CAP 2
El estruendo no fue lo que despertó a Kimbra.
Fue el dolor.
Una punzada seca le atravesó el costado antes incluso de abrir los ojos, iluminando todo con destellos punzantes.
Inspiró con cuidado.
Un tirón involuntario le tensó los dedos contra el jergón antes de poder controlarlo.
Su cuerpo reaccionaba antes que su cabeza, esperando que cualquier despertar le llevara de nuevo a la Arena.
El aire del barracón olía a sudor, jergón viejo, cuero mojado y madera sin tratar.
No olía a sangre. Ni a arena caliente.
No olía a muerte.
Y aún así, durante un instante, temió volver a estar en aquellos sucios barrancones.
Cuando finalmente abrió los ojos, las maderas torcidas de la litera de arriba le recibieron con la crudeza de lo real. A su alrededor, los reclutas ya se movían con la torpeza acelerada de quien teme llegar tarde.
Botas golpeando el suelo. Hebillas cerrándose a toda prisa.
Las voces no eran alegres, eran apresuradas.
Eran cortas, concentrados en algo, nadie quería ser el primero en ser reprendido por llegar tarde.
Cerca de ella, dos reclutas hablaban en voz baja. Uno de ellos miró hacia Kimbra sin disimulo.
—Es ella, ¿no?
—Eso dicen.
—Pensaba que los de la Arena salían medio muertos.
—Eso… sí salen.
Un tercero, sentado en el borde de su camastro, soltó una risa seca.
—Al final, da igual de dónde vengas. Si fallas, la cagas.
—O peor —añadió otro—. A algunos se quedan aquí para siempre.
Nadie se atrevió a responder.
Kimbra sintió su espalda tensarse por reflejo, como si aquellas palabras pudieran convertirse en un alfiler dirigido a ella.
Notó cómo varias miradas se apartaban al mismo tiempo.
No hacía falta oírlos para entenderlo.
En el barracón parecía que ya estaban las caras echadas: quién parecía fuerte, quién parecía útil y quién sería mejor evitar.
Cerca de la puerta, un grupo hablaba con más confianza que el resto. No necesitaban levantar la voz para que los demás los tuvieran en cuenta.
Uno de ellos, alto de hombros anchos murmuró algo que hizo reír a los suyos antes de mirar hacia ella.
No sostuvo mucho tiempo la mirada. Lo justo para dejar claro que la había evaluado.
Después volvió a su conversación.
El barracón seguía lleno de ruido, pero sintió con claridad el cambio: La noticia había corrido, ya no era una desconocida.
—Hoy evalúan a los nuevos —dijo alguien cerca de la puerta—. No dejan pasar ni una.
Kimbra se incorporó despacio. El movimiento le arrancó otra punzada, más profunda esta vez. Apoyó los pies en el suelo frío y respiró hasta que el dolor dejó de escalar.
Evaluación.
No necesitaba preguntar qué implicaba eso.
Las pruebas de la Arena decidían cuánto durabas vivo, si lo hacías.
Ahí decidirían cuánto ibas a durar en tu puesto.
Se vistió en silencio, consciente de que nadie la miraba… o de que fingían no hacerlo.
El comedor era un ruido continuo de voces, bancos arrastrándose y cucharas golpeando la madera, todo ello envuelto en un banco de olores difusos.
Aun así, no todo el mundo se sentaba en cualquier parte.
Algunas mesas estaban ya ocupadas por grupos que no parecían dispuestos a compartir banco con nadie nuevo.
El ruido no ocultaba la organización. Solo la disfrazaba.
Kimbra recogió su ración sin hablar: pan, estofado y cerveza aguada.
Colocó la bandeja de forma que nadie pudiera acercarse por detrás, sin que lo viera antes, en una esquina, como si el instinto le hubiese elegido el lugar antes que la cabeza.
—Así que sí eres real.
Kimbra alzó la vista.
El hombre pelirrojo dejó caer su bandeja frente a ella sin pedir permiso. Pecas, sonrisa fácil y con mirada demasiado directa y despierta. No le dio la sensación de que hubiese burla en sus palabras, solo curiosidad.
—Or —dijo, señalándose con el pulgar—. Bueno, Orendao, pero aquí nadie usa nombres largos si puede evitarlo.
Asintió sin saber que añadir.
—Pensé que serías más… —Or dudó un segundo—. No sé. Más grande. Corpulenta más bien.
Or probó el estofado primero. No iba a dejar que la conversación le costara el desayuno.
—No tienes pinta de querer charla —dijo al fin—. Pero aquí si no hablas, hablan por ti.
Ella siguió comiendo sin levantar la vista.
—No te preocupes —añadió él—. Todos hemos oído historias. La Arena siempre deja algo en su gente.
Detuvo la cuchara a medio camino pero se negó a apartar la mirada de su comida.
—¿Historias?
Su mano apretó el cubierto.
—Dicen que los que salen de allí no encajan, salen completamente rotos. Algunos duran semanas. Otros días. —Se encogió de hombros—. Supongo que depende de sus secuelas o si saben obedecer.
No había malicia en su tono. Solo la naturalidad de quien repite algo que ya es una verdad aceptada.
—¿Te lo han dicho los instructores? —preguntó ella.
—No hace falta. —Or bajó la voz un poco—. Aquí todo el mundo sabe que te vigilan más que al resto. Garrick pidió tu informe nada más llegar.
Eso sí la hizo mirarlo.
El ruido del comedor no cambió, pero le pareció que la mesa se había quedado aislada del resto.
—¿Mi informe?
—Claro. —Mojó el pan en el estofado—. Los supervivientes de la Arena no son reclutas normales. Son… especiales.
Volvió a mirar su plato.
El estofado seguía humeando, pero al llevárselo a la boca no supo distinguir el sabor.
Garrick apareció en la puerta del comedor y el murmullo se apagó sin aviso. Era alto y corpulento, con el pelo cano recogido en una coleta baja.
No levantó la voz.
No hizo ningún gesto exagerado.
Aun así, bastó con su presencia para que las conversaciones empezaran a apagarse.
Cuando habló, no lo hizo a la totalidad del grupo.
—Kimbra.
Varias cabezas se giraron antes que ella.
Dejó la jarra sobre la mesa y se levantó. El banco raspó el suelo más de lo que habría querido. Su atención ignoró al pelirrojo que ya casi se había adjudicado los restos de su desayuno.
Garrick la observó acercarse, evaluándola sin disimulo. Sus ojos grises no eran duros exactamente. Eran… cautelosos. Como si ya hubiese visto demasiadas historias empezar igual.
—Acompáñame.
Aunque no sonó como una orden, lo sintió como tal.
La condujo fuera del comedor. El aire frío de la mañana le limpió el olor a comida y el ruido de la cabeza.
El patio no estaba vacío.
Desde las galerías superiores, varios soldados veteranos observaban el movimiento de los reclutas con una atención tranquila, casi aburrida. No hablaban entre ellos.
Uno de ellos señaló algo con dos dedos y otro asintió sin apartar la vista de los reclutas.
Un escriba se encontraba junto a una mesa baja, marcando nombres en una tablilla sin levantar la vista. Cada vez que un grupo cruzaba el patio, anotaba algo con rapidez.
No sabía qué registraba.
Pero estaba claro que no era opcional.
En una de las paredes colgaban estandartes imperiales, más grandes de lo necesario para un campo de entrenamiento. La tela pesada caía rígida, apenas movida por el viento.
Bajo uno de ellos, tres reclutas mantenían posiciones de castigo. El temblor en sus brazos delataba el esfuerzo, pero ninguno se atrevía a ceder. El instructor recorría el espacio frente a ellos sin molestarse en mirarlos.
La disciplina ya había echado raíces tiempo atrás.
El flujo de reclutas avanzó hasta detenerse en una zona marcada por líneas blancas sobre la arena. Ahí sí había instructores esperando, y la sensación no se parecía en nada a la que tenía de la Arena.
Allí el peligro fue inmediato, visible, casi íntimo. Letal.
Aquí no.
Aquí el peligro era más frío, más silencioso. Nadie tenía que intentar matarte para decidir cuánto valías.
Solo mirarte… y escribirlo.
Los demás reclutas ya se agrupaban en filas torcidas cuando llegaron junto a ellos.
Garrick no habló hasta que se detuvieron a un lado algo alejados del resto.
—Hoy no se evalúa quién sabe pelear —dijo finalmente—. Eso ya lo sabemos de ti.
Kimbra no respondió.
—Evaluamos quién puede seguir órdenes. Quién puede formar parte de un grupo.
Garrick observó las filas terminar de formarse antes de volver a mirarla. Sus ojos se clavaron en ella con una precisión que la obligó a desviar la mirada.
—No me interesa que sobreviviste en la Arena. Es hora ver qué puedes hacer después.
Por un instante, ninguno habló.
Luego añadió, en un tono más bajo:
—Si no te adaptas… el Imperio encontrará otro uso para alguien como tú.
El comentario quedó flotando entre ambos, sin explicación.
Aunque no sonó como una amenaza, constataba algo que ella ya sospechaba.
El hombre dio un paso atrás.
—Colócate con los demás.
Kimbra obedeció.
Los reclutas formaron una línea irregular sobre la tierra húmeda del patio. Algunos evitaron mirarla. Otros no disimularon su curiosidad.
Kimbra fijó la vista al frente.
Garrick caminó delante del grupo con las manos a la espalda.
—Para los nuevos —dijo—. Voy a enseñaros a escuchar. No a pelear.
Un murmullo incómodo recorrió la fila.
—Correréis cuando lo diga. Pararéis cuando lo diga. Golpearéis cuando lo diga. Si alguno decide hacerlo antes o después… todos pagarán su error.
Sintió cómo varias miradas se clavaban en ella.
La advertencia no era para todos.
—Empezamos con resistencia. Tres vueltas al circuito. Nadie se adelanta. Nadie se queda atrás.
Arrancó el grupo.
El primer tramo fue fácil.
El segundo, soportable.
En el tercero, el costado volvió a despertarse.
Cada respiración le raspaba por dentro, casi tanto como la ropa que llevaba. Cada zancada parecía tirar de cicatrices invisibles. Pero mantuvo el ritmo. No podía permitirse quedarse atrás.
Durante un instante pensó que el costado no aguantaría otra vuelta.
El impulso de reducir el ritmo fue casi más fuerte que el dolor.
Pero no lo hizo.
Uno de los reclutas tropezó delante. Kimbra alargó la mano por puro reflejo para sostenerlo, pero se contuvo antes de tocarlo. No sabía si eso contaría como romper la formación.
El chico recuperó el equilibrio solo.
Al final del día no supo si su reacción había sido prudencia… o cobardía.
Garrick los observó en todo momento desde el centro del campo, sin intervenir.
Cuando terminaron, Kimbra seguía en pie.
Dolida. Sin aire. Pero en pie.
—Así que esta es la famosa superviviente.