Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 1 #3
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CAP 1 #3

—Serás asignada a un batallón regular. Nada especial. Pero alguien observará tus decisiones, tus alianzas, tus reacciones.

—¿Y si no cumplo sus expectativas?

La Gran Oráculo le miró con calma.

—Entonces dejaremos de invertir en ti.

Ella no respondió. Tragó a duras penas, intentando remediar la sequedad que le oprimía la garganta.

—Te daré un consejo —añadió—. Prioriza, ten claras tus opciones.

La mujer hizo un gesto y Kimbra se levantó.

—Lo tendré en cuenta.

—Hazlo —dijo la Oráculo—. No me preocupa lo que eres ahora. Me preocupa lo que podrías llegar a ser. Y ese es un problema que pienso resolver antes de que crezca.

Salió de la sala con la sensación de haber sido pesada, medida… y colocada en el tablero.

El traslado a los barracones fue rápido y sin ceremonias.

Un soldado le indicó el camino con un gesto impaciente y la dejó frente a una construcción larga de piedra gris, con un techo bajo y ventanas estrechas. No tenía nada del esplendor imperial. Era funcional, casi olvidable.

Dentro, el ruido la sorprendió.

Risas. Conversaciones cruzadas. El sonido metálico de armaduras dejadas sobre bancos. Alguien discutía sobre una partida de dados. El olor a cuero, sudor y comida reciente llenaba el aire.

Kimbra dudó un instante en la entrada.

Nadie se cuadró. Nadie la miró como si fuese especial.

Solo era otra recluta más.

Un hombre joven pasó junto a ella cargando un fardo.

—Si buscas sitio, las literas libres están al fondo —dijo sin detenerse.

Avanzó despacio entre las filas de camas de madera cargando el fardo que le habían entregado.

Algunos levantaron la vista un momento, más por costumbre que por interés, y volvieron a lo suyo.

Un par de soldados discutían sobre qué escuadrón tenía peor capitán.

Otros hablaban de la comida del día con una familiaridad casi doméstica.

No parecía un lugar de guerra.

Parecía… cotidiano.

Encontró una litera vacía junto a la pared. Dejó su fardo encima sin hacer ruido.

—Nueva, ¿eh?

La voz venía de la litera de enfrente. Una mujer morena, de brazos fuertes y expresión despierta, la observaba con curiosidad.

—Sí.

—Soy Lysa.

Dudó un instante.

—Kimbra.

La mujer asintió como si no esperara nada más.

—El primer día siempre es raro. Luego te acostumbras.

—Ya...

Lysa se encogió de hombros.

—No está tan mal. Entrenas, comes, duermes. Mientras no te metas en líos, nadie se preocupa demasiado por ti.

No respondió. Aquella naturalidad la descolocó más que la hostilidad.

—¿De dónde vienes? —preguntó la mujer.

—Del norte.

—Ah. Entonces el clima aquí te parecerá una bendición.

Un grupo estalló en carcajadas al otro lado del barracón. Alguien había tirado un cubo de agua sobre otro soldado, que protestaba entre risas. La escena tenía algo casi juvenil.

Kimbra observó en silencio.

No había miedo.

No había tensión.

Solo gente intentando vivir con lo que le ofrecían o lo que tenía.

—Mañana te asignarán escuadrón, supongo —continuó Lysa—. Si tienes suerte, te tocará uno tranquilo. Si no… bueno.

—Espero tener suerte.

La chica la estudió un momento más, intentando averiguar más sin palabras, sin agresividad. Después se encogió de hombros.

—Descansa. El primer entrenamiento siempre duele más de lo que esperas.

Asintió levemente.

Cuando la mujer se tumbó, el barracón volvió a su ritmo despreocupado. Conversaciones bajas. El sonido de alguien afilando una daga. El crujido de la madera al moverse en las literas.

Por primera vez desde que había entrado en el recinto, nadie la observaba. Nadie le interrogaba. Nadie intentaba entrar en su mente.

Solo era otra soldado más en una habitación llena de desconocidos.

La conversación en el barracón fue apagándose poco a poco, como una hoguera que se queda sin leña. Las voces se transformaron en murmullos, luego en silencio interrumpido solo por respiraciones y el crujido ocasional de la madera.

Kimbra permaneció recostada en su litera.

No tenía sueño.

Puso las manos sobre su vientre acariciando el borde de su blusa. Durante un momento se permitió no pensar en nada. Solo escuchar el sonido de la habitación llena de gente que, de alguna manera, había encontrado su lugar allí.

Ella sabía que no lo haría.

El aire estaba más frío a esas horas. Se llevó una mano al cuello… y la detuvo al recordar el punto entre sus clavículas.

La marca.

Deslizó los dedos sobre la piel con cuidado, con miedo de que pudiera activarse con el gesto equivocado. Era pequeña. Casi insignificante.

Pero no lo era.

En la Arena nadie se había preocupado por ella. Allí todos estaban demasiado ocupados sobreviviendo. Pero aquí… aquello podía significar algo.

La Gran Oráculo no había mencionado nada.

Joryn había evitado tocarla por miedo.

Y no recordaba qué había pasado para conseguirla.

Apretó los dientes.

Durante un instante pensó en Alenna. En la Arena. En todo lo que había perdido. La tormenta de pensamientos y emociones la envolvió, empezando a apretar demasiado.

Si quería sobrevivir allí, no bastaba con resistir. Tenía que aprender. Aprender cómo funcionaba el Imperio.

Quién mandaba de verdad, qué secretos escondía ese lugar y como podía usarlos en su beneficio.

Cerró los ojos.

No podía permitirse confiar en nadie. Primero observaría.

Después… ya decidiría qué hacer.