CAP 19
El aire en la Arena era sofocante, cargado de calor y azufre, como si la misma tierra estuviera exhalando su último aliento.
Los géiseres eruptaban en intervalos irregulares, liberando columnas de vapor hirviente que se mezclaban con el cielo ennegrecido por los gases, el polvo y la arena.
Todo el lugar parecía una pesadilla forjada por el caos y la desesperación.
Los pocos supervivientes que aún se aferraban a la vida sabían que su destino pendía de un hilo, al borde de un abismo que tenía las fauces del caimán volcánico.
En el centro de la atención de todos los presentes, la enorme bestia rugía con una fuerza que hacía temblar el suelo.
Sus escamas, relucían entre los vapores como lava viva, chisporroteando al contacto con el aire.
Los gritos de los caídos se mezclaban con los rugidos de la criatura, creando una cacofonía que envolvía la Arena en un velo de horror .
Kimbra respiraba con dificultad, cada inhalación le quemaba la garganta y sus músculos estaban al borde del colapso, pero su mente se encontraba fría.
El dolor era intenso, pero secundario. A lo lejos, entre las ruinas que los geokinéticos del imperio les habían otorgado, divisó a los pocos que quedaban.
Rax, el pirokinético, y el geokinético, estaban agazapados detrás de una formación rocosa improvisada, el sudor les corría por la frente pero mantenían la vista fija en la criatura.
Entre las sombras, cuatro prisioneros no dotados se dispersaron, tratando de evitar la mirada asesina de la bestia que acechaba a cada movimiento.
A su lado, Ann, el aerokinético, permanecía sereno, sus ojos analíticos no perdían detalle de los movimientos de la criatura, ni de los cambios en el flujo de aire que indicaban un ataque inminente.
Un halo de viento suave lo rodeaba, creando un escudo invisible que mantenía a raya el calor abrasador y purificaba su aire.
—Thaxis se mantendrá oculto para evitar ser detectado por la Gran Oráculo —murmuró Ann, sin apartar la mirada del monstruo que en ese momento intentaba atravesar el campo de fuerza que delimitaba la Arena—. Ya ha transmitido el plan a los prisioneros, pero debemos ser rápidos.
Kimbra asintió, sintiendo la tensión creciente en sus músculos mientras avanzaban en silencio, aprovechando las ruinas para mantenerse fuera del campo visual del monstruo. Cada paso era calculado, cada respiración controlada, consciente de que un solo error podría significar su fin.
Finalmente, alcanzaron a Rax y a los otros dos dotados, uniéndose a ellos tras la cobertura rocosa. La bestia rugió de nuevo, su furia hizo vibrar los campos de fuerza de los escudos imperiales, mientras el fuego líquido se alzaba alrededor.
—Es nuestro turno —gruñó Rax con una sonrisa oscura y desafiante, sus ojos brillaban con la misma intensidad que el fuego de la bestia—. Si no lo matamos rápido, seremos su cena.
Aunque Kimbra asintió, la presión en su pecho aumentó. La muerte de Alenna demasiado presente, y la ira y el dolor apenas contenían el caos de su poder latente. Debía controlarlo, aunque sentía su energía vibrar erráticamente bajo la tensión.
—La bolsa ígnea es su punto débil —dijo con voz firme, aunque el esfuerzo por mantener la calma era evidente—. Si logramos detonarla en el lugar correcto, el Crisol se vendrá abajo. Pero si lo hacemos sin la protección adecuada, todos moriremos.
El geokinético frunció el ceño con evidente preocupación. El calor opresivo y la gravedad del plan parecían tallarse en sus rasgos endurecidos.
—La explosión será devastadora —murmuró, su voz cargada de duda—. No sé si puedo levantar un muro lo suficientemente grueso como para protegernos a tiempo.
Kimbra le sostuvo la mirada con determinación, negando con la cabeza. No podían permitirse vacilar.
—No te preocupes por eso —dijo, su voz adquirió una firmeza inesperada, casi severa—.
Me encargaré de protegernos. Vosotros solo tenéis que aseguraros de que el caimán esté en la posición correcta.
—Señaló con la barbilla el cuerpo inerte del primer caimán, abandonado en el olvido—.
Si hacemos que su bolsa ígnea explote justo ahí, la mezcla con los fluidos del otro será suficiente para destruir la fachada del Crisol.
Los dotados intercambiaron miradas en silencio, las palabras no fueron necesarias. Todos sabían lo que estaba en juego. Sus ojos reflejaban la gravedad del plan y el posible sacrificio que implicaba. No habría segundas oportunidades.
—Dejemos que el monstruo sufra un poco antes de llegar a eso —respondió Rax, con una sonrisa que se ensanchó a medida que la adrenalina lo invadía—. Ataquemos en equipo.
El geokinético levantó una muralla de rocas, bloqueando la ruta de escape de la bestia, mientras Ann llevó una nube densa de polvo y cenizas que cegó al caimán.
El enorme reptil, confundido y molesto, retrocedió, dejando de golpear el campo de fuerza que lo mantenía en la Arena.
Con un gruñido ronco, se desplomó de nuevo sobre sus cuatro patas, sacudiéndose las cenizas que cubrían su rostro .
El pirokinético aprovechó el momento y desató un torrente de llamas hacia el costado de la criatura, esperando debilitarla.
Sin embargo, la bestia absorbió el fuego, y el brillo intenso de su bolsa ígnea se incrementó como una respuesta a la energía.
El monstruo no solo era resistente; parecía fortalecerse con el calor.
Kimbra se mantenía a una distancia prudente, con los guantes de caimán preparados y lista para actuar si la situación se descontrolaba.
Sabía que su principal misión era proteger al equipo, y cualquier descuido podría costarles la vida.
Mientras tanto, evitaba deliberadamente el contacto visual con la criatura, que buscaba con sus ojos encendidos a sus próximas presas.
Un rugido estremecedor sacudió el campo de batalla cuando la cola del caimán se estrelló brutalmente contra el suelo, alcanzando a dos de los prisioneros no dotados que se habían mantenido alejados de la acción.
El impacto los derribó, sus gritos de dolor resonaron en la Arena mientras las rocas volaban por todas partes.
Kimbra reaccionó al instante, sus escudos desviaron los proyectiles, pero la fuerza del impacto de los escombros la lanzaron varios metros hacia atrás. El impacto la dejó aturdida por un momento, pero su instinto la obligó a levantarse rápidamente, sus piernas temblaron por el esfuerzo.
—¡Cuidado! —gritó, tratando de recuperar el equilibrio.
Rax, siempre audaz, saltó sobre una ruina, esquivando con agilidad otro ataque de la criatura. Pero el caimán, con sus sentidos agudizados, lo divisó en el aire. Sin previo aviso, una bola de fuego líquido salió disparada de las fauces del monstruo, dirigiéndose hacia él a una velocidad mortal.
Ann, rápido como el viento, intervino en el último segundo. Con una ráfaga de aire, desvió el proyectil incandescente justo antes de que alcanzara a Rax, salvándolo de una muerte segura.
Mientras la bestia avanzaba lentamente hacia la trampa, todos contuvieron la respiración.
La tensión fue palpable. Cada movimiento parecía un juego de vida o muerte.
Las pesadas patas del caimán se acercaron peligrosamente a la bolsa ígnea del primer reptil caído.
Kimbra sintió un nudo en el estómago: un solo paso en falso y la explosión ocurriría antes de lo previsto, arruinando toda su estrategia.
—¡Tenemos que acorralarlo ahora! —gritó Kimbra, desesperada.
La situación se volvía cada vez más desesperada.
El caimán embestía con furia renovada, y sus potentes golpes destrozaban las barreras de roca que aún los protegían.
El geokinético, sudaba profusamente mientras luchaba por mantener la estructura en pie.
Pero era evidente que no podría aguantar mucho más.
Varias rocas comenzaron a desprenderse, cayendo pesadamente alrededor del grupo.
—¡Nos va a aplastar! —gritó el pirokinético, con voz entrecortada por el pánico mientras miraba con desesperación a Kimbra.
Kimbra supo, en ese instante, que el momento había llegado.
No podían retrasarlo más. El géiser torcido, casi como si sintiera la urgencia de la batalla, disparó un violento chorro de agua hirviente, golpeando de lleno el rostro del caimán y forzándolo a retroceder con un rugido irritado. Era ahora o nunca.
—¡Ann, necesitamos ocultarnos! —ordenó firme Kimbra con una mirada decidida.
Ann asintió sin dudar, y con un movimiento ágil, levantó una cortina de polvo y vapor que envolvió a todos en una tormenta cegadora. El caimán, desconcertado y cegado por la nube espesa, se tambaleó sin dirección clara. No pudo prever lo que vino a continuación.
Justo en el instante en que la criatura se preparaba para un nuevo ataque, Kimbra extendió sus manos y concentró todo su poder.
Creó un campo de fuerza justo debajo del pecho de la bestia, levantándola ligeramente del suelo.
La confusión del caimán se intensificó. El geokinético aprovechó el instante de distracción, levantando una imponente columna de roca que golpeó en el mismo sitio, alzándola y atrapándola contra el campo de fuerza de los escudos imperiales.
—¡Ahora! —gritó ella, con una fuerza que encarnó su desesperación y su esperanza a partes iguales .
Rax, con un último rugido de esfuerzo, lanzó la única daga que le quedaba. Voló directa hacia la hinchada bolsa ígnea. El impacto fue inmediato, y lo que siguió fue puro caos.
La explosión fue devastadora.
La doble onda expansiva arrasó los campos de fuerza como si fueran de papel, y tras ellos, el Crisol. El fuego y los escombros lo consumieron todo a su paso.