Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 2 #2
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CAP 2 #2

La voz llegó desde el lateral del campo, acompañada de pasos sobre la grava.

Otro instructor avanzó hacia ellos. Era más joven que Garrick, pero había en su postura una seguridad distinta, casi elegante. Sonreía con una confianza arrogante.

Su mirada pasó por los reclutas… y se detuvo en Kimbra.

—Esperaba a alguien más impresionante.

Un par de risas nerviosas surgieron del otro grupo, formado con una precisión que contrastaba con la desorganización de parte del suyo. Incluso los novatos del otro instructor parecían mucho más expertos que ellos.

Garrick no reaccionó de inmediato. Solo giró la cabeza.

—¿Necesitas algo, Edduardo?

Su tono fue neutral.

Artificialmente neutral.

Este dio un par de pasos más, acercándose lo justo para volver privada la conversación sin que dejara de ser oficial.

—Solo quería comprobar si los rumores eran ciertos. —Señaló a Kimbra con un leve gesto de barbilla—. La Arena hace mucho que no envía regalos al ejército.

—No es un regalo —respondió Garrick—. Es un recluta.

—Eso está por ver.

Hubo un silencio breve, tenso de una forma que Kimbra no terminó de entender. No era simple rivalidad. Había algo más antiguo, más personal, escondido bajo palabras cuidadosamente elegidas.

Algo que no tenía nada que ver con los reclutas.

Edduardo apartó la mirada primero.

—Mis reclutas están haciendo ejercicios de combate. —Volvió a sonreír—. Quizá alguno quiera comprobar si la fama está justificada.

Garrick no contestó enseguida.

Miró a Kimbra por encima del hombro.

—¿Puedes manejarlo?

Ella asintió.

—Sí.

El espacio se despejó con rapidez. Siempre había un círculo invisible dispuesto para la violencia.

El recluta del grupo de Edduardo que dio un paso al frente era más alto, más ancho y confiado. No dijo nada. No hubo presentación.

Atacó primero.

Rápido, directo, seguro de que la fuerza bastaría.

El recluta cargaba con la seguridad de quien ha ganado todos sus enfrentamientos.

Eso lo hacía predecible.

Kimbra dejó que la distancia se cerrara. Esperó al momento exacto en que el impulso del golpe la embestiría, giró y lo desequilibró.

Su mano atrapó su muñeca. Su peso cambió. El movimiento fue casi automático, aprendido en un lugar que fallar significaba morir.

El recluta cayó al suelo con un golpe seco.

Silencio.

Dio un paso atrás, respirando con cuidado para que el dolor del costado no llegara a su rostro.

Había durado apenas unos segundos.

Garrick no sonrió, pero dejó de tensar los hombros.

—Bueno —dijo finalmente Edduardo—. Supongo que sabe pelear.

Sus ojos, aburridos, miraron a su recluta levantarse rechazando airoso la ayuda de sus compañeros.

—Las guerras no se ganan con enfrentamientos tontos.

Su mirada se cruzó un instante con la de Garrick antes de girarse.

—Vamos a comprobar si tiene lo que de verdad necesitamos.

El comentario no fue dirigido a Kimbra.

Dividieron el campo en dos zonas con estandartes clavados en la tierra. El objetivo era simple: proteger el propio, capturar el del rival. La distancia entre ambos estandartes no era grande, pero el terreno abierto hacía que cualquier movimiento destacara de inmediato.

Kimbra fue asignada al flanco izquierdo.

—Mantén la posición —ordenó su instructor—. Pase lo que pase.

Ella asintió.

Cuando les indicaron posiciones, el ruido del patio se redujo hasta quedar en un murmullo ligero.

No miró a los instructores, su preocupación no estaba ahí. Su atención debía estar puesta en los otros reclutas.

Uno cambiaba el peso de un pie a otro con impaciencia.

Otro apretaba demasiado un arma de entrenamiento.

Un tercero evitaba cruzar la mirada con cualquiera.

Comprendió al instante que ninguno luchaba como alguien que ya hubiese peleado de verdad, eran novicios que intentaban no fallar, que buscaban superar su primera prueba con éxito.

La señal llegó sin ceremonia.

El primer movimiento fue torpe.

Uno de los reclutas se lanzó demasiado pronto y dejó su costado abierto. Otro dudó medio instante antes de responder.

Kimbra se quedó relegada a un segundo plano, observando.

En la Arena, esos momentos de duda, podían llevarte a la muerte. Aquí, como mucho, significarían su expulsión.

El combate se cerró a su alrededor más rápido de lo esperado. Un golpe despistado impactó cerca de su hombro y tuvo que retroceder un paso para evitarlo.

Demasiado cerca.

Demasiado rápido.

Ahora sí se movió. Desvió un ataque con el mínimo gesto necesario y giró el cuerpo para salir del centro del enfrentamiento.

Uno de los reclutas volvió a por ella, esta vez con más decisión. Su postura era brusca, el golpe demasiado amplio, pero llevaba el impulso necesario para obligarla a reaccionar en serio.

Midió la distancia, el peso del rival y el margen que tenía antes de que el costado volviera a protestar.

Interceptó el golpe, redirigió el peso y lo obligó a perder equilibrio sin hacerlo caer de inmediato. El recluta retrocedió dos pasos, sorprendido, antes de recuperar la postura.

No hubo un enfrentamiento real.

Pero tampoco hubo duda sobre quién había controlado el intercambio.

Un murmullo leve recorrió la línea de observadores.

Ahora sí la estaban evaluando.

Otro ataque llegó por su flanco. Esta vez más rápido, más limpio. Alguien buscaba su costado sin dudar. Pero apenas le hizo falta intervenir, pues un compañero detuvo el golpe y fácilmente entre los dos lo rechazaron.

El otro recluta le lanzó una mirada rápida, más sorprendido por su colaboración que por el resultado, antes de volver al frente.

El instructor más cercano observó la escena con los brazos cruzados, sin intervenir, como si fuera exactamente lo que esperaba ver.

Sintió entonces la mirada de Garrick, no necesitó buscarlo para saber que estaba allí.

Entonces vio el error.

Uno de los reclutas del centro dudó un segundo. Solo uno. Pero Kimbra reconoció ese instante. En la Arena, esos instantes vacilaban entre la vida y la muerte.

Si avanzaba ahora, podía romper la línea rival.

Si avanzaba ahora, podían ganar.

Durante un latido dudó.

Solo uno.

No esperó la orden, Garrick le estaba mirando y estaba envalentonada por los éxitos conseguidos hasta ahora.

Salió de la formación.

El movimiento funcionó durante un instante… tal vez un poco más.

Luego el flanco que dejó atrás se abrió de par en par.

La infiltración fue limpia. Rápida y calculada.

Cuando Kimbra se giró, el estandarte de su grupo ya estaba en manos del enemigo. Lo levantaron para que todos lo vieran.

Sonó el cuerno.

A su alrededor el silencio fue peor que cualquier reprimenda.

El movimiento en el patio no se disolvió de inmediato cuando terminó la prueba.

Los reclutas no regresaron al ruido normal. Permanecieron un instante en ese mutismo incómodo que aparece cuando todos han visto lo mismo pero nadie quiere comentarlo primero.

El viento arrastró un poco de arena entre las líneas blancas del suelo.

Soltó lentamente el aire que había contenido. Sólo entonces notó el pulso todavía acelerado en el costado, que aunque no dolía, su calor se sumaba al de su vergüenza.

Un recluta pasó junto a ella sin decir nada, aunque su expresión había cambiado. Ya no era indiferencia. Era reproche.

Otro, más joven, se acercó medio paso. Sus labios se entreabrieron… pero cambió de idea antes de emitir sonido alguno y siguió caminando.