CAP 20
El eco de los pasos resonaron por los pasillos del Crisol, cada golpe contra el suelo de piedra era un susurro que vaticinaba lo que iba a pasar.
Sus piernas temblaban, y aunque los soldados que la escoltaban caminaban firmes, ella apenas podía mantenerse en pie.
El ruido lejano del público abucheando y gritando crecía con cada paso, pero Kimbra no sentía nada más que un vacío que la devoraba desde dentro.
La Arena... Su mente era un torbellino de imágenes confusas: la sangre, las bestias, los gritos.
El rostro de Alenna, su última mirada, estaría grabada a fuego en sus pensamientos para siempre, pero la culpa y el dolor que deberían acompañarla se veían ahogados por un entumecimiento causado por el dolor de su cuerpo. Todo había pasado tan rápido.
Y ahora, iba a ser juzgada.
Los soldados a su lado eran figuras silenciosas, envueltas en su propia quietud.
Parecía que ninguno se había dado cuenta de lo que acababa de pasar, como si la aparición de Sombra hubiese estado solo en su cabeza.
El brillo tenue de las antorchas parpadeaba en las paredes, proyectando siluetas danzantes que parecían burlarse de su destino.
Al frente, un portón imponente se abrió con un chirrido metálico que hizo eco en el oscuro corredor.
El ruido ensordecedor del exterior se sintió como el anuncio de una sentencia inminente.
Kimbra levantó la cabeza, sintiendo el aire cargado de la Arena y el calor sofocante del público.
El Crisol se reveló ante ella en toda su imponente magnitud.
Las gradas repletas vibraban con los gritos y abucheos de la multitud, ansiosa por ver su destino.
Pues aunque acababa de explotar parte del edificio, la mayoría no quiso irse sin ver el final.
El rugido del público era ensordecedor, la engulló como un mar furioso en plena tormenta.
Kimbra apenas podía sostener la mirada al frente, pero sus ojos fueron inevitablemente atraídos hacia la plataforma imperial, donde tres figuras dominaban la escena desde sus tronos dorados, alzados como dioses sobre la multitud.
El Emperador, con su piel roja como la sangre y su mirada afilada, observaba la Arena con una frialdad calculada.
La luz del atardecer se reflejaba en sus ojos, haciéndolos brillar como brasas encendidas.
A su lado, la Gran Oráculo se mantenía erguida y serena, aunque su presencia imponía una presión que Kimbra podía sentir desde donde estaba.
La mujer, con su vestido blanco flotante, no apartó los ojos de ella, ojos que brillaban con una intensidad que helaba la sangre.
El Gran Consejero, por otro lado, parecía más distante, distraído. Jugaba con un racimo de jugosas uvas en una mano, mordisqueándolas nerviosamente como si el juicio fuera una mera molestia en su día.
Kimbra sintió una punzada de odio, un odio que se apagó casi tan rápido como había surgido.
Cuando los soldados la llevaron al centro de la plataforma, el bullicio del público se fue apagando lentamente, hasta que el silencio cayó sobre el Crisol como una losa.
Kimbra sintió el peso de miles de miradas sobre ella, pero la más opresiva de todas era la de la Gran Oráculo.
El vacío que había sentido antes comenzó a llenarse de miedo cuando un manto de pesadez la cubrió y embotó los sentidos.
Cayó de rodillas, debilitada, cuando los soldados se retiraron, sus cuerpos desaparecieron en los confines del palco. El sonido de sus rodillas golpeando el suelo resonó como un eco apagado.
—Te presentas ante el Emperador y su corte —anunció uno de los soldados con voz fuerte y solemne, quebrando el silencio—. Responderás por lo sucedido en la Arena.
Kimbra levantó la cabeza, forzando su mirada hacia el trono del Emperador.
El aire a su alrededor parecía más denso, como si incluso la atmósfera reconociera y temblara bajo su poder.
El Emperador inclinó ligeramente la cabeza, estudiándola con una mezcla de curiosidad y desdén.
Kimbra sintió el calor abrasador de su mirada, como si pudiera ver directamente a través de ella.
Era una sensación de vulnerabilidad absoluta, como si todos sus secretos estuvieran al descubierto.
El recuerdo del prisionero calcinado bajo un gesto de su mano hizo que un sudor frío le empapara el cuerpo.
El Emperador habló, y su voz resonó como un trueno que rompió el tenso silencio.
—Has sobrevivido a la Arena... —dijo el Emperador, con una voz suave y calculada—. Pero la cuestión es: ¿Cómo? ¿Por qué sigues con vida cuando tantos otros han perecido?
Antes de que Kimbra pudiera abrir la boca para defenderse, un escalofrío recorrió su espalda. La Gran Oráculo dio un paso adelante, y sus ojos, que brillaban como rubíes a la luz de las antorchas, la atravesaron con una intensidad que casi le robó el aliento.
—Hay algo… —susurró la Oráculo, aunque su voz resonó en la mente de todos los presentes—. Hay algo más, algo oculto.
Sintió una corriente recorrer su columna mientras la figura etérea de la mujer avanzó lentamente hacia ella. La mirada de la Oráculo parecía hundirse en lo más profundo de su ser, escudriñando recuerdos que Kimbra no quería desenterrar .
—Hay algo en ella que no puedo ver —continuó la Oráculo con una voz fría y oscura—. Algo que escapa incluso a mi visión.
Kimbra sintió que la presión sobre ella aumentaba. El público no pudo escuchar las palabras de la Oráculo, pero la tensión en el Crisol era palpable. Incluso el Emperador pareció interesado en las palabras de la mujer, alzando ligeramente una ceja.
—¿Ocultas algo? —preguntó la Gran Oráculo, inclinando la cabeza de forma casi animal, sus ojos atravesaban a Kimbra con decisión.
El corazón de Kimbra latió con fuerza en su pecho. Sabía que, por más que intentara ocultarlo, no era rival para los poderes de la Gran Oráculo. La única razón por la que seguía a salvo era porque Sombra, mantenía oculto su verdadero poder. Pero, ¿cuánto tiempo más podría protegerla?
Kimbra tragó saliva, intentando encontrar su voz.
—No oculto nada —dijo firmemente, aunque sentía cómo su cuerpo temblaba bajo la presión del poder de la mujer.
La Gran Oráculo frunció el ceño, su rostro impasible se tiñó con una pizca de frustración. Sabía que había algo en Kimbra que se le escapaba, algo que no lograba comprender, y eso la enfureció.
De repente, algo hizo que un brillo iluminara su rostro. Un brillo de triunfo.
—Rax... —murmuró la Oráculo, sus ojos se entornaron al conseguir hurgar en los recuerdos de la muchacha—. Rax está detrás de todo esto.
La revelación provocó un murmullo inquieto entre los presentes en el palco. El Emperador entrecerró los ojos, y su expresión se endureció.
—¿Rax? —preguntó el Emperador, su voz se volvió más fría y calculadora—. ¿El único que ha supuesto un verdadero problema para mi Imperio?
El silencio que cayó sobre el palco fue sofocante. Kimbra sintió la mirada del Emperador clavada en ella como una lanza, buscando cualquier signo de traición.
—Escapó... —dijo apenas en un susurro. Recordó cómo todo se había desmoronado en la Arena, cómo las explosiones y el caos habían cubierto su huida. Mostrándole todo lo que quería ver a la Gran Oráculo.
La mujer retrocedió ligeramente, sus ojos brillaron de satisfacción, como si finalmente hubiera desvelado una pieza clave del misterio.
—Así que él lo planificó... —murmuró la mujer, su mirada se volvió hacia el Emperador—. Él y dos más han escapado.
El Emperador entrecerró los ojos, y su expresión se endureció. Un aura de peligro emanó de él, palpable incluso a la distancia. Kimbra sintió el aire volverse más pesado y turbio, las fluctuaciones de su poder parecían que fueran a aplastarla de un momento a otro.
—¿Sabías que Rax planeaba esto? —demandó el Emperador de manera dura y cortante
Kimbra alzó la vista, sintiendo el peso del juicio caer sobre ella como una guillotina.
—No —respondió, intentando mantener su compostura—. No lo supe hasta que ya estábamos en la Arena... Todo ocurrió demasiado rápido.
El Emperador permaneció en silencio, evaluando cada palabra. Mientras tanto, la Gran Oráculo seguía mirándola, intrigada. La fuerza de su mirada parecía atravesar la protección de Sombra. No podía verla, ni sentirla, pero la Gran Oráculo sabía que algo había.
Finalmente, el Emperador habló. Su voz resonó con una gravedad que hizo que incluso la multitud, ajena a los detalles de la conversación, sintiera el peso de su autoridad.
—¿Qué hacemos con ella entonces? —preguntó, dirigiéndose a la Gran Oráculo y al Gran Consejero—. ¿Es culpable de algo más que sobrevivir?
Las palabras del Emperador quedaron suspendidas en el aire, como un hacha a punto de caer.
El silencio fue sofocante. El público en las gradas seguía gritando ajeno a lo que estaba ocurriendo en el palco, pero ansioso por saber que anunciaría el Emperador.
Las miradas se clavaron en Kimbra, y por un momento, sintió cómo la balanza de su destino pendía de un hilo muy fino.
La Gran Oráculo fue la primera en romper el silencio. Dio un paso adelante, sus ojos estaban llenos de una intensidad feroz .
—Esta chica... —dijo, con una pausa calculada— ha sobrevivido a la Arena no solo por habilidad, sino por razones que aún no logro desentrañar.
Algo en ella escapa a mi visión, lo cual ya es motivo suficiente para sospechar.
Si no podemos ver todos sus secretos, ¿cómo podemos estar seguros de que no es una amenaza?
Los murmullos en el palco comenzaron a crecer nuevamente. La gente, sin conocer todos los detalles, parecía intuir que algo grande estaba en juego. Kimbra sintió que el suelo bajo sus rodillas temblaba ligeramente, o tal vez solo eran sus piernas, debilitadas por el miedo y el agotamiento.
El Emperador, se sentó en su trono dorado, asintió ligeramente, como si considerara seriamente la propuesta de la Gran Oráculo. Sus dedos tamborilearon levemente en el brazo de su asiento.