CAP 2 #3
El mensaje quedó igual de claro.
Volvió despacio hacia su grupo, consciente de los ojos clavados en ella. No hacían falta palabras. Las miradas de todos las sentía en la espalda, persistentes.
Garrick la observó con los brazos cruzados. La expresión seguía intacta, fría e impasible, pero algo en sus ojos traicionó la emoción que se empeñaba en contener. Se pasó la lengua por los labios antes de hablar.
—¿Sabes por qué perdimos?
Kimbra no respondió.
El hombre dio un par de pasos hacia ella, lo justo para entrar en su espacio sin invadirlo del todo.
—Porque luchaste sola.
No lo dijo muy alto, pero las palabras parecieron expandirse por el patio como una mancha en un mantel blanco.
Un recluta carraspeó al fondo. Alguien desplazó el peso sobre la arena. El resto siguió inmóvil.
—Un soldado que actúa por su cuenta no es un héroe —añadió—. Es un imprudente.
No fue un reproche personal. Era una norma. Como algo que el Imperio repetía desde antes de que cualquiera de ellos hubiese nacido. Un mantra bien aprendido.
Kimbra sostuvo su mirada.
No discutió.
Sabía que su instructor tenía razón.
Pero también sabía que, si hubiese estado en la Arena, habría hecho exactamente lo mismo.
La sala de instrucción tenía un aroma que se pegaba a la piel y a la garganta, olía a tela húmeda y polvo.Los bancos crujían bajo el peso de los reclutas, demasiado agotados para mover incluso la lengua. Hasta los del grupo de Edduardo, siempre bulliciosos, parecían ahogados por el cansancio.
El capitán Faldren no levantó la voz cuando entró, pero su presencia llenó la estancia con facilidad.
—Dentro de estas paredes no vais a aprender a luchar —dijo—. Voy a enseñaros por qué lucháis.
No caminaba como Garrick, contenido en cada paso. Faldren se movía con desparpajo, la sala era suya y cada silencio le pertenecía.
Los reclutas lo notaron de inmediato; un hormigueo de respeto recorrió los bancos, mientras las palabras del capitán iluminaban la sala.
—El Imperio no necesita héroes. Necesita miembros de una familia.
Se detuvo junto a uno de los tapices, aun viejo conservaba sus vividos colores, donde un ejército marchaba bajo una bandera única mientras ciudades ardían al fondo.
—Antes del Imperio, cada ciudad defendía su propia ley. Cada noble su propio interés. Cada ejército su propio orgullo. —Apoyó los dedos en la tela bordada—. ¿Sabéis qué significa eso?
Nadie respondió.
—Significa que nadie protegía a los débiles. Significa que la guerra no era una excepción. Era el estado natural del mundo. Salvaje.
Kimbra escuchó, inmóvil, con los brazos tensos sobre el banco. Cada palabra de Faldren golpeaba con precisión, motivándolos y empapándolos de su pasión, pero en ella no terminó de calar.
Pero entendía por qué en otros sí lo hacían..
—Aquí no os entrenamos para ganar gloria personal. —dijo Aldren, con calma—. Os entrenamos para relevar al anterior. Que su lucha sea la tuya. Porque cuando un soldado cae, el Imperio no puede caer con él.
Un murmullo leve recorrió la sala.
—La fuerza del Imperio no está en los individuos. Está en el conjunto. Juntos, somos el todo.
Eso caló muy bien.
Kimbra sintió cómo la idea se asentaba en su estómago, un peso más concreto que cualquier golpe recibido ese día. No importaba lo que hubiera sobrevivido. No importaba lo que pudiera hacer.
“Relevar al anterior” repetía su mente. Eso no le traía seguridad; le recordaba que para ellos, ella, y todos, eran prescindibles.
Cuando la instrucción terminó, los reclutas salieron en silencio. Nadie discutía. Nadie parecía tener energía para cuestionar nada.
Kimbra se quedó un instante más sentada, observando el tapiz que reinaba en el aula. Ahora, sin la luz y la emoción de las palabras del capitán, los colores no le parecieron tan vibrantes.
Un ejército idéntico.
Una bandera de un rojo coagulado.
Cuerpos intercambiables.
Sí, la Arena había sido brutal. Pero al menos allí cada combate era personal.
Aquí no.
El patio estaba casi vacío ya. Solo algunos instructores hablaban en voz baja al fondo. Garrick estaba junto a la empalizada, revisando una tabla de entrenamiento.
Supo que Kimbra se acercaba antes de que hablara.
—¿Vas a disculparte? —preguntó sin mirarla.
Ella negó con la cabeza.
—No.
Él asintió, era la respuesta correcta para él.
—Bien.
Las palabras tardaron un poco más de lo normal en salir.
—Lo que hiciste hoy… —continuó—. No fue estúpido.
Kimbra arrugó ligeramente el entrecejo.
—Pero en el ejército —añadió él—, el valor individual no siempre es útil.
Se giró por fin hacia ella.
Sus ojos la miraron con cansancio. Eran los de alguien que había aprendido esa lección de la peor forma posible.
—Voy a decirte algo que no repetiré —dijo en voz baja—. Si sigues luchando como en la Arena, no te expulsarán.
Kimbra sostuvo su mirada sin entender.
—Te asignarán a un lugar donde eso sea valioso. Y créeme —añadió—, no quieres ser valiosa para el Imperio de esa manera.
Ella lo entendió sin que necesitara explicarlo:
El problema no era fallar, era destacar por las razones equivocadas.