CAP 1 #2
Kimbra ntentó contener la sombra de disgusto que manchó su rostro, sin conseguirlo.
La Gran Oráculo guardó silencio un momento antes de añadir:
— ¿Sabes? No suele haber muchas mujeres en la Arena.
Kimbra bajó la vista hacia su puño.
—Porqué será…
—¿Tú qué crees Kimbra?
—¿Por qué no solemos tener la voluntad necesaria?
La mujer soltó una breve risa.
—Al contrario. Las mujeres suelen ser más difíciles de capturar. Más prudentes. Más pacientes. Solo las realmente torpes acaban allí. Las demás… sobreviven en los márgenes, invisibles. Peligrosas.
Kimbra escupió las palabras de las cuales se arrepintió al instante.
—Gracias por el cumplido.
La Oráculo la miró con intensidad, pero no hubo ira en sus ojos. Había algo que no supo identificar.
—He leído tu informe —continuó—. Y he visto los recuerdos de quienes os escoltaron. Sé cómo llegaste a la Arena. La paliza que recibiste indica que nunca debiste estar allí. Fue simple azar, mala suerte.
Kimbra abrió la boca.
Pero la mujer la silenció con un gesto.
—No me interesa. Lo que quiero decir es que tu actuación en la Arena fue diferente, inesperado. —Se acercó más a la cama y acarició con desagrado las ásperas sábanas—. Es curioso… no peleabas para matar, actuabas para proteger a tus compañeros.
Apartó la mirada, incómoda.
—Vaya… gracias.
La Gran Oráculo torció la boca en un gesto de desagrado, se ajustó la estola con un movimiento secó, y taladró a la joven que palidecía ante su presencia.
—¿Gracias? Por favor, niña, no es un cumplido. Hay que ser muy imbécil e inconsciente para no preocuparte por tu propia vida en una situación de peligro.
La mujer chasqueó la lengua y se giró marchándose hacia la puerta, pero antes de salir añadió:
—Recuerda esto, Kimbra. Para el Imperio eres una herramienta. Para mí… eres una incógnita. Y las incógnitas sólo se toleran mientras resultan útiles.
Sus ojos brillaron con un destello peligroso.
—Si algún día dejo de pensar que lo eres… me aseguraré de que no quede nada sin resolver.
Y salió sin mirar atrás.
Su corazón latió con fuerza. Había entrado allí creyéndose rota, pero ahora comprendía algo peor: el Imperio no pretendía repararla.
Pretendía convertirla en algo útil.
Y si no lo lograban… la destruirían sin dudarlo.
Pasaron varios días desde la visita de la Gran Oráculo.
Kimbra permaneció en la enfermería, recuperándose con lentitud. Las heridas físicas empezaban a cerrar, pero las otras seguían abiertas, latentes.
Cada mañana los aprendices cambiaban sus vendas en silencio, con la eficiencia mecánica que el entrenamiento les había inculcado. Sin embargo, había alguien que siempre se detenía a hablar con ella: Joryn, el sanador principal.
Era un hombre de mediana edad, con el cabello castaño salpicado de hebras plateadas y una sonrisa fácil que contrastaba con la rigidez del resto del recinto. Su actitud despreocupada era un respiro, una brisa fresca entre las paredes de ese horno.
Ese día, por primera vez, la atendería él.
—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó mientras dejaba un frasco sobre la mesa.
—Mejor —respondió, sin levantar demasiado la vista.
Joryn asintió y comenzó a revisar las heridas de su costado con manos hábiles.
—Sanando rápido. Me gusta verlo, aunque no me sorprende… —esbozó media sonrisa—. Tienes pinta de ser de las que no se rinden, ni cuando deberían.
Kimbra no pudo evitar una pequeña mueca, que casi fue una sonrisa.
—Esos chalecos que os dieron… —murmuró él mientras examinaba una cicatriz con desaprobación—. Mal diseñados por dentro. Casi te destrozan las costillas.
Kimbra contuvo un quejido ante algo que hizo el hombre.
Joryn se inclinó un poco más para comprobar otra venda… y entonces se detuvo.
Su mano quedó suspendida en el aire.
—¿Qué…? —Empezó a preguntar.
El sanador no respondió de inmediato. Observaba el hueco entre sus clavículas.
El hombre apartó con cuidado la tela de su camisón para ver mejor la base de su cuello.
El punto rojo era pequeño, casi discreto, pero imposible de ignorar.
—Vaya…
Sintió un leve nudo en el estómago.
—Lo sé.
Joryn la miró y midió sus palabras antes de hablar.
—¿Sabes todo lo que implica?
Ella negó con la cabeza.
El sanador exhaló despacio, mirando incómodo hacia otro lado.
—La marca de intervención de sangre… —murmuró—. No es algo que se vea todos los días.
Kimbra se tensó.
—¿Tan malo es?
—No necesariamente. Pero sí… delicado.
—¿Eso qué significa?
La seriedad ajustó los rasgos del sanador antes de contestar, borrando la jovialidad que había tenido hasta ahora.
—Me temo que no puedo sanarte con mi don. Habrá que dar un rodeo. Intervenir ungüentos y lociones me temo.
—No recuerdo cuándo pasó.
Joryn hizo un leve asentimiento y volvió a su trabajo, pero su voz ya no fue tan despreocupada.
—De todos modos, sigues sanando bien. Eso es lo importante.
Un breve vacío llenó la sala antes de que él retomara la conversación.
—¿Sabes? —continuó el hombre con una voz algo más ligera—. Llevo más de diez años aquí. Vine como tú, pero bajo circunstancias menos... accidentadas.
Kimbra levantó la mirada, intrigada.
—¿Por qué te quedaste?
Joryn se encogió de hombros mientras cerraba un frasco.
—Aquí tengo un techo, trabajo, comida… y tiempo para leer. No parece gran cosa, pero cuando vienes de donde yo venía, lo agradeces.
Esbozó una ligera sonrisa.
—La biblioteca es enorme. Ni siquiera los oficiales la han leído entera.
Kimbra estrechó los ojos.
Escéptica.
—¿Y eso te basta?
Él rió entre dientes, ligero, mientras sus manos trabajaban en uno de sus mejunjes.
—Es bastante más de lo que tenía antes. —Le miró con calma—. No todo el mundo necesita cambiar el mundo. Algunos solo queremos vivir tranquilos.
Ella no respondió de inmediato, bajó la vista a sus manos.
—¿Y si yo no puedo?
El sanador tardó un momento en responder.
—Entonces lo tendrás más difícil. —la preocupación sincera borró la sospecha de un posible reproche—. Pero no debería ser algo de lo que preocuparse por el momento.
—No creo que encuentre mi lugar aquí…
Joryn miró con pena a la chica, terminó su tarea, se puso de pie, y se limpió las manos de los restos de los ungüentos en la bata.
—No tienes que decidir todo ahora, Kimbra. Sana primero, luego... Descubre qué es lo que realmente quieres.
Terminó de ajustar una venda de forma distraída.
—Descansa. Mañana volveré a ver cómo sigues.
Le dedicó una sonrisa tranquila antes de salir.
Se quedó sola, notando todavía el peso invisible de la marca sobre su pecho.
Mientras observaba la puerta cerrarse dejó que su cabeza se hundiera contra la almohada, sintiendo el leve dolor de las cicatrices y quemaduras al tensarse, recordándole decisiones que no habría querido tomar
¿Valía la pena sacrificar libertad por paz?
La pregunta flotaba en su mente. Orden, disciplina… Para quienes seguían las reglas, el Imperio parecía un refugio.
Pero ¿a qué costo?
La voz de la Gran Oráculo volvió, susurrante: “El Emperador ha decidido que vale la pena que seas moldeada.”
Incluso Joryn parecía… pulido, cómodo…
Levantó la mano, observando sus cicatrices. Cada marca era un recuerdo, un recordatorio de la Arena, de Alenna, de todo lo que había perdido y amado. Un aguijón de rabia y dolor punzó en su pecho.
—¿Estoy traicionándote? —murmuró.
Las vidas desechables, el entretenimiento, el poder por encima de todo… eso era la Arena.
Y luego Joryn, era realmente feliz.
La escama que aún conservaba se estrelló contra una pared quedando olvidada en una esquina.
¿Era posible? ¿O el hombre solo se engañaba a sí mismo?
Respiró hondo. La vorágine en su cabeza no cedía, pero su cuerpo pedía parar. Tal vez no era momento de decidir. Primero sanar.
Luego… ya empezaría a buscar respuestas.
Pasaron los días y Kimbra fue escoltada desde la enfermería por dos guardias. Sus pasos resonaron con fuerza en los corredores, pero ella apenas los escuchó. En ese tiempo había aprendido que, dentro del recinto Imperial, parecer dócil era a menudo la mejor defensa.
La llevaron a una cámara alta y circular, con tapices que abrazaban a los visitantes con historias de glorias pasadas. En el centro, un trono de piedra negra dominaba la sala.
La Gran Oráculo estaba sentada en él.
Sus ojos siguieron cada movimiento mientras la joven entraba.
—Kimbra de la Arena, bienvenida —dijo llena de sorna resonó con una calma que solo aumentó la tensión en el aire—. Toma asiento.
Frente al trono, una silla sencilla palidecía ante su competencia. Kimbra se sentó con lentitud, manteniendo la espalda recta, sintiendo la presión invisible de la mirada de la mujer.
—Has estado aquí más de una semana —dijo acomodándose en su trono—. Tu cuerpo mejora. Me interesa saber si tu mente lo hace también.
La chica intentó no removerse en su silla.
—Estoy lo bastante bien como para servir.
Una leve sonrisa apareció en los labios de la mujer.
—Una respuesta útil… y completamente vacía. ¿Qué sientes?
La quietud se prolongó más de lo esperado.
—No estoy aquí para hablar de emociones.
La Gran Oráculo dejó escapar una risa baja, un sonido que parecía más un eco frío que una expresión de alegría.
—Ah, pero yo sí. El Emperador quiere soldados obedientes. Yo necesito entender qué clase de arma tenemos entre manos.
Se levantó y descendió con calma. Caminó alrededor de Kimbra con paso lento, estudiando. Sintió su caricia, pero sus manos no estaban cerca.
—Hay algo en ti que no encaja. Un vacío donde debería haber huellas. Un silencio en tu mente donde debería haber ruido.
Kimbra mantuvo la mirada al frente.
—Tal vez no haya nada.
La mujer se inclinó con suavidad hacia ella.
—No. Hay algo. Lo sé.
Se tensó, pero no contestó.
—Y...
Ese fue el primer momento en que la voz de la Oráculo sonó con auténtico interés.
—Es claramente poco frecuente, una anomalía.
Kimbra tragó saliva.
—¿Y qué significa eso?
La Gran Oráculo volvió al trono.
—Significa que eres un riesgo. Y también una inversión.
“Inversión”... Odió esa palabra nada más oírla.
La mujer apoyó los dedos en el brazo del trono.