareas fuera del recinto para que vayáis conociendo distintas disciplinas. Si destacáis, os especializaréis. Si no, rotaréis hasta que os retiréis… o muráis. ¿Entendido?

Hubo un murmullo breve. El oficial continuó.

—Kimbra, Hiretxo, Lorrain y Miguel, del grupo de Garren: destinados a la custodia de prisioneros. Se os requiere en el edificio militar de detención del norte inmediatamente.

El oficial siguió leyendo, pero dejó de escuchar.

Custodiar prisioneros.

No sabía si la idea le desagradaba del todo o no.

Los reclutas se apartaron y siguieron a Garrick a través de los pasillos hasta la salida del recinto. Cuando llegaron, el instructor se detuvo en una esquina y los observó con seriedad.

—Se os ha asignado su vigilancia hasta que los transfieran al tribunal militar. No quiero errores.

—¿Qué errores se pueden cometer vigilando a un par de prisioneros? —preguntó Lorrain.

—No es solo un par —respondió el hombre—. Es un clan entero de ladrones. Hay niños entre ellos.

Kimbra y Hiretxo se miraron al instante.

Garrick observó a sus cadetes antes de continuar entregándole un sobre a Lorrain.

—No podéis permitiros quebraros. Se sospecha que forman parte de una red rebelde que roba suministros y armas. Por lo que es probable que sean ejecutados en los próximos días.

Abandonaron las murallas del recinto tras algunas indicaciones más y avanzaron en silencio. La ciudad blanca brillaba con un resplandor casi irreal a esas horas de la mañana.

Miguel rompió el silencio cuando ya estaban cerca del portón del edificio.

—¿Qué va a pasar con los niños?

Lorrain, que había liderado la marcha hasta allí, pues era la única que se había memorizado las indicaciones de Garrick, le contestó sin dignarse a mirarle.

—Si son muy pequeños con toda posibilidad irán a un orfanato para que les consigan una vida mejor, sino los entregarán directamente a alguna familia adinerada mintiendoles con su procedencia.

—¿Y si no son tan pequeños?

Cuando llegaron, Lorrain apoyó la mano en el portón y miró al grupo con frialdad.

—Si son lo bastante mayores para delinquir, también lo son para pagar las consecuencias.

Sus palabras dejaron al grupo en silencio.

Cuando entraron, tuvieron la impresión de haber cruzado el umbral de un lugar donde la esperanza acudía a morir.

La sala era amplia, pero parecía demasiado grande para la poca vida que albergaba.

Un par de escritorios vigilaban el pie de unas escaleras palaciegas, que brillaban grotescamente por la austeridad que las rodeaba.

A los márgenes de la sala unas sillas dispersas aguardaban marcadas por el cansancio de quienes las habían ocupado durante horas, aferrándose a la efímera esperanza de sacar a alguien de allí.

Aunque fuera, el final del verano empezaba a sentirse, en la sala reinaba un frescor incómodo. Solo se oía el pasar de páginas de un hombre de uno de los escritorios. En el aire flotaba un regusto metálico que Kimbra no quiso identificar.

Los cuatro reclutas avanzaron hasta el escritorio más cercano.

—Buenos días, venimos del recinto Imperial.

Lorrain entregó el sobre sellado.

El hombre miró aburrido a los reclutas, abrió el sobre para leerlo rápidamente y, desganado, lo firmó y guardó en uno de los cajones.

—Detrás de las escaleras tenéis el acceso a los calabozos— el hombre levantó la voz para gritar por encima de su hombro— ¡Soldado! Han llegado los reclutas.

Un guardia apareció desde una de las puertas enrejadas que había bajo la escalera, invisibles hasta ese momento. Los condujo por una estrecha escalera de caracol de piedra, húmeda y mal conservada.

El regusto metálico en el ambiente ya no dejaba dudas de que el olor era sangre seca.

El suelo estaba cubierto por una capa de serrín oscuro que crujía bajo sus botas. Desde abajo llegaron sollozos apagados que resonaban contra la piedra.

Kimbra sintió cómo se le tensaban los hombros.

Al final de la escalera, dos guardias jugaban a las cartas bajo la luz temblorosa de una antorcha. Tras ellos, un enorme portón de barrotes dominaba la estancia.

—Por fin —dijo uno levantándose—. Venga, espabilad, que me quiero ir a desayunar.

Mientras el otro recogía monedas con mala cara, el guardia explicó sin interés:

—Vigilancia. Paseos por el pasillo. No habléis con los prisioneros. Fácil.

El soldado cerró el gran portón tras ellos y echó la llave, antes de que ninguno pudiese decir nada desaparecieron por las escaleras.

Hiretxo fue el primero en salir de su estupor y tiró del portón.

—Nos han encerrado… ¿Y si pasa algo? ¿Y si hay una emergencia?

Lorrain resopló molesta.

—La única emergencia va a ser cuando tengan que sacarte por piezas si sigues diciendo tonterías. Venga, a trabajar.

El calabozo era enorme, un laberinto de pasillos principales del que nacían otros secundarios sin conexión entre sí.

Uno de ellos estaba vigilado por dos guardias aburridos, sentados sobre desvencijadas sillas. Estos les dijeron que en un par de horas volverían los relevos del desayuno y podrían salir a tomar el aire.

Antes de que se fueran, uno de los soldado les indicó una mesa, pegada a la pared de la entrada, donde había varios papeles atados con una cuerda roñosa y un tintero medio seco.

—Antes de patrullar, revisad esto. Son las fichas de los detenidos de vuestro sector. Si falta alguno o hay problemas, sois responsables de ello —dijo con desgana—. Firmáis al final del turno.

Lorrain fue la primera en acercarse. Tomó los papeles con naturalidad, como si aquello fuese exactamente el tipo de tarea a la que estaba acostumbrada.

—Hiretxo, conmigo. Miguel, comprueba números de celdas. Kimbra… —la miró apenas un segundo— revisa las fichas conmigo.

No era una sugerencia.

Desató la cuerda y extendió los documentos sobre la mesa, la cual estaba cubierta por una fina y desagradable capa pegajosa que prefirió no saber de que era.

Le entregó uno de los papeles a Miguel y este se marchó a hacer la comprobación.

—Vamos a hacerlo rápido.

Hiretxo se inclinó también, algo más dubitativo.

—¿Tenemos que leer todo?

—Tenemos que saber a quién vigilamos —respondió Lorrain sin mirarlo—. ¿O prefieres que te claven un cuchillo sin saber quién lo lleva?

El chico prefirió no contestar.

Lorrain tomó la primera ficha.

—Hombre, cuarenta años. Robo de herramientas, reincidente. Nada interesante.

La dejó a un lado.

Siguiente.

—Mujer, acusada de ocultar grano sin declarar. Posible colaboración con mercado negro. —Hizo un leve gesto de desdén—. Aburrido.

Kimbra observaba en silencio, leyendo por encima del hombro. Aquellas vidas estaban resumidas en dos líneas torcidas.

Siguiente.

—Anciano. Sospechoso de difundir panfletos contra el Imperio.

Hiretxo frunció el ceño.

—¿Panfletos?

—Seguro que propaganda rebelde —respondió su compañera—. Si los jueces lo confirman, no saldrá de aquí.

Pasó la hoja.

Entonces apareció otra ficha más gruesa.

Lorrain arqueó una ceja.

—Grupo familiar.

La dejó en el centro de la mesa y empezó a leer en voz alta hinchada de interés.

—Padre, madre, dos hijas, un hijo menor y un bebé. Detenidos por robo reiterado de suministros, evasión de control de tránsito entre ciudades y sospecha de colaborar con redes itinerantes.

Sintió algo tensarse dentro de ella.

Un bebé.

Hiretxo se inclinó más.

—¿Redes itinerantes?

—Gente que se mueve constantemente para evitar control imperial —explicó Lorrain—. A veces transportan mensajes, armas o desertores.

Kimbra bajó la vista hacia la ficha.

Había una anotación extra, escrita con tinta distinta.

“Confiscados mapas de rutas secundarias. Posible conocimiento de accesos no registrados.”

Eso no sonaba a simples ladrones.

—¿Crees que son Disidentes? —preguntó Hiretxo.

Lorrain se encogió de hombros.

—No importa lo que yo crea.

Kimbra siguió leyendo.

“Niño varón: diez años...”

Notó cómo su mirada se espesaba siguiendo esa línea.

Lorrain ya había pasado a la siguiente página.

—Si se confirma colaboración con rebeldes, los padres serán ejecutados, seguro. Las hijas dependerá de edad útil.

Hiretxo tragó saliva.

—¿Y los pequeños?

La chica lo miró por primera vez con algo parecido a impaciencia.

—Depende. Si tienen modales pueden pasar a las buenas familias interesadas. Si no, orfanatos. Si están implicados… ya sabes.

Ninguno respondió.

Lorrain terminó de leer los últimos informes, recogió las fichas y volvió a atarlas.

—Bien. Ya sabemos qué tenemos entre manos. No son campesinos hambrientos, son posibles colaboradores de los Disidentes.No os dejéis engañar.

Miró a los dos.

—No vigilamos inocentes. Recordadlo.