CAP 19 #3
Él se acercó, su aura sombría estaba cargada de una emoción que nunca antes había mostrado. El silencio se apoderó del pasillo, y por un instante, Kimbra sintió que todo se detenía.
—Lo siento, muchacha —dijo Sombra, con una calma inquietante—. No puedo dejar que te entreguen al Emperador. Si descubren quién eres, será tu fin y el mío también.
Kimbra lo miró con ojos llenos de confusión y dolor. La aparición de Sombra le dolía en el corazón, pues podría haber salvado a Alenna con un simple chasquido de sus largos dedos, o podría haberlas protegido a ambas mejor.
—¿Y ahora qué? No hay escapatoria —susurró ella.
Sombra no respondió de inmediato. En lugar de eso, alzó una mano oscura y la situó sobre el brazo de Kimbra, justo donde se encontraba la marca que la delataba como la Elegida. La piel de Kimbra ardió al contacto, como si el poder de Sombra estuviera quemando directamente su carne.
La oscuridad que envolvía la figura de Sombra empezó a concentrarse en su mano, envolviendo la marca con una negrura tan densa que parecía absorber toda la luz a su alrededor.
La piel de Kimbra empezó a chisporrotear bajo su tacto.
El dolor fue inmediato y desgarrador. Kimbra apretó los dientes, intentando no gritar, mientras sentía cómo la piel de su brazo se descomponía bajo la presión de Sombra.
—Tu marca ahora es un peligro… —dijo Sombra—. Si la Gran Oráculo la encuentra, descubrirá todo y no puedo permitir que sepa quien eres.
El dolor era insoportable, pero Kimbra no se apartó.
Supo que era necesario, que eso la protegería.
La piel de su brazo se quemó, formando heridas grotescas que desdibujaron la marca original.
Poco a poco, la quemadura fue devorando cualquier rastro de lo que había sido la señal de su poder, dejando solo carne viva y un rastro oscuro de humo casi hasta su hombro .
Cuando Sombra finalmente apartó su mano, Kimbra cayó de rodillas, jadeando de dolor ya sin poder mantenerse en pie. Miró su brazo con el estómago revuelto, su piel ahora era un amasijo de cicatrices abiertas y llagas, ocultando por completo la marca que la había señalado como alguien especial.
—Lo siento —repitió—, pero esto es necesario.
Sombra se arrodilló frente a Kimbra, sus ojos se encontraron con los de ella, llenos de dolor pero también de determinación.
Con su otra mano, Sombra tocó el pecho de Kimbra, justo sobre su corazón.
Un calor extraño, pero menos doloroso que antes, se extendió por todo su ser.
Sintió que algo dentro de ella se apagaba, como si una parte de sí misma estuviera siendo sellada.
Y una corriente de un líquido frío le recorrió todo el cuerpo.
—Tu poder ahora está bloqueado —dijo Sombra de forma suave—. He sellado cada rastro de él, y he cerrado tu mente para que ningún mentalista pueda acceder a tus recuerdos con respecto a todo esto. La Gran Oráculo no sabrá quién eres, ni qué llevas dentro. Estás protegida... por ahora.
Kimbra apenas podía procesar lo que estaba ocurriendo. Su cuerpo temblaba, agotado por el dolor. La conexión con su poder, con su identidad, había sido cerrada, sellada por la mano de su protector haciendo que se sintiese sumamente vulnerable.
—¿Por qué...? —preguntó en un susurro—. ¿Por qué ahora? ¿Por qué debo perderlo todo?
Kimbra apenas podía pensar. El dolor en su brazo era secundario en comparación con el dolor que sentía en su corazón. Había perdido a Alenna, había perdido el control sobre su propia vida, y ahora, Sombra le quitaba también el único poder que le daba la oportunidad de sobrevivir.
Sombra la miró con una tristeza que nunca antes había mostrado y colocó una de sus manos sobre el hombro sano.
—Porque aún tienes un papel que jugar en todo esto, Kimbra. No te estoy quitando tu poder, solo lo estoy protegiendo... y protegiéndote a ti. Si el momento llegase, cuando estés al borde de la muerte, el sello se romperá y tu poder regresará a ti .
Kimbra lo miró, su visión ya errática se nubló por las lágrimas.
Las palabras resonaban en la mente de Kimbra, pero no encontraban el consuelo que Sombra pretendía darle.
El sentimiento de pérdida se mezcló con la ira contenida y la frustración.
Las quemaduras en su brazo eran un recordatorio físico de que todo lo que había sido, todo lo que la definía, ahora estaba oculto, enterrado bajo capas de dolor, lágrimas y sacrificio.
—¿Qué haré ahora...? —preguntó, con su voz rota por la desesperación.
Sombra la miró con una intensidad casi paternal. La oscuridad que lo rodeaba parecía más pesada, más densa, como si cargara con su propio dolor y responsabilidad.
—Vivir —respondió, con una suavidad inesperada—. Te he dado la oportunidad de vivir sin ser perseguida, al menos por un tiempo. Hazlo con la fuerza que siempre has tenido. El poder vendrá cuando sea necesario, pero hasta entonces, debes seguir adelante.
—No puedo hacerlo sola... —dijo con la voz quebrada.
Sombra retiró las lágrimas de forma delicada y cariñosa de su rostro.
—Nunca has estado sola, Kimbra. Y no lo estarás. —Se inclinó y susurró—: Habrá un momento en que volverás a ser tú misma. Ten esperanza, muchacha. No es el final. Si la Gran Oráculo y el Emperador te perdonan, es un nuevo comienzo.
Kimbra asintió lentamente, intentando procesar lo que acababa de ocurrir. Sabía que todo había cambiado, pero no tenía otra opción que seguir luchando. Sombra se levantó lentamente y comenzó a desvanecerse en la oscuridad.
—Recuerda siempre quién eres, Kimbra —dijo Sombra, su voz resonó en el aire—. La elegida del Ciervo Sauce. Y cuando llegue el momento, lo recordarás todo. Busca tus recuerdos y vuelve a mí.
Kimbra se quedó arrodillada en el suelo, su brazo aún palpitaba por el dolor de la quemadura, pero algo dentro de ella había cambiado. El miedo seguía presente, pero ahora había algo más. Algo que Sombra había dejado en su lugar.
Esperanza.