CAP 19 #2
Kimbra, con los reflejos al límite, levantó ambos escudos de caimán, protegiendo a sus compañeros mientras el campo de fuerza se creó tras las protecciones.
Sentía el calor abrasador a través de sus barreras, y el suelo tembló violentamente bajo sus pies.
El rugido final del caimán resonó por toda la Arena antes de que su cuerpo colapsara inerte, muerto entre las ruinas.
Pero el horror no había terminado.
La segunda onda expansiva, más violenta aún, sacudió los cimientos del Crisol.
Los escombros se dispersaron en todas direcciones con una fuerza brutal.
Rocas, fragmentos de metal y llamas se arremolinaron en una tormenta letal.
Kimbra y sus compañeros fueron golpeados por la onda expansiva, la cual destrozó los escudos de la muchacha, arrollándolos y arrojándolos al suelo como muñecos de trapo.
El dolor la envolvió, su cuerpo ya exhausto temblaba por la fatiga, pero, milagrosamente, seguía viva.
Era todo un caos.
Miró a su alrededor. Los cinco prisioneros, aunque doloridos y esparcidos, también habían sobrevivido. Estaban malheridos, cubiertos de polvo y sangre, pero no rotos. Todos jadeaban, luchando por mantenerse conscientes en medio de esa devastación.
El Crisol, antes un lugar majestuoso de cruel espectáculo, era ahora un campo de destrucción total con media fachada en escombros.
El fuego, los gritos, y el sonido de las alarmas llenaban el aire mientras las estructuras que quedaron en pie se estremecieron a su alrededor.
Era difícil saber qué quedaría en pie después de aquello.
Ann, a pesar de sus heridas, se levantó con esfuerzo de entre los escombros.
Su cuerpo dolía, pero no podía quedarse ahí.
Con pasos tambaleantes, corrió hacia la parte trasera del Crisol, donde el caos y la confusión cubrieron su escape.
Sin perder más tiempo, se dirigió al lugar acordado con Thaxis.
Juntos, desaparecieron en el caos, mientras los gritos y las alarmas seguían resonando por toda la Arena.
Kimbra avanzó a duras penas entre los escombros, su cuerpo aún temblaba por el esfuerzo y los dolores le atenazaban en todos los músculos.
De sus escudos solo quedaban dos destrozados guantes de cuero.
Cuando divisó a los supervivientes otra vez, al borde del Crisol, no le sorprendió la sonrisa oscura que adornaba el rostro Rax.
—Sigues viva…—dijo Rax, con una sonrisa torcida—. Tengo que admitirlo, frutita, eres más fuerte de lo que pensaba.
Kimbra lo observó con desdén, el peso de la batalla apenas le permitía estar completamente erguida, pero no se dejó amedrentar. Rax se acercó un paso, con una confianza calculada.
—Escucha, Kimi, no tienes por qué seguir siendo una marioneta de este sistema. Ven conmigo, te unes a mi red, y te aseguro que jamás volverás a sentirte sola ni vulnerable. —Hizo un gesto a sus compañeros—. Juntos podríamos conseguir lo que queramos. Tú y yo... seríamos imparables.
Kimbra apretó los puños, recordando las palabras de Alenna, el sacrificio que había hecho para salvarla. Recordó la promesa que se habían hecho mutuamente, la promesa de no caer en la oscuridad, de no perderse en la violencia que Rax representaba.
—¿Unirme a ti? —dijo con voz helada, con sus ojos clavados en los de Rax—. Prefiero morir a convertirme en lo que tú eres. Nunca estaré de tu lado.
Rax la miró por un momento, su expresión se volvió más oscura, sus ojos brillaron peligrosamente. Dio un paso más hacia ella, con los puños apretados.
—Ten cuidado con lo que dices, frutita. No olvides que si estás viva es porque yo he permitido que llegues hasta aquí con vida. Piénsalo bien... después de todo esto. No te permitirán vivir, buscarán un culpable, y eres la única que queda atrás.
Kimbra negó con la cabeza, su voz resonó fuerte y clara :
—No te equivoques, Rax. He llegado hasta aquí sola. Todo lo que soy lo logré sin ti, y lo que he perdido… jamás te lo perdonaré. —Hizo una pausa, con el dolor y la furia brotando de su corazón.
Rax se encogió de hombros y se dio la vuelta alejándose de ella, saliendo hacia su libertad. Kimbra furiosa levantó la voz.
—No me subestimes Rax. Y si alguna vez vuelvo a cruzarme contigo, te juro que seré yo quien acabe contigo.
Rax, sin molestarse en mirar, levantó una mano en modo de despedida.
Pero antes de que pudiera alejarse más. Kimbra lanzó la daga que aún conservaba en el cinto, con precisión.
La hoja voló por el aire y se hundió profundamente en la parte trasera de la rodilla de este.
El Thorg soltó un gruñido de dolor, tambaleándose mientras la sangre manaba de la herida.
—¡Maldita seas! —rugió, cayendo de rodillas mientras intentaba retirar la daga de su pierna.
Kimbra avanzó un paso, con la mirada fija en él.
—Mi nombre es Kimbra, y recuerda esto Rax. Hoy vivirás, pero la próxima vez no tendrás tanta suerte.
Rax, jadeante, fue arrastrado por el geokinético y el pirokinético, ambos casi a la carrera al escuchar unos portones abrirse. Rax, cojeando y con la furia brillando en sus ojos, miró a Kimbra por última vez antes de desaparecer entre los escombros.
—Volveremos a vernos, Kimbra —gruñó, apretando los dientes—. Y cuando lo hagamos, seré yo quien acabe contigo.
Kimbra lo observó hasta que desapareció de su vista. Sus palabras, cargadas de rabia, apenas la afectaron. El dolor de los músculos, la pérdida de Alenna, el caos a su alrededor… tenía los sentidos embotados, no sabía ya qué hacer. No sabía a dónde ir.
Cayó al suelo de rodillas poco antes de que dos soldados imperiales la encontraran, a lo lejos varios grupos más buscan supervivientes entre los escombros.
Herida y cubierta de polvo miró a ambos hombres sin saber qué decir.
Uno de ellos, con la cara severa y sin mostrar emoción alguna, le indicó con una mano que se levantara .
—El Emperador exige tu presencia en el palco imperial —dijo cortante en una orden ineludible.
Kimbra no tuvo opción. Intentó levantarse una vez pero sus piernas le fallaron. El soldado que habló la cogió del brazo y tiró de ella, pero como apenas podía avanzar el otro soldado se ofreció sujetarla para ayudarle a caminar.
Los soldados tardaron un rato en comprobar que no había más supervivientes y la rodearon, en una especie de procesión decadente hasta el interior del edificio.
El eco de los pasos resonó en los pasillos del Crisol, un sonido hueco que hacía que Kimbra sintiera cada vez más pesado el aire a su alrededor.
Había algo opresivo en esos muros, en la piedra húmeda y oscura, en la falta de luz que apenas emitían las antorchas recién apagadas por la explosión.
Los soldados la escoltaban en silencio, con sus rostros ocultos tras yelmos de metal, como si no fueran más que sombras.
Kimbra podía sentir sus miradas, pero ninguno de ellos dijo una palabra.
El peso de todo lo ocurrido caía sobre ella como una losa.
La muerte de Alenna a manos de Soren, la imagen de Thaxis desapareciendo entre el caos y el miedo creciente que ahora sentía siendo arrastrada.
Un temor se instaló en su cabeza ¿Habrían descubierto su poder?
¿Sabía que la explosión fue intencionada para escapar?
Con cada paso, la tensión en su pecho aumentó.
Podía sentir cómo su corazón martilleaba contra su pecho, cada latido como un eco doloroso en el silencio.
Uno de los soldados, que caminaba justo detrás de ella y al soldado que le ayudaba a avanzar, la empujó ligeramente para que acelerara el paso.
Kimbra se tambaleó por un momento, pero se mantuvo firme en el agarre del otro soldado, apretando los puños.
No quería mostrar miedo, pero era difícil ignorar la sensación de estar marchando hacia una sentencia inminente .
—¡Anda más rápido! —gruñó el soldado con una voz áspera que resonó en los fríos pasillos.
Kimbra se mantuvo en silencio, tragándose el temor y el odio que se acumulaba en su garganta. No podía permitirse un error ahora. Lo único que podía hacer era seguir caminando, enfrentándose al destino que se aproximaba, suplicando al cielo para que no la mataran.
Los pasillos se volvieron más estrechos y oscuros, las sombras parecieron moverse a su alrededor. De vez en cuando, el sonido de pasos resonaba desde los pasillos adyacentes, pero nunca se veía a nadie. Solo sombras que se deslizaban entre las grietas, invisibles, pero siempre presentes.
El aire era denso, y la humedad hacía que el frío se pegara a la piel de Kimbra.
Cada paso la acercaba más al palco imperial, pero el trayecto parecía eterno.
Había algo en ese lugar que hacía que el tiempo se dilatara, como si el Crisol mismo se burlara de los condenados que pasaban por sus corredores.
De repente, el sonido de los pasos de los soldados se detuvo. Kimbra alzó la vista, confundida por el repentino silencio. Todos los soldados estaban quietos, congelados en sus posiciones, como si el tiempo se hubiera detenido. Los yelmos seguían mirando al frente, pero ya no había vida en sus ojos.
—Kimbra.
—Sombra… —susurró Kimbra, reconociendo al instante la presencia que había sentido tantas veces antes.
Una figura oscura emergió de las sombras, deslizándose entre los soldados inmóviles como una neblina densa. Sombra se materializó frente a ella, su forma etérea apenas era visible en la penumbra de los pasillos.
—No hay tiempo, Kimbra —dijo Sombra con su voz profunda y resonante—. No podemos permitir que te descubran.
Sombra levantó una mano, y al instante, los soldados cayeron al suelo, uno por uno. No hubo ruido, apenas un roce de sus cuerpos golpeando el suelo de piedra. Kimbra sintió una punzada de alivio, pero también de miedo .
—Sombra... —murmuró Kimbra, aún sin comprender del todo lo que estaba ocurriendo. Se apoyó en la pared sin poder apenas mantenerse en pie.