Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2)
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CAP 1
El mundo a su alrededor no era más que sacudidas, sombras… destellos de luz que le atravesaban los párpados cerrados. Cada giro de las ruedas hacía temblar el carro y le arrancaba un dolor sordo del costado. Sabía que estaba viva, pero la sensación no tenía nada de consuelo.
El hedor a sangre seca y metal oxidado impregnaba todo a su alrededor.
Kimbra apenas podía abrir los ojos. Lo poco que alcanzaba a ver se mezclaba con las voces de los soldados que marchaban junto al carro, figuras borrosas cuyos murmullos le llegaban desde muy lejos.
—¿Qué sentido tiene salvarla? —murmuró una voz masculina sin molestarse en ocultar su desdén.
—Por lo que he oído, tiene el cariño del público, y el Emperador ha decidido que es necesario meterla en el servicio, para dar buena imagen y eso. Ya veremos si resulta útil —respondió otra, con un suspiro impaciente.
Sus manos intentaron moverse, pero el peso de las heridas las mantuvo inmóviles.
El carro avanzaba por un terreno irregular; cada bache le atravesaba el costado como una cuchillada.
Por un instante, el sol se coló por la lona del techo e iluminó su rostro cubierto de sudor y sangre seca. Apretó los ojos, incapaz de soportar la luz incluso con los ojos cerrados.
El estruendo de la Arena regresó entonces, sin aviso.
Gritos, aplausos, el pulso de los tambores. Un cuerpo cayó en sus brazos…
La daga de Soren atravesando a Alenna.
Podía sentir el peso de su amiga y como ambas caían al suelo. Alzaba su escudo para protegerla, pero ya era tarde.
El rugido de una bestia descomunal.
Las lágrimas empezaron a correr por su rostro reavivando de nuevo la sangre y la suciedad ya secas de sus mejillas.
El carro se detuvo con un crujido seco. El movimiento la lanzó hacia un lado y le arrancó un gemido ahogado. No sabía si el dolor que sentía era físico o si ambos, el del cuerpo y el de la memoria, ya eran imposibles de separar.
Unos pasos firmes resonaron cerca y una figura oscura apareció junto al carro levantando la lona con brusquedad. La luz golpeó con tal intensidad que tuvo que cerrar los ojos de nuevo, aunque alcanzó a ver el destello de una armadura.
—Llegamos al Recinto Imperial. Prepárate para presentarte ante el general —dijo una voz dura y sin compasión.
La sujetaron con fuerza por los brazos y tiraron de ella como si fuera un saco de harina. Intentó resistirse, pero su cuerpo no le respondió.
Había pasado toda la noche en un calabozo sin ninguna comodidad, después de la experiencia más dolorosa de su vida.
Las piernas flaquearon cuando la obligaron a ponerse en pie; apenas podía mantenerse erguida. Sus pensamientos rugían en sus oídos, en una mezcla de dolor y humillación que hizo que recordara lo indefensa que estaba.
Levantó la vista y su entorno comenzó a definirse.
Frente a ella, aún lejos de su alcance, se alzaba el Palacio Imperial, un coloso de mármol blanco que reinaba el cielo mismo.
Más cerca, unas columnas gigantes esculpidas con criaturas fantásticas y héroes olvidados proyectaban sombras en su custodia de la explanada, donde decenas de carruajes militares y algunas elegantes monturas descansaban tranquilas.
Parpadeó, tratando de enfocar, mientras los soldados la condujeron a través de los portones de un edificio lateral. El sonido de las botas resonó en los pasillos de piedra, amplificado por las paredes adornadas con frescos que narraban las glorias del Imperio.
Ella no pudo ver belleza en ello, solo propaganda: batallas ganadas, enemigos sometidos, un Emperador siempre victorioso...
—Quédate aquí —ordenó el guardia.
Fue empujada contra una pared fría, donde casi se derrumbó.
Respiró hondo, intentando ordenar sus pensamientos, pero la rigidez del lugar no hacía más que intensificar su sensación de ahogo.
Sus ojos buscaron algo, cualquier cosa que le recordara que aún podía decidir algo, que no estaba completamente atrapada por aquel monstruo que era el Imperio.
Apretó los puños y notó algo duro en la mano.
Cuando miró, descubrió una de las escamas del chaleco que les habían entregado en la Arena. El chaleco que llevaba, el que debía haberles salvado la vida a todos… pero del grupo solo Rax y ella habían sobrevivido.
Una escama que no había impedido la muerte de Alenna.
Su respiración se volvió errática, las lágrimas en sus ojos miraban al abismo con ganas de lanzarse, pero las obligó a retroceder apoyando la cabeza contra la pared.
Su cabeza volvía una y otra vez a la Arena, a los gritos de su amiga, a las miradas cargadas de odio de quienes se habían convertido en enemigos.
Cerró los ojos con fuerza, intentando apartar esas imágenes, pero solo consiguió revivirlas con más intensidad.
Sentía la escama en la mano y quería romperla, hacerla añicos…
Pero sabía que aunque hubiese querido, no habría podido.
—Kimbra de la Arena —resonó una voz autoritaria en el corredor.
Levantó la cabeza, enfrentándose al hombre que se presentaba frente a ella. Vestía impecable con el emblema del imperio grabado en el pecho. Su rostro era una máscara de severidad.
—A partir de este momento, tu vida pertenece al Imperio. ¿Entendido?
Kimbra no respondió enseguida.
La mandíbula se le tensó mientras las palabras se asentaban en su mente. Algo en su interior luchaba contra el peso de aquella declaración, pero estaba demasiado agotada, demasiado rota, para hacer poco más que un leve asentimiento.
—¿No lo ha hecho siempre?
El general torció el gesto.
No pareció complacido por la respuesta, pero continuó hablando. Desgranó las reglas y los horarios del entrenamiento con voz rígida, como si recitara un edicto más que conversara con una persona.
A cada palabra, sintió que la distancia entre ella y su antigua vida, fuera cual fuese, se alargaba, separándose de todo lo que necesitaba recordar… y de aquello que aún debía descubrir.
Finalmente la llevaron a la enfermería, un cuarto amplio iluminado por la luz natural que se filtraba a través de ventanas estrechas con rejas de hierro.
El aire olía a desinfectante y cera quemada.
Camillas simples se alineaban contra las paredes, mientras sanadores y aprendices se movían en silencio, ordenando frascos y ungüentos.
Fue dejada sobre una de las camillas sin ceremonia.
Su cuerpo apenas resistió el contacto con la tela áspera.
Cerró los ojos cuando unas manos comenzaron a examinar sus heridas con fría profesionalidad.
Sintió el frescor de un ungüento en el costado y trató de concentrarse en esa sensación, intentando convencerse de que la Arena había quedado atrás.
Pero no lo había hecho.
Unos pasos firmes resonaron en el suelo de piedra, distintos del movimiento ligero de los sanadores. El murmullo cesó de inmediato.
Kimbra abrió los ojos.
La Gran Oráculo.
Hermosa e imponente entró como una divinidad en una pocilga de cerdos.
Vestía una túnica blanca que parecía emitir su propia luz, bordada con hilos dorados que centelleaban al moverse. Gasas finas envolvían su cabeza y flotaban etéreas tras ella, coronadas por una diadema de rubíes.
Sus ojos, rojos y fríos, parecían capaces de atravesarlo todo por encima de su pesada estola de zorro rojo.
—Dejadnos.
La orden fue suave, pero no admitió réplica. Sanadores y aprendices se apresuraron a salir. La puerta se cerró con un golpe sordo y el aire mismo se espesó expectante a su alrededor.
—Kimbra de la Arena —dijo la mujer, avanzando despacio hasta la camilla. Sus ojos no vacilaron en su escrutinio en ningún momento—. Suena pretencioso, ¿no crees?
—No lo elegí yo —murmuró—. Supongo que sobrevivir es suficiente para ganarse un apellido.
La Gran Oráculo hizo una leve inclinación de cabeza.
—Sí. Sobreviviste. El Imperio valora esa cualidad por encima de muchas otras. Sobrevivir exige fuerza… y también decisiones cuestionables. —Hizo una breve pausa—. No siempre es un acto noble.
Se mantuvo en silencio sin saber qué responder.
—Se lo de Thaxis y el otro.
No pudo contenerse y alzó la vista, alarmada.
La Oráculo torció la comisura con una leve sonrisa, el suave pelo de zorro acarició la pálida clavícula de la mujer cuando esta se ajustó la estola, orgullosa por su pequeña victoria.
—No era apropiado discutirlo en el palco. Pero es un asunto que estudiaré con detenimiento. El Emperador cree que Raxkgor podría ser un problema. Yo no estoy tan segura de eso.
—¿Con qué?
—El problema no es él —interrumpió—. El problema es el otro.
Entrecerró los ojos, tratando de encontrarle sentido.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó, más firme esta vez.
Un dolor súbito le atravesó la cabeza como un cuchillo. Se llevó las manos a las sienes, ahogando un gemido.
—Háblame con respeto.
Intentó resistirse, apretó los dientes, si hubiese tenido las uñas intactas se las habría hundido en el cráneo para aliviar el dolor, para que ella saliera de su cabeza, pero el ataque se intensificó hasta nublarle la vista.
—P… perdón… mi señora… ¿Qué desea de mí?
El dolor desapareció al instante. El regocijo de la mujer iluminó su rostro con una ligera sonrisa.
—Mucho mejor.
Se inclinó un poco hacia ella.
—No se trata de lo que yo quiera. Se trata de lo que eres. El Emperador ha decidido que vale la pena que seas moldeada… —Sus ojos acariciaron los restos del dolor en el rostro de la chica—. Yo aún no lo tengo claro.
Kimbra cerró los puños. La escama del chaleco se clavó en su palma y se aferró a esa punzada para no perder el control.
—Porque soy útil —dijo con amargura.
La mujer asintió lentamente.
—Útil… sí. —La observó como si examinara una pieza defectuosa—. Pero también imprevisible. Y lo imprevisible es lo que más inquieta a un imperio.
Kimbra sostuvo su mirada.
—¿Qué es lo que cree que haré?
La Gran Oráculo relajó sus hombros, los movimientos de sus manos se volvieron fluidos y tranquilos acariciando el suave pelaje de su estola, el vaivén de sus dedos dibujó una imagen escalofriante en la imaginación de de la joven.
—Eso depende de ti. Tu voluntad y tu lealtad serán puestas a prueba muchas veces. Algunos se quiebran. Otros se endurecen…